Rosas y la masonería

Hemos escuchado varias veces la mención de que Juan Manuel de Rosas ha sido masón. La acusación, terrible y ominosa, viene a completar la extensa galería de mitos que sobre su figura propagaron quienes lo vencieron en los campos de Caseros, mucho antes de que la palabra autorizada del revisionismo irrumpiera en la escena para poner las cosas en su lugar.

En la escala valorativa de los males endilgados al Restaurador, sin embargo, su señalamiento como logiado tal vez sea el menos importante para sus detractores, puesto que la Masonería debió su impulso definitivo en el Plata al quedar herido de muerte el régimen que aquél conducía. Casi todos los verdugos del criollaje se iniciaron en los rituales masónicos, y por lo mismo resultaría contradictorio para ellos mismos mencionar que el “tirano” también pertenecía a las logias. A lo sumo, decir que Rosas era masón significaría asestarle un golpe muy duro a la fe de los argentinos católicos (o religiosos) que lo aclaman y respetan.

Para desentrañar esta mentira, creí necesario dividir esta nota en dos partes: la primera, consistente en la búsqueda de fragmentos de cartas donde Rosas despotrica contra los masones y sus consecuencias, y la segunda, en la indagación del devenir histórico de la Masonería antes y durante el período rosista. Veremos, en uno y otro caso, que mientras existió la Federación, las logias jamás fueron consideradas, por lo que debieron retirarse del país para continuar sus prácticas y ritos a la espera de que Rosas cayera. Quiera este humilde aporte rectificar el mito para que nunca más vuelvan a falsearse los rasgos cristianos de Don Juan Manuel.

Cartas y misivas

Las más reconocidas advertencias que Rosas hizo sobre -y contra- la masonería (a la que se refiere como “sociedad secreta”, “logia revolucionaria” o “logia secreta”, léxicos que, al fin de cuentas, remontan a la esotérica internacional) están en el valioso epistolario que intercambió con su amigo Juan Facundo Quiroga.

Celebrado el Pacto Federal y capturado el general Paz en Córdoba, unos meses más tarde, el 4 de octubre de 1831 desde Pavón, Rosas manifiesta a Quiroga que todavía es inoportuno comenzar con la organización general de las provincias porque aún persisten elementos anárquicos en el interior a quienes se hace indispensable eliminar de la escena nacional. “Los enemigos –le dice- han principiado su juego: intrigan con su arma, la calumnia y el enredo, como lo habían acordado en sus logias”. El Restaurador sabe que desde los talleres masónicos (las logias) se dio la orden a los unitarios para anarquizar el país. Esta es la primera vez que Rosas comenta algo sobre la internacional. Sin embargo, notamos que ya en el primer intercambio entre él y el riojano (3 de febrero de 1831), el Restaurador se colocaba abiertamente contrario a la cosmovisión masónica al decir que “La consideración religiosa a los templos del Señor y a sus ministros, conviene acreditarla. Antes de ser federales éramos cristianos, y es preciso que no olvidemos nuestros antiguos compromisos con Dios”. Cualquiera sabe quela Masonería es antirreligiosa por antonomasia, y que Rosas a lo largo de su existencia demostró ser un cabal hombre de preceptos religiosos.

Desde Buenos Aires, y con fecha 28 de febrero de 1832, el gobernador Rosas vuelve a dirigirse a Facundo Quiroga bajo estos términos: “He tirado en estos días un decreto sobre (el) uso de la libertad de imprenta. Me ha movido a hacerlo la necesidad de dar cumplimiento exacto al artículo 6° del tratado de los Gobiernos (aliados): también el deber de cruzar los manejos de los Unitarios Decembristas; asimismo la conveniencia de contener la influencia de los extranjeros al menos en una gran parte. Además ya que no puedan al [sic] todo desarmarse las logias secretas, el decreto no podrá menos que dar el resultado de debilitarlas; así como nos pone en guarda contra los espías y revolucionarios enviados ocultamente a los pueblos de América, no sólo por los españoles, sino también por los que no lo son”. Este párrafo, es lo suficientemente claro como para inferir que Rosas nunca tuvo simpatías para conla Masonería. Sigamos viendo otros documentos.

