José Amalfitani

José Amalfitani (1894-1969)

Uno se imagina a los próceres cruzando cordilleras, o escribiendo las bases de una Constitución. Este prócer no es más que un hijo de inmigrante italiano dedicado a la construcción. Un estereotipo perfecto de ese lugar en ese tiempo. Uno más con linaje de barco, de esos que llegaban sin mirar atrás. Están el barrio y el Tano que con sueños y determinación, de manera empecinada, busca trascender y acrecentar el sentido de pertenencia al barrio.

Los padres de José Amalfitani fueron inmigrantes de Italia que llegaron a la Argentina, como otros miles, buscando “hacer la América”. Bajaron al puerto de Buenos Aires e inmediatamente buscaron dónde instalarse. Deambularon unos días entre italianos que han empezado a entender el idioma de la ciudad. Por entonces una gran colectividad de llegados desde el sur de Italia se distribuye en racimos compactos y bulliciosos en distintos barrios conservando su idioma y costumbres. A la ciudad de Buenos Aires la promocionaban los diarios de Europa y los registros de la aduana argentina lo atestiguan: cada día, miles de campesinos y desocupados de las ciudades mediterráneas desembarcaban en los puertos argentinos.

No se ha podido hallar el registro del ingreso de Luis Amalfitani y Fortunata Graziadio, padres de José Amalfitani. El mismo realizó un viaje a Italia en búsqueda de sus familiares, pero nada encontró. Es importante tener en cuenta que un gran número de inmigrantes ingresaba por el Riachuelo, donde no se dejaban constancias escritas de los pasajeros que bajaban de los barcos. Se sabe sin embargo que ambos provenían de la región de Calabria, su madre era precisamente de la ciudad de Cosenza.

Vinieron los padres de Amalfitani con sus creencias ancestrales pero también con su presente, con los recuerdos pero con las ilusiones de edificarse su futuro en Argentina. Don Pepe (así se lo conocía a José Amalfitani), fue el primero de los hijos, pero luego vendrían once hermanos más. A él le siguieron diez hermanas mujeres, una detrás de otra, hasta que finalmente llegó el segundo varón, al que llamaron Luis.

A estos nuevos Amalfitani argentinos se les transmitieron costumbres inamovibles, propias de la cultura del trabajo y del ahorro, pero combinadas con aquellas necesarias habilidades para mezclarse con los criollos. A todos sus hijos, Don Luis Amalfitani los crió como italianos bulliciosos en una ciudad que pretendía ser ordenada, pulcra y ahora hasta imperial, pero que a la vez estaba llena de vecinos durmiendo en caños A Torrent o debajo de los puentes.

José Amalfitani nació el 16 de junio de 1894 en un solar ubicado en el cruce de la calle Corrientes y avenida Callao, una esquina con vías férreas a las espaldas. La avenida Callao se había llamado hasta no mucho tiempo atrás “Camino de las Tunas” y era una vía por donde circulaba una nutrida comunidad de italianos de clase media, que se habían organizado alrededor de la próxima Iglesia del Salvador.

Cuando José daba sus primeros pasos la familia se trasladó al barrio de San José de Flores, que entonces era en realidad un poblado más o menos autónomo en las afueras de la ciudad, donde se iniciaron en el negocio de los materiales de construcción. Luis Amalfitani vendía arena, ladrillos y vigas a los recién llegados, quienes con la ilusión de la casa propia edificaron esas casitas típicas de una planta con jardín adelante y una pieza arriba, para que un inquilino cubriera en el futuro el equivalente a una jubilación. En el corralón se acumulaban baldosas rojas, chapas de zinc y azulejos azules.

La electrificación del ramal del ferrocarril de Once a Moreno, el 1 de mayo de 1923, acercó aún más el barrio a la Capital. El tren, la avenida Rivadavia y el arroyo Maldonado cortaron el oeste de la ciudad en dos: norte y sur a cada lado cultivarían sus propias idiosincrasias y personalidades barriales desde entonces diferenciadas entre sí.

José Amalfitani y sus amigos fueron los primeros que jugaron al futbol en los potreros de Flores, aquel pueblo de la capital donde había más campitos que construcciones. A la edad de doce años terminó la escuela primaria en un colegio ubicado en Avda. Rivadavia y Saavedra, donde luego funcionaría la Dirección Nacional de Sanidad Escolar. Como en esa época aún no existía el que iba a ser el club de sus grandes pasiones se había hecho hincha de Racing Club.

El último día de clase en aquella escuela un maestro de apellido Matozas lo castigó por una de sus cabronadas, dejándolo en “penitencia” en el aula, mientras todos los demás festejaban la despedida del año. José, cuando hablaba o escribía era de pocas palabras, pero eso sí, siempre resultaban contundentes; siguiendo ese principio con una tiza escribió en el pizarrón una serie de frases contra el maestro y se fue de la escuela con un portazo y un rosario de insultos, prometiendo que nunca más regresaría; el trato que había recibido era para él a todas luces injusto.

Ya en las primeras viñetas de su vida se pueden ver los trazos que lo caracterizarían: era un chico de carácter protestón y cascarrabias, mandón, pero noble y respetuoso.

