Muerte en el Paraguay

Montonero de los llanos riojanos

Este tampoco llega a la noche.  ¡Angá!  ¡Pobrecito!   El soldado Tránsito Argañaraz, del “Batallón Rioja y Catamarca”, alcanzó a oír a través de un denso velo de torpor y fiebre.  Sentía que era todo entero un dolor y un diluirse entre el olor ácido del hospital de campaña.  Trató de entender el sentido de las palabras, pero la cabeza se le iba en un loco vuelo de tinieblas y deslumbres.  Optó, entonces, por seguir muriéndose.

Si hubiera podido en ese momento echar una ojeada sobre su vida agonizante, recordaría más o menos esto:

Había nacido en Ñoqueve, en la Costa Alta de la sierra de los Llanos, al lado de la sierra de Argañaraz.  Eran gente de alguna fortuna, y su padre se jactaba de ser pariente del general Quiroga; en una petaca de cuero repujada con asas retobadas, guardaba el viejo un fajo de papeles olorosos que demostraba que toda la sierra había sido de ellos: “de cuánta, sería, en tiempos del Rey” solía decir.  La vida le fue dulce y dura.  Trabajó en arreos a San Juan, arañó la tierra, tuvo días de alegría y días de aflicción.  Como todo el mundo.  Anduvo varias veces con las partidas llanistas cuando el alzamiento de Peñaloza contra el gobierno surgido en Pavón.  Galopó por cuatro provincias y supo del encontronazo a lanza y grito.  Tuvo suerte: nunca lo pillaron y cuando todo terminó volvió a su casa igual como saliera.

Se dispuso entonces a trabajar.  La guerra había terminado con el asesinato del General, y parecía que las correrías habían concluido para siempre.  Pasó un año.  Tenía echado el ojo a la menor de los Tello y no parecía disgustarle a ella.  Todo andaba bien, al parecer.  Mas cierto día, un arriero que venía del lado de las sierras de Córdoba les trajo la noticia de que el país estaba en guerra.  Siempre lo había estado, así que la nueva no alarmó a nadie en Ñoqueve.  Pero después se fueron agravando las novedades: que esta era una guerra muy brava, que de Buenos Aires estaban saliendo ejércitos enteros contra el Paraguay, que en todo el país se hacían levas de paisanos para mandarlos al frente.

La cosa ya no gustaba.  Pelear con los caudillos de siempre, bien estaba.  Ya se sabía que eso era una obligación en la vida de cada cual.  Pero que los reclutaran oficiales extraños, que les pusieran uniformes y los llevaran a un lejanísimo matadero por causas que no entendían…

Sin embargo era cierto.  Y el gobierno de La Rioja había recibido orden de integrar una cuota de mil cien hombres con destino al teatro de guerra paraguayo.  Si hubiera sido un riojano el gobernador, tal vez supiera hasta qué punto era absurda esa orden en una provincia asolada por la guerra civil, diezmada en su población, pasada de hambre y de miseria.  Pero sucedía que el gobernador era un porteño, segundo jefe del Regimiento 6 de Línea de guarnición en La Rioja, que, después de la muerte del Chacho, había sido elevado al cargo por sus compañeros de armas.  Era un joven de bellas prendas que tomó muy en serio su papel de civilizador: organizó retretas jueves y domingos, puso faroles en la plaza de La Rioja y, desde luego, proyectó una reforma judicial y administrativa.  Pero no conocía a sus gobernados e ignoraba sus inquietudes, sus esperanzas, el estilo heroico y acosado de sus pobres vidas.

Por eso, cuando recibió orden de juntar el número de hombres establecido desde Buenos Aires –“un fuerte y lindo batallón” como le escribía el ministro de Guerra y Marina de la Nación- mandó a los comandantes José María Linares y Ricardo Vera a reclutar paisanos hasta enterar el cupo humano, como fuera.

Claro que el gobernador sabía hasta qué punto los riojanos eran reacios a dejarse reclutar.  Por eso escribía al presidente de la República que “es tal el pánico que les inspira el contingente, que a la sola noticia de que iba a sacarse, se han ganado las sierras y no será chica hazaña si consigo que salgan”.

