Johann Moritz Rugendas

Johann Moritz Rugendas (1802-1858)

Nació en Augsburgo (Alemania), el 21 de marzo de 1802. Era hijo de Johann Lorenz Rugendas, director de la Academia de Arte de su ciudad natal, que gozaba de prestigio como pintor de batallas en la época napoleónica. Comenzó a practicar dibujo a la edad de cuatro años, habiendo descubierto su talento el pintor Alberto Adam, quien visitó a la familia en 1812. Esto introdujo a su padre a enviarlo a Munich, donde se hospedó en la casa de aquél. Continuó sus estudios en 1817, en la Academia de Pintura de esa ciudad, cuyo director era Peter Langer. Su principal maestro fue Lorenz von Quaglio. Rugendas no se sintió a gusto en ese ámbito académico, por la sobriedad de la pintura de temas religiosos y de retratos de caballeros medievales y héroes de la antigüedad. Lo atraía más la naturaleza, por lo que recorrió los Alpes, dibujando las montañas, de acuerdo a las indicaciones de Herder, de que era necesario recorrer el mundo con el lápiz en la mano para conocerlo.

En 1821, el cónsul general de Rusia en Brasil, barón Jorge Enrique Langsdorff, contrató sus servicios para ilustrar una expedición que se proponía emprender al interior de aquel país, en la que participaban el botánico von Martius y el zoólogo von Spix. Rugendas se comprometió a entregar todos los cuadros, dibujos y esbozos hechos durante el viaje, del cual se le permitía confeccionar copias, retribuyéndose su labor con mil francos anuales.

Arribó al Brasil a fines de 1821, e inició su trabajo en la hacienda de Mandioca, propiedad del cónsul a tres horas de caballo al interior de Estrela, pequeño puerto situado al norte de Río de Janeiro. Trabajaban en esa “fazenda” 200 esclavos negros, cuya vida Rugendas dibujó con facilidad. Poco después de iniciarse la expedición al interior, que se dirigía a Minas Gerais, el pintor se disgustó con el barón Langsdorff, a quien reprochó su vida licenciosa y el de no haberle pagado sus honorarios. Por tales razones se separó de él, y para subsistir realizó retratos. Con el producto de las ventas adquirió animales y algunos negros, lo que le permitió recorrer las provincias de Minas Gerais, Matto Grosso, Espíritu Santo y Bahía. Dibujó paisajes, plantas, hombres, animales, costumbres e incluso anotaba palabras de las lenguas indígenas, siendo aprovechados esos apuntes más tarde por algunos lengüistas.

En 1823, se encontraba en Río de Janeiro como huésped del encargado de negocios de Austria. Dos años más tarde, en 1825, el rey de Baviera Maximiliano José le pidió que regresara a la patria, pues deseaba que colaborara con Martius y Spix en la publicación de la expedición al Brasil, proporcionando las ilustraciones que le faltaban. Langsdorff tenía en su poder gran parte de los trabajos realizados por Rugendas en el Brasil, que fueron a parar a Rusia, pero cuando regresó a Europa, el pintor llevaba en su carpeta más de 500 hojas. No volvió directamente a Alemania, sino que se dirigió primero a París donde conoció a Alexander Von Humboldt, cuya amistad conservó durante toda la vida. Sus dibujos sobre motivos de botánica le granjearon la admiración del sabio, cuya obra ilustró con singular maestría a pesar de su entonces extrema juventud. Humboldt lo vinculó con el pintor Gérard. Cuando llegó a Munich, el rey había muerto, y su sucesor Luis I no se interesó por el artista.

En 1826, regresó a París, instalándose en el Quartier Latin, conde conoció a Gros, Vernet, Delacroix, David y Scheffer. La editorial de Engelmann publicó su Voyage Pittoresque au Brésil, consistente en cien litografías del artista (edición alemana con el título de Malerische Reise durch Brasilien), en dos tomos. Una edición alemana abreviada con cuarenta litografías fue publicada en 1840; la original fue reeditada en Brasil, en 1940. Esta obra singular por sus características trae paisajes y escenas de Río de Janeiro, Serra de Ouro, Branco, Serra dos Orgaos, Río Pairabuna, Villa Rica, y de cuantos lugares conoció el artista donde vio negros, mulatas e indios. Son verdaderos documentos gráficos de un mundo, con un estilo de vida particular, realizados por un gran artista.

