Rosas según un viajero inglés

Grabado que ilustra la tapa de la edición argentina del libro de Mac Cann

William Mac Cann, autor de este relato, fue un negociante inglés que arribó a Buenos Aires en 1842, atraído por los beneficios comerciales que habían obtenido en el Río de la Plata muchos súbditos británicos, pero, al tiempo de su arribo, la situación no era propicia a los negocios de tráfico exterior.  Corrían años difíciles en el período rosista.  Sin embargo se resignó al fracaso de sus primitivos planes y decidió permanecer en la ciudad, ejerciendo el comercio en la escala que permitían las circunstancias.  Los acontecimientos políticos que apasionaban a la opinión despertaron su curiosidad y trató de comprender el proceso del gobierno de Rosas con relación a los intereses, y al comercio del Río de la Plata.

A fines de 1845, cuando la escuadra anglo-francesa llevaba su más seria ofensiva contra Rosas, Mac Cann se habría embarcado para Inglaterra, donde en 1846 publicó el interesante trabajo que apareció en Liverpool, por las prensas de Thomas Bain, titulado “The present position of affairs in the River Plate”, y que firmó con el pseudónimo de “A. Merchant”, (un Comerciante).

En 1853 publicó su libro “Dos mil millas a caballo por las provincias argentinas”; en el Capítulo IX de su obra, traducida por José Luis Busaniche, hace el relato de un encuentro con el Brig. Gral. Juan Manuel de Rosas en su residencia de Palermo.  Mac Cann decía lo siguiente:

Volví a Buenos Aires, después de mi primer viaje, precisamente cuando el Lord Howden, embajador británico, había llegado de Inglaterra para ofrecer términos de avenencia con el gobierno.  Infortunadamente su misión fracasó, y después de una corta residencia en Buenos Aires, se hizo a la vela para Río de Janeiro.  A su partida, la opinión pública se hallaba muy agitada y se hacían conjeturas sobre las probables causas y consecuencias de esa actitud.  En tales momentos, una sombra cualquiera se miraba como una realidad y de una cuestión insignificante se hacia una montaña.  Ocurrió así que, en el debate de la Sala de Representantes, uno de los oradores habló de mi viaje como de una empresa organizada por el gobierno inglés para recoger informaciones que pudiera servir al Lord Howden.  Este rumor, tan infundado como ridículo, me molestó mucho y me hizo temer por la suerte de mi proyectado viaje al norte, porque es de saber que el discurso del sabio representante, apareció en la Gaceta.  En suma, vine a ser mirado como una especie de espía y en tales condiciones no consideré prudente aventurarme hasta las provincias lejanas.

Estaba a punto de abandonar mi acariciado proyecto, cuando el general Rosas, sabedor del trance en que me encontraba, me invitó a visitarlo en su quinta.  Como esta inesperada deferencia me habría la posibilidad de proseguir mi viaje con seguridad, acepté muy complacido la invitación.

De entonces acá, la fortuna ha vuelto la espalda a Rosas, pero esto no es razón para que yo modifique las notas que entonces escribí sobre el hombre que ha gobernado por tanto tiempo como Dictador en la República Argentina.  No tengo por qué acusar ni tampoco defender al general Rosas, pero desde que éste cayó del poder, siento la obligación de registrar las opiniones que entonces formé y he conservado hasta ahora, con toda conciencia, sobre su carácter y sus actos de gobernante.

Hago esto confiadamente, porque tengo la seguridad de que los hechos que están ahora ocurriendo en la República Argentina harán nueva luz sobre el gobierno de Rosas, a quien solamente pueden juzgar aquellos que conocen el país y el pueblo que gobernó.  Cuando me presenté de visita en su residencia, encontré reunidas, bajo las galerías y en los jardines, a muchas personas de ambos sexos que esperaban despachar sus asuntos.  Para todo aquel que deseaba llegar hasta el general Rosas en carácter extraoficial, la hija del Dictador, doña Manuelita, era el intermediario obligado.  Los asuntos personales de importancia, confiscaciones de bienes, destierros y hasta condenas a muerte, se ponían en sus manos como postrer esperanza de los caídos en desgracia.  Por su excelente disposición y su influencia benigna para con su padre, Doña Manuelita era para Rosas, en cierto sentido, lo que la emperatriz Josefina fue para Napoleón.