Los medios de que echaron mano para lograrlo, eran, por consiguiente, de la clase que relataba el comandante Nicolás Barros al propio gobernador, poco después: “En mi comisión a la sierra se han presentado cuarenta y tantos hombres.  De éstos, la mitad buenos y la otra presentados a bola.  Pero para infundirles confianza los he ido agregando a la División, fuera de once que tengo entramojados”.  A boleadora limpia y engrillados.  Así iban cazando esta mísera carne de cañón.

Cuando Tránsito supo lo del contingente, también ganó la sierra como todos los paisanos.  Sólo mujeres y viejos quedaban en los poblados.  Estuvo una semana en lo fragoso del monte, bebiendo agua de las pirhuas (1) y comiendo patay y charqui.  Desesperado al fin de hambre, sed y soledad, retornó a Ñoqueve, y allí lo pilló el piquete de enganche.  Lo juntaron con otros voluntarios y llevaron a todos a Santa Rita de Catuna, en la Costa Baja, donde sería el punto de reunión de todo el contingente.

Allí estaban, bajo el mando del comandante Vera, preguntándose cuál sería su suerte, cuando una mañana, a fines de junio, apareció el gaucho Aurelio Zalazar con unos pocos hombres y dando grandes alaridos, se echó sobre el destacamento que los custodiaba.  Los reclutados sacaron fuerzas de flaqueza y entre todos mataron al juez departamental y a dos o tres milicos.  Tránsito sintió de nuevo que el aire se podía respirar a pleno pecho y metió fierro con rabia.  Cuando terminaron, Zalazar los arengó.  Les dijo que el amigo Asensio Rivadera estaba en esos momentos libertando el contingente que el comandante Linares tenía concentrado en La Hedionda; que quería derrotar al gobernador para que nadie fuera reclutado en adelante y que los enemigos del despotismo tenían que seguirlo.  Pegó un grito ¡mueran los collarejos! y todo el contingente lo rodeó, vivándolo.

También Tránsito.  No le pareció decente volver ahora a su casa sin ayudar primero a los demás paisanos a huir del enganche.  Después de eso, cada uno regresaría a su pago.  Así que montó en el caballo que le dieron –un oscuro pico blanco, argel de la mano derecha, medio charcón (2) y sumido pero que se veía sin hiel para andarse-, ató a la cintura el sable de uno de los finados y cortó un garrote de algarrobo, hincándole en la punta media tijera asegurada con tientos.

A todo esto, sabedor del desastre, el gobernador salió de La Rioja para castigar a los sublevados y reunir de nuevo el contingente.  En Punta de los Llanos, ya de noche, se topó con una partida desconocida y ordenó atacar.  Resultó ser el comandante Linares, que venía de vencida, después de la disparada en La Hedionda.  Se reunieron ambas fuerzas, malhumoradas con el gratuito encontronazo, y se largaron hacia los llanos a perseguir a Zalazar, que a su vez se había unido ya con Rivadera.

A la montonera le constaba que en los llanos era invencible.  Conocían el terreno en sus vericuetos más escondidos, sabían que la gente habría de confundir con falsas noticias a los del gobierno, eran dueños de los pastos y las aguadas, señores de las sendas y las constelaciones…  Por eso no ofrecieron batalla al gobernador sino que prefirieron rodear toda la sierra de los Llanos, por el Sur, sobrepasando Chepes y orillando la Costa Alta hasta hacer el periplo completo y aparecer camino a La Rioja, dejando a sus perseguidores al otro lado del macizo: una ronda de burla con la masa árida de la sierra puesta en medio.  Cuando pasaron por Ñoqueve, en su veloz desfile hacia el Norte, Tránsito estuvo por quedarse.  Pensó en la niñita Tello y en la paz de la aldea.

Pero ya le gustaba la correría.  Quería vengarse de los que lo habían cazado como un malhechor, quería demostrarles que no era por miedo que se había escapado del piquete sino porque no le daba la gana de ir a una guerra que no le importaba.  Miró de reojo el pimiento a cuya sombra se levantaba su casa y castigó nomás el caballo.

