Batalla de India Muerta

Batalla de India Muerta, 27 de marzo de 1845

 

A comienzos de 1845 va a reanudarse la lucha en el territorio argentino, pero la guerra nunca ha estado interrumpida.  En el Uruguay combaten tres ejércitos de la Confederación y en el de Oribe figuran batallones argentinos.  También ha habido algún encuentro insignificante en Entre Ríos, promovido por el gobernador de Corrientes.  Pero ahora Rosas tendrá frente a él al más notable de nuestros militares, el general Paz, que acaba de ser designado en Corrientes jefe del Ejército Aliado Pacificador, y que ya ha comenzado a organizar sus tropas.  Este nombramiento no es la única habilidad del gobierno correntino.  Su tratado de comercio con el Paraguay, que Rosas considera una traición, porque una provincia no puede pactar con el extranjero, es el primer paso hacia una colaboración militar.

 

Manuel Oribe venció a Fructuoso Rivera en Arroyo Grande (6 de diciembre de 1842). Este perdió todo su ejército, y hasta sus pistolas y espada de honor, que arrojó para poder huir.  Este hecho de armas significó el fin de la Federación del Uruguay que Rivera presidía.  Luego de esa batalla, las tropas rosistas comandadas por el general Oribe atravesaron el Uruguay, mientras que las tropas de Rivera huían hacia Montevideo sin ofrecer resistencia.  Después de eso, ya Oribe con casi la totalidad del País en su poder. Se propuso sitiar Montevideo, en un sitio que duraría nueve años y seria recordado por la histografia uruguaya como “Sitio Grande”. Y establecer su sede de Gobierno en lo que hoy se conoce como el barrio del  Cerrito de la Victoria, en lo que era para ese entonces las afueras de Montevideo.

 

Fructuoso Rivera, que no había ejercido actos de gobierno sino al pasar, en los puntos que ocupaba con sus armas, era seguido por el ejército al mando de Urquiza, quien lo alcanzó en la sierra de Malbajar, y lo obligó a traspasar la frontera y asilarse en Río Grande.  Rivera se dirigió en nombre del gobierno oriental al marqués de Caxias, comandante en jefe de las fuerzas del Imperio en esa provincia, con quien había tenido negociaciones por intermedio de su secretario don José Luis Bustamante.  Allí pudo reorganizarse con los auxilios de armas, vestuarios y caballos que recibió.  Los últimos días de enero de 1845 pasó a la frontera oriental.  Sus divisiones, al mando de los coroneles Flores, Freire y Silveira, sostuvieron choques sin importancia con las de Urquiza; pero como él pasase a mediados de febrero del norte al sur del río Negro y pusiese asedio a la villa de Melo, Urquiza reunió sus fuerzas y el 21 se movió del Cordobés en dirección a Cerro Largo.  Rivera se ocultó en la sierra del Olimar y Cebollatí.  Urquiza contramarchó el 23 del Fraile Muerto, y se dirigió por el camino de la cuchilla, con el designio de ponerse al flanco derecho y salirle a vanguardia.  Pero fue inútil.  Rivera, conocedor del terreno, hacía marchar y contramarchar a Urquiza con el objeto de arruinarle las caballadas y caer sobre él en un momento propicio.  Así permanecieron hasta el 31 de marzo en que Urquiza se movió de su campo de Los Chanchos, al saber que Rivera a la cabeza de 3.000 hombres se dirigía a tomar el pueblo de Minas.  Urquiza pudo impedírselo llegando a tiempo a la barra de San Francisco, pero tuvo que permanecer en este punto para dar descanso a sus caballadas.  El 21 Rivera reunió todo su ejército y se dirigió sobre Urquiza.  El 25 se avistaron ambos ejércitos, y el 26 tomó posiciones en los campos de la India Muerta.

 

Rivera tenía poco más de 4.000 hombres; Urquiza tenía 3.000, en su mayor parte veteranos.  Al salir el sol del 27 de marzo, Urquiza hizo pasar dos fuertes guerrillas por el arroyo Sarandí, y tras éstas adelantó sus columnas tendiendo su línea a tiro de cañón de Rivera, y compuesta la derecha: de la división entrerriana al mando del coronel Urdinarrain; centro: tres compañías del batallón Entre Ríos y tres piezas de artillería al mando del mayor Francia; izquierda: ocho escuadrones de caballería, dos compañías de infantería y la división oriental al mando del coronel Galarza.  Los escuadrones entrerrianos llevaron una tremenda carga a sable y lanza sobre la izquierda y el centro de Rivera, compuesta la primera de milicias últimamente incorporadas de los departamentos de río Negro, y el segundo de un batallón de infantería y dos piezas de artillería, respectivamente mandados por los coroneles Baez, Luna, Silva y Tavares.  Las cargas de los federales fueron irresistibles, y bien pronto quedó reducida la batalla sobre la derecha de Rivera, donde estaban sus mejores fuerzas al mando del general Medina, jefe de vanguardia.  Ante el peligro de ser flanqueado y envuelto, Rivera se dirigió personalmente a su izquierda para rehacerla, lo que pudo conseguir trayendo algunos escuadrones al combate.  Pero Urquiza lanzó entonces sus reservas, y después de una hora de lucha encarnizada lo derrotó completamente, matándole más de 400 hombres, entre los que había treinta y tantos jefes y oficiales; tomándole como 500 prisioneros, el parque, caballadas, toda su correspondencia, y hasta su espada con tiros y boleadoras.