Esta obra le produjo grandes ganancias que invirtió en un viaje a Italia, en 1828. Siguiendo su propia inspiración, recorrió el país, y lo captó artísticamente en toda su dimensión, sin preocuparse de ninguna escuela. Su obra se conserva en el Museo Maximiliano de Augsburgo; aparecen en ella escenas de los Abruzzos, la Apulia, Calabria y otras regiones poco conocidas. Escaló el volcán Vesubio, pasó a Sicilia y también subió al Etna y al Strómboli, dibujando al aire libre. En Roma le impresionaron profundamente los funerales del Papa y las misas de Pascua. Después de visitar Venecia regresó a Alemania y elaboró el proyecto de recorrer toda América comenzando por las Antillas y México, dando cuenta de su propósito a Humboldt.

Tras vender un cuadro al príncipe Wilhelm de Prusia se dirigió a Londres, y luego a París, donde había estallado la revolución de 1830, por la cual sentía las mayores simpatías. Participó en las discusiones políticas con Merimée y Constant. Ayudado por Humboldt pudo vender cuatro cuadros al rey, y a fines de mayo de 1831, se embarco en Burdeos, con rumbo a Haití. Desde Port au Prince siguió viaje a Veracruz donde desembarcó en julio del mismo año. Cruzó México desde el Atlántico al Pacífico, entre Veracruz y Jalapa, en el primero de esos océanos, y de San Blas a Acapulco, en el segundo de ellos. En la capital pintó sus iglesias y mercados desde todos los puntos imaginables. Visitó Chapultepec, el santuario de Guadalupe, Teotihuacán, Xochimilco y Cuernavaca.

El trabajo realizado por Rugendas en México fue de proporciones, porque ejecutó unos 1.600 apuntes de paisajes y escenas típicas de las principales regiones geográficas recorridas. En el grupo de ellas incluyó los monumentos arqueológicos, las costumbres y usos, el cultivo de la tierra y la crianza de animales. Aparecen allí los mesones, el arreo de animales, los patios de la vecindad, tortillerías, trapiches, los indios, los mestizos, pero también la clase superior de los ricos propietarios y las bellas criollas.

Rugendas era amigo del general Morán y del escritor Santa María; cuando éstos fueron perseguidos, los escondió en su casa, ayudándolos a huir. Descubierta su complicidad, fue detenido, y estuvo preso dos meses. Lo procesaron, pero la intervención de personas influyentes le salvó la vida; el gobierno ordenó su destierro. Dando vueltas viajó a Acapulco, pintó el volcán Toluca, la bella ciudad de Morelia, el lago Patzaiaro y el gigantesco cráter de Colina.

En julio de 1834, arribó a Valparaíso. Permaneció en Chile hasta 1845, es decir, durante once años, hasta los 43 años de edad, los mejores de su vida, y el período más productivo. Recorrió el país y pintó la vida de los indios. Presenció una invasión de araucanos con su secuela de incendios de poblaciones y robos de mujeres, niños y ganados. Se hizo de la amistad de un cacique quien lo llevó consigo, en calidad de amigo, hasta el corazón mismo de la Araucania, donde casi nunca nadie llegaba en aquellos tiempos: Villarica, Angol, Tucapel y Arauco.

En 1835, conoció en Linares a Carmen Arriagada, casada con el teniente coronel prusiano Edward Guticke, de quien se enamoró. Esta relación iniciada en 1835, se prolongó hasta 1851, es decir, por espacio de dieciséis años. Era una mujer muy culta que hablaba correctamente francés e inglés, y se preocupaba de cuanto ocurría en su tiempo en el campo de la literatura y del arte. A fines de 1836, Rugendas viajó con ella a Constitución, y en seguida realizó un viaje al norte a Coquimbo y La Serena, regresando por Petorca y Putaendo. Desde este último pueblo penetró en la cordillera andina, siguiendo los pasos del ejército de San Martín. Dos generales lo acompañaron al campo de batalla de Chacabuco, y luego al de Maipú. Así consiguió que el gobierno le encargara pintar al óleo La Batalla de Maipú (Museo Histórico Nacional, de Santiago), una de las más notables obras artísticas inspiradas por la gesta sanmartiniana. Rugendas dibujó además dos retratos de San Martín y en la admiración por el héroe no debió ser extraña la influencia de Alvarez de Condarco.

