Los italianos en tiempos de Rosas

Los inmigrantes, obra de Rodolfo Campodónico

En los confusos y en parte inesperados episodios que dieron lugar a la instalación de una Primera Junta en la capital del virreinato del Río de la Plata en mayo de 1810, los nombres “italianos” estuvieron presentes tanto en ellos como en los acontecimientos inmediatamente sucesivos (Belgrano, Castelli, Alberti, Antonio Beruti, Joaquín Campana).

Un elenco de extranjeros registrados en Buenos Aires en 1804 –recuperado por ese observador minucioso e inteligente que fue Emilio Zuccarini- enumera noventa y seis hombres de origen peninsular presentes en los distintos distritos de la ciudad. Si se calcula que el número de habitantes de Buenos Aires por ese entonces giraba en torno a los cuarenta mil habitantes, no es un porcentaje significativo, aunque los peninsulares fuesen luego de los portugueses el contingente extranjero más numeroso. Sin embargo, más allá del peso numérico, el problema es que ellos habían llegado en distintos momentos desde mediados del siglo anterior, tenían patrones de asentamiento muy dispersos –ya que estaban distribuidos en los distintos barrios de la ciudad- y ejercían profesiones muy dispares (de comerciantes a artesanos, de jornaleros a pulperos, de matadores de cerdos a boticarios, de quinteros a artistas). Por otra parte, en esa variopinta gama de ocupaciones estaban prácticamente ausentes aquella que caracterizarían a los primeros núcleos densos que vendrían luego. Es decir, las profesiones ligadas al mar.

Buscando algunas características de conjunto que pueda presentar algún rasgo de continuidad con los peninsulares posteriores podría señalarse que, a diferencia de otros grupos europeos, como los ingleses y franceses, más homogéneos socialmente, los procedentes de la península, más allá de algunos comerciantes exitosos, de algún médico y algún farmacéutico, eran, como se ha visto, pequeños comerciantes y, sobre todo, trabajadores manuales.

Aunque la mayoría procedía de los dominios genoveses (lo que incluía la misma Liguria y también otras antiguas posesiones genovesas del Mediterráneo oriental) y se definían como de “nación xenovés” (cincuenta y cuatro de los noventa y seis), la diversidad de lugares de origen hacían que no se encontrase ningún núcleo consistente de personas de un mismo pueblo entre ellos. Los restantes cuarenta y dos, por su parte, procedían de casi todas las regiones de la actual Italia: de Milán a Sicilia, de Venecia a Roma y Nápoles. Finalmente, aunque el registro sólo enumera a los hombres, otro elenco de 1810, aunque incompleto, ya que consigna los presentes en catorce de los veinticuatro distritos de la ciudad, consigna sesenta y un hombres y sólo tres mujeres de origen italiano. Ese desbalance refuerza la idea de individuos aislados que habían llegado en distintos momentos y por distintas vías al Río de la Plata, que tenían pocos lazos entre sí y desde luego no constituían ningún tipo de “comunidad”.

Desde luego que la nueva situación abierta en 1810 creó muchas nuevas oportunidades para los extranjeros, en espacial para los comerciantes. La apertura del comercio, decretada ese mismo año, y la pronta marginación de los mercaderes monopolistas españoles permitían que su lugar fuese ocupado no tanto por los criollos como por extranjeros de otros orígenes que, disponiendo de contactos en el exterior y de algún capital, se instalarían en Buenos Aires. Así el panorama de la villa cambiaría bastante rápidamente desde la primera década revolucionaria con la presencia sobre todo de ingleses (que ya en 1811 crearían un club de residentes británicos), secundariamente de alemanes, de norteamericanos y algo más tarde de franceses.

Los procedentes de la península italiana, y en especial los genoveses, no parecen haber podido aprovechar inicialmente la situación pese a sus antiguos vínculos con el mundo hispanoamericano y a que los ligures estaban emigrando en un número bastante considerable. Más tarde, las nuevas rutas marítimas en manos de los genoveses, favorecidas por el establecimiento de tasas diferenciales en el puerto de Génova a las naves de bandera extranjera, brindaron una posibilidad de expansión de las actividades navales. En ese contexto, el tráfico con destino al Río de la Plata y más en general con la América meridional se convertiría prontamente en estratégico. Surgieron así nuevas iniciativas destinadas a establecer vínculos regulares, subvencionados por el gobierno piamontés entre el puerto de Génova y los de Montevideo y Buenos Aires.

