Carlos Guido y Spano

Carlos Guido y Spano (1827-1918)

Nació en Buenos Aires el 19 de enero de 1827, siendo bautizado como Carlos Rufino Pedro Ángel Luis, hijo del brigadier general Tomás Guido, guerrero de la Independencia, y de María del Pilar Spano y Ceballos, primogénita del coronel chileno Carlos Spano y Padilla.  En 1840, viajó a Río de Janeiro llamado por su padre, que ocupaba en ese país, el cargo de ministro plenipotenciario de la Confederación.  Allí aprendió el portugués, y más tarde escribió poemas en ese idioma.

Volvió a Buenos Aires para alistarse en el ejército de Juan Manuel de Rosas contra los franceses, pero no combatió, por haber desaparecido el peligro.

En 1848, preocupado por el estado de salud de su hermano Daniel que se había batido en duelo, partió hacia Francia, donde aquél falleció.  Intervino en las revoluciones callejeras, de carácter liberal, que estallaron en París en ese año, y cansado de la fatigosa vida que llevaba regresó al Brasil.  Requerido por la sociedad local, se mezcló con ella, y atacó la política oficial carioca.  Se afilió a un Club de Letras y tradujo al portugués el Rafael de Lamartine, precedido de un escrito satírico sobre sus Confidencias; pero la autoridad le extendió orden de destierro.  Después de protestar y de escribir en publicaciones opositoras al gobierno imperial, se retiró a Europa, residiendo en Portugal, Inglaterra y Francia.  El 2 de diciembre de 1851, le cupo “el honor de recibir, entre las filas del pueblo amotinado, el fuego de los pretorianos al servicio de la ambición rampante”, según sus propias palabras.

Regresó a Buenos Aires en 1852, después de la batalla de Caseros.  Con motivo de la revolución del coronel Hilario Lagos, fue nombrado ayudante del general Angel Pacheco, aunque pronto abandonó las filas y el suelo natal, como acto de protesta por la conducta que el gobierno observó contra su padre.  Retornó una vez que hubo tranquilidad en el país.  Cuando Derqui ocupó la presidencia de la Confederación, lo nombró en 1854, subsecretario del Ministerio de Relaciones Exteriores, en Paraná.  Colaboró en el número inicial de la “Revista del Paraná”, de ese año, con una de sus más celebradas piezas: “Al pasar”, especie de idilio impregnado de tierna nostalgia que tiene por escenario un lugar rústico del norte de Francia.

Por cuestiones políticas entre Derqui y Urquiza, renunció a ese cargo, y en 1861, fue nombrado subsecretario del Ministerio del Interior, en Buenos Aires, del que se retiró de inmediato, pasando a Montevideo, donde residía su padre.  Sin medios de fortuna, trabajó como corrector de pruebas en una imprenta hasta embarcarse para Río de Janeiro, requerido por un negocio de carne conservada que fracasó.

De regreso a Buenos Aires comenzó a incursionar decididamente en la poesía.  Cuestionó ciertos triunfos literarios, y después se trasladó a Paysandú donde se unió a los defensores locales que fueron derrotados.  Pasó a Montevideo, ciudad en la que se lo recibió con entusiasmo, pero vencida, tornó a Buenos Aires para dedicarse a sus trabajos literarios.

Pronto perdió a sus padres, rudo golpe que no quebrantó su fuerza juvenil ni doblegó su espíritu independiente y algo bohemio.  Su padre había expresado el deseo de ser sepultado bajo las piedras de su querida Cordillera de los Andes, por lo que —a fin de poder enterrarlo en el Cementerio de la Recoleta, de Buenos Aires— Carlos Guido y Spano hizo traer piedras desde la cordillera para construir con sus propias manos el sepulcro de su padre. (1)

En 1871, tomó parte activa en la Comisión Popular de lucha contra la fiebre amarilla, que asoló a la ciudad.  Terminada la peste, falleció su esposa Sofía Hynes.  En ese año, reunió sus poesías y las publicó en un tomo que tituló “Hojas al Viento”, aclarando que era una “humildísima ofrenda al sentimiento y al arte”.  Su libro fue recibido con censuras y aplausos.  Los versos agradaron por la música, sentido del color y la forma.  El crítico de su obra, Pedro Goyena, no vaciló en afirmar, que eran poesías perfectas y cabales, de corte netamente clásico.

En 1872, el ministro Nicolás Avellaneda lo nombró secretario del recién fundado Departamento Nacional de Agricultura.  Formó en la Guardia Nacional para aplastar la rebelión de Mitre en 1874, contra la candidatura de Avellaneda, y al término de la misma, fue nombrado director del Archivo General de la Provincia, a la vez que ejercía la presidencia de la Sociedad Protectora de Animales.  En aquel año, el editor Eduardo Perié, de Sevilla, inauguró una colección literaria hispanoamericana con sus “Misceláneas literarias”.

