El meteorito de Caperr Aiken

George Chaworth Musters (1841-1879)

Para los grandes exploradores de los siglos pasados, la Patagonia tuvo siempre un interés especial.  Sus interminables mesetas, los glaciares, sus extensos bosques y los legendarios habitantes, constituían un incentivo que los atraía como un imán.  Uno de ellos fue el marino inglés George Chaworth Musters.

Había nacido en 1841 en Nápoles durante un viaje de sus padres.  Su padre, un oficial del Regimiento de Húsares de Gran Bretaña, murió cuando apenas tenía un año  y su madre cuando había cumplido tres, criándose con sus tíos maternos, uno de los cuales, John Hammond, había participado del viaje del almirante Fitz Roy en 1832, a bordo del Beagle, a la América Austral, del que también formara parte Charles Darwin.

A los trece años, Musters pasó a integrar la marina inglesa, embarcándose en el Algiers con destino a Crimea, escenario de la Guerra con Rusia, donde fue condecorado.  A los veinte años, pasó a ser oficial de la marina británica en la cual presto servicios en diferentes destinos.

Embarcado en el buque Stromboli, recorre las costas sobre el Atlántico de América del Sur.  En este barco presta servicios hasta su desarme, en Portsmouth, en 1866.  Ya no se reintegrará a la Armada Británica, y se sabe de un intento suyo por dedicarse a la cría de ovejas en un establecimiento de campo cerca de Montevideo.  En 1869, lo encontramos en las Islas Malvinas, sin duda ya preparándose para realizar el viaje que lo haría famoso. 

Entre 1868 y 1869, Musters realiza una travesía a lo largo y a lo ancho de la Patagonia acompañado por una tribu de tehuelches – los famosos patagones – compartiendo sus toldos, sus comidas, sus cacerías y sus luchas guerreras.  Fue considerado por los indios como un amigo o hermano, retribuyéndoles el inglés el afecto y la estima que los indígenas le brindaron.

El 18 de octubre de 1869, juntamente con sus amigos tehuelches, vadearon el río Senguer, seguramente a la altura del más tarde llamado “Paso Schultz”, hoy Alto Río Senguer.  “Seguimos –dic – hasta el río boscoso, donde disfrutamos de la sombra de una especie de abedul y vadeamos después el río que es muy ancho y muy rápido”.  Más adelante agrega: “Unas cuantas millas abajo del vado termina la faja de árboles y, en la parte sur, hay una agrupación particular al parecer de rocas cuadradas que, a la distancia, tiene todo el aspecto de un pueblito regularmente constituido y cercado.  Los indígenas llaman Senguel a ese lugar que fue la escena de un gran combate entre los tehuelches y araucanos, hace muchos años, y todavía blanquean el llano vestigios de él en forma de huesos y calaveras”.

La tradición conserva el recuerdo del combate de Senguer.  Bolas, flechas y osamentas (incluso algún hueso flechado) testimonian la contienda furiosa que libraron los tradicionales rivales, quizá a comienzos del siglo XIX.

Al llegar a este lugar, Musters cuenta que los indígenas le dijeron que “unas leguas al este, hay en medio de un llano desierto una masa de hierro, a la que consideran con un temor respetuoso y que, a juzgar por lo que se puede deducir de los relatos, tiene la forma de una bala enramada”.  Musters no vio la piedra, pues los indígenas, supersticiosos, le impidieron acercarse a ella pero, por las indicaciones dadas por éstos, supuso que podría tratarse de un meteorito.

Cuentan que los nativos visitaban la piedra al recorrer las proximidades y efectuaban, junto a ella, ceremonias y festividades religiosas.  Llevaban alimentos y efectuaban sacrificios de animales.  Muchos la levantaban y la transportaban, calculando larga vida para los que la llevaran más lejos.  Luego, respetuosamente era depositada tras un monte de calafate.

En el año 1896, el perito Francisco P. Moreno, de acuerdo a los antecedentes dejados por Musters, fue en busca de la famosa piedra.  La encontró en las proximidades de un sitio llamado Caperr, a una distancia de unos veinte kilómetros de la toldería, sobre la meseta, al pie de un matorral de Barberis.  Tal cual lo sospechaba Musters, se trataba de un meteorito cuyo peso era de 112 kilogramos.

Posteriormente Julio G. Koslowsky se ocupó del traslado hasta el Museo de la Plata, quedando incorporado a sus colecciones bajo el nombre de Caperr.  Fue el primer meteorito hallado en la Patagonia.

Fuente

Efemérides – Patricios de Vuelta de Obligado

Portal www.revisionistas.com.ar

Turone, Oscar A. – El metorito Caperr – Historias caídas del cielo – Buenos Aires (2009)

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