Cólera en el frente paraguayo

Cólera en la Guerra del Paraguay

Hacia los primeros meses de 1867 una tras otra se disipan las ilusiones de paz y de disolución de la Alianza. La cancillería brasileña que tan hábilmente la ha tramado, sabe muy bien que no se le presentará otra oportunidad de acabar para siempre con el problema paraguayo.  El emperador Pedro II, cada vez que se le presiona demasiado en favor de la paz, amenaza con abdicar.  Escribe confidencialmente a José María da Silva Paranhos, íntimo amigo de Lord Stapleton:

“López y su influencia representan un sistema de gobierno con el cual no podemos tener seguridad, al menos en cuanto los años no operen una mudanza.  Cumple pues destruir esa influencia por medio del empleo de la fuerza, del territorio paraguayo”.

No se trata de un capricho: López es un principio que debe ser aniquilado.

La cancillería brasileña ha hecho fracasar las ofertas de mediación de los Estados Unidos, de los países sudamericanos del Pacífico, los sondeos de Napoleón III y el Foreign Office.  Se mueve tocando resortes infalibles en Bogotá, Lima, Santiago de Chile, La Paz; en las cortes europeas, en los pasillos del Congreso en Washington.  Amenaza, corrompe, soborna, seduce, intriga, miente, subvenciona periódicos, tiene plumíferos a sueldo, hace espléndidos regalos a las amantes de los poderosos.  Le hace frente en el vasto escenario internacional un minúsculo aguafiestas, un hombrecillo empecinado: el capitán Gregorio Benites.  Carece de recursos y es limitado de luces.  Esgrime sin embargo la verdad y la justicia, armas que nunca están del todo melladas y jamás son del todo inofensivas.

El costo de la guerra es descomunal, pero la banca europea sigue siendo generosa: tiene de garantía las dos terceras partes de un continente.

La guerra devora contingente tras contingente. Quedan pocos argentinos para mandar al frente.  Los que consiguen atrapar en las provincias, matan a los oficiales y se echan al monte a formar montoneras.  Se contratan mercenarios en Europa.  Resultan pésimos soldados, pero por lo menos hacen número para mantener la presencia argentina en la Alianza.  La del Uruguay es puramente simbólica.  El embajador de este país, Andrés Lamas, escribe al ministro de relaciones exteriores del Brasil, el 7 de marzo de 1867, para insistir, con franqueza muy poco diplomática, en la necesidad de hacer la paz:

“Hoy el Brasil forma los contingentes que envía al Paraguay por tres medios solamente: el enrolamiento forzado, acompañado de amenazas de extrema violencia. Con mis propios ojos he visto los reclutas que han venido de la provincia de Minas.  Venían con escolta, con un collar y cadena de hierro que los prendían por el cuello.  ¡Jamás he visto espectáculo tan doloroso! Segundo: los esclavos liberados, a cambio de títulos de nobleza y condecoraciones honoríficas para sus amos; tercero: los condenados a cadena perpetua”.

La Argentina, con la Flota Imperial dominando sus aguas y el ejército brasileño cuatro veces más numeroso que el suyo, con base en Corrientes, está atrapada en una alianza ruinosa, sujeta a la voluntad del Brasil.  Hay conciencia de ello en la Argentina.  Los diarios lo denuncian, los políticos protestan, la economía se derrumba, el orgullo nacional se resiente, las provincias se sublevan.  Pero, no hay nada que hacer: el pacto con el diablo debe cumplirse.