Cultivó la amistad de muchos de los refugiados argentinos en Chile. Conoció a Domingo F. Sarmiento, al general Las Heras, a Martín Zapata, a Leopoldo Zuloaga y el sanjuanino Domingo de Oro, el mendocino Juan Gualberto Godoy, y otros.

En el verano de 1837-38, quiso conocer la Cordillera andina hacia Mendoza e incursionar en las pampas argentinas, acompañado por un compatriota suyo, el pintor Roberto Krausse, con quien llegó a Mendoza. De su itinerario han quedado preciosos testimonios en acuarelas y dibujos, como Las Cuevas, Puente del Inca, Villavicencio.

Pocos artistas han demostrado tanta maestría como Rugendas para dibujar al caballo, un tema verdaderamente difícil. En algunos de sus dibujos es tan vivo el movimiento que se descubre hasta el estilo de andar del animal, como ocurre en su dibujo El lacho chileno donde se ve al majo montado en un ágil caballo criollo de sobrepaso.

De Mendoza han quedado óleos, dibujos y bocetos de paisajes, calles, iglesias, tipos, carretas y ajuares criollos. Por él conocemos la casa en que el general San Martín vivió en la Villa Nueva, a dos leguas del río Mendoza.

Después pasó a San Luis, siempre acompañado por su amigo Krausse, dedicando su interés a las enormes llanuras transitadas por pesadas carretas. En cada parada del camino, pintó soldados y mujeres, gauchos en descanso, tropillas de caballos en carrera desenfrenada y padrillos en lucha feroz.

Una tarde de verano en que el pintor salió a caballo se desató una espantosa tormenta, un rayo cayó cerca de él, y su bestia se espantó, huyendo a todo galope. Rugendas al caer se enredó en el estribo y fue arrastrado un trecho largo. Sus acompañantes lo recogieron y encontraron al caballo muerto, y al pintor sin conocimiento, con una profunda herida sangrante en la cabeza. El gobernador de San Luis envió una carreta para transportarlo a la ciudad. Se repuso medianamente y acordó regresar a Chile, a fin de someterse a un tratamiento regular.

A su regreso a Santiago presenció un malón de indios que dibujó en rápidos apuntes. Su amiga, Carmen, lo hospedó en su casa, para su convalecencia. Su fisonomía había sufrido una desfiguración a raíz del accidente: una gran cicatriz le cubría la frente, y estaba afectado por contracciones nerviosas en el rostro. Durante los años siguientes, el estado de su salud era poco satisfactorio; sentía frecuentes dolores de cabeza, perturbaciones nerviosas, y su capacidad de trabajo se vio enormemente disminuida.

Contrajo deudas y vivió a menudo en apuros. Chile era pobre y no podía ofrecerle mucha recompensa. Envió trabajos a su amigo Huber, a Alemania, quien se dirigió a Humboldt, y éste solícito como de costumbre, hizo gestiones para que el rey de Prusia, Federico Guillermo IV, adquiriese doscientos trabajos de Rugendas para los museos de su país. Estimulado por este hecho, se dedicó a trabajar con renovadas energías, logrando concebir lo que llamó una “epopeya de las pampas”, es decir, un malón araucano con raptos de mujeres, luchas, fugas, parlamentos, y un feliz regreso, en total, veinticinco óleos que constituyen un conjunto, con acción seguido a través de ellos. Tuvo suficientes encargos, para representar la obra varias veces. Ya antes había concebido algunas partes de ellas, como el rapto de Trinidad Salcedo, que pintó en su viaje a Araucania. En Munich existen numerosos esbozos de dibujos relacionados con ella.

