Guerra de la pampa hasta 1833


Primer combate en suelo patrio

En los días en que la nacionalidad argentina empezaba a forjarse y nuestros próceres discernían las fórmulas de patria y civilización, la indómita fiereza autóctona llevaba sus violencias hasta los límites mismos de la jurisdicción urbana, como ramalazos de la barbarie del desierto.  El atavismo araucano, capitaneado por caudillos inexorables, volvía por sus fueros primitivos asolando la llanura cultivada por el blanco y sembrando el terror con la lanza y las boleadoras.  Acaso intuyera en la gestación política y social de la cosmópolis porteña una pausa de vigilia armada.

 

España, al penetrar en las pampas, debió enfrentarse con el indio, su auténtico dueño.

 

Desde la fundación misma de la capital del Plata hasta la presidencia del general Julio Argentino Roca, con muy breves intervalos de paz, la pugna de la civilización con el desierto refractario estuvo jalonada de estoicismos inéditos, sólo conocidos de la posterioridad por los nombres simbólicos del fortín, del teatro de acción, o del jefe, como hitos de virtud y coraje.

 

Un partícipe y cronista de los primeros hechos, Ulrich Schmidl, que acompañaba al adelantado don Pedro de Mendoza, relata con crudo realismo la iniciación de esta dramática guerra de exterminio entre el aborigen y el conquistador.  En su testimonio se evidencia la iniciativa española en al ruptura de las hostilidades, a la que replicó el salvaje con inesperada violencia.  El primer combate ocurrió en las inmediaciones del río Luján (1), el 15 de junio de 1536.  Trescientos soldados de infantería, armados de arcabuz y ballesta, y treinta y tantos jinetes de los veteranos conquistadores, al mando de don Diego, hermano del adelantado, se trabaron en lucha con los pampas, que Schmidl llama “carendíes”.  Los españoles quedaron dueños del campo, pero “bien escarmentados”.  En la lucha murieron cerca de cuarenta españoles y aproximadamente unos mil indios.  Poco después los indígenas ponían sitio a la aterrorizada aldea de Buenos Aires, a la que hicieron soportar inauditos horrores.  La guarnición, que incluía también mujeres y niños, llegó a carecer de municiones, agua y víveres, e iba quedando diezmada y maltrecha, sin la fuerza necesaria para intentar una salida y despejar así la situación.  Por último, los sitiadores, lanzando flechas incendiarias sobre los techos de paja de la ranchería, lograron prenderle fuego y aniquilar a la mayor parte de los sitiados.

 

Aquel derramamiento de sangre encendió el odio del indio contra el cristiano en estas tierras, lo que habría de llenar la crónica de trescientos cincuenta años de lucha, hasta finalizar con las campañas del general Lorenzo Vintter en 1885.

 

Para crear el “hinterland” o zona de tierra indispensable para el normal desarrollo de las actividades comerciales y civiles, también el intrépido don Juan de Garay, chocó más de una vez con la hostilidad de las tribus.  En el sector denominado Matanza, más allá del actual puente Pueyrredón o Barracas, que entonces constituía  parte de la línea exterior del recinto de seguridad, fue pasado por las armas un importante núcleo de prisioneros capturados en una de las salidas de la guarnición encaminadas a romper el cerco de flechas y lanzas que amenazaba asfixiar a la naciente ciudad.

 

En las crónicas de la conquista se leen a cada paso narraciones como esta que se transcribe de R. Levene: “En 1628 serranos (indios que bajaban de la cordillera) bien montados y armados de lanzas, arcos y flechas, olas y hondas, avanzaron desde el lejano Sur, acampando por las cercanías de la ciudad.  Después de un amago de invasión, los pobladores se rodearon de precauciones.  La matanza de ganado vacuno silvestre, que, como se sabe, era una de las más pingües ocupaciones y por tanto a la que se entregaban la mayor parte de los habitantes, se hizo desde entonces faena arriesgada.  En 1629, los campesinos reunidos para salir a vaquear, tuvieron que hacerlo al mando del capitán Amador Baz de Alpoin, para evitar tropelías de los salvajes”.