Mientras tanto en Floresta había tres muchachos que, como tantos, se reunían en una esquina del barrio, inquietos, dispuestos a materializar una idea: jugar oficialmente al futbol. Carlos Guglielmone, Martín Portillo y Nicolás Marín Moreno se cruzaban todos los días en el pasaje subterráneo a las vías de la entonces estación de tren “Vélez Sarsfield”, camino al Colegio Saturnino Segurola. Fue allí mismo en que la tarde lluviosa del 1 de enero de 1910 decidieron crear un club de futbol: “Argentinos de Vélez Sarsfield”. Originariamente, agregaron a la denominación de la nueva institución “Argentinos” para advertir a la gente que ellos no eran ingleses, como la mayoría de los clubes de fines del siglo XIX y comienzos del XX. Con el tiempo, lo de “argentino” fue suprimido por redundante y porque, además, dejaron de fundarse clubes con nombres ingleses.

En la Asamblea del 7 de febrero de 1913 se inscribieron diez nuevos socios. Uno de ellos era José Amalfitani. Según los registros, a su ingreso como asociado el club contaba con unos seiscientos socios. Por su carácter y modos de encarar los proyectos el joven Amalfitani produjo una inyección de energía desbordante, que impactó sobre la historia del club inmediatamente.

Don Pepe, juntamente con Juan González fueron designados representantes del club en la Asociación Argentina de Football en 1915, año en que también se rechazó la fusión del club con el de Gimnasia y Esgrima de Flores.

Vélez Sarsfield se convirtió en el primer club que ofrecía una publicación oficial gracias a Amalfitani. La revista de la que se publicaron siete números, se llamaba Vélez Sarsfield, se imprimía a pocos metros de su casa y sirvió como original medio de comunicación para hacer conocer resultados de los partidos y la opinión de un grupo de dirigentes.

El 13 de marzo de 1923, y contando con veintinueve años de edad, luego de un paciente trabajo de anudado de relaciones y conocimiento de las opiniones de su círculo próximo, Amalfitani asumió por primera vez la presidencia del club como premio por haber sido, además, el diseñador del ambicioso proyecto presentado para la mudanza de la cancha.

En esa época, aunque no se plasmaron en hechos sus proyectos, ya estaban claramente organizados en su mente. Poco tiempo después el club dejó el terreno alquilado de Cortina y Bacacay y ocupó formalmente el que sería luego sede de su nuevo estadio ubicado en la manzana comprendida por las calles Basualdo, Ulrico Schmidl, Pizarro y Guardia Nacional, con el compromiso de construir una vereda perimetral.

Cerca del club, pasaba un tren que desde la estación Sáenz Peña llevaba ganado hacia los mataderos del barrio de la Boca, atravesando Villa Luro por la traza de la actual avenida Irigoyen. A esta formación se le agregaban dos vagones los días que había partidos del Club Boca Juniors para transporte de sus simpatizantes xeneizes; de ahí viene el apodo de “bosteros”.

El “Estadio de Basualdo” contaba con tribunas de madera que fueron las primeras techadas en el país y, tras sucesivas mejoras que incluyeron la construcción de las tribunas en sus cuatro laterales y su iluminación, se disputó allí el primer encuentro nocturno del futbol argentino, un verdadero suceso histórico ocurrido el 7 de diciembre de 1928.

Alcira Cristina Imbert había conocido a quien sería luego su esposo cuando tenía trece años y su familia vivía en la casa de Bolaños 46, muy cerca de donde residía José Amalfitani con sus padres y hermanas, luego de mudarse desde el centro de la Capital Federal; allí se vieron por primera vez. Luego, la familia de Alcira Cristina se mudó a la avenida Rivadavia y la calle “Esperanza” (hoy Joaquín V. González) y la familia de Don Pepe fue a vivir a la calle Francisco Bilbao, es decir que las geografía se alejaron y eso hizo que no se vieran durante seis años. Un día se encontraron por el barrio y empezaron a conversar, y poco a poco establecieron un vínculo formal,

José Amalfitani y Alcira Cristina Imbert se casaron el 26 de febrero de 1926. Los festejos de la boda se hicieron en la casa de la novia. Cuando la pareja era joven, iba mucho a los bailes, especialmente a los del Club Italiano del cual Don Pepe y su mujer eran socios. El pasodoble y el vals entusiasmaban a José, a quien también le gustaba oír el tango, especialmente cuando cantaba Azucena Maizani, Libertad Lamarque y Susi Leiva.

Además del futbol, familia y duro trabajo, Don José Amalfitani participaba en política. Una tarde ocupaba una tribuna en la esquina de Lacarra y Rivadavia, cerca de donde había vivido de pequeño, disertando en una campaña organizada por el Partido Demócrata Progresista, al que estaba afiliado. Cuando descendió de la tribuna, alguien lo tomó del brazo y le murmuró al oído: “No concibo que el mal alumno haya superado al buen maestro”. Ya estaba por arrojar su esperable insulto, cuando pudo reconocer a su interlocutor, que no era otro que su maestro Matozas, con quien ahora podían intercambiar las mutuas disculpas por aquel episodio en que José había dejado el colegio. Nunca más había vuelto al colegio, pero ahora se apretaban en un fuerte abrazo, tras el cual nunca más se volvieron a ver.

