La leyenda de Cuitiño

Corobel Xiriaco Cuitiño (1795-1853)

Las enciclopedias lo definen como “funcionario y militar”. Fue coronel graduado y comisario, y fusilado junto a Leandro A. Alen, que había ingresado a la vieja policía porteña como celador a comienzos de 1830. A partir de 1853, pasó a ser leyenda.

Los caminos de la Historia tienen semejanza con la función policial: tratan de desentrañar los motivos del comportamiento humano. En el primer caso, es posible, desde un escritorio y reforzado por innumerables tomos, tomar partido. Frente a un caso policial, el hombre que ha de investigarlo debe ser neutral. Por detentar ambas vocaciones, he llegado a saber que las épocas históricas sólo pueden explicarse dentro de sí mismas y que los delitos graves sólo tienen razón al estudiarse las causas y el contexto interior de el o los culpables: en todo caso, juzgar desde lejos, fuera de la temperatura del momento deriva en tecnicismos y aproximaciones.

La historia policial, en tiempos críticos, está adherida a los acontecimientos de una región. Cuando las convulsiones y las pugnas cesan –sobre todo en la última centuria y media-, la tarea retorna a la preservación del orden público y la prevención de todo tipo de delitos. Algo así aconteció con la creación de La Mazorca, que en principio fue una sociedad política, formada por los autodenominados “restauradores”, admiradores del primer gobierno del brigadier Juan Manuel de Rosas. Eran los tiempos del gobierno de Juan José Viamonte, en 1833, y comenzó con la participación de personas respetables de la sociedad porteña.

Cuando Rosas tomó el gobierno más dilatado que el país conoce, dos años después, hacía apenas un lustro que Ciriaco Cuitiño servía en la policía de Buenos Aires que, por entonces, tenía jurisdicción en la ciudad y la campaña. En 1830, había sido nombrado Comandante de las Partidas Celadoras de Campaña con el rango de sargento mayor, luego de haber sido Capitán del Regimiento de Milicias de Caballería.

Cuitiño había nacido a finales del siglo anterior en Mendoza, hijo de Juan y Candelaria Sosa, posiblemente de origen portugués o porteño, según sus historiadores. No obstante, en 1828, 1843 y en alguna otra oportunidad, visitó Mendoza, sea para cobrar una herencia, sea para restaurar su salud, que no era muy buena, lo que apoyaría que era mendocino y no porteño, como aseguran algunos. Si bien no se tienen mayores precisiones sobre su infancia y adolescencia, se registra su presencia en Quilmes, en 1818, como Teniente de Milicias.

Desde la mitad del siglo XVIII, los vastos alrededores de Buenos Aires, que se extendían a los cuatro vientos, había sido el foco de la delincuencia que comenzaba a formarse: vagos y malentretenidos, viciosos, contrabandistas, desertores de infinidad de levas y campañas, blancos españoles marginales, mestizos, mulatos e indios, dedicados al pillaje y al asalto a las desperdigadas “estancias” o chacras de aquel tiempo. Ni los Alcaldes de Hermandad, creados en la Edad Media para combatir el delito rural, ni las batidas que los gobernadores y virreyes habían dispuesto, atenuaron el problema; Cuitiño debió convertirse en un elemento eficaz contra esta plaga, puesto que un comisario de campaña anotó en su esbozo de legajo que no daba cuartel a los ociosos y peligrosos delincuentes de su zona. Así creció, desde su carácter militar, la profesión de policía, porque por entonces lo militar cuidaba como podía de la seguridad, mientras se luchaba contra los portugueses primero, y luego para lograr la independencia y la consolidación nacional.

La ciudad desnuda

Tanto la función policial como el conocimiento de la historia de los pueblos necesitan abrevar en su sicología, o sea, la certeza sobre el tipo humano que produce los hechos y modifica el curso de los acontecimientos. Pertenezco a una generación que luego de heredar una larga pugna entre unitarios y federales, vio regresar los restos del Brigadier desde el cementerio viejo de Southampton, y erigir su estatua en plena ciudad, la misma que lo tuvo de vecino en Palermo y vio relatar con ríos de tinta su trayectoria.

