Guerra de las republiquetas

Juan Asencio Padilla y Juana Azurduy

Se conoce con el nombre de “Guerra de las Republiquetas” a los movimientos sediciosos producidos en el Alto Perú por los patriotas que, iniciándose en 1809, se prolongaron hasta 1825.  Por su carácter, los recursos puestos en juego, la heroicidad demostrada por sus protagonistas y la rigurosidad de las represalias que desataron, constituyeron un hecho singular y sin parangón en los conflictos bélicos sudamericanos.

“Lo más notable de este movimiento multiforme y anónimo –dice Mitre- es que, sin reconocer centro ni caudillo, parece obedecer a un plan preconcebido cuando en realidad sólo lo impulsa la pasión y el instinto.  Cada valle, cada montaña, cada desfiladero, cada aldea, es una republiqueta, un centro local de insurrección, que tiene su jefe independiente, su bandera y sus termópilas vecinales, y cuyos esfuerzos aislados, convergen sin embargo hacia un resultado general, que se produce sin acuerdo previo de las partes.  Y lo que hace más singular este movimiento y lo caracteriza, es que las multitudes insurreccionales pertenecen casi en su totalidad a la raza indígena o mestiza, y que esta masa inconsistente, armada solamente de palos y piedras, cuyo concurso nunca pesó en la batalla, reemplaza con eficacia la acción de los ejércitos regulares ausentes, concurriendo a su triunfo, con sus derrotas más que con sus victorias”. (1)

Mariano Torrente, al referirse a esta forma de lucha no convencional, que creó tantos problemas al comando español, obligándolo con frecuencia a suspender operaciones de magnitud por los efectivos aferrados por las guerrillas, explica:

“Esta clase de guerra desordenada y sangrienta era fatal a las tropas del Rey; aquellos bandidos no presentaban ninguna batalla campal; pero talaban las haciendas y casas de campo.  Y hacían que los empleados de ellas se les incorporasen en sus desarregladas filas; cuando se veían hostigados, se retiraban a las elevadas cordilleras y se colocaban en quebradas y desfiladeros impenetrables.  Su conocimiento práctico del terreno era la mejor defensa; y las marchas forzadas y contramarchas que las tropas del Rey tenían que hacer para alcanzarlos causaban más bajas que sus mismos ataques”. (2)

Por diversas razones, no podemos dar vuelo a nuestro deseo de brindar una información completa sobre lo que fue esta lucha desigual entre grupos irregulares que con pasión defendían su suelo y fuerzas convencionales eficientemente instruidas y equipadas, poseedoras de gran experiencia.  Por eso, solamente enunciaremos en forma general algunos episodios de esa gesta, destacando a sus auténticos protagonistas.

Cuando Rondeau abrió la Tercera Campaña al Alto Perú, la sedición en varias regiones y pueblos de las provincias de “arriba” cobró vigor y los rebeldes amenazaron la más sólidas posiciones de los españoles.  Al Norte de La Paz y sobre las márgenes del Lago Titicaca y el Río Desaguadero se organizó una rebelión general de indígenas acaudillada por varios capitanejos alrededor de Larecaja.  En el centro se establecieron tres “republiquetas” que incluían: la primera, a Cochabamba por el Sur, el Norte y el Oriente, actuando cerca de ellas bandas de partidarios que amenazaban los caminos de La Paz y Oruro; la segunda, tenía su base de operaciones en Challanta, interceptando los caminos entre Cochabamba y Chuquisaca; y la tercera, en la zona de Mizque, mantenía estrecho contacto con el Valle Grande y la rica zona de Santa Cruz de la Sierra.

“Desde Tomina hasta Pomabamba – describió Mitre- entre el Río Grande o Guapey o el Pilcomayo, se extendía una confederación de republiquetas las cuales amenazaban la frontera de Charcas, teniendo su retirada franca sobre el Chaco boreal.  Alrededor de Potosí, interceptando los caminos entre esta ciudad y Chuquisaca, y los de ambos con Cochabamba, se interponían numerosas bandas de partidarios, cuyo centro era Porco y Soporo, y se extendían hacia el Sur ligándose con las insurrecciones de los valles y altiplanicies inmediatos.  Al oriente de la segunda cadena de los Andes, cubierta por este gigantesco antimural y apoyando su espalda en las selvas Mojos y Chiquitos, estaba la gran republiqueta de Santa Cruz de la Sierra, que hacía tres años se mantenía en armas, desafiando el poder español.  Por último desde Tarija a Chiquisaca, entre el Pilcomayo y el Río San Juan, ligándose al poniente con la insurrección de Tarija y al Oriente con la de Tomina, se extendía otra línea de republiquetas con sus retiradas abiertas sobre el Chaco central.  Cada uno de los valles de esta línea que derraman sus aguas en el Pilcomayo, cada cordón de sierra, cada depresión del terreno, era una republiqueta, un foco de insurrección permanente, formando el núcleo de ellas la que tenía asiento en la quebrada de Cinti”. (3)

Los caudillos que estuvieron al frente de esas “republiquetas” fueron: coronel José Ignacio Warnes en Santa Cruz de la Sierra; Juan Asencio Padilla y su esposa Juana Azurduy en el territorio entre el Río Grande y el Pilcomayo; el coronel José Miguel Lanza en Apopaya; el acaudalado indígena coronel Vicente Camargo en Cinti; José Manuel Zárate junto con Cardoso y Fuentes en Porco; y Betanzos en Colpa.

Entendemos que merece un párrafo aparte el coronel Juan Antonio Alvarez de Arenales –el vencedor de La Florida- que actuó preferentemente en Chuquisaca y Cochabamba, incorporándose luego con un contingente de cochabambinos al Ejército Auxiliar del Alto Perú.  Arenales había nacido en España en 1770 en un pueblo de Castilla la Vieja llamado Villa Reynosa.  Siendo muy joven se trasladó al Nuevo Mundo, donde al producirse el “Pronunciamiento de Mayo” se volcó con decisión a la causa de la libertad, luchando a favor de ella en el Alto Perú y a las órdenes del general Manuel Belgrano.  Por su patriotismo y sus relevantes servicios prestados a la causa de la independencia, la Asamblea General Constituyente, el 25 de mayo de 1813, le otorgó carta de ciudadanía, acordándole además los despachos de teniente coronel graduado “de los ejércitos de la Patria”. (4)

Después del desastre de Sipe-Sipe las “republiquetas” quedaron en situación muy crítica, libradas a sus propios recursos.  Rondeau no les hizo llegar ninguna directiva ni orden con respecto a la conducta a seguir, ni tampoco buscó establecer contacto con ellas.  Al incorporarse Arenales al Ejército, Warnes y Padilla se constituyeron en los principales hacedores de la guerrilla que tantas perturbaciones siguió causando a los realistas.

Referencias

(1) Bartolomé Mitre – Historia de Belgrano y de la Independencia Argentina – Buenos Aires (1967).

(2) Mariano Torrente – Historia de la Revolución Hispanoamericana – Tomo I – Edición de 1829.

(3) Bartolomé Mitre – Obra citada.

(4) Archivo General de la Nación – Documentos de la Asamblea del Año XIII.

Fuente

Efemérides – Patricios de Vuelta de Obligado.

Serrano, Mario Arturo – Arequito, ¿Por qué se sublevó el Ejército del Norte? – Círculo Militar – Buenos Aires (1996).

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