Natalicio Talavera escribe en “El Semanario” que el ejército paraguayo ha disminuido en número pero mejorado en calidad.  Es absolutamente cierto.  En sus tres cuartas partes está compuesto por aguerridos veteranos; los oficiales y suboficiales son individuos experimentados, elegidos entre los mejores, que forman una impresionante galería de héroes legendarios, famosos hasta en el campo enemigo.  Ha mejorado el armamento.  Los Arsenales fabrican cañones rayados; perfeccionan el ánima y elevan el calibre de los existentes; las balas cónicas con punta de acero perforan el blindaje de los acorazados: parte de la flota brasileña se encuentra atrapada entre Curupayty y Humaitá.  Hay abundancia de munición.  Se han completado y reforzado las defensas, que disponen de sistemas de exclusas que las hacen inatacables en extensos sectores.  El servicio de inteligencia, las tácticas de combate, la salubridad, la variedad de la alimentación, la moral y la disciplina son muy superiores a los de los Aliados.  Las mujeres han vuelto a sus telares de antaño y han confeccionado vestuario suficiente para afrontar el invierno.

Entonces Dios, que no ha conseguido abatir a los paraguayos con los flagelos de la Guerra y el Hambre, envió contra ellos a la Peste.

El cólera ha empezado en el Brasil. Se extiende en el Uruguay y la Argentina. Llega a la zona de operaciones. El pueblo de Corrientes se subleva, y el marqués de Caxias tiene que enviar tropas para impedir que incendie los hospitales de apestados. La mortalidad es espantosa. En Tuyutí los estragos que hace son tremendos:

“El terrible flagelo de los ejércitos -cuenta el entonces alférez Dionisio Cerqueira-, mataba a ciegas y cada vez más.  Los médicos aconsejaban el alcohol como profiláctico.  Las casillas de comercio llenáronse de vinos y licores de todas las marcas y calidades, cada cual más falsificado y más dañoso.  Los oficiales comenzaron a hacer sacrificios a Baco.  Se bebía agua de pozos cavados en el arenal; agua poluida por la vecindad de los cadáveres, amarillenta y grasosa.  Decían que tenía larvas de pus.  Constaba que el marqués de Caxias bebía agua de la Carioca, que le mandaban de Río en pipas.

Caxias informa que tiene 22.000 enfermos en los hospitales.  Es imposible dar sepultura individual a los muertos.  Las frecuentes lluvias inundan los campos y contribuyen al aumento de la epidemia.

En el campo paraguayo se extreman las medidas de higiene, pero el mal logra infiltrarse.  López telegrafía al ministro Berges:

“La noticia de este flagelo se guarda todavía en reserva, aunque algunos casos tenemos ya.  Con tal motivo es necesario tomar allí medidas preventivas sobre el aseo de las casas, como lo escribo al vicepresidente Sánchez”.

Los barcos que suben de Humaitá a Asunción son puestos en cuarentena.

Se prohíbe con rigurosidad toda comunicación entre las unidades militares, hubieran o no aparecido en ellas casos de cólera.  El campamento paraguayo se había distinguido siempre por la limpieza que reinaba en su seno.  Ahora se considera un delito punible dejar restos de comida o cualquier basura en los lugares ocupados por el ejército.  Hubo orden de hacer fumigaciones con hojas de laurel y pasto.  El campamento estaba completamente envuelto en humo.

A pesar de las precauciones, el mal se generaliza.  El cólera morbus hace estragos terribles en ambos campos, pero los muertos paraguayos no tienen reemplazo.  En un momento dado el cuartel general de Paso Pucú en pleno está postrado por la enfermedad.

Cuenta el coronel Juan Crisóstomo Centurión: “Los soldados, siempre listos a poner apodos y dar nombres a las cosas, observando que la enfermedad estaba caracterizada por la diarrea o deyecciones de bilis y calambres, la bautizaron con el nombre de cha’í, que quiere decir encogido, crispado.  Entre los que fueron atacados por el mal se encontraba también el mariscal Francisco Solano López.  El agua cruda, como se sabe, es un veneno para esa enfermedad, siendo por otro lado uno de los síntomas característicos de ella, una sed devoradora.  Por esta circunstancia, los médicos prohibían en absoluto a los atacados que tomaran un trago de agua, porque el que la bebía no escapaba de la muerte.  El Mariscal, desesperado por la sed, no pudo contenerse más, y en un momento de descuido del doctor Cirilo Solalinde, que le asistía, agarró una cantarilla de agua que había sobre la mesa, llevándola rápidamente a la boca; pero el médico la vio y se la arrebató de las manos con violencia.  El Mariscal furioso, le increpó duramente al discípulo de Galeno.  El señor Obispo, que se encontraba en la pieza contigua, al sentir la voz airada del Mariscal entró precipitadamente en la que ocupaba este; y empezó a hacer severos cargos al médico por la crueldad de privar a S. E de un trago de agua, sin parar en mientes en que si hubiese bebido, en seguida hubiera quedado cadáver”.