Una parte del éxito de la marina genovesa en el Río de la Plata y también en Brasil se debía, asimismo, a que ahora había conseguido capturar además una buena parte del antiguo comercio entre España y Portugal y el mundo iberoamericano, en el cual había estado insertada en el período colonial de modo indirecto, pero cuya presencia había casi desaparecido con el derrumbe del monopolio español y portugués. Este aumento de la presencia genovesa en las rutas marítimas favoreció también la inmigración y ésta sucesivamente los beneficios de los sectores ligados al transporte naval más que a los comerciantes. A partir del año 1835 comienzan a llegar inmigrantes italianos en grandes contingentes, impulsados por las dificultades económicas en la península y las posibilidades promisorias que se le ofrecían en estas tierras.

Las ventajas que el tráfico transoceánico brindaba a la emigración eran múltiples. En primer lugar, el incremento de las relaciones marítimas entre Génova y el Río de la Plata llevaban hacia aquélla un flujo creciente de informaciones sobre las tierras australes y las eventuales oportunidades que existían en ellas. En segundo lugar, esas actividades marítimas requerían otras complementarias que internasen las mercaderías por el eje de los ríos Paraná y Uruguay, que eran el nervio de la circulación económica en el área platense.

La presencia de los genoveses en el Río de la Plata se fue haciendo así conspicua. Ella daría lugar al envío por parte del reino de Piamonte y Cerdeña, en 1835, de un primer funcionario diplomático, el barón Henri Picolet d’Hermilion, para que, al menos teóricamente, representase los intereses, en primer lugar, del comercio y la marina sarda y secundariamente los de los súbditos del reino. El funcionario diplomático proveería algunas estimaciones de esa presencia que, aunque imprecisas y quizá exageradas, no dejan de dar cuenta de las dimensiones del fenómeno. Picolet estimaba en unos dos mil los residentes sardos en Montevideo hacia 1835-1836 y en unos cinco mil (casi todos ellos genoveses) los que contemporáneamente estaban instalados en Buenos Aires. La presencia de los peninsulares no se reduce por lo demás a esas dos ciudades. También pequeños grupos aparecen en aquellas villas del litoral en el triángulo comprendido entre Asunción y las dos ciudades del Plata, en especial en las villas ribereñas de los Ríos Paraná y Uruguay como Rosario, San Nicolás, Paraná, Corrientes, Concepción, Goya, Paysandú y Salto.

A las ventajas generales ligadas con la expansión de su rol en el comercio platense y con su condición de extranjeros, los genoveses podían agregar otra: su condición de súbditos de una nación no beligerante. Por ejemplo, durante los dos bloqueos del Río de la Plata entre 1838 y 1840 y entre 1845 y 1847 las naves sardas procedentes de ultramar podían atracar tanto en los puertos de Montevideo, del Cerrito (los genoveses estaban instalados tanto entre los sitiados como entre los sitiadores) y Buenos Aires, así como las pequeñas naves de los genoveses, que hacían el tráfico con distintas banderas (Lucca, Cerdeña), podían superar los obstáculos para mantener el intercambio entre ambas orillas del río (1). La cuestión de las banderas mostraba el espíritu práctico de los genoveses pues la sustitución del pabellón sardo por el de Lucca, aprovechando que un comerciante de ese origen había logrado hacerse nombrar cónsul de ese estado en Montevideo, solía hacerse para eludir controles, tasas u otras gabelas fijadas por el reino piamontés a las naves bajo su pabellón. A su vez, los cambios en la situación podían llevar a retornar a la bandera de Cerdeña.