Naturalmente, a casi un siglo y medio de su muerte, se le atribuyen masacres y degüellos en 1840 y de disponer de Cuitiño como mano asesina destinada a ejecutarlos. Francisco L. Romay, que no aprobaba en modo alguno la actuación del Restaurador, confiesa que tanto Cuitiño como Vicente Parra, ascendidos a coroneles graduados en 1838, habían ejercido sus cargos (de comisarios) con prudencia en los primeros tiempos, culpando al gobernador de los futuros desvíos. En otra parte de su monumental “Historia de la Policía Federal Argentina”, no queda probada fehacientemente la circunstancia que Cuitiño y sus hombres se dedicasen a la caza de enemigos del Restaurador. Se habla de obsecuencias a Rosas, como de que fue su más fiel servidor y el más frío ejecutor de sus órdenes más tremendas.

Como se dijo antes, el conocimiento de los pueblos revela algunas verdades o, por lo menos, fundamentos que nos parecen tales. De los tiempos turbulentos de la anarquía, desde la frágil independencia de 1816, pasando por la guerra con el imperio del Brasil, la fugaz presidencia de Rivadavia y la explosión del federalismo, el desorden golpeó al habitante de estas comarcas, con su secuela de inestabilidad, desequilibrio, peligros, desorganización y miseria. Acaso fueran estas mareas la que trajeron la mano fuerte de Rosas y los pueblos, sus estratos inferiores, fueron voceros de aprobación. Cuitiño venía de ese pueblo y es dibujado por los historiadores como “[….] un hombre muy rústico, sin educación ni instrucción”, lo que por entonces no era más que confesar que la instrucción pública no existía ni era de fácil acceso la poca que podía allegarse. No obstante, Romay afirma que sabía leer y escribir, “lo suficiente como para hacerse entender”. De allí a considerar a Ciriaco Cuitiño sin moral ni religión, no había más que un paso.

Desde nuestra óptica del siglo XXI, desde lejos, a la luz de documentos contradictorios y sucesos que hacen pensar la imagen del Cuitiño fiel a un líder, no es distinta a situaciones similares bien conocidas a lo largo de las centurias XIX y XX en todo el humano planeta. En una ciudad desnuda de leyes, raíz y centro de toda la política argentina, el Cuitiño comisario extraordinario, que antes había sido un febril perseguidor de malvivientes en Quilmes y en otros lugares, hombre de caballo, respetado a fuerza de coraje, ¿utilizó el poder delegado y su cercanía con el Restaurador en su propio beneficio?

“¡Se muere una sola vez, carajo…!”

Cuando llegó Caseros, Cuitiño sólo había utilizado su situación para viajar a Mendoza, al Norte y a la parte septentrional de Sudamérica, merced a pasaportes concedidos por Rosas y algunas facilidades de desplazamiento, en honor a los servicios prestados como funcionario del gobierno. Después del 3 de febrero de 1852, mucho después, cuando la serenidad volvió a la ciudad, luego del caos posterior a la caída del gobierno, Cuitiño y gran parte de sus hombres quedaron en Buenos Aires, pudiendo huir o ponerse a salvo.

Pronto, fueron detenidos Silverio Badía, Antonino Reyes, Manuel Troncoso, Leandro Alen y Ciriaco Cuitiño, entre otros. Este último fue procesado por haber sido el jefe de La Mazorca, a la que se atribuían los violentos sucesos de 1840 y 1842, y Alen por una larga lista de acusaciones mientras era miembro del Escuadrón de Vigilantes. El juicio fue público y estuvo encabezado por el juez Claudio Martínez, que condenó a ambos a ser fusilados en la plaza pública y sus cuerpos colgados de una horca.

Antes de cumplirse la sentencia, ante la poca presencia de ánimo del antiguo celador Alen, Ciriaco Cuitiño –se afirma- le gritó, altivamente: “¡Se muere una sola vez, carajo! ¡Muera como un hombre!”. Luego, marchó en silencio hacia su último destino.

La leyenda

En 1873, antes de la federalización de Buenos Aires, algún antiguo vigilante de aquellos días ilustraba a un joven abogado:

-Yo pertenecía al batallón del coronel y comisario Cuitiño, que Dios lo tenga en la gloria. Después de su muerte, renuncié al grado de sargento, agarré mi caballo y renuncié.

-¿Tanto lo afectó el fusilamiento?

-Vea, doctor. Yo lo admiraba a don Ciriaco. Mire si sería íntegro que cuando don Juan Manuel le ofreció llevarlo con él a Europa, prefirió quedarse, aun después del desorden generalizado que se produjo después de Caseros. Es que siempre decía que el honor y la hombría eran el tesoro más preciado del criollo y del policía que cumplía con su deber.