 

Pero los ataques de los indios no tienen carácter de ofensiva de gran envergadura sino a partir de 1740.  En efecto, hasta entonces hubo escasos motivos de fricción, ya que la frontera de Buenos Aires circunscribía un área determinada, siguiendo el curso del Salado, y abarcaba los antiguos dominios de los llamados querandíes.  Los españoles no habían llevado aún su acción colonizadora y ni siquiera expedicionaria a los territorios propiamente pampas, en que señoreaban los tehuelches, ranqueles, puelches y huiliches, y posteriormente los temidos vorogas, de origen araucano.

 

Tales tribus fueron a mediados del siglo XVIII avasalladas por nuevas corrientes araucanas, las que realizaban sus invasiones a sangre y fuego.

 

La inteligencia pacífica no estaba aún obstruida por la serie de exacciones, conquistas territoriales y su réplica, el malón, transgresiones de tratados, etc., que luego iban a suceder.  La guerra contra los indios no tienen un pretexto que pidiéramos llamar geográfico o político.  Es más bien consecuencia de una táctica desacertada para con ellos, que frecuentemente se mostraban sumisos y serviles con el cristiano limítrofe.  He aquí la apertura de una era hostil, cuando la situación era aún oportuna para asegurar la concordia.

 

Los españoles expulsaron violentamente a la tribu del cacique Mayu Pliya, que vivía en pacto de amistad dentro de la jurisdicción civilizada, y divorciado, por este hecho,  de sus congéneres de Leuvucó, de Salinas Grandes y del sur del Colorado.  A la muerte de ese cacique a mano de los indios enemigos, sucedió la invasión de los partidos de Areco y Arrecife.  Para castigar a los invasores, emprendió expedición el maestre de campo Juan de San Martín, quien, no pudiendo alcanzarlos, hizo sentir su ferocidad en la pacífica tribu de Caleliyán, pasando a cuchillo, según Falkner (2), hasta mujeres y niños.

 

Del desquite se encargó un hijo de Caleliyán, que se hallaba ausente en el momento del injusto atropello.  Con los escasos supervivientes y el concurso de trescientos picunches, llevó un malón terrible, sobre todo contra Luján, cuya guarnición, así como los civiles puestos a su amparo, fueron lanceados sin piedad, quedando cautivas las mujeres y las criaturas.

 

La cólera del maestre de campo ante tan fiera venganza lo impulsó a otra “expedición punitiva”.  En todo el trayecto hasta Salinas Grandes no encontró indios en quienes desahogarse.  Desde allí se desvió hasta Casuhatí (actual Sierra de la Ventana) y Vulcán, donde halló una partida de huiliches mansos, sin armas, que ajenos a toda idea de violencia, vinieron a cumplimentar al jefe español.  Por orden de éste fueron “cortados en pedazos”.  A la vuelta pasó por las tolderías del cacique sometido Talmichi Ya, de la familia de Cangapol, que residía a unas cuarenta leguas de Buenos Aires, con licencia escrita del gobernador Salgado.  Cuenta el misionero inglés Falkner que, mientras el cacique exhibía confiadamente su documento, el propio San Martín lo mató de un disparo de pistola.  Luego aniquiló a la tribu y se llevó prisioneros a mujeres y niños.

 

El resultado de esta represión inhumana fue el que cabía esperar.  Todas las tribus indígenas se confabularon para llevar la expoliación y el terror a las poblaciones, horrorizando a la propia Buenos Aires.

 

En 1770 organiza el maestre de campo Manuel de Pinazo una batida contra los tehuelches, para escarmentarlos, según el cronista Juan Antonio Hernández, por una acción llevada a cabo por éstos contra las tolderías de una tribu reducida.  La expedición, compuesta de 232 soldados y 291 indios auxiliares, después de una marcha prolongada a través de Casuhatí, Coluleuvú (río Colorado) y Quequén, encuentra en las proximidades de la reducción de Vulcán a unos indios que arreaban hacienda robada.  Tras breve combate fueron recuperados 4.000 equinos, y el enemigo dejó 102 cadáveres en el campo.  El gran número de víctimas revela el ensañamiento por parte de Pinazo.

