El caudillismo

Alfonso X de Castilla, llamado El Sabio (1221-1284)

El caudillismo aparece en América como expresión social y política en la etapa postrera del régimen de Indias, al producirse la crisis originada por la acefalía de la Corona española.  La revolución se inició, salvo excepciones, en las ciudades, en los centros urbanos en los que residía la autoridad delegada del monarca.  En ese escenario fue donde los dirigentes e ideólogos del movimiento, comenzaron a difundir nociones sobre la soberanía popular y el derecho de los pueblos a gozar de su libertad.  Cuando la reacción protagonizada por los absolutistas del viejo régimen, opuso vallas al impulso renovador y obligó a improvisar ejércitos para la lucha; cuando fue necesario crear una pasión colectiva; cuando los conceptos políticos comenzaron a prender en el seno de la opinión inexperiente; cuando las masas irrumpieron en la escena pública manejando esos conceptos sin noción cabal de su contenido, apareció en el proceso revolucionario, como intérprete y orientador de los sentimientos populares, la figura dominante del caudillo.  Muchas de las manifestaciones más típicas y representativas de la vida de los pueblos de América tiene definida y clara raíz hispánica.  El tipo de caudillo de la revolución americana, el de las guerras civiles que fueron su secuela, el que precipitó la formación del espíritu nacional, reconoce su antecesor en el caudillo español de la conquista.  Por la acción de intrépidos caudillos América fue incorporada a la Corona de Castilla.  Tres siglos después, por la militancia de personajes de rasgos muy semejantes, por la influencia de los caudillos criollos, los reinos de Indias fueron segregados del dominio español y convertidos en repúblicas independientes.  La figura del caudillo emerge en la escena de la más remota tradición hispánica.  Sus deberes y cometidos y las circunstancias particulares en que debía llenarlos fueron determinados por Alfonso el Sabio.  En distintos pasajes, que trasladamos al castellano de nuestros días, las “Partidas” tratan del caudillo y de su misión tuteladota.

“Esfuerzo, maestría y seso, son tres cosas que conviene en todas maneras tengan los que bien quieren guerrear”, expresa en la Partida Segunda, título XXIII, ley V.  “Porque – agrega- por el esfuerzo serán cometedores.  Y por la maestría, maestros en hacer la guerra, guardándose a sí y haciendo daños a sus enemigos.  El seso les hará que obren de cada una de éstas, en el tiempo y en el lugar que conviniere y por eso los antiguos que hablaron sobre hechos de guerra consideraron que aunque de esto debían tener todos comúnmente, más conviene a los caudillos que a los otros hombres, puesto que ellos tienen poder de acaudillar.  Estos deben ser esforzados para cometer las cosas peligrosas, y acostumbrados en hechos de armas en saberlas traer y obrar bien con ellas.  Y sabedores y maestros en hechos de guerra es menester que sean; no tan sólo en sufrir los trabajos y los peligros que de ella vienen, sino aun que sepan mostrar a los otros hombres cómo la han de hacer, en qué manera se deben acaudillar y acostumbrarlos a ellos, antes de que comiencen el hecho; para que estén apercibidos y sepan cómo hacerlo cuando en él estuviesen”.

El caudillo debe conducirse con cordura y sensatez, “Y también determinaron los sabios antiguos –prosigue la ley V- que el caudillo tuviese buen seso natural para que supiera guardar la vergüenza allí donde conviene; y el esfuerzo y la sabiduría cada una en su lugar, porque el seso es sobre todo”.  “… Impulsa al esfuerzo a cometer aquello que entiende se puede acabar.  Y también hace obrar a la sabiduría allí, donde debe.  Y hace cambiar el uso de una manera por otra, según conviene a los hechos donde ha de ser guardada.  Y por que el seso es sobre todo linaje y poder, por eso los caudillos lo han menester más que otros hombres.  Porque si cada hombre lo necesita para acaudillarse a sí mismo, estando en paz; cuanto más lo ha menester el que está en guerra y tiene que acaudillarse a sí y a otros muchos”.  Debía ser comunicativo y discreto a la vez; veraz y modesto.  “Y también dijeron los antiguos que los caudillos tienen que tener dos cosas más que parecen contrarias.  Una que fuesen habladores.  Y la otra calladores.  Porque bien razonados y de buena palabra deben ser para saber hablar con las gentes y apercibirlas y mostrarles lo que han de hacer antes de que venga el hecho.  Además deben tener buena palabra y recia para darles conhorte, y esfuerzo cuando estuviesen en el hecho y callado debe ser, de modo que no sea cotidianamente hablador, para que su palabra no desmerezca entre los hombres; ni tampoco alabarse mucho de lo que hiciere, ni contarlo de otra manera que no fuese.  Porque alabándose él mismo, pierde la honra del hecho y lo envilece; y contándolo como no es, lo tienen por mentiroso y no lo creen después en las otras cosas en que le debían creer.  De aquí que el caudillo que debe acaudillar la hueste –concluye- conviene que tenga todas estas cosas sobredichas…”  “Porque el hecho de guerra es todo lleno de peligros y de aventuras; y además el yerro que allí se cometiere, no se puede después emendar”.

