Samuel Caraballo

Samuel Caraballo, el gaucho navarrense

Protagonistas ocultados por parte de los historiadores que abrazaron las ideas triunfantes luego de la batalla de Caseros (1852), los gauchos persistieron en la memoria colectiva como los arquetipos de la argentinidad, de indiscutida ingerencia en los asuntos nacionales del siglo XIX cuando las batallas eran frecuentes y cuando se peleaba sin descanso y sin compensaciones de ninguna índole, a facón, poncho y tacuaras limpias.

Ese ha sido el gauchaje que ganó, al comienzo, territorios para la civilización, ofrendando su sangre generosa, dejando atrás las taperas y sus familias para regresar, al cabo de varios años de lucha, sin más patrimonio que su humanidad altiva. Fue el que le salvó la vida a Martín de Pueyrredón en las Invasiones Inglesas, o el que acompañó a José Artigas en el penoso confinamiento del Paraguay. Fue el que se batió en Vuelta de Obligado y el que ayudó a fundar pueblos en las fronteras. Después, las leyes lo acusaron de matrero, de bárbaro y de vago, y comenzó su persecución. Junto con el alambrado, que le quitó libertad para trotar los campos y los montes nacionales, el gaucho terminó como peón, o como carne de cañón para la ambición de los mercaderes y del libre comercio. La Guerra del Paraguay fue un claro y denigrante ejemplo en este sentido.

Acosado por la ley y por aquella guerra que duró cinco años, el arquetipo de nuestras pampas huyó cual desbande de montonera federal, o sino terminaba aceptando las reglas del sistema como guardaespaldas de políticos de frac y galera. Y sino, se emprendía contra ellos el exterminio, del que hoy poco se acuerdan los argentinos.

El gaucho prófugo se hizo cantor de los males sociales y políticos que lo llevaron a una existencia amarga y sin reconocimientos. El lamento llevado a versos o payadas fue todo lo que necesitó para sacar a relucir sus padecimientos históricos. El “Martín Fierro” fue artífice de este resurgir del gauchaje argentino, como también lo fueron “Santos Vega” o, ya adentrados en el siglo XX, don Gabino Ezeiza.

Recorriendo pueblos orilleros, todavía encontramos gauchos auténticos que viven como a la vieja usanza.  Que montan a caballo, que comen carne y toman mate a diario, y que escriben milongas sureras evocativas de ese pasado que los vio libres y fugitivos.  Son los que recuerdan a los justicieros convertidos en leyendas fascinantes.

El último gaucho navarrense

Don Samuel Caraballo es un gaucho en estado puro, habitante de la localidad de Navarro, provincia de Buenos Aires.  Nació el 5 de octubre de 1929, siendo sus padres Jerónimo Vicente Caraballo (nacido en Los Toldos) y Josefa Molvidoni (de Pedernales).  La abuela paterna de don Samuel era india de las tolderías, mientras que su abuelo paterno fue vasco español que llegó al país en la primera inmigración masiva del siglo XIX, entre 1870 y 1880, aproximadamente.

Criado en la vida rural de Navarro, Caraballo empezó a trabajar en tareas de campo desde muy chico.  Su primer empleo fue ordeñando vacas, llegando a extraer 400 litros de leche por día.  Con esa preciada carga viajaba 2 ó 3 veces por semana a Constitución; una vez allí, y tras descargar la leche transportada, la misma se vendía en los barrios de Buenos Aires.  Don Samuel salía de su pueblo en tren a las 10 de la mañana, y estaba de regreso a las 16 horas.  Durante tres largos años se dedicó a esta tarea, y siempre llevaba consigo la guitarra y el acordeón.

En 1949, cuando tenía 20 años de edad, le tocó hacer el servicio militar obligatorio. Revistó en el Regimiento de Infantería 6 de Mercedes, donde estuvo un total de 19 meses porque, según nos confió una vez, “me la pasaba en el calabozo”. En aquella unidad militar, Caraballo estuvo destinado en la Compañía ‘Ametralladora’ a cargo del teniente Campoamor.  También usaba fusil Mauser.

Después, los trabajos lo fueron llevando por diferentes zonas bonaerenses.  Samuel Caraballo fue tropero por durante 5 o 6 años, y domó caballos de estancias otro tanto.  Anduvo por Chivilcoy, donde ofició de tambero en un campo chico, y fue siete años parquero de la fábrica de acero inoxidable “Gamuza”, de los hermanos Gilardi, en la localidad de Suipacha, provincia de Buenos Aires.  También manejó un silo y trabajó por Gorostiaga.