En 1839, se trasladó a Valparaíso, y en esa ciudad conoció a Clara Alvarez de Condarco, de quien se enamoró. Era hija del bravo militar argentino, antiguo compañero de San Martín, quien se opuso tenazmente a esta relación, la que quedó bruscamente trunca cuando Rugendas le pidió la mano de su hija. El artista argumentó en toda forma para destruir las objeciones que se le formulaban. Su desasosiego era tan hondo que no pudo contraerse al trabajo. Para Rugendas esta negativa, significó una verdadera tragedia. Desesperado, se embarcó hacia el Perú a fines de 1842, para completar sus estudios y enriquecer la carpeta de sus dibujos. Arribó a Lima en diciembre de ese año, y permaneció en la ciudad hasta julio de 1844.

Realizó durante seis meses un extenso viaje que lo llevó al sur del Perú; de paso por Arequipa, Puno y Cuzco, agregó visitas a la Paz y al lago Titicaca. En el Museo Graphische Sammlung de Munich se conservan alrededor de 700 trabajos suyos que constituyen un testimonio invalorable de escenas, paisajes y tipos de la costa y de la sierra del Perú, tal como eran en el lapso de los años 1842 a 1844.

Rugendas captó con visión romántica todo el colorido mundo peruano de aquel tiempo: tapadas limeñas, escenas callejeras, indios del mercado, paisajes arequipeños y cuzqueños, retratos de gobernantes y personajes notables, en fin, una galería de retratos de los 44 virreyes del Perú. Contrajo muchas amistades en ese país; conoció a los generales Morán, Bermúdez y Vivanco, el pintor Ignacio Merino, la familia Ortiz de Cevallos, las cantantes de ópera italiana Teresa Rossi y Clorinda Corradi de Pantanelli, el viajero francés Maximilian Radiguet, y tantos otros.

Retrato de María Sánchez de Mendeville en su casa de San Isidro, óleo sobre tela (1845), Museo Histórico Nacional, Buenos Aires

Regresó a Chile a principios de 1845, y en Talca frecuentó nuevamente a la señora de Arriagada quien lo aguardaba ansiosa, no sólo por haber recuperado a su amado, sino porque sospechaba que este viaje representaba al mismo tiempo una despedida definitiva. Y así fue, poco después se embarcaba en Valparaíso con destino al Río de la Plata. El barco recaló en Tierra del Fuego y Carmen de Patagones, donde el artista realizó dibujos de esos lugares australes, fueguinos y patagones; hizo escala en las Malvinas, prosiguió el viaje por Maldonado y Montevideo, para llegar finalmente a Buenos Aires a fines de marzo de 1845. Permaneció en esta capital por espacio de diez meses. Durante su breve estada compuso el retrato de María Sánchez de Mendeville sentada debajo de un ombú en actitud romántica, que se encuentra en el Museo Histórico Nacional. Bonifacio del Carril dice que ese retrato es uno de los más hermosos trabajos ejecutados por Rugendas en el Río de la Plata, el de mayor importancia y jerarquía artística; sin duda alguna, el único retrato individual al óleo que hasta ahora se conoce en la Argentina. Dejó también cuatro pinturas al óleo: Desembarco en Buenos Aires; Boleando avestruces; Carreta en el campo, y La vuelta del malón.

Con Mariquita Sánchez mantuvo una valiosa y nutrida correspondencia. En carta a Esteban Echeverría con fecha 17 de abril de 1845, decía refiriéndose a Rugendas: “Es un hombre de alta concepción; conoce nuestra América, se ha identificado con ella, es un americano indulgente y amante de nuestro pobre país”. Luego le refiere la admiración que siente Rugendas hacia el poeta, pues tendría mucho gusto en conversar con él, y le cuenta que le hizo dos cuadros, tomando las “Rimas” por asunto pictórico. Según ella, Rugenda considera perfecta la pintura que hacía Echeverría de nuestras pampas, creyendo que primero concibió el paisaje, y después el vate tomó sus figuras como accesorio para completarlas. En los finales de su vida impresionado por la poesía de Echeverría pintó El retorno de la cautiva, que quedó inconcluso, en el Museo de Augsburgo, hoy en Buenos Aires.