 

En 1777 el virrey don Pedro Cevallos eleva a la corte un oficio en que indica la conveniencia de emprender un ataque combinado desde varios ángulos, incluso desde Chile.  “Yo medito, dice, que se haga una entrada general en la vasta extensión adonde se retiran y tienen su madriguera estos bárbaros, favorecidos de la gran distancia y de la ligereza y abundante provisión de caballos.  Convocaré para después de la cosecha a la gente de Córdoba, de Mendoza, de San Luis de la Punta y de la jurisdicción de esta ciudad (se refiere a Buenos Aires).  Estoy haciendo un pequeño mapa donde se descubrirán los rumbos por donde deba conducirse cada uno de los cuerpos de gente, el tiempo en que, consideradas las distancias, deben salir de sus respectivos distritos y el punto de reunión adonde hayan de dirigirse.  Avisaré igualmente al presidente de Chile, por si le pareciese salir también con su gente, por ser esencialmente interesado en esta expedición, la cual hago juicio que se podrá efectuar a principios de febrero, que estarán desocupadas las gentes, y me persuado que en el espacio de tres meses puede haber tiempo suficiente para concluir la diligencia y que todos vuelvan a sus casas antes que entre el invierno”.

 

En 1780 parte Amigorena de Mendoza para castigar a los pehuenches, que habían llevado algunos malones contra la provincia.  Luego de una larga marcha hasta más allá del río Colorado, declara no haber hallado ni rastros de indios.

 

Los reyes de España adoptaron a su tiempo una serie de medidas oportunas, tales como la provisión de hombres y armas para las fronteras con el indio por parte de los cabildos, los que debían con esos elementos garantizar el avance de la civilización en las inmensas planicies de la América sudoriental.  El cabildo de Buenos Aires construyó, en consecuencia, los fuertes de Nuestra Señora del Pilar de los Ranchos, San Miguel del Monte, San Juan Bautista de Chascomús, San Lorenzo de Navarro y muchos otros, según se lee en un “estado” hecho por el comandante general de fronteras don Francisco Balcarce en 1792.

 

Táctica de los primeros gobiernos patrios

 

A principios del siglo XIX los indígenas eran señores indiscutidos de la pampa.  Las actividades guerreras languidecían allí en razón de encontrarse los blancos ocupados en la organización de sus ejércitos, realista y argentino respectivamente..

 

Los gobiernos de la revolución emancipadora atrajeron psicológicamente al autóctono a su causa y lo incorporaron a la lucha común.  La independencia que forjaban los caudillos argentinos lo afectaba también a él, cuya existencia cambiaría en el sentido de una mayor dignidad y civilización.  De ahí que fuese secundada la causa libertadora por las tribus propiamente argentinas; no así por los vorogas y puelches, que, procedentes de las tierras chilenas, habíanse establecido, con fines de guerra y pillaje, en las Salinas Grandes y el Neuquén, particularmente en la época subsiguiente, de que nos ocuparemos más adelante.  En junio de 1810 la Junta ordena una inspección de los fuertes de la frontera, con el objeto de averiguar “su estado y medios de su mejoría, tanto por las variaciones convenientes a su situación cuanto por las reformas que debían adoptarse en el sistema de su servicio”, y sobre “los medios de reunirlos en pueblos; si tenían ejido y manera de darse los terrenos realengos, sin las trabas usadas”.

 

Don Pedro Antonio García (3) partió de Guardia de Luján (hoy Mercedes) el 21 de octubre de 1810 en dirección al Palantelén, distante 17 leguas, paraje indicado como punto de reunión, con 25 soldados del regimiento 4, 50 milicianos de caballería, armados con lanzas, 2 pequeños cañones de campaña servidos por 10 artilleros, 25 carretas y 3 vehículos.  El 28 de octubre llegaba al lugar llamado Cruz de Guerra, donde aparecieron los indios.  Un año después se presenta en la ciudad de Buenos Aires el cacique Quintelán, respondiendo a una invitación que la Junta le había hecho por intermedio de dicho jefe expedicionario, y con numerosa comitiva es recibido por el presidente de turno don Feliciano Chiclana.  En tal circunstancia el indígena reconoce a las nuevas autoridades y ratifica los convenios de paz negociados.