Para seguir con la red de intercambios hacia el interior del litoral rioplatense aparecían otros obstáculos, ya que el gobierno de Juan Manuel de Rosas reconocía los ríos Paraná y Uruguay como interiores y sometidos a su exclusivo control. Entonces las naves de los genoveses arriaban el pabellón sardo e izaban el de la Confederación Argentina. Así el carácter instrumental y práctico de los ligures no dejaba de favorecer también por otras razones la situación de benevolencia de que disfrutaban sobre todo por parte del gobernador de Buenos Aires. Si éste había dado numerosas disposiciones que prohibían a los extranjeros inmiscuirse en los conflictos políticos locales, los genoveses no necesitaban ninguna presión para hacerlo pues ello coincidía con su actitud general alejada de todo patriotismo, incluso con relación a los conflictos en la península italiana.

Con todo, los genoveses no estaban totalmente exentos de pagar el precio de vivir en un territorio asolado por la guerra y con niveles elevados de violencia endémica. Ellos también eran objeto de violencia, abusos y confiscaciones, como testimonia el oficial de la escuadra anglo-francesa en el Paraná, L. B. Mackinnon (2). En al menos un caso esos incidentes involucraban a sardos enrolados en los dos bandos en pugna, como cuando la escuadra de Rosas al mando de un genovés, Bonifacio, sorprendió y ejecutó a otros cuatro súbditos sardos que parecían estar al servicio del gobierno de Montevideo (3).

La llegada de un cónsul general en 1836 reflejó esa ya masiva presencia de los genoveses (y sobre todo de los intereses económicos sardos) en el Río de la Plata. El arribo del barón Picolet d’Hermilion mejoró involuntariamente la situación de los inmigrantes, que no constituían su principal objetivo y quizá tampoco el de la diplomacia piamontesa. El arrogante barón saboyano, antiguo oficial del ejército napoleónico y luego del piamontés, reaccionario a tono con el ministro de Relaciones Exteriores del reino sardo de entonces, Clemente Solaro della Margherita, no pudo menos que sentirse extraño al ambiente al cual había sido destinado. La ciudad de Buenos Aires, sin siquiera un muelle de desembarco, con sus calles inundadas de lodo luego de las lluvias, con el espíritu bullicioso y plebeyo (y a veces agresivo) de las personas que las frecuentaban, no pudo no disgustarle.

El encuentro con Rosas, quien no le despertó ninguna simpatía (como mostraría en su correspondencia diplomática), no hizo más que agravar las cosas ya que éste lo sometió a numerosos desaires, por empezar las largas amansadoras antes de concederle el placet. Coadyuvaba a ello el hecho de que el reino sardo no había reconocido aún oficialmente a la Confederación Argentina y, con buenos argumentos, el gobernador de Buenos Aires insistía en que ése era un paso previo a cualquier acreditación del diplomático.

De este modo las relaciones no fueron buenas ya desde el comienzo y se agravaron ulteriormente por el activismo de Picolet que alternativamente procuraba mediar entre las potencias europeas beligerantes y Rosas –aunque sus simpatías iban hacia aquéllas y hacia el gobierno de Montevideo-, o solicitaba a la cancillería sarda en los momentos más álgidos (por ejemplo en 1839) que se le permitiese abandonar la ciudad y dirigirse a Montevideo (4). Todo culminará bastante más tarde con la expulsión del barón, que a la sazón había sido ascendido a encargado de negocios en 1848, ante unas expresiones hostiles que profirió en la calle al jefe de policía (quien había prohibido el festejo de la nueva bandera sarda por parte de particulares). (5) Desde luego todo ello era en parte resultado del carácter del mismo agente diplomático, pero también del beneplácito que su comportamiento generaba en la diplomacia sarda, como lo muestra su destino posterior.