Alejo González Garaño decía que seguramente muchos de sus trabajos sobre Buenos Aires de la época rosista, se hayan perdido. “Cómo es posible –así decía- que no reflejara en sus croquis, la imagen del Restaurador, algunas de sus fiestas populares tan frecuentes, nuestros bailes típicos, los vendedores callejeros, el movimiento de la calle, escenas entre gente de alta sociedad, que hemos visto frecuentaba, y tantas cosas más. Es probable – agrega- que tenía el propósito de visitarnos nuevamente, o bien hay que creer que muchos de sus apuntes se hayan extraviado. Cosa más que segura”.

Permaneció algunas semanas en Montevideo, donde lo recibió Fructuoso Rivera, a quien retrató. Remontó en seguida el Paraná, para dirigirse por Paysandú a Río de Janeiro, en donde se quedó un año. Conoció al joven emperador Pedro II, quien adquirió varios trabajos suyos. Un día mientras visitaba el zoológico de Río de Janeiro se encontró con Sarmiento que iba a Europa enviado por el gobierno chileno para estudiar sistemas educacionales. Sarmiento había frecuentado el atelier de Rugendas en Santiago y sentía admiración por el artista. Así lo manifiesta en carta que dirige a Martín Piñero desde Río: “Encontré aquí a mi antiguo amigo Rugendas, que en sus numerosos diseños ha estereotipado la naturaleza y la fisonomía de las diversas secciones de la América del Sud. Su gran obra sobre el Brasil le ha dado nombre en Europa; pero ni en Europa ni en América se apreciara por largo tiempo su exquisito talento de observación, la misma exactitud de sus cuadros de costumbres. Rugendas es un historiador más bien que un paisajista; sus cuadros son documentos en los que se revelan las transformaciones imperceptibles para otro que él, que la raza española ha experimentado en América… México, el Perú, Bolivia, Chile. Arauco, la República Argentina y el Uruguay le han suministrado en 20 años de viajes tres mil sujetos de paisajes, vistas, costumbres y caracteres americanos bastantes para enriquecer un museo”.

Un alto en el campo, óleo sobre lienzo (1846), colección privada de Buenos Aires.

En marzo de 1847, desembarcó en Falmouth (Gran Bretaña) y rápidamente se dirigió a París, preocupado por publicar una obra similar a la que había hecho sobre el Brasil. En la capital parisina contó con la colaboración inestimable que le prestó su antiguo amigo, el pintor francés Auguste Borget, íntimo de Balzac. Debía comprender 200 litografías sobre temas chilenos, argentinos y uruguayos. Solicitó una ayuda en forma de 200 suscripciones, pero no la consiguió. Entre los temas argentinos para ese álbum se ha encontrado una serie de 24 acuarelas, lavadas en sepia, y otra de 30 dibujos en lápiz sobre temas de Buenos Aires. Faltaban desde luego –dice del Carril- los retratos de Rosas, pero estaban las calles, los bailes, las escenas urbanas que la intuición de González Garaño había presentido. La nómina de las acuarelas es la siguiente: I. En Buenos Aires, 1. Desembarco con río abajo. 2. Id (variante). Los cuatro frentes de la Plaza de la Victoria. 3. La Catedral. 4. El Cabildo. 5. La Recova. 6. Esquina de la calles Victoria y Defensa. 7. Iglesia de San Francisco. 8. Iglesia de Santo Domingo. 9. Esquina porteña. 10. Carnaval en Buenos Aires. II. Las diversiones del gaucho. 11. Baile criollo. La media caña. 12. Baile criollo. 13. Baile criollo. 14. Largada de una carrera de caballos en un campamento militar. 15. Boleando avestruces. III. En el campo. 16. El gaucho y su caballo. 17. La carreta. 18. Un alto en el campo. 19. El estanciero. 20. Gaucho ecuestre. 21. La caída de la tarde. 22. La vuelta del malón. IV. En Montevideo. 23. La Catedral. 24. Carreta frente a la ciudad.