-Yo era muy joven, entonces, casi un chico – respondía el abogado. Sé que entre las principales familias, nadie se decía partidario de la Federación cuando, por ejemplo, en el salón literario de Marcos Sastre, Juan Bautista Alberdi en su “Fragmento Preliminar al estudio del Derecho”, destacaba a Rosas, y Juan María Gutiérrez, el 18 de agosto de 1839, publicaba una carta en “La Gaceta Mercantil”, felicitándolo por los triunfos obtenidos contra los enemigos de la patria. En el Diario de Anuncios del 5 de enero de 1835, hasta Esteban Echeverría, que publicaba sus “Obras Federales”, aplaudía al Restaurador.

-Pero entre el paisanaje, la lealtad se ve hasta el día de hoy, cuando en algunas pulperías se nos calienta el pico y se escucha el grito de “Viva Rosas, caracho”, con el perdón del doctor, claro.

-Yo recuerdo que tanto Cuitiño y algún miembro de la Sociedad Popular Restauradora fueron sumariamente procesados y ejecutados, un poco condenados de antemano por ese fantasma anónimo que se llama opinión pública.

-Dicen, doctor, que todo fue cosa de la política. Recién en 1853 fueron detenidos y acusados por sucesos del 40 y el 42. Después de la caída de don Juan Manuel, siguió el odio, siempre el odio. Se comentan tantas cosas, que el pueblo bajo siempre queda lejos de las verdades.

-Aquel 28 de diciembre usted era policía, ¿verdad?

-Y que lo diga. Aquel día a don Ciriaco y al vigilante Leandro Alen los sacaron de los calabozos del viejo Cabildo, engrillados. El se colocó solo en el medio de la escolta y fue saludando a uno por uno de los soldados que conocía, y al pasar por frente a ellos, se dirigió con paso firme a su infortunio. Al abrirse el portón y enfrentar al gentío, dio un “Viva Rosas”, lo que siguió repitiendo todo el trayecto que hizo la carreta y hasta el final. Al llegar a la plazuela de la Concepción, lugar elegido para la ejecución, volvió a gritar: “Muero por Rosas y su causa”, y él mismo se desprendió la camisa frente al pelotón. Más le digo, doctor: la noche anterior, cuando estaba en capilla, había llamado a su celda a un oficial y le pidió hilo negro y aguja. Ante la sorpresa del guardián, le aclaró, serenamente, que sabía que después de fusilado sería colgado de la horca y que no quería que un federal, ni aún muerto, perdiera sus pantalones.

-Me han dicho que tuvo la posibilidad de huir y enfrentó su suerte sin una queja.

-Más aún, doctor. Ya frente al pelotón, se negó a que le vendaran los ojo, pese a las súplicas del sacerdote, Fray Olegario Ojeda, que lo asistía.

Los pueblos construyen sus mitos y sus leyendas, del mismo modo que entregan su consecuencia a esas mitologías. Ha ocurrido antes, y hoy, cuando se canoniza por cuenta propia a un cantante de moda, a un futbolista o al coraje que no entra en las academias. Sucedió con Valentino, James Dean, Rodrigo, Gilda y seguirá sucediendo. Pertenecen a la épica cotidiana, con sus exageraciones y supersticiones y, en ocasiones, escapan a la verdad histórica.

Aquel Ciriaco Cuitiño que supo ser un policía de un tiempo anterior a los hechos políticos que ocasionaron su final, ocupó un vasto escenario de leyenda, como la que se transcribe más arriba, extraída de la tradición oral de fines del siglo XIX. Hemos visto, décadas después, que el fenómeno se repetía. En estos tiempos en que se tamizan los desencuentros para alcanzar la serenidad y la adultez, presenciamos la necesidad de que el desafecto deje el campo libre a la comprensión. Si el futuro y el presente son difíciles de desentrañar, el pasado no debe ser la obstinación de negar las pasiones humanas, sino el de colocarlas en el viejo proscenio donde los hombres vivieron la vida que les tocó vivir.

Fuente
Efemérides – Patricios de Vuelta de Obligado
Gómez, Comisario Mayor (R) Luis Félix– “Ciriaco Cuitiño, de jefe de la Mazorca a valiente hasta la muerte”.
Pico, José María – Libre tránsito para Cuitiño – La Nación, Buenos Aires, enero 2000.
Portal www.revisionistas.com.ar
Romay, Francisco L. – Historia de la Policía Federal Argentina – Biblioteca Policial, Buenos Aires (1966).

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