Sin embargo, esa misma diplomacia, luego de la asunción de Massimo D’Azeglio como ministro de Relaciones Exteriores del reino (y a la vez como presidente del consejo), un personaje más pragmático y con una situación demasiado complicada en Europa como para ocuparse atentamente del Río de la Plata, adoptaría otra actitud. Después de la partida de Picolet y tras un interregno en el que el Consulado quedó provisionalmente en manos de Antonio Demarchi, se designó no a otro diplomático de carrera sino a otro rico comerciante sardo instalado en Buenos Aires. Era Antonio Dunoyer, nombrado cónsul general por el vicecónsul Carlo Belloc, que sugería incluso que era incapaz de redactar los informes diplomáticos, que eran escritos o por Carlo Pellegrini o incluso por Pietro de Angelis, no dejaba de reflejar en ello mismo en qué medida era el conglomerado de los intereses de la elite peninsular en el Plata el que tenía ahora el manejo de las relaciones diplomáticas (6). Esa conjunción entre comercio y diplomacia sería un lugar habitual en los años por venir de ambas partes del Atlántico, como lo muestra la posterior designación como cónsul y vicecónsul de la Confederación Argentina en Génova de personas ligadas a ellos. En especial el nombramiento de Vicente Picasso, socio de Giacinto Caprile en el negocio de importación y exportación y aun en la propiedad de naves que hacían la travesía transatlántica, muestra bien esa ligazón fuerte entre negocios y diplomacia.

Es que esos intereses comerciales finalmente habían obtenido más ventajas que desventajas del gobierno de Rosas, visto no sólo el crecimiento de la inmigración sino también algunas ingentes fortunas que algunos genoveses como Vincenzo Gianelli o Giacinto Caprile habían acumulado en esos años. Cuánto beneficiaba la nueva situación también a los genoveses es otra cuestión, visto que el mismo Dunoyer, persona ligada fuertemente también con intereses comerciales franceses, no parece haberles dedicado particular atención más allá de que inaugurase una estrategia más prudente y pragmática que la de su antecesor.

En tiempos de Picolet, aquella situación de tirantez no dejaba sin embargo de favorecer a los genoveses puesto que Juan Manuel de Rosas, entre otras cosas se esforzaba por señalarle al barón que éstos no querían ni debían sentirse representados por él ya que estaban bajo su exclusiva protección. Observación en la que ciertamente Rosas no estaba errado si se considera la plena desafección de esos genoveses hacia su representante y en general hacia los funcionarios diplomáticos y consulares, que hacía que sólo frecuentaran su sede en ocasión de tener que traspasar bienes, en especial la compra y venta de naves.

Las relaciones entre las autoridades diplomáticas sardas y sus súbditos, desde el punto de vista jurídico, comenzaron bajo el signo de un distanciamiento pronto convertido en hostilidad mutua. Los genoveses necesitaban poco y obtuvieron poco de su representante (o aun de la estación naval sarda instalada en el Río de la Plata unos años después). Poco más que aquél lograse interceder ante los bloqueadores franceses en 1838 para que no detuvieran las naves con pabellón sardo, incluso otras iniciativas del barón en defensa de algún connacional perjudicado por el régimen gozaban de poca simpatía ya que los genoveses temían, con justa razón, que ello pudiera acarrear males mayores. Preferían dejar pasar o usar directamente sus vínculos con el gobierno de Buenos Aires, los que no daban malos resultados vistas las excepciones que Rosas solía hacer hacia ellos. (7)

Más allá de todo ello, a mediados del siglo XIX, en las postrimerías del largo gobierno de Juan Manuel de Rosas, la presencia genovesa presenta rasgos inconfundibles que la distinguen de los criollos y de otros grupos de extranjeros. Ante todo, la inserción exclusivamente urbana que la diferenciaba de otros grupos como los irlandeses o los vascos llegados contemporáneamente. En segundo lugar, la característica de girar en torno de un conjunto de profesiones bastante eslabonadas entre sí. Si el tráfico fluvial y oceánico era la actividad primera, desde ella su áreas se expandían por un lado hacia el comercio de importación y exportación y hacia el pequeño comercio de abastecimiento de las villas del litoral que se hacía a través de los ríos (en especial de frutas y verduras) y por el otro hacia las tareas artesanales, construcción y reparación de naves, imprescindibles para sostenerla. Por supuesto que por muy dominantes que fuesen los genoveses (y lo eran) en esas actividades no tenían en absoluto monopolio de ellas. Así, por ejemplo, un elenco de los patrones de las embarcaciones de cabotaje entradas en Paraná entre 1843 y 1853 muestra que un tercio eran genoveses o sardos constituyendo de todos modos el grupo más numeroso según los orígenes nacionales, pero no el único.