Durante su juventud, Amalfitani fue demócrata, afiliado al partido alrededor de 1930, en una época en que muchos era filofascistas. Participó activamente en la campaña política cuando Lisandro de la Torre fue candidato a presidente de la Nación; las tribunas de la capital lo tuvieron como orador fogoso y denunciante de los males de la época. Asistía a las reuniones del Consejo Deliberante y de la Cámara de Diputados y recibía los boletines de Sesiones que leía apasionadamente. Esa fue la Escuela donde nutrió sus conocimientos, ya que Don Pepe sólo tenía estudios primarios, y su conducta fue producto de esa formación política que adoptó como un apostolado.

Mientras tanto hizo crecer aquel pequeño club del “lejano oeste” donde burbujeaba y convergía una impresionante explosión demográfica. Amalfitani era un joven que, además de su apasionamiento velezano, hacía periodismo pero, a decir verdad, nada lo marcaba para que sucediera lo que iba a producir.

Era maestro mayor de obras con oficio, aunque sin título, y administraba el corralón de materiales que tenía su padre en Rivadavia 10.000. Estuvo al frente de un café en Floresta, donde los habitués concurrían a disfrutar de su charla. También incursionó en la política como candidato a concejal por el Partido Demócrata Progresista, aprovechando su oratoria. Además le gustaba tanto el teatro que hasta probó suerte como actor; convocó a su grupo de amigos de Flores y preparó la representación teatral de la obra “Gente de barrio”. El mismo, quien representaba el papel de “matón”, ordenó los ensayos, hizo las invitaciones y organizó funciones en casas de familia.

Luego de casado Amalfitani se había retirado a la actividad que le demandaba la administración de los activos que su padre le había legado en el rubro de la construcción. Sin embargo, no se había desligado de lo que sucedía en el club de sus amores. De su retiro voluntario regresaría en 1931. Por esos tiempos, la sede de Vélez Sarsfield se situó en Pergamino y Avda. Rivadavia, y Don Pepe atendía ahí personalmente, algunas veces descuidando su trabajo en el corralón. Allí vendía las plateas y cobraba las cuotas del club. La sede estaba ubicada frente al Cine-Teatro Fénix. El matrimonio Amalfitani vivía ahí, en la calle Pergamino, cuando llegó su primer y único hijo: José Luis Rafael.

En cuanto a Vélez Sársfield, su historia es la misma y muy repetida de muchos clubes nacidos en aquella alborada deportiva de hace un siglo: afanes juveniles, pobreza, modestia de recursos, suscripciones, un sellito, una casilla, grandes esfuerzos, reuniones a la luz de la esquina, desalojos, mudanzas y necesidades de hacerse un lugar donde vivir. La falta de dinero de esas épocas hizo que cuando desarmaron la tribuna y descubrieron que los bulones estaban en mal estado, Amalfitani llegara a un acuerdo con la gente de los Talleres de trenes Liniers, que tenían hornos donde hacían fundiciones, donde esos mismos bulones fueron fundidos a nuevo y recolocados en la tribuna de Vélez.

Se aproximaba el fin de una Argentina “a la inglesa” y la irrupción del peronismo. Don Pepe, por entonces, no tenía mucho dinero, y hasta llegó a hipotecar su casa, lo que no le impedía ayudar a sus amigos.

En 1932, Amalfitani compró en Liniers una extensa superficie de terreno, que pertenecía a la orden eclesiástica de las Hermanas del Divino Rostro, y que tenía el famoso chalet de Penco. El lugar estaba cerca de la imprenta de donde había salido la revista Vélez Sarsfield. Fraccionó lotes y transformó la casa a su gusto. Allí vivió hasta su muerte, en García de Cossio al 5500, junto a la Escuela Primaria Nº 12, “Prof. Ramón J. Gené”. En esa época, Don Pepe se dedicaba a la construcción de casas, además de atender el corralón familiar.

A fines de la década del treinta comenzó el entubamiento del arroyo Maldonado y también la construcción de la avenida General Paz, la que finalmente se inauguró en 1941. La ancha vía que dividía ya Capital Federal de la provincia de Buenos Aires, circunvalando la ciudad, fue desde entonces muy importante para conectar la zona de Vélez Sarsfield y le dio al barrio posibilidades de acceso más fluidas, favoreciendo la llegada de nuevos vecinos.

En 1942 se terminaron los trabajos hidráulicos del Maldonado en la zona, que se habían realizado por tramos, desde la desembocadura en el Río de la Plata. Finalmente el intendente Mariano de Vedia y Mitre, el mismo que hizo el Obelisco, decidió asfaltar sobre el arroyo lo que sería la avenida Juan B. Justo, transformándola en una importante vía de acceso al club Vélez Sarsfield desde el barrio de Palermo.

Cuando en Vélez se produjo el descenso de categoría en los años cuarenta, muchos miembros de su Comisión Directiva consideraban que la institución sólo sobreviviría fusionándose con otro club. Pero no todos pensaban como esos dirigentes. Fue así que un grupo de ellos salió a buscar a Amalfitani para que concurra a la asamblea donde se estaba tratando el tema; él asistió y pidió la palabra pronunciando su famosa frase: “Si me llamaron es para salvarlo, no para matarlo”. Fueron sus palabras las que conmovieron a todos los presentes e incentivaron a que inmediatamente se designara una Comisión Cooperadora, semejante a las que existen en las escuelas, para apuntalar la tambaleante situación. Los participantes del encuentro salieron al final todos juntos de la reunión, cantando alborozados por las nocturnas calles de Villa Luro despertando a los vecinos, hasta que fueron detenidos por la Policía y trasladados a los calabozos.