Dos semanas después de la dispersión de Catuna, los montoneros llegaban a La Rioja.  Estaban derrengados.  A los caballos les temblaban las patas, después del bárbaro galope.

Era el 14 de julio a la oración.  Tras un breve conciliábulo, los caudillos decidieron entrar al otro día.  La plaza estaba desguarnecida, con su gobernador buscándolos por los llanos…  A la mañana siguiente tomarían la ciudad.  La noche se deslizó en guitarra y vino, demorando la exaltada sensación del saqueo próximo.

Pero el gobernador había advertido la intención que se traían los montoneros.  Al llegar a Olta se enteró del itinerario de Zalazar.  Atravesó entonces la sierra transversalmente para cortarle el paso a la altura de Atiles, mas cuando llegó, la horda ya había pasado hacia La Rioja.  Desesperadamente se puso a perseguirlos.  No los hubiera alcanzado con su caballada cansada después de tanta marcha; pero ocho leguas al sur de la ciudad, se apoderó de una gran tropilla que pastaba en un campo, y remontada la tropa pudo acelerar la persecución.  Al alba del día 15 llegó a la ciudad y entró sigilosamente, sin que los atacantes, situados en Pango, supieran de la maniobra.

Cuando Zalazar se enteró de que el gobernador ocupaba la ciudad con su tropa, se preparó para defenderse.  Sabía que sus enemigos eran soldados de línea, bien armados y disciplinados.  Sus fieles, munidos tan sólo de armas blancas y sin instrucción militar, no podían ofrecer gran lucha.  Toda la mañana estuvieron espiando.  A la hora de la siesta avanzaron los nacionales escopeteando nutridamente.  Luego formaron en cuadro y resistieron el ataque a caballo de los montoneros.  Durante media hora se luchó sin pausa.  Al cabo, Zalazar abandonó el campo, dejando veinte muertos y cantidad de prisioneros y bastimento.  Se corrió hasta los llanos y de allí pasó la raya de Córdoba donde fue vencido de nuevo; bajó entonces al sur de Chepes y subió otra vez por Tama hasta Patquía.  Perseguido por el comandante Vera, reducida su hueste a dos docenas de paisanos, llegó a Tasquín y allí fue hecho prisionero.  Lo fusilaron dos años más tarde, de sus dos principales secuaces, uno había muerto en singular combate y el otro, fusilado poco antes.

Tránsito fue de los prisioneros de Pango.  Un planazo en la cabeza lo había dejado fuera de combate en seguida de empezar.  Cuando salió de su aturdimiento, se encontró dentro de un corral de pirca con otros paisanos, algunos todavía a caballo.  Buen número de centinelas los apuntaban con sus armas desde el cerco.

Presumió que los iban a fusilar y pensó que tal vez eso fuera lo mejor.  La cabeza le dolía mucho.  Tenía la boca como llena de tierra.  Un rato estuvieron todos así.  Súbitamente apareció en el portón un militar con el uniforme cubierto de polvo, seguido de dos oficiales: era el gobernador.  Los hizo formar y les dirigió la palabra.  Les dijo que ellos eran culpables de la sublevación del contingente, que eran reos de traición a la Patria, que en esos momentos de peligro para la Nación habían soliviantado a la tropa que se destinaba a defender el honor nacional.  Pero –agregó- el Gobierno no los haría castigar como merecían y en cambio les daba la oportunidad de rehabilitarse luchando bajo los pliegues de nuestra gloriosa bandera azul y blanca.

Tránsito sentía que las palabras del gobernador iban penetrando irresistiblemente en su corazón simple y dolorido.  Nadie le había hablado nunca así.  “La bandera… el honor argentino ultrajado… los oscuros designios del bárbaro tirano López…”  No entendía mucho pero la gallardía del gobernador hablando solo y sin armas en el potrero, frente a ellos, hombres armados todavía casi todos, le llegaba al alma.  Quizá (pensó), merecía la pena servir por la causa de este hombre.  Morir aquí o en el Paraguay, lo mismo es.  Tal vez todas las causas son buenas.

Cuando el gobernador le preguntó su nombre y lo escribió en su libreta, Tránsito sintió que su destino estaba irrevocablemente sellado.  Pero esta vez ya no le importaba tanto.

