Misión paraguaya a Europa

Francisco Solano López y Elisa Alicia Lynch

 

Uno de los primeros actos del presidente del Paraguay, Carlos Antonio López, fue ponerse en relación con todos los gobiernos civilizados del mundo.  Como resultado de sus gestiones diplomáticas, pronto el Paraguay salió del aislamiento en que había vivido, entrando de lleno en la convivencia internacional.  De todas partes les llegaron los mejores testimonios de sincera simpatía, reconociéndose la independencia y formulándose votos por el resurgimiento paraguayo.  Y no tardaron en llegar a Asunción los representantes de las grandes potencias, con los que se firmaron tratados de amistad, comercio y navegación.

 

Para responder a estas atenciones, para restablecer las relaciones con la madre patria, y con otros fines relacionados con el desenvolvimiento del progreso del Paraguay, fue enviado a Europa, como ministro plenipotenciario, el general López, que era ya, a la sazón, el hombre más preparado y más discreto de su país.

 

El domingo 12 de junio de 1853 partió de la Asunción, a bordo de la nave de guerra Independencia del Paraguay, llevando como secretarios a Juan Andrés Nelly y a Angel Benigno López.  Lo acompañaban también el entonces comandante Vicente Barrios, el capitán José María Aguiar, el teniente Rómulo Yegros y el alférez Paulino Alen.

 

El 14 de setiembre llegó el representante paraguayo a Southampton pasando enseguida a Londres, donde mereció la más amable acogida por parte del gobierno británico. (1)

 

En aquella ocasión tuvo oportunidad de conocer allí personalmente al famoso publicista argentino Nicolás Calvo, quien había de ser después uno de sus corresponsales secretos en el Río de la Plata.  De una correspondencia enviada por dicho escritor a un diario de Buenos Aires se tomaron los párrafos que siguen, donde sus palabras trasuntan la impresión que le causara el representante paraguayo:

 

“Tenemos aquí al general López, ministro plenipotenciario del Paraguay, que pronto pasará a París.  El general es un hombre distinguido en sus modales, dotado de una fisonomía inteligente y apacible, que gana la voluntad del que le trata.  Su viaje a Europa es, a mi juicio, una garantía de prosperidad y un gaje de progreso y de mejora infalible para su patria.  Observador, reservado y estudioso, se ve en sus acciones la preocupación del hombre seriamente contraído a llevar la aplicación de lo bueno y de lo útil que la Europa le presenta en provecho de su patria.

 

“El Paraguay, ofreciendo una estabilidad que, desgraciadamente, falta entre nosotros, llama ya la atención de la Europa comercial, y la emigración agrícola de que tanto necesitan estos países puede muy bien acordarle la preferencia, tanto más cuanto que es éste uno de los puntos a que el ilustrado general López contrae su preferente atención, y reuniendo, como reúne, a la capacidad personal los medios materiales y pecuniarios de desenvolver su plan, poco arriesgo es presagiar que una corriente de inmigración europea, no tardará en pronunciarse hacia el Paraguay.

 

“Esta legación es, quizás, la más numerosa que ha venido de la América, y hará buena figura en la lujosa Corte del Emperador Napoleón”.

 

Llegada a Francia

 

Después de una corta estada en Londres, y antes de visitar, como deseaba, las grandes ciudades manufactureras del Reino, a causa del cólera, que empezaba a propagarse en forma alarmante, pasó a Francia, donde fue recibido en sesión pública por Napoleón III, quien, desde un principio, le brindó sus simpatías, así como la hermosa Emperatriz.

 

Muchas leyendas se han forjado sobre su paso por París y sobre el deslumbramiento que causó en su alma el falso brillo de aquella Corte corrompida.

 

Hay a qué atenerse sobre el carácter del joven patriota, sobre las intimidades de su alma, sobre sus verdaderas inclinaciones.  Se sabe que era morigerado en sus costumbres y que desdeñaba los laureles de la gloria militar.  En su alma no cabía otra ambición que la de ver a su patria engrandecida y en paz con sus vecinos…

 

Mal, pues, podía seducirle una Corte marcial, fastuosa, pero degradada, a los encantos íntimos de una ciudad alegre.  En su mente no llevaba clavada sino una sola idea fija: la prosperidad de su pequeño país.  Inútil buscar documentos, pruebas reales de que hubiese llevado en París una vida licenciosa.  Inútil pretender dar verosimilitud siquiera a las patrañas forjadas por los falsificadores de la historia.

 

Queda, felizmente, el diario íntimo de uno de sus compañeros –el mayor Rómulo Yegros- gracias al cual es posible seguirle, sin perderle de vista un momento,  a través de la gran ciudad.  Y por ese diario se sabe toda la verdad de su actuación irreprochable.