Vuelve a separar las aguas Don Juan Manuel, al referirse a la naturaleza que posee una república federal de otra con matriz unitaria, invocando en esta última los elementos masónicos disuasivos que la componen. Sobre el asunto se expide largamente Rosas a Quiroga en la magistral nota de la Hacienda de Figueroa, del 20 de diciembre de 1834, redactada bajo un aromo del lugar que todavía hoy se mantiene en pie:

“Una muy cara y dolorosa experiencia nos ha hecho ver prácticamente que es absolutamente necesario entre nosotros el sistema federal…; que el haber predominado en el país una facción, que se hacía sorda al grito de esta necesidad, ha destruido y aniquilado los medios y recursos que teníamos para proveer a ella; no ha dejado casi reliquias de ningún vínculo, extendiéndose su furor a romper el más sagrado de todos y el único que podría servir para restablecer los demás, cual es el de la Religión”. Y prosigue Rosas: “Una República Federal es una quimera y un desastre, si los estados confederados no están bien organizados, lo que no ocurre en este momento, en que las provincias no tienen todavía instituciones locales, en que los pueblos están minados por los unitarios anarquistas y por los agentes secretos de otras naciones y de las grandes logias revolucionarias que tienen en conmoción a toda Europa”.

El gaucho decía una verdad insoslayable en medio de la pampa bonaerense. Dictaba a Antonino Reyes, su secretario privado, que los círculos masónicos del Viejo Mundo no solamente afectaban la paz y la concordia de esas tierras, sino que también importaban sus oscuros intereses al continente americano para facilitar, en el caso de la Confederación Argentina, el triunfo de los unitarios y la subyugación a las finanzas británicas.

Por esos años, en términos muy parecidos escribía Rosas a otros gobernadores provinciales. Al santafecino Estanislao López le advierte que “Los federales habíamos destruido el imperio de los unitarios, dejando existentes los primeros hombres del partido, (éstos se hallan) esperando la oportunidad, si no del triunfo sobre el sistema demócrata… (sí) la venganza contra el partido federal… Hoy, apoderado con mañosa habilidad de los principales elementos, canta una completa victoria… La Logia y el partido unitario trabajaron, a cara descubierta, (durante la) pérfida administración de Balcarce”. (Carta del 1° de junio de 1834). Esta fue la época en que se produjo una división muy marcada entre los federales cismáticos (emparentados a las logias disgregantes cercanas al unitarismo) y los federales apostólicos (seguidores del Restaurador de las Leyes).

“Ser Supremo”

Las pruebas documentales de que supuestamente se valieron los falsarios e incrédulos para argumentar que Rosas era masón jamás existieron ni fueron halladas. Sí hay, en cambio, un decreto del 11 de junio de 1835 que lleva su firma, concerniente a la declaración del día 9 de Julio como fecha patria, en el cual invoca al “Ser Supremo” en dos oportunidades, si bien con el afán certero de referirse a Nuestro Señor Jesucristo por lo antedicho.

No es antojadizo, sin embargo, refrendar este serio error conceptual cometido por Don Juan Manuel –el único en su extensísima foja epistolar-: por “Ser Supremo” entendemos al “Dios” de la Masonería . Así lo oficializaron a través de una circular del 26 de mayo de 1876 los logiados del Consejo Supremo de los Soberanos Grandes Inspectores Generales del Grado 33 del Antiguo y Aceptado Rito de la Masonería para Inglaterra, Gales y dependencias de la Gran Bretaña .Leemos en el documento aludido:

“Si el delegado escocés se hubiera quedado hasta el final del Congreso, no se hubiera atrevido a emitir la declaración, insostenible, de que el Congreso no había expresado su creencia en un Dios personal…pues el punto sobre el que más frecuentemente ha insistido este Congreso ha sido el de expresar, como principio absoluto y fundamental del Antiguo y Aceptado Rito Escocés de treinta y tres grados, la creencia en la personalidad de Dios como Autor, Creador, Creador Supremo, Gran Arquitecto del Universo, Ser Supremo”.

Veamos, por caso, el famoso discurso del masón Domingo Faustino Sarmiento el día de la inauguración del monumento a Manuel Belgrano, el 24 de septiembre de 1873: “Las Pirámides eternas del Egipto conservan aun el plan de esta arquitectura primitiva, y es hoy idea aceptada que, alrededor de una tumba, se despertó en el hombre, aún salvaje, el sentimiento religioso que nos liga al Ser Supremo…”. Bordeando el final de la plática volverá sobre sus esotéricas creencias al hablar del “Supremo Hacedor”.

Sobre Rosas, al revés de Sarmiento, no pesa la infamia del archivo demoledor que lo señale como un iniciado en las logias, a las cuales despreciaba por anarquistas y amorales. Sarmiento, en cambio, para 1873 ya llevaba 19 años como “hermano” masón y muchos más como hombre de lesa patria.

