Buenos Aires vista por un invasor inglés

La jurisdicción eclesiástica de Buenos Aires se extiende a todas las regiones que están bajo el gobierno temporal del mismo nombre, y empieza desde la costa oriental y sud de esa parte de América.  Por el occidente se extiende hasta Tucumán, por el norte alcanza hasta el Paraguay, y por el Sur tiene por límites las tierras de Magallanes.

Sus costas están bañadas por el gran río de la Plata, que fue descubierto primeramente por Juan Díaz de Solís, en 1515, cuyo nombre llevó en un principio.  Este aventurero, fue muerto con sus secuaces cuando bajó a tierra, por los indios, los cuales le hicieron señales falsas de regocijo y amistad.  Su memoria es hoy recordada sólo por el pequeño río Solís, que está situado a ocho leguas al Oeste de la bahía de Maldonado.  El río, más tarde, fue denominado Río de la Plata, por Sebastián Gaboto, que cumplió su viaje en el año 1526, e hizo muchos descubrimientos.  El, al comprar algunos lingotes de plata a algunos indios que los habían traído de otras partes del Perú, creyó que este metal se encontrara en los alrededores o en las márgenes del río, al cual dio por esas circunstancias el nombre que ahora lleva.  Corre de Norte a Sur, y luego al Sudeste desde el paralelo 12 al 37 de latitud Sur, y tiene su nacimiento en la provincia de Charcas, en el Perú.  No hace medio siglo que esta parte de América fue declarada Virreinato, y durante este tiempo nueve fueron las personas investidas con esa dignidad.

El virrey es presidente de la Real Audiencia, y jefe de la administración.  Su sueldo es de 50.000 pesos, y los gajes de su oficio son tantos, que sobrepujan en mucho aquella suma.  Este gobierno constituye a menudo, el paso previo para el del Perú.

En el invierno son frecuentes las tormentas de viento y agua, con truenos y relámpagos, (como las del día 2 y 3 de julio de 1807).  Los estampidos del trueno y los resplandores de los rayos, son tan espantosos, que llenan a los habitantes de terror y consternación, a pesar de estar acostumbrados a estos fenómenos.  En verano el exceso de calor queda templado por una suave brisa que empieza de las 8 a las 9 de la mañana.

Las ciudades de todas clases que están diseminadas fuera de la provincia de Buenos Aires, son: Santa Fe, a 270 millas al Noroeste de la capital; Córdoba, como a unas 150 millas a Oeste de Santa Fe.  Yo no se si la Colonia del Sacramento merece el título que tiene de ciudad.

Los principales productos de estos países son los cueros y las grasas que se sacan del ganado que matan todos los años, y que pace en la vasta extensión de la Pampa.  Estos animales no viven en estado salvaje, como muchos creen, sino que pertenecen a particulares que en determinadas épocas del año emplean sus esclavos para encerrarlos en corrales construidos a propósito, y que son extensos cercados de empalizadas hechas con elevados postes, donde ellos hacen el aparte anual tanto de ganado vacuno, como de los caballos, con el fin de marcarlos, y luego los sueltan hasta que los necesiten de nuevo, con el objeto de matarlos y sacarles el cuero, que, además del uso a que lo destinan, es un artículo de importante tráfico con Europa.

Ellos los reducen a tiras que sirven para todos los usos en que nosotros empleamos las cuerdas.  Antes un caballo valía un peso; pero, como es natural, cuando los ingleses llegaron al país, el precio se elevó: pero aun entonces por dos o tres pesos se conseguía uno pasable.  Yo tenía un caballo hermoso y de los mejores que se pudieran ver, por el cual había pagado diez pesos (2,68 libras esterlinas), según el valor por el que nosotros recibíamos el peso.  Era de una resistencia increíble; tenía muy buen trote; brioso, y aunque no de carrera, podía contarse entre los caballos ligeros.  Era de talla más baja que la media.  Las mulas de Sud América pertenecen a aquella linda raza que es tan conocida en España.  Estos animales y los bueyes son usados como bestias de carga y de arrastre.  Apenas hay bestias salvajes feroces a la altura de Buenos Aires, sólo que se consideren como tales las innumerables jaurías de perros que vagan por la campaña, aunque se pueden domesticar fácilmente, y pronto se hacen útiles a los “Señores de su Creación”, porque limpian la superficie del suelo de la gran cantidad de carroñas causadas por la matanza anual, por los cueros de los animales, la grasa tirada, y los esqueletos abandonados, que de otro modo se pudrirían y podrían producir pestilencias y pestes.  Los perros no son los únicos animales que participan de este alimento proporcionado con tanta abundancia, pues se juntan al festín los animales del campo y las aves del aire.  Los chacales desempeñan bien su papel.  A esta abundancia de residuos, debe quizás atribuirse el poco aprecio que se hace de la carne de cerdo; se considera poco sana; y con todo, grandes piaras van errando en libertad por la comarca.  No hay animales dignos de especial mención; se encuentran aquí todos los que son conocidos en Inglaterra, con excepción del armadillo, cuyo nombre dice en parte lo que es; su tamaño es el del erizo o poco menos, el hocico, las piernas y la cola son parecidos a las del cerdo, y todo su cuerpo está cubierto de fuertes escudetes, que adaptándose perfectamente al cuerpo, aún en sus irregularidades de estructura, lo protegen contra los ataques de otros animales, sin impedir su actividad.  Tiene, además, como una especie de yelmo que se articula con el anterior, y que le protege la cabeza, estando así defendido todo el cuerpo.  Los escudetes están adornados de figuras naturales de relieve, sirviendo así juntamente de defensa y de adorno.