 

Los indios esperaban verse aliviados de los tributos que pesaban sobre ellos y equipararse así a los criollos.  Esto ocurrió cuando, en nombre del rey de España Fernando VII, la Junta Provisional del Río de la Plata tomó tal decisión.

 

Para el Congreso Nacional de 1811 se pensó elegir, en el norte del país, diputados indígenas, con iguales derechos y representación que los cristianos, a fin de que, “confundidas las generaciones”, pudieran reunirse bajo un mismo techo y compartir los frutos de la conquistada independencia.  La derrota de Huaqui malogró este proyecto, por la invasión realista que le siguió.

 

El comandante Pedro Nolasco López, el 14 de julio de 1815, pide armamento para reforzar la defensa de la Guardia del Monte ante un ataque de tribus araucanas y ranqueles.

 

En enero del año siguiente, por resolución del gobierno y bajo el comando del capitán Ramón Lara, marchan nuevos contingentes a reforzar la guarnición estacionada al sur del río Salado con el nombre de Compañía de Blandengues de Frontera.  Por el beneficio que significó para Chascomús, al defenderlo contra las invasiones, así como por haber conquistado para la civilización nuevos territorios, esa compañía fue el núcleo de un escuadrón que más adelante el gobernador general Juan Martín de Pueyrredón resuelve transformar en Regimiento de Blandengues de la Frontera.  En 1817 el Director Supremo de las Provincias Unidas del Río de la Plata envía al coronel Juan Ramón Balcarce, conocedor del desierto, para que estimule a los pobladores a establecerse definitivamente en las tierras que el gobierno les adjudicara gratuitamente.  Posteriormente, hacendados de la provincia forman un cuerpo de tropas veteranas, “Coraceros de Buenos Aires”, que es puesto a las órdenes del coronel Juan Lavalle, y, de acuerdo con los antecedentes que tenía el jefe del estado mayor, general José Rondeau, dichos hacendados entran en negociaciones con el ministro de relaciones exteriores, Dr. Gregorio Tagle.

 

El coronel Eduardo Holmberg es comisionado para inspeccionar los fortines que se construirán en Salto, Pergamino y Rojas.

 

En el año 1818 avanza hacia el desierto Feliciano Chiclana.  En el año siguiente se interna hasta Mamul Mapú, a doscientas leguas de la ciudad de Buenos Aires, y concluye un tratado de paz con los ranqueles en diciembre de 1820.

 

El general chileno José Miguel Carrera provoca una situación tensa en el territorio de soberanía argentina, el 2 de diciembre de ese mismo año.  Expulsado de Buenos Aires y Santa Fe, emprende viaje a Melincué, y penetra en la pampa al frente de un malón al Salto y, al igual que los indios que lo secundan, siembra el terror entre los pobladores.

 

En sus “Escritos históricos” incluye el coronel Pueyrredón un comunicado del comandante del fuerte Areco al inspector del ejército, general Rondeau, que dice así: “Acaban de llegar a este punto el cura de Salto, don Manuel Cabral, don Blas Represa, don Andrés Maracuci, don Diego Barruti, don Pedro Canoso y otros varios, que es imponderable cuanto han presenciado en la escena horrorosa de la entrada de los indios a Salto, cuyo caudillo es don José Miguel Carrera y varios oficiales chilenos con alguna gente con los cuales han hablado todos estos vecinos que en la torre se han escapado.  Han llevado sobre trescientas almas de mujeres, criaturas, etc., sacándolas de la iglesia, robando todos los vasos sagrados, sin respeto, el copón con las formas sagradas, ni dejarles como pitar un cigarrillo, en todo el pueblo, incendiando muchas casas; luego se retiraron tomando el camino de la Guardia de Rojas, pero ya se dice que anoche han vuelto a entrar en Salto…”(4)

 

En 1822 nuevamente sale en misión pacífica don Pedro Andrés García, quien llega hasta Casuahatí o Sierra de la Ventana.