En diciembre de 2009, a los 80 años de edad, el gaucho don Samuel dejó de trabajar en el ordeñe de 3 o 4 vacas que poseía, dedicándose a salir a cabalgar con sus dos caballos, Pipina y Rubia, por aquellos lugares de antaño donde ha transcurrido su vida andariega.  Esos lugares pueden ser viejas pulperías cuyos edificios resisten el desgaste del tiempo, o los caminos de tierra que circundan Navarro, Lobos o La Choza.  Arriba de sus caballos, el último gaucho navarrense lleva siempre su guitarra e imaginación a cuestas, requisitos indispensables para retratar paisajes que le conmueven y le llegan.

El mejor caballo que tuvo en su vida se llamaba Lirio, “hijo de un zaino cojudo famoso”, según dijo en una oportunidad.  Sin embargo lo tuvo que vender tiempo más tarde, por unos negocios que hizo.

De Moreira y Manuel Dorrego

Como cualquier habitante de Navarro, Samuel Caraballo guarda un enorme respeto por figuras emblemáticas del pueblo, por esos hombres que dejaron su huella para los tiempos.  Y uno de ellos es el gaucho Juan Moreira.  Don Samuel dijo de él que “fue un gran hombre y trabajador (al) que lo han hecho malo”.  Incluso, cuando era un joven, Caraballo dijo haber tenido como vecinos a familiares de Moreira, quienes le contaron que éste supo ser un “digno trabajador que tenía chivas y ovejas propias”.

Moreira “se perdió cuando entró en política”, sostuvo el gaucho Caraballo.  Y agregó que el padre de Moreira, que había sido lancero en la época de Juan Manuel de Rosas, “era más bravo que su hijo Juan Moreira”, y que descendía de franceses.

Además, don Samuel afirmó que el legendario Moreira mató por primera vez en donde hoy está el Banco de la Nación Argentina en Navarro, cuando lo fue “a buscar para provocarlo un tal Leguizamón”.  Ahí, antes existía una pulpería.

El 13 de diciembre de 1828, el general Juan Lavalle mandó fusilar en Navarro al federal y gobernador de la provincia de Buenos Aires, coronel Manuel Dorrego.  Ese crimen, que significó el puntapié inicial de la lucha entre unitarios y federales, hizo del pueblo una suerte de camposanto para reivindicar la memoria de Dorrego.  Por tal motivo, cada 13 de diciembre se celebra la “Semana de la Federación” en Navarro.  El gaucho Caraballo expresó sobre el ex gobernador bonaerense: “Si no le hubieran hecho lo que le hicieron [fusilarlo], el país hoy sería distinto”.

Folklore, mate y verdades

A veces, en sus tiempos libres, Samuel se dedica a componer algunas milongas o gatos valseados.  O sino, después de tomar mate en su rancho del barrio Marín, sale “ajuera” a tocar y a cantar, mientras su pensamiento e inspiración le van dictando los versos que más tarde entonará en las mesas del Almacén Museo “La Protegida” de Navarro, de donde es un habitual parroquiano.

Supo gustar del género foxtrot, ritmo “que era nuestro y que fue antecesor de la cumbia”, dice.  Los folkloristas que más le han gustado fueron Víctor Velázquez y Horacio Guarany, seguido por Fernando Ochoa.  Lamenta que el folklore ya no tenga tantos talentosos como antes, donde, para él, el cantor vale por lo que “dicen las letras y por lo que sienten” al componerlas, amén de que deben ser personas “sencillas”.

Este gaucho noble de Navarro come todos los días asado y chorizo salchicha, y toma ginebra y mate amargo. Suele conservar algunas gallinas que, luego de hacerlas engordar, vende a los vecinos.  En más de una ocasión, contó que prefiere irse al otro mundo montado en su caballo y abrazado a la guitarra, acaso todo lo que necesita un hombre de su estirpe para ser feliz, aun bajo las crudas características de la globalización.

Don Samuel Caraballo es jinete contumaz, de pañuelo rojo al mejor estilo federal y sombrero y chaleco negros, que tiene unos perfectos ojos azules y rostro aindiado, mezcla de antepasados gringos y aborígenes.  Sigue cantando verdades en las orillas, y continúa demostrándonos a nosotros, los hombres de las ciudades, por qué nuestros gauchos fueron y son argentinos de honor y coraje.  Pero, además, nos invita a conocer las historias que el “adelanto” y el “iluminismo” nos ha modificado para hacerlas más complacientes e insufribles.  De tanto en tanto, escuchemos lo que nos dice el gaucho Samuel para darnos cuenta de cómo están las cosas en nuestro terruño.

Autor: Gabriel O. Turone  

La chata de Lobería – Sanuel Caraballo (video)

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