La llegada de Rosas al poder, si bien favoreció o al menos no limitó el arribo incesante de los genoveses, se convirtió en un obstáculo para la llegada de nuevos científicos, intelectuales o simplemente exiliados políticos desde la península. Estos últimos seguían por entonces arribando en grandes números al Río de la Plata, empujados por los sucesivos fracasos de los intentos revolucionarios orientados hacia el logro de una Italia a la vez unida y republicana entre 1831 y 1849, pero también por las facilidades que se les concedía para venir a Sudamérica como alternativa a la prisión domiciliaria.

Serán estos emigrantes políticos los que le conferirán a la presencia de peninsulares en el Río de la Plata su tono nacional. Ante todo porque eran portadores de un conjunto de mitos nacionales que representaban el fundamento de su lucha política; en segundo lugar, porque provenían de todas las regiones de Italia. Empero, debe recordarse que dentro de este conjunto de “exiliados” no todos podían ser considerados portadores de una explícita ideología política ni tenían una relación activa con la lengua y la cultura literaria italianas. También entre ellos había gente a la búsqueda de un mejor porvenir o simplemente soldados de fortuna para los cuales la guerra era una ocupación como otra. Sin embargo, en general, este conjunto de peninsulares se mostró muy sensible a las oscilaciones de las coyunturas políticas sudamericanas. Para los genoveses de los que hablamos antes, el éxito o el fracaso de las distintas facciones enfrentadas en la “guerra grande”, blancos o colorados, federales o unitarios, eran problemas lejanos al igual que la orilla del Plata en la cual instalarse. Todo estaba dictado por una lógica laboral y no política. En cambio, muy diferente era el caso de los exiliados. Estos alejados del concepto antiguo de que allí donde se está bien está la patria (ubi bene, ibi patria), eran mucho más hijos de la concepción ideológica de la nación consagrada por la revolución y continuada con otros tonos por los nacionalismos europeos del siglo XIX.

La batalla de Caseros en febrero de 1852 signó el fin del largo gobierno de Rosas. Muchas e importantes transformaciones se producirán en la Argentina a partir de entonces. Ellas involucrarían también a los peninsulares afincados en el Río de la Plata y a aquellos por venir.

Referencias

(1) Archivo di Stato di Torino (AST), Consolati di Marina, Buenos Aires (1844-1859), b. 540, rapporti del 29 aprile y del 29 giugno 1848.
(2) L. B. Mackinnon. La escuadra anglo-francesa en el Paraná, 1846, Buenos Aires, Solar-Hachette, 1957, pp. 4 y 222.
(3) N. Cuneo, Storia dell’emigrazione italiana in Argentina (1810-1870), Milán Garganta 1940, p. 15.
(4) Idem, pp. 90-101.
(5) La presencia del Barón en Buenos Aires termina de una manera muy curiosa. En agosto de 1848 el Consulado pidió permiso al Gobierno de Rosas para izar por primera vez el Pabellón “Tricolore” (actual bandera italiana). El permiso fue concedido y la Infantería nacional dio 21 cañonazos en homenaje al nuevo pabellón. El acto fue acompañado por la comunidad italiana de Buenos Aires, quienes enarbolaron banderas rojas, blancas y verdes por las calles y balcones de la Ciudad. Dicha actitud no había sido permitida por el gobierno local y aprovechando la situación, Rosas expulsó al Barón Picolet. Así terminó una historia de rispidez entre Rosas y la representación itálica.
(6) C. Belloc, Rapporto sul comercio sardo…
(7) N. Cuneo, Storia dell’emigrazione italiana in Argentina (1810-1870), Milán Garganta 1940, p. 97.

Fuente

Cuneo, N. – Storia dell’emigrazione italiana in Argentina (1810-1870), Milán, Garganta (1940).
Devoto, Fernando J. – Historia de los Italianos en la Argentina – Ed. Biblos, Buenos Aires (2006).
Efemérides – Patricios de Vuelta de Obligado
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