La profunda devoción cristiana del Restaurador quedó patentada desde sus primeros años al frente de la provincia de Buenos Aires. Después del vendaval rivadaviano y la subversión de Juan Lavalle –ambos anticatólicos y masones-, en febrero 8 de 1831 Rosas restablece mediante un decreto la enseñanza religiosa. Veremos en la trascripción del documento como para él la religión significaba orden, y la masonería anarquía, postura que sostuvo en su correspondencia y defendió inalterablemente en sus actos gubernativos:

“Habiendo el gobierno delegado llegado a entender que en algunas escuelas públicas de primeras letras establecidas en esta ciudad por personas particulares, se descuida notablemente la enseñanza de la doctrina cristiana, conforme a la fe y moral de la Iglesia Católica Apostólica Romana, y considerando que tan escandalosa omisión debe necesariamente producir muy funestas consecuencias contra el orden y tranquilidad pública por cuanto tiende a propagar la ignorancia y desprecio de la Religión del Estado, ha acordado y decreta:

“Art. 1°) Ningún particular podrá establecer dentro del territorio de la provincia, escuela pública de primeras letras, sin permiso del Inspector General de escuelas, previas las justificaciones necesarias sobre su moralidad, religión y suficiencia. Art. 2°) Dicho Inspector disolverá y hará cerrar toda escuela pública de primeras letras, establecida por algún particular, para varones o mujeres, en cualquier punto de la provincia, cuyo director, maestro y ayudante no tenga bien acreditada su moralidad y suficiencia, o no destine desde ahora en adelante el sábado de cada semana a la enseñanza de la doctrina cristiana por el catecismo del Padre Astete, que se ha usado y usa generalmente en esta ciudad, y con especialidad en las escuelas del Estado”.

No olvidemos, asimismo, que Rosas santificó su régimen político –postura gibelina, dirán no pocas personas-.

Antes y durante el rosismo

Para saber qué pensaban los masones sobre el gobierno de la Santa Federación y de su principal figura, Don Juan Manuel de Rosas, debemos remontarnos a un fragmento del discurso pronunciado el 21 de julio de 1860, en Gran Asamblea, por el Grado 33 José Roque Pérez, “Soberano Gran Maestre Comendador, fundador del Supremo Consejo y Gran Oriente de la República Argentina”, quien en estos términos se refería a la labor de los masones, por un lado, y al régimen rosista, por el otro:

“Si :. felices vosotros que al fundar la masonería en este país, dábais a su primera Logia el nombre de “Unión del Plata”, y a su hija primogénita el de “Confraternidad Argentina”. Estos dos nombres simbolizan ya lo que veis hoy realizado, después de cinco años de lucha desgarradora; y esas dos Logias, que desde un principio manifestaban nuestros votos por la Unión Nacional, aun existen vivas y florecientes para recibir en su seno, la una al Jefe de la República – “Unión del Plata” – la otra a los dos guerreros que cruzando sus espadas en el campo de batalla, firmada la paz se daban el abrazo de hermanos, y condujeron a la República al estado de felicidad en que hoy se encuentra, estableciendo la verdadera Confraternidad Argentina. Es que ambos eran hermanos al ligar sus esfuerzos para derrocar la espantosa tiranía que oprimía a los Argentinos…”.

Por espantosa tiranía -se entiende- los logiados querían apuntar al gobierno federal de Rosas. Esta “tenida masónica” resultó ser la más importante que se recuerde en el siglo XIX, pues para la ocasión se les confirió el “Grado 33 a los Ilustres Hermanos Santiago Derqui, presidente de la República Argentina; general Bartolomé Mitre, gobernador del Estado de Buenos Aires; Domingo Faustino Sarmiento, ministro de gobierno de Buenos Aires; coronel Juan Andrés Gelly y Obes, ministro de la guerra del mismo Estado; y de afiliarse y regularizarse en el mismo grado, el gobernador de Entre Ríos, general en jefe de los ejércitos de mar y tierra de la República, Ilustre Hermano Justo José de Urquiza”. Como lo intenté aclarar en otra oportunidad, la disertación antirosista de Roque Pérez es voceada cuando ya no había vuelta atrás en la autoproclamada etapa de la “Organización Nacional”, donde ni Rosas, ni la Federación y ni siquiera el pueblo eran tenidos en cuenta para la era que asomaba.

La internacional masónica, si a su historia nos remontamos, fue poderosa antes del advenimiento de Rosas al poder, y menguó considerablemente durante su efectiva acción política.