En la casa del general Rosas se conservaban algunos resabios de usos y costumbres medievales.  La comida se servía diariamente para todos los que quisieran participar de ella, fueran visitantes o personas extrañas; todos eran bienvenidos.  La hija de Rosas presidía la mesa y dos o tres bufones (uno de ellos norteamericano), divertían a los huéspedes con sus chistes y agudezas.  El general Rosas raramente concurría; cuando aparecía por allí, su presencia era señal de alegría y regocijo general.  En esos momentos se mostraba despreocupado por las cuestiones de gobierno, pero no participaba de la mesa porque hacía una sola comida diaria.  La vida de Rosas era de ininterrumpida labor: personalmente despachaba las cuestiones de Estado más nimias y no dejaba ningún asunto a la resolución de los demás si podía resolverlo por sí mismo.  Pasaba, de ordinario, las noches sentado a su mesa de trabajo; a la madrugada hacía una ligera refacción y se retiraba a descansar.  Me dijo una vez doña Manuelita que sus preocupaciones más amargas, provenían del temor de que su padre se acortara la vida por su extremosa contracción a los negocios públicos.

Desciende el general Rosas de una antigua familia española; su padre era coronel de ejército y él mismo desde temprana edad se sintió inclinado a la milicia.  Su natural chocarrero e inclinado a las bromas pesadas y chascos, contribuyó a darle popularidad entre la soldadesca y su influencia personal sobre las milicias se hizo entonces muy considerable, aunque no era más que un subalterno.  Como hacendado supo ganarse las voluntades del paisanaje y aventajaba a todos los gauchos en alardes de prontitud y destreza, en domar potros salvajes y en tirar el lazo, acreditándose también como un excelente administrador de estancias.  Durante toda su carrera se hizo notar siempre por sus cualidades de administrador y su arte especial para captarse las simpatías de los que lo rodeaban, hasta obtener su confianza, así como la segura obediencia de todos aquellos que servían bajo sus órdenes.

Mi primera entrevista con el general Rosas tuvo lugar en una de las avenidas de su parque, donde, a la sombra de los sauces, discurrimos por algunas horas.  Al anochecer me llevo bajo un emparrado y allí volvió sobre el interminable tema político.  Vestía en esta ocasión una chaqueta de marino, pantalones azules y gorra; llevaba en la mano una larga vara torcida.  Su rostro hermoso y rosado, su aspecto macizo (es de temperamento sanguíneo), le daban el aspecto de un gentilhombre de la campaña inglesa.  Tiene cinco pies y tres pulgadas de estatura y cincuenta y nueve años de edad.  Refiriéndose al lema que llevan todos los ciudadanos: “¡Viva la Confederación Argentina! ¡Mueran los salvajes unitarios!”, me dijo que lo había adoptado contra el parecer de los hombres de alta posición social pero que en momentos de excitación popular había servido para economizar muchas vidas; que era un testimonio de confraternidad, y como para afirmarlo, me dio un violento abrazo.  La palabra “mueran” expresaba el deseo de que los unitarios fueran destruidos como partido político de oposición al gobierno.  Era verdad que muchos unitarios habían sido ejecutados, pero solamente porque veinte gotas de sangre, derramadas a tiempo, evitaban el derramamiento de veinte mil.  No deseaba, dijo, ser considerado un santo, ni tampoco que se hablara mal de él, ni buscaba ninguna clase de alabanzas.

Aludiendo a mis propósitos de viajar a través de las provincias y juzgar por mí mismo del estado del país, expresó que, todo lo que él deseaba y lo que deseaba el país entero, era que se hablara con positiva verdad, no era él hombre de secretos, hablada a la faz del mundo, y aquí se irguió con orgullo, echó la gorra hacia atrás y levantó la frente como diciendo: “Yo desafío al mundo todo”…

Volviendo a la intervención del Lord Howden, Rosas se mostró asombrado de que Inglaterra hubiera olvidado a tal punto su propio interés para darse la mano con Francia en una cruzada contra la República Argentina, enajenándose las simpatías del pueblo, que siempre fueron mayores por los ingleses que por los franceses.  Me hizo presente que el reconocimiento de la independencia de la República por la Gran Bretaña, quince años antes de que lo hiciera Francia, había despertado en el pueblo argentino sentimientos de gratitud hacia Inglaterra, y observó que el carácter de los ingleses era más abierto y sus costumbres más morales que las de los franceses.  Luego se extendió sobre las ventajas que ofrecía el país para la emigración de todo el excedente de población de Gran Bretaña, y habló de la inmejorable situación en que colocaba a los emigrantes el tratado de 1825, por el cual, en realidad, gozaban de mayores ventajas que los nativos.

Al referirse a la Misión de Mr. Hood, advirtió que el gabinete de Londres decía “no abrigar ningún interés ni propósito egoísta”, no obstante lo cual los franceses habían omitido la palabra “egoísta” y él consideraba esto muy significativo porque Francia tenía designios ulteriores en favor de ciertos miembros de su real familia, con relación a estos países.  Todo lo que estas repúblicas necesitan -prosiguió- es intercambio comercial con alguna nación fuerte y poderosa, como Gran Bretaña, que, en recompensa de los beneficios comerciales, podría beneficiarlos con su influencia moral.  Sólo esto querían, y nada más.  No deseaban nada que oliera a protectorado, ni afectara en lo más mínimo su libertad e independencia nacional, de las que eran muy celosas y no renunciarían un solo átomo.  Este sentimiento lo exteriorizó vigorosamente en su lenguaje y ademanes.  Al terminar la frase apretó el dedo pulgar de la mano derecha contra el dedo índice, como si tomara un pelo entre las uñas, y como diciendo: “No, ni tanto como esto”.