Momentáneamente presos, aquellos héroes velezanos reflexionaban sobre su situación: el hasta entonces inexpugnable “Fortín”, victorioso en tantas épicas contiendas, había sido vencido por la confiscación judicial y su glorioso campo se convertiría en lotes de 8.66 m de frente para ser subastado. Toda la gloria ganada en goles, gambetas, atajadas y puro coraje, todo parecía quedar perdido. La nómina de 3.393 socios se había reducido a una cantidad cercana al centenar, considerando quienes siguieron pagando su cuota. Pero había hablado Amalfitani y las esperanzas habían renacido.

El descenso que llegó en 1940 resultó en cierto modo “saludable” ya que implicó tocar el fondo para hacer pie. Todos admitían que el Club Atlético Vélez Sarsfield estaba en terapia intensiva, pero en esa situación dramática había surgido la voz firme de Don Pepe Amalfitani: “El Club Vélez Sarsfield no morirá. Yo empuño su bandera. Síganme los que quieran trabajar para salvarlo”.

Al mes de aquella asamblea que se movía entre el final real y las ilusiones de grandeza, el 26 de enero de 1941, otra asamblea de socios designó presidente a José Amalfitani. Cargo que desempeñaría hasta el final de sus días, ya que sería elegido por aclamación de las asambleas período tras período.

En aquellos momentos de aguda crisis, varios socios se reunían diariamente en busca de una solución. En uno de aquellos “concilios” Amalfitani se puso de pie y golpeándose el pecho a la italiana lanzó esta frase entusiasta: “¡Señores, voy a llevar otra vez el club a primera división y al lugar que ambicionamos!” y entre aplausos y abrazos se puso a recolectar billetes para comenzar las obras comprometidas.

Fue una época de mucha ansiedad y trabajo. Amalfitani, preocupado, llegaba a su casa de madrugada y casi no dormía. Se había comprometido a resucitar ese club que muchos daban aun por muerto y tenía que cumplir con su palabra. En los momentos más desesperantes era el optimista, el corajudo, el que le ponía el pecho a las balas. Avaló con sus propios bienes la deuda existente hipotecando la casa donde vivía y así salvó momentáneamente la angustiosa situación. Un acta firmada el 1 de noviembre de 1941, dice lo siguiente: “El señor José Amalfitani se constituye como fiador, en carácter solidario, como principal pagador, de todas las obligaciones del Club Vélez Sarsfield desde la firma del presente convenio, entendiéndose expresamente que el incumplimiento de una sola, cualquiera de las cláusulas de éste, autoriza a los acreedores a exigir el total de la deuda”. En principio sólo él se responsabilizó con su patrimonio personal y, posteriormente, se fueron acoplando otros integrantes de la comisión.

El 7 de diciembre de 1941 se realizó una gran kermese “Despedida del Fortín” con baile y entretenimientos que escenificaban la despedida del lugar que los había cobijado por casi dos décadas, pero que también denotaba la aparición de Amalfitani recolectando fondos para continuar avanzando hacia el futuro.

Una anécdota de los tiempos complicados, a comienzos de la década de los años cuarenta, ilustra a José Amalfitani: un grupo de chicos del barrio estaba sentado en la puerta de una casa, cuando apareció Don Pepe, muy entristecido…

- ¿Qué le pasa, Don José? – le preguntaron.

- Estoy mal. Perdimos, descendimos y nos quedamos sin cancha. Ahora necesitamos plata. ¿Ustedes son socios?

- No – respondieron.

- ¿No? Mañana mismo les voy a traer unas solicitudes para que se hagan socios y ayuden al club.

Efectivamente, al otro día fue un colaborador de Don Pepe a la casa de uno de esos chicos, con un sobre con las planillas. Uno de los pibes, de apenas ocho años, se ocupó de juntar los cincuenta centavos anuales por cada uno de los chicos y un peso anual por su padre y se dirigió a la sede del club con los formularios completados y firmados, allí encontró a Don Pepe:

- ¿Trajiste la plata? – le preguntó

- Sí, pero quiero mis carnets – contestó el avispado asociante.

- ¿Tenés las fotos?

- No

- Bueno, la plata se queda acá. Cuando consigas las fotos te preparo los carnets y, en retribución por tu trabajo, mientras yo sea presidente vas a entrar a la platea gratis.

Y de ese modo empezó el verdadero renacimiento, con los pibes del barrio, con los que ahora honran al club como socios vitalicios

Luego del desalojo comenzó la búsqueda de un nuevo terreno donde instalar el campo de juego. El Ferrocarril Oeste poseía una extensión de tierras que se consideró apropiada, por donde pasaba el cauce del Arroyo Maldonado; en la misma ubicación que el club ocupa actualmente estaba el patio trasero de los talleres ferroviarios, un sector que no se utilizaba porque el agua desbordaba del Arroyo Maldonado y formaba una laguna o al menos un pantanal donde los pibes del barrio pescaban.

Vélez Sarsfield estaba en Segunda División y sin cancha. ¿Adónde jugar? Se sabe que las autoridades del Ferrocarril Oeste, todavía propiedad de capitales ingleses, cedieron a muy bajo precio el “pantano del Maldonado”, que eran terrenos anegadizos que todo el mundo los consideraba irrecuperables, excepto José Amalfitani y un grupo de colaboradores.