Las 17 bulas condenatorias que la Iglesia Católica le propinó a la Masonería desde el 18 de mayo de 1751 y hasta el 19 de marzo de 1950, no pudieron impedir la influencia de ésta en los asuntos internos del país tan sólo luego de derrotados los ingleses en 1806 y 1807.

Como primera autoridad importante de la masonería en suelo americano, hallamos al Caballero Randolph Took, designado por la Gran Logia de Inglaterra como Gran Maestre Provincial para América del Sud, el 17 de abril de 1735. Es escasa la información complementaria que existe sobre Took, dado que la Gran Logia de Inglaterra recién a partir del año 1750 va a guardar información de sus miembros.

Se dice que las primeras logias en nuestro terruño fueron de origen irlandés, pero para 1821 serán los españoles constitucionalistas –partidarios de la Constitución Liberal de 1812 (“la Pepa”) de Cádiz- los que van a fundarla Logia Aurora, bajo los auspicios de la Masonería de España, cuyos partidarios arribarán a las costas de las Provincias Unidas del Río de la Plata para fundar otra logia denominada Libertad. Esta Logia Libertad tendrá los auspicios del Gran Oriente Español. Ahí nomás, el puntano Juan Crisóstomo Lafinur se afiliará a la logia masónica Valeper, auspiciada por la Gran Logia de Maryland, de los Estados Unidos.

Unos años más tarde, en 1825, “un grupo de súbditos estadounidenses organizan Estrella Sureña (Southern Star) con Carta Constitutiva de la Gran Logia de Pensilvania”, afirma el masón griego Alcibíades Lappas. En la logia Estrella Sureña va a enrolarse un nefasto personaje de la historiografía liberal: Bernardino Rivadavia, acérrimo enemigo de Juan Manuel de Rosas y los caudillos federales de tierra adentro.

Southern Star modificará su nombre cuando por 1829, año de la primera asunción bonaerense de Rosas, los masones son perseguidos por el Restaurador al punto de tener que emigrar a Montevideo, Uruguay, donde formaron con los miembros dispersos la Logia Asilo de la Virtud. Este nombre posee un significado bastante elocuente, pues los logiados se suponían “virtuosos”, por ende, debían buscar asilo en otro país porque la Federación (“la barbarie”, según su abatida conciencia) buscaba su desaparición. En los comienzos de Rosas como gobernador de Buenos Aires, el ejemplo citado quizás sea el más claro a la hora de comprender por qué la masonería y el rosismo resultaron ser dos cosmovisiones acérrimamente opuestas y enemistadas a muerte.

Veremos que muchos de los masones argentinos que lo combatieron desde el destierro (como por ejemplo, Sarmiento y Gregorio de Las Heras en Chile), emplearon sus contactos internacionales para influenciar sobre los salvajes unitarios que sí peleaban en los campos de batalla contra los ejércitos federales, en un período donde casi no hubo oportunidad de introducir talleres masónicos en los confines de la Santa Federación sino hasta 1852.

De todos modos, desde 1835 a 1852 cualquier intento unitario por llegar a consolidar algunas logias masónicas en el país recibía, amén de un castigo ejemplar, el mote genérico de Logias “Unitarias”. Lappas, agrega: “En esas Logias militaron muchos de los más allegados, e incluso cercanos parientes de Rosas. Algunas de esas Logias llegaron hasta nuestros días: (…) la de San Juan de la Frontera, de la ciudad de San Juan; la Constante Unión, de la ciudad de Corrientes; y la Jorge Washington, de la ciudad de Concepción del Uruguay”.

Activísimos han sido los fundadores del Salón Literario (1834), entre los que figuraban Juan Bautista Alberdi, Juan María Gutiérrez, Vicente Fidel López, Miguel Cané, Carlos Tejedor, Félix Frías, etc., suerte de movimiento que a través de “La Moda” -su publicación- subterráneamente trataba de importar gustos, modismos y formas de vida franceses. Este núcleo, junto a José Mármol, Rivera Indarte y otros jóvenes más, crearon en 1837 la Joven Argentina(o “Joven Generación Argentina”), imitación de la carbonaria Joven Italia de Giuseppe Mazzini. Todos los nombrados apoyaron con fervor a Rosas, para luego empezar a rebelarse traidora y solapadamente contra la Federación. En 1838, Juan Manuel de Rosas dispone la disolución de la Joven Argentina, promoviendo el exilio de muchos de sus integrantes hacia Montevideo, predilecta ciudad del masonismo rioplatense. Hubo, no obstante, un continuismo uruguayo de la Joven Argentina: se llamó la Asociación de Mayo, entidad secreta mentada por Alberdi que durante todo el segundo gobierno de Rosas se dedicó a promover hombres para que fundaran logias con similares propósitos en diversas provincias argentinas, como ser Tucumán, San Juan, Córdoba, etc., etc., es decir, las famosas Logias “Unitarias” de que hacíamos mención en el párrafo anterior. (1) Ayudaron a pergeñar esta estructura Domingo Faustino Sarmiento, Marco Avellaneda, Vicente Fidel López y Benjamín Villafañe, por nombrar a los más importantes.