 

Lo que hay de cierto es que Eugenia, que quiso confundirle con uno de esos embajadores semibárbaros de los países orientales, quedó prendada de su gentileza tan pronto como lo conoció en una de las fiestas del Palacio.  Y que Napoleón, que era un hombre de vasta cultura, se sintió sorprendido en presencia de aquel joven lleno de ilustración que, en un francés correcto, disertaba con él sobre las más diversas cuestiones, con un dominio absoluto de la política europea y de la historia del mundo.

 

Aquella simpatía se transformó pronto en amistad que le valió las más honrosas distinciones.  Así, es verdad que el Emperador lo invitó una vez a presenciar unas maniobras militares, brindándole el comando de las tropas, en medio del estupor de los presentes.  López, sin afectación y sin embarazo alguno, agradeció aquella inusitada distinción, dando en el acto las órdenes correspondientes y haciendo desfilar batallones y regimientos en su presencia con singular acierto.  Precisamente toda su cultura militar era francesa, estando bien interiorizado de los secretos de la táctica y de su estrategia.  No podía, pues, tomarle de sorpresa aquel rasgo inesperado del Monarca.

 

Por lo demás, en París, como en Londres, no perdió su tiempo en frivolidades, trabajando por allegar ventajas a su patria, procurando abrir mercados a los productos paraguayos, vincularse a la banca europea y encaminar hacia Paraguay una buena corriente de emigración. 

 

Y como resultados de sus gestiones tan fecundas, el Paraguay se vio pronto impulsado por un creciente progreso, en medio de una renovación completa.

 

No se puede omitir aquí un detalle íntimo de su vida que ha dado lugar a tantas injustas acusaciones, a tantos calumniosos denuestos.  El mismo está referido a sus relaciones con la famosa Elisa Alicia Lynch, a quien amó apasionadamente desde el momento que la conoció en Paris.

 

Esta célebre mujer, tan vinculada a la historia del Paraguay, tan discutida y tan interesante a los ojos del investigador sereno, ha dejado en un panfleto poco conocido los siguientes datos autobiográficos:

 

“Nací en Irlanda, el año 1835, de padres honorables y pudientes, perteneciendo a una familia irlandesa que contaba, por parte de mi padre, dos Obispos y más de setenta magistrados, y, por parte de mi madre, un vicealmirante de la Marina Inglesa, que tuvo la honra de combatir, con cuatro de sus hermanos, a las órdenes de Nelson, en las batallas del Nilo y Trafalgar.

 

“Todos mis tíos fueron oficiales de la Marina o del Ejército inglés.  Mis primos lo son hoy, y varios otros de mis parientes ocupan altas posiciones en Irlanda.

 

“El 3 de junio de 1850, fui casada en Inglaterra, a la edad de quince años, con Mr. Quatrefages, persona que ocupa un alto puesto en Francia.  A su lado viví tres años, residiendo en Francia y Argelia, sin tener descendencia.

 

“Separada de él a causa de mi mala salud, me reuní a mi madre en Inglaterra, quedando algún tiempo con ella.  Estuve después con mi tío, el comandante de la Marina real inglesa, William Royle Crooke y su esposa, hermana de mi madre.

 

“Residí en París muy poco tiempo, y, mientras estuve allí, viví con mi madre y la familia de Strafor, compuesta de la madre y tres hijas, siendo el padre magistrado en Dublín.

 

“Poco tiempo después de separada de mi esposo conocí al mariscal López, y ya en 1854 me encontraba en Buenos Aires, de paso para Asunción.

 

“Los que se han empeñado en presentarme como una mujer de mala vida en París, se encuentran descubiertos ante la evidencia de lo que dejo referido, porque falta materialmente el tiempo necesario para que yo haya podido entregarme a la vida licenciosa que se ha pretendido atribuirme.  No he podido, pues, ser la mujer que han pintado mis enemigos.

 

“El antecedente más desfavorable a mi reputación ha sido el hecho de mi matrimonio.  Casada y pasando a ser la compañera del mariscal López era autorizar el cargo de adúltera.  Hasta hoy no he querido desmentir esta acusación por motivos de delicadeza que me obligaban a no perjudicar la posición que ocupa Mr. Quatrefages.  Pero ahora estoy obligada a romper ese silencio, porque me debo a mis hijos y mi nombre está ligado a una época histórica.

 

“Mi matrimonio con Mr. Quatrefages fue considerado nulo por no haberse cumplido las formalidades exigidas por la ley, y la prueba más concluyente de ello es que él se volvió a casar en 1857 y tiene varios hijos de ese matrimonio.

 

“Dados estos antecedentes respecto a mis primeros años, no necesito detenerme a dar cuenta de los quince años que residí en el Paraguay, porque nadie, nadie, se atreverá, ni se ha atrevido, a atribuirme una deslealtad al hombre al cual ligué mi porvenir”.

 

Tal es la madama Lynch de la realidad, pintada por ella misma con emocionante sinceridad…  Mujer de extraordinaria belleza y distinción, llena de talento y de una discreta cultura, despertó en Solano López un apasionado amor.  Se conocieron un día en la estación de San Lázaro… se conocieron y se amaron.

