Raymond Monvoisin

Raymond Auguste Quinsac Monvoisin (1790-1870)

Raymond Auguste Quinsac Monvoisin, nació en Burdeos (Francia), el 31 de mayo de 1790. Desde pequeño se sintió atraído por el dibujo. Ingresó con su hermano mayor Pedro en la Escuela de Bellas Artes de Burdeos, y su primer maestro fue Pierre Lacour. De esa época datan sus primeras pinturas de iglesias, cuadros de santos y la Transfiguración de Nuestro Señor, según Rafael, los que le dieron renombre.

En 1815, al visitar su ciudad natal, el Rey Luis XVIII con su familia, Monvoisin pintó el retrato de la duquesa de Angulema, sobrina del rey, con parte de la ganancia que obtuvo viajó a París. Luego de algunas dificultades, logró ingresar a la Escuela de Bellas Artes. En cuanto fue admitido, pasó al taller de pintor Pierre Narcise Guérin. Comenzó en seguida a prepararse para el premio Roma. En 1820 para la Cour Royal de Aix-en-Provence. Fracasó en la de 1821, pero la Academia dejó constancia de no poder discernir otro primer gran premio al cuadro que había presentado y resolvió proponer que se le concediera una beca para estudiar en Roma, que obtuvo finalmente por intervención del mismo Luis XVIII. El rey se había interesado personalmente por el artista a raíz del retrato de cuerpo entero que Monvoisin le hizo en abril de 1820 para la Cour Royal de Aix-en-Provence. La beca se otorgó por tres años, desde 1822 a 1824, pero luego se prorrogó por un año más. Partió para Roma en noviembre de 1821. Trabajó con Guérin, su maestro de París, quien lo influyó notablemente.

Se casó con la pintora italiana Doménica Festa, en 1825. A fines de ese año volvió con ella a París donde Monvoisin trabajó con intensidad no faltando a los Salones durante quince años consecutivos desde 1827, colocado siempre entre los primeros de su generación.

El conflicto con sus colegas, las desavenencias con su mujer que terminaron con una separación definitiva, y otras causas concomitantes le hicieron pensar en un viaje. En París trabó relación con varios chilenos prominentes, que lo entusiasmaron, y partió hacia América. Se embarcó en el puerto El Havre en mayo de 1842. Después de una accidentada travesía llegó a Montevideo donde realizó algunos retratos y obras de género costumbrista y documental. Pasó a Buenos Aires en setiembre del mismo año, siendo muy bien recibido. Por encargo del barón Picolet d`Hermillon pintó tres cuadros de gran tamaño: El gaucho federal, El soldado de la guardia de Rosas y La Porteña en el templo, que son sus tres obras maestras americanas.

Permaneció aquí por espacio de tres meses aprovechando la oportunidad de pintar varios retratos, entre ellos, los de Felipe Llavallol, el de su esposa Martina Monasterio y el de Josefa Monasterio de Llavallol, y los dibujos de Juan y Enrique Lezica Thompson. En cuanto a los generales Agustín Pinedo y Juan B. Rolón que se conservan en el Museo Histórico Nacional no existen fundamentos serios para atribuírselos.

Monvoisin tuvo intención de viajar a Córdoba para visitar la ciudad y volver a la capital, o seguir viaje directamente a Chile. Lo cierto es que trabajó mucho en Buenos Aires. Se atrevió a pintar a Juan Manuel de Rosas en el boceto que se conserva actualmente en el Museo de Bellas Artes con la barba característica de los unitarios, lo cual habría molestado al Restaurador y precipitado su partida.

Pero la manifestación del artista no concuerda con la realidad, pues para viajar a Chile contó con el pasaporte en regla que se le otorgó el 29 de noviembre de 1842, previas las publicaciones de práctica en la “Gaceta Mercantil” donde figura acompañado por una hija que seguramente sería su colaboradora Clara Filleul. Llego a Mendoza tras un penoso recorrido, donde tuvo un serio accidente y perdió 90 onzas de oro. David James supone que debe haber sido extraordinaria la cantidad de dinero que ganó en Buenos Aires durante su corta estada. Arribó a Santiago a fines de enero de 1843, deseoso de fundar una Academia de Bellas Artes, de la cual había hablado en París con el Ministro de gobierno de Chile, Francisco Javier Rosales, pero a pesar de proponer el plan y de indicar al gobierno el nombre de sus colaboradores, fracasó en su empresa.