Los negros y los indios que comen su carne, la aprecian mucho; los llevan al mercado como artículo de comercio, y se me dice aun por nuestra gente, que sirven para preparar una sopa excelente.

La ciudad de Nuestra Señora de Buenos Aires fue fundada en 1535 por don Pedro de Mendoza en la margen Sud del río, en la latitud Sur 34º34’38”.

Ulloa nos dice que se le denominó Buenos Aires por razón de la gran salubridad del aire, pero otros afirman que fue por el viento favorable que, después de haber sido por mucho tiempo adverso y contrario en extremo, llevó a los primeros exploradores río arriba.

La ciudad está edificada en una extensa llanura que se va elevando suavemente, desde el arroyo Chuelo, y está muy lejos de ser pequeña, aunque su anchura no es proporcionada a su largo.  Las calles, hablando en general, son espaciosas, y están empedradas, por conveniencia de los transeúntes, y están, asimismo, bien iluminadas; son rectas y se cruzan en ángulo recto dejando las casas en cuadrados de unas 140 yardas (de lado).

La Plaza Grande es una plaza muy extensa y uno de sus costados está ocupado por el castillo o ciudadela.  Las casas antes se construían con paredes de barro y con techo de paja, pero ahora la mayor parte son elegantes y cómodas, siendo las más lindas de piedra, otras de ladrillo, y generalmente blanqueadas.

Constan de un solo piso, además del piso bajo, y de azotea con pretil a su alrededor.  La Catedral es un lindo edificio, y el Capítulo consta del obispo, el diácono, el archidiácono y dos canónigos.  La iglesia que le sigue en importancia es la de Santo Domingo.

Hay también varios conventos, casas religiosas, hospitales e instituciones de caridad.  La principal de éstas es la Residencia de los Borbones, lugar que nosotros ocupamos desde nuestra entrada en la ciudad.  Este edificio ocupa 150 yardas en un sentido y 120 en otro, y contiene muchos y espaciosos compartimentos.  Del punto de vista militar es muy importante por no estar rodeado de casas, y también por mantener libre la comunicación con el puerto, pues no dista de la playa más de 300 yardas.

La Plaza de Toros está en una altura al NO. de la ciudad y a una distancia del río, no mayor que la de la Residencia; allí se levanta el Retiro, el anfiteatro donde se lidian los toros.  Este es un hermoso edificio de ladrillo revocado; su interior es elegante; sus divisiones están pintadas con dibujos apropiados; en la parte baja se encuentra la plaza donde tiene lugar el espectáculo.

Espectáculo que en crueldad se aproxima al “bullbiting” inglés.  Consta la plaza de cinco o seis hileras de gradas cerradas en la parte opuesta del lado donde tiene lugar la lidia.  En la parte superior hay palcos cubiertos para la gente de distinción, y el del Virrey se distingue por estar coronado con las armas de Castilla, sobre las cuales se eleva el asta bandera, donde se iza el estandarte, toda vez que asiste dicho Virrey.

Un corredor rodea todo el edificio.  Se calcula que tiene comodidad para 8.000 espectadores.  Para la lidia se escoge una raza especial de toros, cuya natural ferocidad es aumentada con los “recursos” del arte.  Aunque yo no hubiese deseado patrocinar este espectáculo, con todo me pesa no haber asistido una vez a él, principalmente porque así no puedo hacer su descripción.  Antes de la llegada de los ingleses, la diversión tenía lugar todas las semanas en la estación propicia, y a ella asistía la gente notable del mundo oficial, de la belleza y de la elegancia.  Las señoras asistían con los más lujosos atavíos y más valiosas prendas, rivalizando en brillo, gracia y elegancia.

Buenos Aires está situada a unas 17 leguas del cabo Santa María.  Las aguas de la orilla cerca de la ciudad, son en extremo bajas, e impiden a los buques de mucho calado, el aproximarse, de modo que echan anclas en Maldonado o en Montevideo.