Fueron a Olta, bajo el mando del gobernador.  Allí se concentraron cuatrocientos cincuenta hombres.  Los bautizaron “Cazadores de la Rioja”, los proveyeron de una bandera y los llevaron hacia el litoral.  Eran todos riojanos, salvo un oficial salteño y dos soldados.  En el Rosario los embarcaron en un vapor.  Viendo el enorme río ardiendo bajo el sol de enero, el buque con sus ruedas paleteando el agua barrosa, los muelles llenos de soldados, Tránsito se sintió atado a un hado cuyo sentido no alcanzaba a desentrañar, pero que estaba ya dispuesto a aceptar sin lucha.  El uniforme lo tornaba impersonal, minúsculo.  Era algo tan infinitamente pequeño, hasta tal punto se daba cuenta de lo insignificante que resultaba su vida frente a este sistema que disponía de él, que cuando (ya embarcándose) un sargento Agüero pegó unos gritos subversivos, Tránsito ni se mosqueó para apoyarlo.  Con indiferencia vio como desarmaban al rebelde y allí mismo lo fusilaban.

Los bajaron en Las Ensenaditas y empezó la instrucción militar.  Tránsito, que sólo conocía la vida libre y la voluntad desbocada, debió obedecer órdenes y aprender todo lo necesario para morir.  Se sentía solo y trasplantado, y muchas veces, deseó que los paraguayos lo mataran pronto.  Pero esto ocurrió mucho después.  Antes, debió descubrir que es difícil morir.  Descubrió también, cosas que no se había imaginado nunca en Ñoqueve.  Que la lluvia podía durar semanas enteras, y que cuando ocurre, el mundo, los hombres y las cosas se convierten en un limo pegajoso.  Que los riojanos también sudan como los demás seres humanos cuando se los saca de sus soles, y entonces, se sienten desgraciados y sucios.  Que el mate se puede tomar frío.  Que hay argentinos que hablan un incomprensible idioma indio o que barbarizan la lengua con extrañas tonadas, ¡tan distintas del natural modo riojano!  Descubrió una guerra de a pie, donde no se usa lanza ni se va al ataque a pecho desnudo, sino que se está uno pudriendo en las trincheras enlodadas días y días, hasta que alguien (no se sabe quién), da la orden de salir a morir.  Todas esas cosas descubrió, algunas importantes y otras no; y también, que vivir así puede redimirlo a uno de pecados ignorados y convertir un montonero alzado y rebelde, en un soldado de la Patria a quien los sargentos nombran con un poco de afecto.

Estuvo con su batallón en Paso de la Patria y tomó la batería de Itapirú; estuvo en Estero Bellaco, en Tuyutí, en Yataytí-Corá, en Boquerón y en Curupaytí.  En todos lados fueron cayendo sus compañeros.  Después de Humaitá estaban tan diezmados los riojanos que no alcanzaban a integrar un batallón y los juntaron entonces con los catamarqueños para formar el “Batallón Rioja y Catamarca”.  Pelearon en Loma Valentina y Angostura.  Fue aquí, terminando ya la guerra, cuando un obús paraguayo le destrozó medio cuerpo.

Allí estaba.  No volvería a La Rioja.  La vieja tierra no ampararía sus huesos.  Lo extrañaría la sierra de Argañaraz y el viejo pimiento de su casa.  Y los compañeros que todavía seguían galopando los llanos.  Y tal vez, también, la niña Tello.  No se pudriría bajo la arena calcinada de su pago, con los cardones velando su despojo como candelabros litúrgicos; se tornaría barro y fiebre bajo las palmeras extrañas.  Allí estaba.  Se moría oscuramente en un hospital de campaña del frente paraguayo, sin saber todavía por qué.

- Tránsito Argañaraz.  Este ya se cortó ¡Angá! ¡Pobrecito!

Referencias

(1) Pirhuas: cavidad en la piedra echa por los indígenas

(2) Charcón: chupado, magro, enjuto.

Fuente

Efemérides – Patricios de Vuelta de Obligado

Luna, Félix – La última montonera – Biblioteca Boedo, Buenos Aires (1992).

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