Monvoisin enseñó en el colegio de María Josefa Cabezón, distinguida educadora salteña. Dio clases a los argentinos Benjamín Franklin Rawson, Gregorio Torres, que también fue su ayudante, a Procesa Sarmiento de Lenoir y a otros. En marzo de 1843, presentó una exposición de pintura que se inauguró en la Universidad de San Felipe en Santiago, en la que expuso los grandes cuadros que había transportado desde Francia. La exposición tuvo un éxito enorme, y la fama obtenida por Monvoisin le acarreó numerosísimos encargos.

Hacia 1844, según James, alcanzó su apogeo como retratista. El éxito y la posibilidad de ganar mucho dinero, lo llevó a una comercialización duramente criticada por Barros Arana, ayudándolo en sus trabajos de retratista su discípula Clara Filleul. Monvoisin pintaba las cabezas y, en ocasiones, delineaba o bosquejaba los cuerpos, que su asociada se encargaba de terminar.

Conoció al pintor Rugendas, y luego partió hacia Perú a mediados de 1845. En ese país tuvo un gran éxito comercial, hasta principios de 1847. Abrió su taller en casa de los Lisson, sobre la plazuela de Santo Tomás, donde le posó lo más distinguido de la sociedad limeña. Cuando regresó a Chile, adquirió la finca denominada “Los Molles”, ubicada a 28 km. de Valparaíso, que había sido de propiedad del barón Piolet d’Hermillon, su primer cliente de Buenos Aires.

Monvoisin volvió al Perú, y después de una corta estada, siguió viaje hasta Panamá que atravesó a lomo de mula. Luego se trasladó a Francia donde llegó en agosto de 1847. Al no poderse reconciliar con su cónyuge, emprendió el regreso en compañía de su sobrino Gastón Raimundo, arribando a Río de Janeiro a bordo del velero francés “Le Vaillant” el 15 de octubre del mismo año.

Doménica Festa

Pintó un gran retrato del emperador Pedro II, una de sus obras maestras. Los celos y la envidia de sus colegas desataron en Río una polémica a favor y en contra de Monvoisin que duró varias semanas. De su obra en el Brasil se conocen dos paisajes de la Bahía de Río. Se dice que Pedro II pidió al pintor que se quedara en el país. Lo cierto es que lo colmó de atenciones y lo condecoró Caballero de la Orden del Cruzeiro. Volvió a Chile en enero de 1848, viajando por el Cabo de Hornos.

Vivió largas temporadas en su hacienda de “Los Molles”, cuyas paredes había decorado con una serie de frescos que representaban las musas. Siguió pintando con asiduidad. Durante los meses de junio y julio de 1849, hizo un viaje a Copiapó, donde fundó una sociedad anónima bajo el nombre de “Monvoisin y Cía.” para explotar las minas de plata, consiguiendo sólo salvar los gastos.

En materia de pintura religiosa produjo un excelente Cristo, que se conserva en la Catedral de Concepción. Pintó algunos cuadros de carácter históricos, entre ellos, el de la Prisión de Caupolicán, para cuya documentación viajó a la Araucania en los años 1854 y 1855, y además la gran tela titulada Abdicación de O’Higgins.

Se calcula que Monvoisin pintó durante su residencia en Chile alrededor de 300 retratos ayudado por sus colaboradores y discípulos. Aunque todos no tienen la misma calidad, y se ha tachado a Monvoisin de comerciante, fue sin duda, uno de los más grandes artistas que haya visitado América del Sur en el siglo XIX.

De improviso decidió regresar a Europa. Vendió todas sus pertenencias en remate y se embarcó para Francia en setiembre de 1857 llegando a París, el 1º, de enero de 1858. Pero pronto se lamentó porque no encontró más que el olvido y la indiferencia, hasta su nombre casi borrado. La avanzada edad no le permitió volver a América.

No obstante su desaliento, siguió pintando con tesón. En 1859, produjo un excelente cuadro Los Refugiados del Paraguay, y otras telas sobre temas chilenos. Vivió sus últimos días en Boulogne-sur-Seine rodeado por sus familiares Murió el 26 de marzo de 1870. Fue enterrado en el cementerio de Boulogne con una ceremonia de gran sencillez.

Pintó durante su vida varios autorretratos, el primero en 1815 y el último en 1869. Monvoisin no era un artista mediocre, y a veces, llegó a estampar huellas geniales en sus variados cuadros. Era un fisonomista de alta ley y sabía transmitir un soplo de vida perenne a la expresividad de sus retratos. Fue un gran retratista.

Fuente
Cutolo, Vicente Osvaldo – Nuevo Diccionario Biográfico Argentino – Buenos Aires (1975).
Efemérides – Patricios de Vuelta de Obligado
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