Durante trece años, Guido y Spano cumplió funciones de vocal en el Consejo Nacional de Educación, desde enero de 1881 hasta 1889, y desde este año –por nueva designación- hasta el 31 de julio de 1894, en que no fue reelegido, por decisión del presidente Sáenz Peña.  Esta apresurada terminación de funciones, mereció ser criticada por docentes, alumnos y el pueblo mismo.  El Congreso, entonces, a pedido del diputado Almada, le acordó merecida jubilación en la sesión del 13 de agosto de 1894.

Cuando ya era muy popular en Buenos Aires, publicó en prosa una colección de crónicas y ensayos diversos, reunidos en dos volúmenes, titulados “Ráfagas” (1879), mereciendo destacarse el largo prólogo, magnífica autobiografía escrita en prosa ágil y suelta, cuya lectura produce el placer del más ameno de los relatos.

Volvió a prestar ayuda a los enfermos y heridos en la revolución de 1880, siendo socio de la Cruz Roja Argentina. 

En 1899, apareció “Ecos Lejanos”, su segundo libro de poesías, nueva comprobación de su talento, de una opulenta belleza plástica, donde sus versos pueden citarse como ejemplo de flexibilidad y riqueza de palabras. 

Su figura era popular, y solía caminar por la ciudad con particular indumentaria.  Vestía con bombacha negra y una minisotana que le servía para disimular el defecto de una pierna de la que quedó defectuoso a raíz de una caída en la calle.  Portaba sombrero alón de color blanco, y su canosa barba peinada y discreta “leonina” le daban particular realce a su apostura apoyada en un enorme bastón.  El reumatismo que le atacó, paulatinamente, fue imposibilitando su andar, hasta que quedó postrado. 

Vivió sus últimos años, recluido en su casona de la calle Ministro Inglés, luego Canning (hoy Scalabrini Ortiz) al 2700, y que los vecinos se obstinaban en llamar con el nombre del poeta, hasta la que llegaban de continuo numerosos grupos de alumnos de las escuelas para tributarle frecuentes homenajes.  Se le consideraba una figura patriarcal.  Eugenio María de Hostos dice que “entrando en su aposento, se encuentra Guido en el trapillo familiar, sin su disfraz de la calle, sin aparato adverso o favorable, se encontrará un hombre de edad media, singularmente envejecido por que no se atina qué motivos al parecer incapaces de mellar aquella vida risueña y saludable; perpetuamente rejuvenecido por el calor de la mirada, de la palabra y del fácil entusiasmo de su ambiciosa fantasía…  Lo primero que se nota al hablar con Guido es la armonía discordante de su voz; varonil en la entonación, infantil en la modulación, produce un contraste agradabilísimo, tan atractivo como el producido por los efectos tónicos que se llaman discordancias armónicas en música.  Para el que tenga oídos en el entendimiento, esa virilidad de entonación opuesta al dulce candor de la modulación es una nota del carácter del hombre”.

Casó en segundas nupcias con Micaela Lavalle, quien lo cuidó con amorosos afanes en los veinte años de postración.  De este modo, rodeado por el cariño y respeto de sus compatriotas gozó del reconocimiento de todos por su caballerosidad y benevolencia.

Fue miembro correspondiente de la Real Academia Española de la Lengua, en 1889, y miembro honorario de la Academia de Bellas Artes, de Santiago de Chile.  En 1896, la Facultad de Filosofía y Letras de Buenos Aires lo designó académico honorario.  Su prestigio literario se fue acrecentando, y desde su lecho de dolor continuó trabajando sus composiciones mientras su intelecto permanecía lúcido y aun fecundo hasta el día de su muerte, acaecida el 25 de julio de 1918, a los 91 años de edad. 

Sus exequias fueron imponentes.  Una multitud acompañó al patriarca; era el homenaje de Buenos Aires a su poeta cantor, a quien se había ufanado de ser porteño y “argentino hasta la muerte”.  “La Prensa” y “La Nación” publicaron sentidas notas necrológicas; este último compuso una imponente página entera de duelo, con el retrato de Guido viviente, y otra con “la cabeza yacente del poeta” en el ataúd.  La última imagen de él, era la de un anciano de aspecto venerable, enmarcado el rostro por barba y cabellos blancos.  Era la suya, una cabeza de profeta, a lo Leonardo da Vinci; poderosa y espiritual.  Miguel Cané, en un artículo “Salud al poeta”, reunió una corona de alabanzas.  Entre los poetas argentinos del pasado, Guido y Spano, es el que se halla menos lejos de nuestra sensibilidad actual, ha dicho Ricardo Rojas, agregando que es el “primer artista verdadero que hayamos tenido en nuestro país”.  “Perfeccionó el verso, después del vehemente Mármol; civilizó la prosa a la par del elegante Avellaneda; dio a la poesía una función desinteresada, al margen de la política, y nos dejó en el recuerdo de su propia vida, un espectáculo de belleza casi legendaria en el ambiente de nuestras embrionarias repúblicas”