El coronel Juan Crisóstomo Centurión, que ganó la Medalla del Amambay, que venció penurias y fatigas, que cayó prisionero, herido, en Cerro Corá, último extremo de la Diagonal de Sangre, de la Diagonal de la Gloria, concluye con esta reflexión:

“Puede asegurarse, sin quebranto de la verdad, que el Mariscal esta vez salvó debido a la honradez y fidelidad de su médico, cuyas virtudes, sin dejar de constituir para este un mérito personal, desgraciadamente redundaron en contra de los intereses de la nación; pues no cabe duda que con la muerte del Mariscal, la tremenda calamidad de la guerra hubiera llegado al día siguiente a su término, salvándose así las vidas de innumerables ciudadanos que perecieron después”.

El cólera rompe las barreras de higiene y estricta cuarentena y llega a Asunción y se extiende por los campos. Por primera vez la población civil sufre directamente el azote de la guerra.

Con los fríos disminuye la epidemia. Los enfermos que se salvaron quedan con el cuerpo debilitado y la mente abatida.  En el frente las armas están ociosas.  Los hombres cavilan en el absurdo de sus vidas.  Han muerto miles sin disparar un solo tiro.

En el futuro, el mal reaparecerá periódicamente en una forma más benigna llamada colerina, que no obstante matará a muchos.  Entre ellos, al notable corresponsal de guerra de “El Semanario”, Natalicio Talavera.  Y a Adelina, hija del Mariscal López y Juanita Pesoa.

El ejército aliado, diezmado por la peste, recibe reemplazos que restablecen su efectivo, y refuerzo de un III ejército, riograndense, al mando del general Osorio,

En julio la guerra entra en una nueva fase.  El enemigo inicia la tan esperada maniobra de flanqueo de las posiciones del Cuadrilátero.  Consigue interrumpir por unos días las comunicaciones telegráficas de Paso Pucú y Asunción.  Pero Caxias se lleva un chasco: el codo del flanco izquierdo paraguayo está sólidamente fortificado.  Se producen violentos combates parciales.  Los paraguayos atacan los convoyes de abastecimiento.  Caxias suspende la maniobra y se atrinchera en Tuyucué.

El ejército aliado está ahora dividido en dos grandes núcleos.  Nuevamente se paralizan las operaciones.  Vuelve a funcionar el telégrafo.

En los círculos dirigentes de Asunción ya no se espera la victoria ni la paz, sino la derrota como tabla de salvación.  Pero el enemigo, que en el mapa tiene expedito el camino hacia la capital, no se mueve.

Pasa el tiempo tedioso, insoportablemente lento.  Por añadidura, pesa sobre ellos la amenaza del cólera, que sigue causando víctimas.  El ambiente se torna sombrío.  Las fiestas de sociedad ya no tienen el brillo de antes.  Quien puede hacerlo, se aleja de la capital o se encierra en su casa.  No hay una familia que no esté de luto.  La poca gente que transita por las calles, camina doblada por la pesadumbre.  Lo único que se mantiene, asombrosamente intacta, es la determinación del pueblo, que no concibe el porvenir más allá de la derrota.  La unidad de la nación se resquebraja.  Tras la Peste ha venido la Discordia.

Fuente

Centurión, Juan Crisóstomo – Memorias o reminiscencias históricas sobre la Guerra del Paraguay.

Efemérides – Patricios de Vuelta de Obligado

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Rivarola Matto, Juan Bautista – Diagonal de Sangre: La historia y sus alternativas en la Guerra del Paraguay – Asunción (1986).

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