Como siguiéramos caminando por el parque, levanté la vista y observó las refacciones de albañilería que se hacían ante nosotros.  “Alguien podría preguntar -me dijo- por qué se edificó esta casa en estos lugares”.   El la había edificado con el propósito de vencer dos grandes obstáculos; ese edificio empezó a construirse durante el bloqueo francés; como el pueblo se encontraba en gran agitación, había querido calmar los ánimos con una demostración de confianza en un porvenir seguro.  Erigiendo su casa en un sitio poco favorable, quería también dar a sus conciudadanos un ejemplo de lo que podía hacerse cuando se trataba de vencer obstáculos y se tenía la voluntad de vencerlos.

Había notado mi desconfianza en punto a la seguridad personal de que podría gozar en mi proyectado viaje al norte; reconoció que era muy natural, puesto que me aprestaba a visitar regiones que los ingleses habían asolado y donde sin duda existiría alguna indignación contra los extranjeros, pero me dio la seguridad de que ninguno de ellos sería insultado ni molestado, porque el gobierno había impartido órdenes estrictas a ese respecto.  Refiriéndose a los representantes que miraron con desconfianza mis investigaciones, me dijo que él, en cierto sentido, se alegraba de lo ocurrido porque eso probaba que los miembros de la Sala tenían el coraje de decir lo que pensaban, siempre que no hicieran ataques de carácter personal.  Se extendió en largos comentarios a este propósito refiriéndolo a las especies corrientes de que no había libertad de palabra en la Sala de Representantes. “Y por otra parte -agregó riendo-, si uno o dos diputados han hablado contra usted y los demás no lo han hecho, quiere decir que usted tiene mayoría en su favor”.

Si, con todo, yo me encontraba decidido a dar un galope a través del país, de unas mil o dos mil millas -lo cual, ni me lo aconsejaba ni me lo desaconsejaba- me ofrecía todas las facilidades que yo quisiera y con ello cumplía un acto de justicia corriente, porque había dado facilidades semejantes a otros individuos.

El trato del general Rosas era tan llano y familiar, que muy luego el visitante se sentía enteramente cómodo frente a él; la facilidad y tacto con que trataba los diversos asuntos, ganaban insensiblemente la confianza de su interlocutor.  El extranjero más prevenido, después de apartarse de su presencia, sentía que las maneras de ese hombre eran espontáneas y agradables.  Me relató varios episodios de su vida juvenil; me dijo que su educación había costado a sus padres unos cien pesos, porque solamente fue a la escuela por espacio de un año.  Su maestro solía decirle: “Don Juan, usted no debe hacerse mala sangre por cosas de libros; aprenda a escribir con buena letra, su vida va a pasar en una estancia, no se preocupe mucho por aprender”.

La hija de Rosas, que posee grandes atractivos, dispone de muchos recursos para cautivar a sus visitantes y ganar su confianza.

En una de mis visitas a la casa, como su padre se encontraba ocupado, montó en seguida a caballo, y juntos nos echamos a galopar a través del bosque.  Es una excelente amazona y me dejaba atrás con tanta frecuencia, que hasta se me hacía imposible espantarle los mosquitos del cuello y brazos, como me lo ordenaba la cortesanía.  Ya anochecido, se nos reunió Rosas y continuó hablando de política hasta la media noche.  Mientras nos paseábamos por los corredores del patio, doña Manuelita vino corriendo hacia su padre y rodeándole el cuello con sus brazos, lo reconvino cariñosamente por haberla dejado sola y por quedarse hasta esas horas en el frío de la noche.  Llamaron entonces a un empleado de la casa para que me hiciera compañía hasta la ciudad, y antes de que yo montara a caballo, doña Manuelita corrió a buscar una capa de su padre insistiendo luego en que me la pusiera para abrigarme, porque amenazaba un viento pampero.

Consigno ahora estos rasgos de carácter con Mucha complacencia -y sin darles más importancia de la que tienen- en la esperanza de que puedan contribuir a disipar en algo la espesa nube de prejuicios que oscurece la reputación del general Rosas y de su hija, en la adversidad.

Fuente

Efemérides – Patricios de Vuelta de Obligado

Mac Cann, Willian – Viaje a caballo por las provincias argentinas – Segunda edición – Buenos Aires (1939)

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