Dado que aquel solar era, cuando se inundaba, una ciénaga espantosa que llegaba a tener 3 metros de profundidad, resultaba imperioso rellenarla antes de encarar cualquier edificación. Como la Municipalidad trabajaba en el entubamiento del Arroyo Maldonado sobre la Avda, Juan B. Justo circulaban constantemente camiones sacando tierra. Don Pepe montaba guardia en distintos puntos estratégicos detectando los vehículos que venían desde General Paz con destino al Club San Lorenzo de Almagro. El cruce de las avenidas Lope de Vega y Gaona era clave y en ese sitio era donde la recolección de tierra de relleno era mejor: por 5 pesos los camiones “cambiaban” el rumbo para desembarcar su relleno en Liniers, en vez de en el barrio de Boedo.

Don Pepe iba de acá para allá, ya que la tarea de enterrar las locomotoras en el pantanal tenía sus complicaciones. Las nuevas piezas que iban enterrándose en el barro servían luego de apoyo para que pasara la siguiente, pero la tarea debía coordinarse cuidadosamente. Una vez desecados los terrenos y volcadas las locomotoras, fue necesario rellenarlos. Según se dice, se necesitaron 77.000 metros cúbicos de tierra para rellenar aquel pantano; 20.000 camiones de tierra rellenaron los 35.000 metros cuadrados de la laguna de Reservistas Argentinos y Gaona. Más de 100.000 metros cúbicos de tierra fueron necesarios para nivelar luego el terreno. Además de tierra había locomotoras enterradas, carbón de máquina y basura de los talleres. Como también adoquines que habían sido levantados de la avenida Rivadavia.

Una vez preparado el terreno se comenzó con el sembrado del césped de la cancha y la construcción de las primeras graderías. Para ello fue necesario transportar las viejas tribunas de madera de la cancha de Basualdo, las que fueron prolijamente desarmadas y vueltas a armar en Liniers. Muchos socios recorrían las casi 20 cuadras que separaban ambas canchas transportando al hombro los pesados tablones.

Así estaban las cosas cuando se inauguró el estadio en aquel amistoso contra River Plate, en el cual se enfrentaron también dos modos de ver el futbol y el país: los millonarios, los cuellos blancos, en contraposición con la barriada humilde y laburante, con los de overol. El resultado fue un empate 2 a 2. Ese 11 de abril de 1943 el barrio estuvo de fiesta.

Una semana después, de la mano de Victorio Spinetto como técnico, Vélez obtuvo el ascenso a primera división. En la temporada siguiente se comenzó la construcción de la primera tribuna de cemento ya que la reglamentación de la AFA requería una capacidad mínima para validar el ascenso.

Las obras del estadio habían comenzado no obstante un año antes de aquel partido, en 1942, a cargo de la empresa constructora Curuchet, Olivera y Giraldes, que aceptó el aval que se le ofreció: la amistad de Don Pepe. Antes de la terminación de la misma, ya se había realizado el pago total.

Podemos separar la actividad de Amalfitani en Vélez Sarsfield en dos etapas. La primera tuvo lugar hasta 1940, año en que el club entró en terapia intensiva y hubo que darle electroshocks para sacarlo de la muerte. Fue Amalfitani quien se encargó de volverlo a la vida, dando origen a la segunda etapa, junto a todos los que siguieron, empujaron y apoyaron. El cambio fue de la mentalidad, de la forma de ver los problemas de una institución en la Argentina. Había que ser muy fuerte para que los poderosos no se llevasen todo por delante y eso iba a ser difícil, pero no imposible.

Desde que ocuparon los terrenos en Liniers, en dos décadas se hicieron una pileta olímpica para el campeonato sudamericano y dos piletas más accesorias, canchas de vóley, un estadio de cemento con cancha auxiliar, una tribuna alta, pistas de baile, gimnasios debajo de esa tribuna, la platea alta que da sobre el lado de Juan B. Justo, salas de ajedrez, ping-pong y un salón de usos múltiples, entre otras obras. Todo se hizo con el dinero recaudado mediante cuotas de dos pesos y buena administración.

Amalfitani era un hombre carismático y creíble, porque un día le decían “amarrete” y al siguiente le reconocían los efectos de esa sanidad de balances. Trabajaba casi todo el día y cualquiera que quisiera hablar con él simplemente se acercaba y lo hacía. No había que pedir audiencia mientras se tratara de reuniones para hacer.

Don Pepe tenía alma de laburante y contagiaba con el ejemplo. No sólo pedía donaciones, sino que además solicitaba siempre que cada cual las llevara por sus propios medios, ya sea en carretilla, baldes o como se pudiera, con el subliminal objetivo de que al ver ese comportamiento se estimulara a otros vecinos a hacer lo mismo. Entonces, uno podía ver al carnicero cargando una pila de ladrillos pasando por la barrera de la calle Barragán y luego, más allá, a un capataz de los talleres con una carretilla con clavos y arena cruzando el puente de Gallardo sobre el Maldonado, y no podía menos que emularlos.

La elocuencia de Amalfitani se basaba en una palabra fluida y simple, pero sobre todo en las acciones, y el consejo que sacaba de la galera era una y otra vez hacer algo más, algo que los demás consideraban imposible. Así, los hechos hablaban más que Don Pepe. Eso permitió tomar medidas audaces o poco habituales en el medio, como cuando Vélez privilegió a los jugadores que venían de las inferiores y logró que ellos cultivaran la cualidad romántica del amor a la camiseta, que ya se perdía en aquellos años. Les conseguía trabajo a los jugadores, ya fuera en el correo, en una carnicería, en algún negocio, pero siempre con la condición de que los dejaran entrenar y jugar al fútbol.