Puede decirse que pertenece a la generación del Ochenta, conjuntamente con Olegario V. Andrade, Ricardo Gutiérrez y Rafael Obligado.  Su obra emana en su casi totalidad del romanticismo y, si bien, convivió un poco con la inspiración parnasiana aportada por Rubén Darío, la labor poética de Guido y Spano es de esencia romántica.  Hay suavidad y grandeza en su verso.

En 1911, al editarse sus “Poesías Completas”, Joaquín V. González y Santiago Estrada, escribieron en esa oportunidad sendos prólogos laudatorios.  Sus poesías más conocidas son: “At home”, canto de las virtudes domésticas, en tono digno y sencillo; “Nenia”, elegía dulce y melancólica, que llora al Paraguay después de la guerra de la Triple Alianza, cuya segunda quintilla es conocida en toda América:

Llora, llora urutaú

en las ramas del yatay,

ya no existe el Paraguay

donde nací como tú.

Llora, llora urutaú.

Un conocido escritor argentino, contemporáneo del poeta, el general Lucio Victor Mansilla, comentó humorísticamente la estrofa de este modo: “el urutaú es un pájaro que no llora; el yatay, tiene hojas, no ramas; el Paraguay existe…”

Otras poesías son: “Marmórea”, retrato romántico; “La Aurora”, juego de colores y de música; “Myrta en el Baño”, un revivir de la Grecia de mármoles luminosos; “En los Guindos”, idilio juvenil de las horas felices del despertar de la vida; “A mi hija María Pilar y a mi Madre”, versos delicados, hechos con unción y ternura exquisitas; “¡Adelante!”, admonitorio y viril; “Patagonia”, voz airada y vibrante, que en momentos críticos tuviera tanta resonancia en la Argentina y aun en Chile; “Amira”, un canto de terneza, y así muchos otros.

Dentro de su estilo cuidado y sereno, está presente su admiración y culto a los poetas griegos, y como un escultor ático burila con esmero sus versos.  Su obra conjunta es amplia y diversa.  Aparte de la suavidad y grandeza que se observa en su verso, sobresale por encima de todo, una gran nobleza de pensamiento, y una elevación que han hecho de él, una personalidad profundamente respetada en nuestras letras.

El “Album Guido y Spano” preparado en ocasión de las fiestas en honor del poeta (Buenos Aires, 1895), contiene innumerables colaboraciones laudatorias de los mejores escritores y poetas de la época.  De él, dijo Luis Berisso: “Leyendo a Guido, parece que el hombre se olvida de las duras batallas de la vida, que la humanidad es menos egoísta, que hay más bondad en los corazones, más esperanzas en el porvenir, y que hasta el espíritu, desatándose de la mortal envoltura, se eleva por encima de las miserias de esta vida”.

Su voz, genuinamente argentina, voz de tierra y de pueblo, voz de América, fue innovadora, fecunda y sincera, como expresó Joaquín V. González: “Una vida consagrada entera a las musas amadas de la Patria y una honrada y pura ancianidad semejante a las encinas por lo vigorosas y floridas.  ¡Es que lo alentó una gran salud de cuerpo y espíritu; por eso no hay debilidad en su canto, ni sombra en su ideal!  Toda su obra respira los dos sentimientos, que son dos fundamentales virtudes: el amor del suelo nativo con su tradición, sus pompas y desnudeces, sus alegrías y dolores, sus sueños de gloria y de tristeza, y el amor santo y fecundo del hogar, que el poeta ha divinizado en estrofas de eternal perfume y mística unción”.

He nacido en Buenos Aires.

¡Qué me importan los desaires

con que me trate la suerte!

Argentino hasta la muerte,

he nacido en Buenos Aires.

Referencia

(1) El cuerpo de Tomás Guido permaneció guarecido en el cementerio de La Recoleta hasta el año del centenario de su fallecimiento.  Se hallaba en una tumba con apariencia de refugio de montaña, de gruta patagónica.  Sólida, resistente, humilde.  Una cueva sencilla que, por su originalidad, contrasta con las fastuosas estatuas que decoran los mausoleos vecinos.  En 1966, en conmemoración a los cien años de su muerte, sus restos fueron trasladados cerca de los de su amigo, José de San Martín, en la Catedral de Buenos Aires.

Fuente

Cutolo, Vicente Osvaldo – Nuevo diccionario biográfico argentino – Buenos Aires (1971)

Efemérides – Patricios de Vuelta de Obligado

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