Sobre su valor pictórico, ha dicho del Carril que la excepcional calidad artística de estos trabajos, otorga al conjunto el más alto valor representativo en el arte argentino de la primera mitad del siglo XIX. Cada una de las acuarelas es una joya, de delicada ejecución y finísima concepción estética.

Desengañado regresó a Baviera, donde fue pintor de la corte de los reyes Luis I y Maximiliano II. Se instaló en Munich, y allí pudo vender más de tres mil pinturas, y dibujos para las Colecciones de Arte de Baviera, que actualmente se conservan en la Staatliche Graphische Sammlung de esa ciudad.

El rey Maximiliano II le encargó un cuadro que representara a Colón descubriendo el Nuevo Mundo, pero las intrigas de la corte hicieron fracasar el proyecto. Se sintió profundamente herido, y se retiró a Augsburgo, donde residía su familia.

En 1853, ya había fallecido su madre. Mantuvo excelentes relaciones con su hermano Louis, que le ayudó hasta sus últimos días con verdadera dedicación. Humboldt le hizo conceder de la Corte prusiana, en 1854, la Orden del Aguila Roja. Ya entonces estaba gravemente enfermo, se sentía solo, incomprendido, aislado. Falleció en Weilheim, el 29 de mayo de 1858, lugar donde su sepultura ha desaparecido.

Junto con Raymond Monvoisin, fue el más importante artista europeo que visitó América Latina en el siglo XIX, y uno de los grandes maestros del género costumbrista en ese período. Sus obras se encuentran dispersas por todo el mundo, y aparte de las colecciones existentes en Munich, Augsburgo y Berlín existen en los museos de arte de México, Río de Janeiro, Lima, Buenos Aires, Montevideo y San Petersburgo.

En 1928, se trajo de Alemania a la Argentina una primera colección de dibujos que aquel gobierno vendió por necesidades económicas en ese entonces. Ellos se dispersaron en museos y colecciones particulares. En junio de 1930, se realizó en Buenos Aires una primera exposición de este artista presentada por la benemérita Asociación Amigos del Arte en sus salas de la Galería Van Riel, redactando Alejo B. González Garaño el catálogo de la muestra. Allí trazó una semblanza de Rugendas, fruto de sus búsquedas inteligentes, la cual “situó” al artista cuyos trabajos se exhibían, definitivamente, entre los grandes creadores de la iconografía argentina.

En 1963, Bonifacio del Carril encontró en la “Staatliche Graphische Sammlung” de Munich, Baviera, un conjunto de óleos, acuarelas y dibujos referentes a la Argentina: alrededor de doscientas piezas, preparadas por Rugendas entre 1838 y 1845. Aparecieron diecisiete óleos pintados en la Cordillera de los Andes, del lado argentino; los veinticinco dibujos originales de la serie El Malón, inspirados en el poema La Cautiva, de Echeverría y una gran cantidad de dibujos realizados en Mendoza, San Luis, Tierra del Fuego, Patagonia, Montevideo y Buenos Aires.

En 1966, con motivo del Sesquicentenario de la Independencia Argentina, el gobierno de Alemania envió varios trabajos de Rugendas para su exhibición en el Museo Nacional de Bellas Artes. La exposición de esas obras se debe al trabajo incansable de Bonifacio del Carril. Un retrato de Rugendas, pintado por August Riedel, se exhibía en el Museo Maximiliano, de Augsburgo. Una calle del departamento de Luján (Mendoza) donde estuvo en 1838, lleva su nombre.

Fuente
Correas, Edmundo – Alemanes en la historia de Mendoza – Mendoza (1977)
Cutolo, Vicente O. – Nuevo Diccionario Biográfico Argentino – Buenos Aires (1983).
Del Carril, Bonifacio – Artistas extranjeros en la Argentina, Buenos Aires (1966).
Efemérides – Patricios de Vuelta de Obligado
Gesualdo, Vicente – Enciclopedia del Arte en América – Buenos Aires (1968).
González Garaño, Alejo – Exposición J. M. Rugendas – Buenos Aires (1930)
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