En esos primeros años de lucha de la “época Amalfitani” no se escatimaban esfuerzos para reunir los fondos necesarios para la evolución de la entidad. Don Pepe se acercaba al que recién ponía un negocio en Liniers y le decía: “pibe, vos me tenés que poner un aviso” y así se hacía: se exhibía el aviso detrás del arco o en un costado y todos los meses el propio Amalfitani aparecía a cobrar la publicidad.

Si bien José Amalfitani dejó una sólida posición económica, era un hombre cauteloso con el dinero, vivía de algunas rentas, tenía tres o cuatro propiedades importantes que alquilaba y, además, algunos ahorros. Su empresa la administraban sus familiares, mientras él se ocupaba principalmente del club. Su empresa constructora construyó en el Complejo de Chapadmalal, el Colegio N. Sra. de las Nieves y varios edificios de departamentos sobre avenida Rivadavia y sobre la calle Concordia, entre otros.

Cuando las habituales reuniones gastronómicas que realizaba los viernes en su casa resultaron insuficientes en “recaudaciones” programó en Vélez numerosos asados. “Hoy tenemos que juntar unos 300.000 pesos, porque necesitamos comprar cemento”, anunció un día a los que lo rodeaban. Luego, levantó el teléfono y le habló a un amigo: “Me faltan 100 litros de vino para el asado. Estás invitado. Cuento con ellos”. Le habló a otro: “Necesito cincuenta kilos de carne porque hoy viene el Intendente y preciso de su aporte”. Recorrió el Mercado de Liniers, la panadería, la carbonería y todos los comercios que pudieran aportar algo. Y a las dos de la tarde tenía más de cien personas en la mesa que escuchaban sus pedidos. La idea se le había ocurrido el día anterior, haciendo primero las invitaciones y después los pedidos y, en sólo 24 horas, Don Pepe recaudó lo que necesitaba para seguir construyendo. En Vélez, peso que entraba, peso que se invertía en ladrillos.

Cuando Amalfitani invitaba a un asado, todos temblaban, porque le pedía a todo el mundo, tarde o temprano. A Guzmán los chorizos; al bar de Ramón Falcón, la cerveza a cambio de un cartel en el estadio, y al que no podía “cobrarle” el ingreso, le cobraba la “salida”, pasando mesa por mesa con la libretita por todos conocida: “¡Bueno, tenemos que hacer una pared y un vestuario y le agradezco a Don Marvaso las cincuenta bolsas de material que me acaba de regalar!”. Todos aplaudían y entonces la pobre víctima decía: “Si, ¡cuente con eso Don Pepe!”.

Sin embargo, la escena era en realidad algo que ya habían acordado previamente: el resto, para no ser menos, empezaba a ofrecer diez, cinco o cuatro bolsas. Invariablemente, el lunes siguiente al asado, Don Pepe buscaba a cada uno y les recordaba: “Vos dijiste que me mandabas diez bolsas”. Así conseguía los materiales, y en pocas semanas la obra era un hecho.

Amalfitani era una persona con un carisma especial al que era difícil decirle que no. Lo querían y lo respetaban en el barrio. Los vecinos veían que hacía obras y que nunca se había guardado un peso. “Mangaba”, que es la palabra que según dicen algunos filólogos del lunfardo inventó Don Pepe, pero se sabía que el dinero iba a volver para todos. Los obreros también lo respetaban mucho y solía comer el choripán del mediodía junto con ellos en un ranchito que estaba frente al club, donde ahora está la rotonda, que decían era atendido por un descendiente de Juan Manuel de Rosas.

Una de sus frases era: “Los ladrillos son más importantes que los campeonatos” y no era sólo una frase. Quizás para Amalfitani el futbol era secundario, un “accidente”, ya que lo importante era contar con una organización con fortaleza. Cuando se llegó el campeonato de alguna manera se demostró “empíricamente” que su modelo de trabajo también funcionaba: el club logró progresar y superarse ampliamente a sí mismo, aunque en forma paulatina, haciéndose desde abajo.

Muchas veces desaparecía durante los partidos de futbol: estaba haciendo socios a simpatizantes que eran “pescados” en la tribuna por un grupete de colaboradores que los extraían de las tribunas y los enviaban a las oficinas.

En Vélez Sarsfield no se malgastaba dinero para comprar jugadores por el solo hecho de satisfacer a la hinchada. No existía un predominio de los hinchas y simpatizantes por sobre los socios. Aunque fuera artesanalmente, se practicaba el más ortodoxo, sencillo y saludable gobierno al modo de un tendero.

Cuando se tuvo el estadio en pie, vino la etapa de las frecuentes inauguraciones. Los albañiles nunca abandonaban el lugar; simplemente se trasladaban de un sitio a otro, iniciando y terminando obras.

Cuentan que un hincha se acercó a Amalfitani, pidiéndole más gloria y más éxito y no tanto ladrillo y obra. A lo que Don Pepe replicó: “Si querés un campeonato, hacete hincha de Boca”.

Tal era su fama de economista que cuando algún dirigente del futbol iba a ver al entonces presidente Juan Domingo Perón y a pedirle fondos, él les decía: “¿Por qué no van a ver a Don Amalfitani y hacen lo mismo que hace él?”.