 

“Te noticié del suceso malhadado del 27 –le escribe Rivera a su esposa- desgraciadamente volví a sufrir otro contraste que nos obligó a pasar el Yaguarón un poco apurados.  Yo perdí parte de la montura y desde ese día estamos bajo la protección de las autoridades imperiales”.

 

Esta victoria destruyó para siempre la influencia militar del director de la guerra contra Rosas.  

 

En Buenos Aires, donde llega la noticia el último día de marzo, se celebra el triunfo con grandes fiestas: fuegos artificiales, descargas, iluminación, embanderamientos y manifestaciones callejeras con música.  Una columna de cuatro a cinco mil personas llega a Palermo.  Van diputados, jueces, funcionarios.  Rosas no se presenta a recibir su homenaje y son atendidos por Manuelita.

 

A fines de enero, el almirante Brown, por orden de Rosas, ha restablecido el bloqueo.  No ya el bloqueo parcial, como el año anterior, a ciertas mercaderías y la exención para Inglaterra y Francia, sino el absoluto.  Pero el almirante Lainé lo desconoce.  Convertido desde el año anterior en enemigo de Rosas, en otro Purvis, aplaude a los legionarios y dice no poder disolverlos porque ellos ya no son franceses.  Al mismo tiempo, hostiliza a Oribe, desconoce sus derechos y no permite que otros franceses se vayan a Buenos Aires.  Ha establecido en Montevideo, una indudable intervención.  El es quien ahora manda allí.  Muy poco falta para que la ciudad quede ocupada por Francia.  Rosas, entonces decreta, con la indignación de los representantes de Francia e Inglaterra, que no entren en Buenos Aires, verdadero puerto de destino, los barcos que hayan tocado en Montevideo.

 

Después de India Muerta la caída de Montevideo pareció inevitable.  El gobierno mismo llegó a declarar que la ciudad no podía sostenerse cuarenta días con sus solos recursos.  Oribe a convocado en mayo para la renovación de la asamblea legislativa y elecciones de presidente de la República, y propone la rendición.  Rechazada, se prepara a atacar.  Lainé e Inglefield declaran que no permitirán la caída de la ciudad.  Y es entonces cuando la proveen de armas, municiones y víveres y cuando desembarcan tropas.  Y el gobierno de Montevideo escribe al del Brasil unas palabras infames y vergonzosas según las cuales el Uruguay, en casi de tener que entregarse a un poder extranjero, “antes que sucumbir bajo la cuchilla de Rosas” –palabras textuales- “se echaría con preferencia en los brazos de un poder americano”.  Es decir, que antes de ser gobernados por su compatriota Oribe, héroe de la independencia uruguaya, uno de los “33” y jefe de Ituzaingó, prefieren ser brasileños esos malos uruguayos, prefieren entregar su patria al Brasil, el único y perpetuo enemigo de su independencia.

 

Una vez más, los extranjeros impiden la caída de Montevideo.  Ahora sólo la defienden cuatrocientos nueve orientales.  El resto de las tropas son esclavos, en su mayoría pertenecientes a extranjeros y en número de seiscientos dieciocho; y dos mil quinientos extranjeros, de los cuales mil quinientos cincuenta y cuatro franceses.  ¿Qué se han hecho los mil franceses restantes?  Los más serios, así como otros que no formaron nunca en la legión, se han refugiado en Buenos Aires.  Desde aquí dirigen una petición al gobierno francés, en donde se lee estas palabras significativas: “El señor Lainé, ¿ha sido enviado para proteger al partido agonizante que domina en Montevideo, o para protegernos a nosotros?”.  Ese partido agonizante, esos cuatrocientos nueve hombres, ahora que el ejército de Rivera no existe, representan para Francia e Inglaterra el Estado Oriental.  Y en nombre de ese puñado de individuos, Francia e Inglaterra vienen a meterse en la política del Plata, a mandar como dueños, a imponerse con sus cañones.

 

¿Y los emigrados?  El número de los argentinos que defienden la plaza es de apenas ciento treinta.  Muy pocos más son los que llevan armas.  Los demás están en Buenos Aires o en el Brasil.  Pero esos pocos argentinos son los dueños del gobierno de Montevideo, principalmente Florencio Varela.  Ha de estar alegre Varela, al ver el resultado de su misión a Europa, al ver a su patria próxima a entrar en guerra contra las dos grandes potencias del mundo, en peligro de ser destruida y desolada.

 

Fuente

Efemérides – Patricios de Vuelta de Obligado (2008).

Gálvez, Manuel – Vida de Don Juan Manuel de Rosas – Ed. Tor – Buenos Aires (1954).

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Saldías, Adolfo – Historia de la Confederación Argentina.

 

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