La mayor parte de los habitantes descienden de españoles y de indios de varias tribus y castas.  Sólo los negros son esclavos.  Se han establecido aquí también, europeos de diferentes nacionalidades, especialmente franceses e italianos, y asimismo algunos irlandeses, que emigraron durante la revolución.

Los españoles son proverbialmente un pueblo indolente, y sus viajes hacia el Sur no han aumentado sus energías.  Los sudamericanos son indolentes en grado extremo; son tan perezosos que les parece mucha molestia aun el dar órdenes, y la parte de su tiempo que no está destinada a los ejercicios religiosos, la pasan en fiestas y juegos.  El billar de día y los naipes por la noche, forman su principal ocupación.

El traje de la gente más elegante de cierta edad, es generalmente negro, (a la moda de la vieja escuela), particularmente cuando están bien arreglados; sobre éste en la calle, llevan una larga capa, hecha generalmente de paño fino, con forro azul o colorado, y con borlas de oro, o bordados.  Usan sombreros con el ala vuelta hacia arriba.  Los jóvenes se visten a la europea, pero ya no se si esta moda data tan sólo desde nuestra llegada o de antes.

Las señoras por la mañana van vestidas de negro, con una caperuza del mismo color, que les cubre a medias la cabeza y la cara, y que les cae suelta sobre las espaldas.  Por la noche imitan la moda francesa y muestran tener buen gusto.  Son muy amantes de vestir bien y de adornarse y hacen ostentación de joyas en estas ocasiones.

Son aseadas en sus personas, y os dan la idea de la limpieza.  Los hábitos de las varias órdenes religiosas corresponden con las disposiciones de la iglesia a que pertenecen, y están de acuerdo con las costumbres de todos los países católicos.

El tratar de definir el carácter de estas personas sería cosa inútil; se compone como todas las agrupaciones, profesiones, clases y naciones, de buenas y de malas.

No sería justo decir que son licenciosos y corrompidos, porque algunos de ellos lo fueron en realidad, aunque sus compatriotas los criticaban por estos defectos, en presencia de los ingleses.

Muchos hombres buenos e ilustres desempeñan aquellos santos ministerios, y nosotros tenemos la esperanza, por el honor de la religión, de que serán la gran mayoría; a lo menos, sus atenciones, su humanidad con nuestros enfermos, y con nuestros heridos, deberán siempre inspirarnos gratitud.  La características de urbanidad y de hospitalidad, se extiende a todas las clases que han recibido el lote del nacimiento y de la educación, y todos los caballeros que han estado por algún tiempo en este país, y han trabado relaciones, ponderan siempre sus atenciones amistosas.  No sucede otro tanto con las personas de la clase baja; son incultas y salvajes, y forman un profundo contraste.  Las muertes son cosa común entre ellas, hasta el punto de no llamar mucho la atención o el interés; pero habré de hablar sobre este punto con más extensión, más adelante.

Las costumbres de la gente del campo, son las siguientes: llevan los cabellos, que son completamente negros, muy largos y atados, en los días festivos con un manojo de cintas; otros se ciñen alrededor de la cabeza un pañuelo, sobre el cual colocan un sombrero pequeño, sujeto debajo de la barba; llevan el cuello desabrochado; usan un saco corto, ya de paño ordinario o de una especie de terciopelo, en consonancia con sus recursos.

También usan anchos calzoncillos de algodón que alcanzan hasta la mitad de la pierna y que terminan con la ornamentación de una franja, sobre los cuales llevan bragas de color negro que se abren a la rodilla y que están adornadas generalmente con una hilera de botones de plata; las piernas y el pie o están desnudos, o llevan unas botas de cueros de oveja, que dejan ver los dedos.  En los talones se ven pesadas espuelas de plata, de un peso increíble; los que no se pueden permitir este lujo las usan de hierro, pero de las mismas dimensiones; llevan, además, cuchillos en el cinturón o faja que rodea su cintura; y sobre todo esto el poncho.  Este tiene forma de una manta de unas dos yardas y media de largo, y casi dos de ancho.  Tiene en el medio una abertura por donde puede pasar exactamente la cabeza; lo restante flota abajo alrededor.  Esta prenda la llevan siempre, unos por decencia, otros por utilidad, otros por ostentación.  Los hay, por lo tanto, de diferentes precios; unos de cuatro o cinco pesos y otros hasta de cien pesos, según la finura del paño o los adornos.  Son de un tejido doble de lana compuesto por los indios, aunque, después que el comercio con los ingleses ha ido en aumento, este ha llegado a ser un artículo del mismo comercio, y se exporta en gran cantidad.  Los más comunes son de color azul, con fajas alternadas blancas y rojas; pero los más finos tienen el fondo blanco, con las fajas azules y rojas, y de otros colores.

Fuente

Craufurd, Robert – Diario de la Expedición Secreta que salió de Falmouth el 12 de noviembre de 1806.

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