A pesar de sus buenas relaciones, durante el primer período de gobierno del general Perón, Amalfitani evitó con mil sutiles excusas poner su busto o el de Evita en el club, algo que muchos le reclamaban; no obstante, Perón lo respetaba mucho, además entre él y el general Perón existía una afinidad por ser prácticamente de la misma edad, además de que entre ellos existía un vínculo personal, familiar y hasta significativo en la historia del peronismo.

Siendo presidente de la Nación, Perón le dio a Vélez Sarsfield 9 millones de pesos para invertir en el estadio. Originariamente había querido hacerlo en el club Liniers, pero como este club estaba controlado por radicales, finalmente optó por darle los fondos a Vélez Sarsfield. Con ese préstamo se continuó reemplazando la estructura de madera traída de Basualdo y se empezó a hormigonear. A cambio el club cedió un sector donde ahora está la pequeña circunvalación frente a la cancha.

El vínculo Perón-Amalfitani se daba más en los encuentros familiares o íntimos a los que concurrían los parientes de su esposa, Alcira Imbert. Algunos cuentan que durante esa primer presidencia de Perón, Amalfitani entró al vestuario y les planteó a los jugadores reunidos lo siguiente: “el que hoy le hace un gol a Racing se queda sin laburo al final del partido”. Verdad o no, ese día Vélez Sarsfield perdió 2 a 1. Si bien Conde hizo un gol, Amalfitani se olvidó sabiamente de su amenaza. Se había decidido “desde arriba” que ese año Racing Club tendría que resultar campeón por razones políticas.

Existe la versión de que cuando se acercaba el final de su segundo gobierno interrogaron al general Perón sobre quien sería su mejor continuador y propuso que fuera Don Pepe: “Amalfitani es el mejor economista del mundo”, habría dicho, pero la historia no permitió que esa idea tuviera lugar.

Estadio José Amalfitani

Mientras tanto en el estadio, rápidamente el hormigón reemplazó a la madera y el 22 de abril de 1951, antes de comenzar la segunda fecha del torneo, se inauguró formalmente el estadio de cemento de Liniers, a excepción del codo noreste, inaugurado unos meses más tarde.

Así el club se fue convirtiendo en uno de los que más comodidades ofrecían a sus asociados y sus jugadores. Pocas instituciones de la época aventajaban a Vélez Sarsfield en ese aspecto. Esta conducta ejemplar de la que José Amalfitani fue abanderado, tan distinto de los políticos que hacen “bandera” en el futbol, condujo al club a una realidad que pocos podían comprender acabadamente aunque la receta debería ser simple de imitar.

La buena relación casi familiar entre Perón y Amalfitani favoreció que el gobierno prestara especial atención a los clubes. El 3 de noviembre de 1952 mediante la Ley 14.167 el Congreso Nacional autorizó la venta de inmuebles del Estado a varios clubes que los ocupaban, entre ellos Vélez Sarsfield.

En 1954 Don Pepe llevó a cabo la construcción del primer natatorio olímpico de América. La obra constaba de una pileta de natación de tamaño olímpico: 50 metros de largo, 18 de ancho, ocho andariveles de medida máxima, torre para saltos ornamentales con trampolines a uno, tres, cinco y diez metros de altura, más dos natatorios auxiliares, tribuna de hormigón para 2.000 espectadores, iluminación y todas las construcciones complementarias.

Una costumbre que Amalfitani no perdía con los años era la de recorrer regularmente los negocios de Liniers pidiendo colaboraciones a cambio de publicidad, ya sea en monedas o consiguiendo un trabajo para algún jugador que estuviera necesitado.

“Ahora vamos a poner la piedra fundamental para una universidad tecnológica que funcionará dentro del club”, declaró Amalfitani en un momento en el que nadie pudo entender cabalmente el alcance y significación de sus palabras. Ara su próximo anhelo, sumado a la habilitación de un nuevo sector de plateas con 12.000 localidades, que estuvo lista un año después.

Para Don Pepe el futbol en el club era un deporte más y lo trataba como tal, considerándolo profesionalmente. Por eso no necesitaba campeonatos para expandir, tranquilizar o capitalizar al club.

Cuando cumplió 25 años como presidente se realizó una cena en su honor. En un reportaje que concedió en aquella ocasión, contestó al periodista de la siguiente manera: “Vea, mi amigo, si usted quiere hacerme un reportaje, hágalo, pero mi deseo es seguir en silencio. Yo no quiero nada de eso. Ni siquiera quiero el homenaje que están preparando por mis 25 años de presidente en forma consecutiva. No, a mi eso no me interesa. En 53 años de dirigente preferí hacer antes que hablar. Escuche bien esto que le voy a decir: los que hacen son los que no hablan”.

El relato sigue así: “Don José Amalfitani dejó los anteojos en el medio de la nariz, prendió uno de los cuarenta cigarrillos que fumaba por día y, mientras miraba por una ventana hacia las canchas de básquet, agregó:

- ¡Qué homenaje ni ocho cuartos! ¡Qué reportaje y macanas! ¿Puedo recibir más homenaje que éste que veo todos los días? ¿Puedo lograr una felicidad mayor que el de ver que este potrero convertido casi en una ciudad? Mire los pibes, venga, acérquese, mire. ¿Y? ¿Me va a decir que un homenaje puede significar más para mí que esto? ¡Por favor!”