 

En una palabra, Solano López había encontrado en su camino la compañera que le deparaba su trágico destino.  Y ésta, respondiendo también a un mandato superior, le dio la mano y lo siguió en la vida.

 

Fracasan las negociaciones con España

 

De París pasó a Madrid, donde presentó sus credenciales, gestionando un tratado de paz con la madre patria.  Le tocó en la Corte española poner a prueba sus dotes de diplomático y su singular energía.  Desde el primer momento encontró dificultades insalvables en las extrañas pretensiones de la Cancillería, que se empeñaba en sentar principios inadmisibles de derecho internacional, en cláusulas que rechazó resueltamente.

 

Así, quería el señor Angel Calderón de la Barca, ministro de Relaciones Exteriores, que se estableciera que los hijos de españoles nacidos en el territorio del Paraguay tendrían el derecho de optar por ser paraguayos o españoles, y otras estipulaciones por el estilo, contrarias al derecho de gentes, a las leyes de la República y hasta el decoro nacional.  Con tal motivo tuvo que formular numerosas notas, en las que se ve el rastro de la garra del león.  Su estilo es inconfundible, siendo imposible no reconocer en todo cuanto escribió desde entonces el sello potente de su personalidad.

 

Aquel joven, que por primera vez salía de su patria, hablaba con la autoridad de un hombre cargado de experiencia y acostumbrado a tratar de igual a igual a los más poderosos de la tierra.  Todo es dignidad, energía, autoridad en lo que escribe.  Se ve que se siente fuerte en su derecho; no conciente en ceder un ápice a su contendor.  Y cuando se convence de que no hay nada que hacer ya frente a la terquedad de la Cancillería española, a la que ha demostrado inútilmente la sinrazón de sus pretensiones y hasta sus flagrantes inconsecuencias, anuncia oficialmente su retiro, y se marcha, sin perder la línea de la más exquisita cortesía.

 

Meses después, cambiado el ministro de Relaciones Exteriores, recibió un llamado del nuevo titular de dicha cartera, que se avenía, por fin, a zanjar todas las dificultades.  Pero era ya tarde.  El ministro paraguayo contestó que le era imposible volver a Madrid, porque había sido llamado por su Gobierno y en el puerto de Burdeos le esperaba, con los fuegos encendidos, un vapor de guerra de su país, listo para partir.

 

El más completo éxito coronó sus gestiones ante el Rey de Cerdeña, consiguiendo sin dificultad que fueran canjeados y ratificados los Tratados firmados en Asunción.

 

Por todas partes no encontró sino buena voluntad para su patria y para su persona, recibiendo de Napoleón las insignias de Comendador de la Legión de Honor y del Rey de Cerdeña las de Comendador de San Mauricio y San Lázaro.

 

Hasta el propio Juan Manuel de Rosas, entonces en Inglaterra, requerido para dar informes sobre el Paraguay, no titubeó en decir que era el único país al cual se podía abrir un crédito ilimitado, certificando que la firma de su ministro estaba garantida por las riquezas de un pueblo pacífico y trabajador y por la solvencia del Gobierno más serio de América.

 

Puede decirse, pues, que su misión fue coronada por el más completo éxito.  Y, así, después de haber hecho un lucido papel diplomático; después de haber estudiado detenidamente todo lo que podía interesar a su patria; después de haber hecho magníficas adquisiciones, asegurando el concurso de hombres e instituciones de trascendental importancia, regresó, a bordo del hermoso y veloz vapor Tacuarí, adquirido por él en Inglaterra.

 

El 11 de noviembre de 1854, a las diez y media de la mañana, partió de Burdeos.  Venían con él, a más del personal de la Legación, numerosos técnicos contratados en Inglaterra y Francia, entre ellos los ingenieros Whitehead y Richardson, que tan valiosos servicios habían de prestar al Paraguay.

 

A su paso por Río de Janeiro se entrevistó con el Emperador y con varios personajes de la Corte, tratando inútilmente, de buscar una solución a las graves cuestiones que empezaban a poner en peligro la paz entre el Brasil y Paraguay.

 

Finalmente llegó a la Asunción en la tarde del 21 de enero de 1855. 

 

Referencia

 

(1) El lunes 5 de diciembre de 1853 fue recibido Solano López por la Reina Victoria en su palacio de la isla de Wight.  Rómulo Yegros, al anotar este hecho en su minucioso diario, escribe: “Después de haber visto el señor general a la Reina, dice que le ofreció su vapor de paseo para que regresase y su coche para que lo usase en el puerto.  Esta oferta fue aceptada por el señor ministro.  El inmenso gentío que había en la ribera y los marineros, al verle bajar, creyeron que era la Reina la que venía a su paseo de costumbre…  Por este feliz viaje vemos que el señor general es tenido en mucho aprecio por la Reina y sus ministros”.

 

Fuente

Efemérides – Patricios de Vuelta de Obligado

O’Leary, Juan E. – El mariscal Solano López

Portal www.revisionistas.com.ar

 

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