 

De la Guardia del Monte salieron, el 10 de marzo de 1823, 2.500 hombres, con 7 piezas de artillería y una gran columna de carretas, al mando del gobernador de Buenos Aires general Martín Rodríguez, para internarse en las pampas y construir una línea avanzada de fortines destinados a proteger la campaña.  Se llegó a la sierra de Tandil, donde se estableció como avanzada el fortín Independencia.  La conducta cruel en exceso del gobernador suscitó el recrudecimiento de los malones como represalia.  Bernardino Rivadavia, sobre la base de reconocimientos hechos con anterioridad, establece en 1826 una nueva línea de fronteras, con tres fuertes que se construirían en Curalafquen, Cruz de Guerra y Potrero respectivamente.  Así hablaba Rivadavia al enterarse de una invasión reciente: “Sólo el poder de la fuerza puede imponer a estas hordas y obligarlas a respetar nuestra propiedad y nuestro derecho”.

 

La sala de representantes autoriza el 14 de noviembre de 1827 al comandante de milicias Juan Manuel de Rosas para llevar la frontera hasta Bahía Blanca mediante la preparación de un plan.  Más de 3.000 indios llegan a un acuerdo con Rosas, y en sus campos se ven, en virtud de lo tratado, apuntar al cielo las lanzas de colihue destinadas a reforzar el ejército que llevará a cabo la primera conquista formal del desierto.

 

En 1828 Federico Rauch, por orden del coronel Manuel Dorrego, hizo avanzar las fronteras desde Fuerte Federación (actual Junín), por Veinticinco de Mayo y Tapalqué, hasta la zona de Sierra de la Ventana.

 

Al año siguiente el general Viamonte consigna en un decreto el mal estado económico y espiritual en que vivían muchas familias como consecuencia de la guerra, e indica la necesidad de resolver perentoriamente el problema del indio, cada día más peligroso para las poblaciones, ya que resultaban insuficientes las guarniciones de que se disponía.  Se otorgaron entonces a argentinos nativos parcelas entre los fortines, a fin de que se trasladaran a ellas con sus familias, con la obligación de construir ranchos y trabajar la tierra, y de contribuir a defender la frontera con armas y ganado.  Sólo después de diez años de permanencia quedarían exentos de este servicio militar.  Al mismo tiempo se remontaron los efectivos de las guarniciones, se crearon nuevos cuerpos y se dividió el territorio de la provincia en dos comandancias. Norte y Sur, que, al mando respectivo de los coroneles Ramón Estomba y Angel Pacheco, defendieron la tierra conquistada y combatieron junto a los valientes pobladores de la zona.

 

Estas sabias disposiciones trajeron largos períodos de paz.  Pero el advenimiento de grupos étnicos andinos que impusieron en las llanuras su hegemonía despiadada, coincidió con una época de continuas querellas intestinas en la República, lo que favoreció ampliamente el recrudecimiento de la actividad belicosa de las tribus.

 

Referencia

 

(1) Así llamado por Diego Luján, uno de los españoles muerto en el lugar, de acuerdo a ciertas crónicas.  Sin embargo el hombre no figura en los registros.  Hay, sí, un capitán Pedro de Luján.

(2) Tomás Falkner, misionero jesuita, nació en Manchester, Inglaterra, el 6 de octubre de 1707, y falleció en Ploden Hall el 30 de enero de 1784.

(3) El coronel Pedro Andrés García nació en Santander.  Incorporado a los 18 años de edad en la expedición del general Pedro Cevallos al Río de la Plata, fue más adelante organizador de milicias con motivo de las invasiones inglesas y finalmente se le encomendó la incursión mencionada.

(4) Gaceta de Buenos Aires del 16 de diciembre de 1820.

 

Fuente

Clifton Goldney, Adalberto A. – El cacique Namuncurá – Buenos Aires (1963).

Efemérides – Patricios de Vuelta de Obligado.

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