Tras la caída del general Perón se detuvo la sesión de los terrenos para la construcción del Polideportivo que se había debatido días antes del golpe, cuestión que se resolvería recién con el decreto 26 firmado por Perón durante su tercer mandato.

En Vélez se hizo el proceso al revés que en la mayoría de los clubes de futbol que montaron notables instituciones haciendo, primero, grandes equipos para después abocarse al desarrollo institucional. Embarcados en la “farándula” de los cracks, para los cuales debieron gastar enormes fortunas; nunca llegaban a retener un peso para construir la institución. Pocas de ellas pueden aún hoy en día llamarse equipos de futbol y clubes, a un mismo tiempo.

Vélez Sarsfield era uno de los pocos clubes donde todos los empleados cobraban a fin de mes. Se había recibido un préstamo que el presidente Perón les había dado a todos los clubes, y el único club que pagaba puntualmente lo que tenía que pagar era Vélez Sarsfield. El pago de ese préstamo era “sagrado” para Amalfitani, que, como sabemos, no adhería a los gestos de obsecuencia ni era peronista.

Finalmente, en 1968 Vélez, había nacido como club para intentar un campeonato oficial. Ese año el Torneo Metropolitano lo había ganado el Club San Lorenzo de Almagro y ahora el Campeonato Nacional de Futbol finalizaba con Racing Club, River Plate y Vélez Sarsfield al tope de la tabla de posiciones. La situación obligó a disputar un torneo entre los tres equipos para consagrar al campeón.

La gloria le correspondió al equipo de Liniers: el 29 de diciembre obtuvo el primer torneo de su historia en la cancha de Boedo. Amalfitani, a pesar de que estaba en cama en ese momento debido a su enfermedad, había cumplido su palabra, otra vez. Su sueño, de algún modo, se había cumplido: un gran y fuerte club ahora era el campeón.

Una anécdota final lo muestra de cuerpo entero a Don Pepe: llegado el momento de la partida del micro que trasladaría a los jugadores desde Liniers hasta el “Gasómetro” se declaró una huelga en la que todos los jugadores, a excepción de Daniel Willington (a quien Don Pepe quería y cuidaba como a un hijo), se negaron a jugar sin pactar previamente las condiciones en caso de triunfar. Los asistentes llamaron a José Amalfitani por teléfono a su casa, que los escuchaba atentamente sin decir nada, hasta que le preguntaron qué medida había que tomar. Inmediatamente les respondió con un seco: “Que vaya la Tercera División, ¡carajo!” y cortó la comunicación. Y téngase en cuenta que no era un partido más, sino que Vélez Sarsfield disputaba una final que podía llevarlo al primer campeonato de su historia. Sabemos que la historia tuvo un final velezano, que la huelga se levantó previa amenaza boxística del “cordobés” (apodo de Daniel Willingon) y otros.

De esta manera la barriada humilde coronaba así su “época dorada”; los socios se habían multiplicado exponencialmente y el club tenía amplias instalaciones para cobijarlos. La humilde visión artesanal de un hijo de inmigrantes italianos vencía al dólar y a la libra esterlina, al menos una vez.

Don Pepe no se olvidó de la huelga, ni de los reclamos, ni del triunfo: cuando Vélez Sarsfield salió campeón se hicieron grandes festejos, en los que se cobraba entrada y la recaudación fue para los jugadores.

Pocos días antes del fallecimiento de Amalfitani, en un partido amistoso disputado el 6 de diciembre contra el Santos de Pelé, Vélez Sarsfield inauguró en su cancha la mejor iluminación de América en campos deportivos para la época.

En diciembre de 1968, la enfermedad comenzó a minarlo lentamente. Don José Amalfitani tránsito la misma con valor, hasta que falleció el 14 de mayo de 1969. Sus restos fueron velados en la sede del club, entre las paredes que levantó con su gigantesco esfuerzo, rodeado de varias generaciones que él mismo agrupó junto a la bandera velezana, cuyos colores engrandeció a través de su vigente lema: ¡Visión, fe, trabajo, honestidad y sacrificio!.

Inicialmente fue sepultado de manera provisoria en el Cementerio de Flores hasta que en 1972, al cumplirse el tercer aniversario de su fallecimiento, se lo trasladó a Chacarita, a un mausoleo levantado especialmente en su memoria.

Además de dedicarle el mausoleo, la Asociación del Fútbol Argentino (AFA) tomó la fecha de su fallecimiento, el 14 de mayo, para instituir “El Día del Dirigente Deportivo”.

Amalfitani demostró que hay un modo posible de hacer las cosas, que no requiere millones, pero sí de trabajo en equipo, de una afinada coordinación de recursos y de una intensa pasión. Es, paradójicamente el modo de hacer que las grandes mayorías del pueblo tienen a su disposición, pero al que rara vez acceden. En ese sentido, Don Pepe fue un adelantado a su época, un Quijote, un ejemplo.

Pero ¿quién dijo que murió Amalfitani? Si todos los días está llegando a Vélez Sarsfield…

Fuente
Efemérides – Patricios de Vuelta de Obligado
Kiektik, Mario – Relato extractado de su obra: “José Amalfitani – Denuedo de una barriada porteña” – Editorial Imaginante – Buenos Aires (2013). (El libro puede adquirirse en la sede del Club Atlético Vélez Sarsfield).
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