En el entramado hubo otra entidad más, la sociedad secreta del “Club de los Cinco”, formada en Buenos Aires por “Jacinto Rodríguez Peña, Rafael Corvalán (hijo del general Corvalán, edecán de Rosas), Enrique La Fuente, Carlos Tejedor y Santiago R. Albarracín”, afirma el Padre Aníbal Röttjer. El “Club de los Cinco” mantuvo hasta el final del rosismo contactos clandestinos con la Asociación de Mayo. Concluye el Padre Röttjer, sentenciando que en los años del Restaurador “todas las sociedades secretas, aun las que se inspiraban en fines culturales, sociales, políticos o patrióticos, fueron perseguidas y abolidas, pues se las creyó reducto de masones que disimulaban su filiación para poder subsistir”. (2)

Otro que intentó infestar a los pueblos cristianos con la prédica envenenada de la masonería fue el corsario italiano –y futuro “Papa-Emperador de la Masonería Mundial”- Giuseppe Garibaldi, quien “durante su estada en Entre Ríos, en 1837, funda una Logia en Gualeguaychú”. El dato puede importar algunas dudas en cuanto al año en que Garibaldi llegó a nuestro país; se especula que lo hizo por 1844. La logia entrerriana, empero, existió.

Excede a este trabajo lo que a continuación agregaremos, pero el auge de la masonería en el Plata va a ocurrir tras la caída de Juan Manuel de Rosas. Luego de Caseros, van a crearse en un lapso de cuatro años (1852-1856) unas cinco logias masónicas que trabajarán “bajo los auspicios de la Masonería brasileña y del Uruguay”. Eran los “logros” que traía aparejado consigo lo acontecido el 3 de febrero de 1852.

Referencias

(1) Juan Bautista Alberdi ofició en la Asociación de Mayo como “portador de las “Palabras Simbólicas” de la misma a Montevideo, para salvarlas de la vorágine de la tiranía rosista”, de acuerdo a Lappas.
(2) Buena parte de los nombrados se iniciaron en la Masonería una vez caído Rosas, los menos antes de su régimen: Domingo Faustino Sarmiento (Logia Unión Fraternal de Valparaíso el 31 de julio de 1854); Vicente Fidel López (Logia Valeper en 1821); Juan Bautista Alberdi (Logia San Juan de la Fe N° 20, de la que fue miembro honorario); José Mármol (Logia Consuelo del Infortunio N° 3 el 5 de octubre de 1858); Miguel Cané (Logia Lealtad N° 6 el 9 de septiembre de 1858); Santiago Rufino Albarracín (Actuó masónicamente en Brasil. En 1855 fue miembro fundador de la Logia Unión del Plata N° 1, de Buenos Aires).

Por Gabriel O. Turone

Bibliografía

- Barba, Enrique M. “Correspondencia entre Rosas y Quiroga en torno a la Organización Nacional”, Universidad Nacional de La Plata, Buenos Aires, Diciembre 1945.
- Corvalán Lima, Héctor. “Rosas y la formación constitucional argentina”, Ediciones Idearium, Mendoza, Argentina, 1979.
- Efemérides – Patricios de Vuelta de Obligado
- Discurso de Domingo F. Sarmiento a la Bandera Nacional, Imprenta de La Tribuna, Buenos Aires, 1873.
- Lappas, Alcibíades. “La Masonería en la Argentina a través de sus hombres”, Primera Edición, Octubre 1958.
- Meurin, S. J. Monseñor León. “Filosofía de la Masonería”, Biblioteca de Filosofía e Historia, NOS, Madrid, 1957.
- Portal www.revisionistas.com.ar
- Rivaner Carlés, Raúl. “Rosas”, Liding S.A. Ediciones Internacionales, Buenos Aires, Argentina, 1979.
- Röttjer, Aníbal Atilio. “La Masonería en la Argentina y en el mundo”, Editorial Nuevo Orden, Buenos Aires, 1973.
- Röttjer, Aníbal Atilio. “Rosas, Prócer Argentino”, Ediciones Theoría, Buenos Aires, Septiembre 1972.

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