Las leyes VI, IX y XI del mismo título XIII, abundan en sabias reflexiones sobre el oficio del caudillo, sobre la oportunidad en que éste debía llenar su misión, y sobre los bienes que de ella resultan si se la cumplía como era debido.  “Acaudillamiento, según dijeron los antiguos, es la primera cosa que los hombres deben hacer en tiempo de guerra.  Porque si esto es hecho como se debe, nacen por ende tres bienes.  El primero que los hace ser unos.  El segundo que los hace ser vencedores y llegar a lo que quieren.  El tercero que los hace tener por bien andantes y de buen seso.  Por eso los unos lo llamaron llave y los otros freno y los otros maestro.  Y estos nombres le pusieron muy con razón.  Porque así como la llave abre los lugares cerrados y da entrada para llegar los hombres a lo que piden, así el acaudillamiento cuando está bien hecho hace entrar a los hombres donde quieren y acabar lo que quieren.  También es freno nombre muy con razón.  Porque así como el freno hace que la bestia no vaya sino por donde quiere aquel que cabalga, así el acaudillamiento endereza a los hombres y hace que no tuerzan ni extravíen en la guerra, sino que vayan como conviene al hecho que quieren hacer.  Y maestro fue llamado, porque en él yace toda la maestría de cómo los hombres deben vencer a sus enemigos y quedar ellos honrados”.

Este personaje fue el gestor de la reconquista; el que acaudilló las mesnadas de las distintas regiones de España en la lucha contra los moros.  La conquista de América en el orden militar no fue sino una prolongación de esa empresa heroica de varios siglos.  Un cronista de la época, Bernardo de Vargas Machuca, en su “Milicia y Descripción de las Indias”, rico y variado arsenal de referencias y reflexiones sobre distintos aspectos de la empresa colonizadora de España en América, hace en distintos pasajes de su obra escrita en 1599, certeras puntualizaciones sobre el caudillo.  Para acometer la empresa indiana, dice de Vargas Machuca, el caudillo debía ser buen cristiano, noble y rico para prodigar sus recursos con liberalidad, nada codicioso, de buena edad, “no siendo muy mozo ni tampoco muy viejo, porque al mozo se le pierde el respeto y al viejo la fuerza”; debía poseer fortaleza física y de ánimo que excluyesen la cobardía; prudencia, viveza y determinación; debía ser diligente, afable, discreto, cauteloso, ingenioso y honesto.  Entre otros pasajes, expresa: “a todo lo importante debe el caudillo acudir en persona, sin fiarlo a nadie, si quiere que le sucedan las cosas prósperamente”, debe estar siempre alerta, “evitar chismes, no admitiéndolos que descomponen mucho a los que mandan y cría grandes males; y siempre componga amistades, porque no haya bandos, siendo padre de todos, sin mostrarse parcial”.

“El caudillo que todas las partes referidas alcanzare – agrega- sepa que es particular don de Dios y con seguridad se podrá arrojar a las conquistas y poblaciones y al que se eligiere con más partes de éstas, mejores efectos sacará, que no el que fuese desnudo de ellas; y este modo de elección con más o menos partes, observaban bien los griegos y romanos”.

El personaje en el que concurrieron estas cualidades fue el propulsor de la conquista.  El que se sintió impulsado a emprender la aventura.  El que celebró capitulaciones con la Corona para ocupar tierras más allá del Océano y fundar reinos en nombre de su Rey para redimir infieles; el que con sus medios reclutó hombres para formar su mesnada.  De este linaje fueron Cortés, Alvarado, Almagro, los Pizarro, Valdivia.  El caudillo surge con la misión de “amparar, guiar y conducir” a los pueblos en tiempos de guerra; de “armonizar” las voluntades dispersas, armonía que los “face ser uno”, como dice Alfonso el Sabio; de orientar a los hombres en las acechanzas de la vida, en una función rectora.

¿Cómo conciliar la autoridad del caudillo con el individualismo español tan celoso de lo que cada hombre representa por sí mismo?  El español de la conquista que reconoció la autoridad de un caudillo y el español americano que siguió en la revolución emancipadora los pasos de un caudillo, no comprometieron su libertad individual porque cuando reconocieron a un jefe para que los uniese y llevase a la guerra, celebraron con él un pacto.  El caudillo conservaría su autoridad siempre que en el origen de ésta y en la forma como la ejerciera se cumplieran determinadas exigencias.  El caudillo debía ser un hombre del pueblo, surgido de su entraña, capaz de interpretar los sentimientos de cada uno de los elementos que forman la masa social.  A caudillo no se llega por herencia, sino por la adhesión espontánea del pueblo que descubre en un hombre, virtudes y rasgos en los que cada uno ve reproducidos los suyos propios o los que desearía poseer.  Cada componente de la masa se considera reflejado en la personalidad del conductor.  Si el caudillo no ha salido de la entraña del pueblo, debe adaptarse a él para ganar su adhesión.  Tal es el caso admirable de Simón Bolívar.  En la acción del caudillo no caben los términos medios.  Se le exige el entregamiento total.  Su esfuerzo, su acción personal, su reposo, sus bienes materiales si los posee, todo debe ofrendarlo a la causa común de la “caudillería andante” de que habla Lucas Ayarragaray.  Eso da a la acción del caudillo un tono real de intensidad, distingue sus actos con un sello humano y un acento de pasión.  Además de entregarse por entero, el caudillo debe guardar consecuencia, no evadirse de sus compromisos; debe permanecer indisolublemente unido al destino de la tierra en la que vive, lucha y trabaja; atento y vigilante a la posesión de esa tierra y a la tranquilidad que en ella debe reinar.  En el ejercicio de su misión militar, social y política, nuestros caudillos rara vez se apartaron del escenario rural.

En América el caudillismo fue la expresión primitiva y elemental de la voluntad popular.  Las circunstancias que concurrieron para determinar su advenimiento y supervivencia, fueron comunes a las distintas regiones, pero cada uno de los caudillos reflejó, en su vida, las características de la época, del medio geográfico en que surgió y de su estado social.

Fuente

Efemérides – Patricios de Vuelta de Obligado

Herrera y Obes, Manuel y Berro, Bernardo Prudencio – El caudillismo y la revolución americana – Montevideo (1966).

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