Los restos del mariscal Solano López

Panteón Nacional de los Héroes, Asunción, Paraguay

Alta y blanca cruz se levanta en el sitio, cercano al río Aquidabán, en que, según los documentos oficiales publicados en 1936 fueron exhumados el 2 de diciembre de dicho año los restos del mariscal Francisco Solano López para su inmediata traslación al Panteón Nacional de los Héroes, en Asunción  Un viaje efectuado en 1970 al grandioso escenario de la última batalla de la guerra de 1864-1870 renovó algunas dudas que ya en aquella época, hace más de setenta años, se tuvo acerca de la suficiencia de los métodos empleados para autenticar la sepultura e identificar los huesos atribuidos al mariscal López.

 

Hasta el entonces ministro de Relaciones Exteriores, doctor Juan Stefanich, a fin de disipar recelos y desconfianzas, se vio obligado a publicar en “La Nación” de Asunción, el 23 de setiembre de 1936, una extensa información acerca del procedimiento seguido para llegar al importante descubrimiento.

 

“La noticia del hallazgo de los restos del Mariscal”, comenzaba diciendo el doctor Stefanich, “después de sesenta y siete años de haber sido sepultados, produjo cierta actitud de sorpresa e incredulidad en la población.  Era necesario saber con certeza la relación exacta de los hechos y conocer con fidelidad la descripción de los restos hallados para ofrecer a la opinión nacional el testimonio auténtico y veraz de un hecho de profundo alcance histórico.  Un viaje interesante que acabamos de realizar a la ciudad de Concepción, acompañado del primer magistrado de la Nación (coronel Rafael Franco), nos facilitó los medios de cerciorarnos personalmente de todas las circunstancias y antecedentes que el público debe conocer en una exposición ajustada estrictamente a la verdad”.

 

Y he aquí la exposición del Dr. Stefanich: “Es un hecho indudable que los restos del mariscal López y los de su hijo Pancho, coronel de la Nación, muerto también en Cerro Corá, fueron sepultados en dos fosas, próximas una de otra, a orillas del río Aquidabán cerca del sitio donde cayeron.  Los testimonios recogidos por la Comisión encargada de la exhumación y traslado de los restos se fundan en el conocimiento que de ellos ha ofrecido el anciano veterano don Bonifacio Obando, quien hace la siguiente relación de los antecedentes, ratificada últimamente ante el primer mandatario y sus acompañantes”.

 

“Al terminar a guerra –dice Obando- tenía más o menos dieciocho años.  Eran mis conocidos y amigos en Asunción el teniente Benigno Frutos, encargado de la caballada del Mariscal y de su Estado Mayor, y Victoriano López, sirviente de madama Lynch.  Ambos me informaron en los primeros tiempos después de la guerra que sobre el paso del río Aquidabán, en la margen izquierda, a una distancia de cien metros aproximadamente, por orden de madame Lynch, quien pidió permiso a dicho efecto a los jefes brasileros, sepultaron los restos del Mariscal y los de su hijo, en dos fosas paralelas al río.  Y que construyeron dos cruces de madera, las que fueron colocadas sobre las dos sepulturas”.

 

“Los dos actores nombrados aludían con frecuencia a tales antecedentes –dice Obando- relatando hechos y circunstancias minuciosas de los sucesos históricos de Cerro Corá, en conversaciones frecuentes y habituales conmigo”.

 

“Diez años después de la guerra, es decir en el año 1880, y en ocasión de viajar hacia los yerbales, Obando se encontró accidentalmente de paso por Cerro Corá, en compañía de un amigo ya fallecido, de nombre Gabriel Marín.  Descansando ambos en el paso de Aquidabán, encontraron las dos cruces expresadas, una de ellas sin brazo y la otra casi destruida ya por los viajeros que la desmenuzaban para llevarlas como reliquias.  Particularmente interesado por el conocimiento que tenía de los antecedentes, Obando se dedicó a localizar con algunas señales el lugar exacto de las tumbas.  Tomando como punto de referencia unos “arrecifes” –dice el relator- es decir, algunas piedras en el curso del Aquidabán, dirigí la visual hacia las cruces y me fijé en un árbol situado a unos cuarenta metros más allá de las sepulturas.  Con un machete me aproximé a pelar el árbol, sacándole una gran parte de la corteza”.

 

“En el año 1897 –prosigue Obando- estuve por segunda vez en el mismo sitio, siendo mi compañero entonces Genaro Jiménez, no encontrando ya las cruces, aunque si el árbol marcado a machete”.

 

“En fecha 28 de agosto último (1936) se trasladó a Cerro Corá la Comisión Especial destacada desde Concepción, compuesta por Romualdo Irigoyen, del coronel y Jefe de la División de Concepción, don Higinio Morínigo, y de don Marcial Roig Bernal.  Acompañaban a la Comisión, los veteranos Bonifacio Obando y Genaro Jiménez y numerosos vecinos y familias de los viajeros”.

 

“A las nueve de la mañana, del día 30 de agosto, la Comisión acampó en Cerro Corá, sobre la ribera del Aquidabán.  Desde allí y sobre la base de los informes suministrados por los nombrados veteranos, se practicaron las primeras exploraciones en busca de las dos tumbas.

 

“El aspecto del lugar había cambiado.  Lo que en 1880 había sido un campo, estaba cubierto ahora de una selva espesa.  Los trabajos de exploraciones fueron, por consiguiente, dificultosos.  A raíz de las observaciones de ese día se resolvió trasladar el campamento en la proximidad del lugar denominado “Tapé Tuyá” sobre el río Aquidabán nigüí”.

 

“El día 2 de setiembre fueron hallados los “arrecifes” en el curso del río citado.  Se abrió desde allí una picada en la dirección indicada por el veterano Obando, yendo ello a terminar sobre un árbol de Curupay, revisado el cual se hallaron a bastante altura señales de haber sufrido descascaduras antiguas”.

 

“Se examinó detenidamente el sitio, hallándose a unos ochenta metros de la ribera del río dos hundimientos rectangulares del terreno a una distancia de un metro del otro, con la apariencia de sepulturas antiguas”.

 

“En tal situación se procedió a invitar a las autoridades y vecinos de la población de Pedro Juan Caballero, quienes llegaron al sitio en corporación, tomando parte en la tarea de contribuir a la exhumación de los restos”.

 

“Procediose a cavar las tumbas señaladas.  Se extrajeron algunos restos de madera, piedras mezcladas con tierra negra y colorada.  Y a la profundidad de un metro se encontraron algunos pocos y menudos fragmentos de huesos humanos que fueron cuidadosamente recogidos.  Era todo lo que restaba en las dos tumbas.  No había más”.

 

“En medio de una emoción silenciosa se llenó una pequeña urna de madera con un poco de tierra extraída de las dos tumbas y en un pañuelo blanco se reunieron los pequeños fragmentos óseos, que fueron depositados en la caja”.

 

“Presa de un hondo fervor, la multitud agrupada en el solitario lugar elevó sus oraciones en sufragio de los muertos por la patria.  Las sagradas reliquias del más grande defensor de la patria paraguaya vinieron a abandonar su soledad de más de medio siglo para venir a descansar en el corazón de su pueblo.”.

 

“Una cruz de hierro será levantada en aquel lugar, santificado por el sacrificio, señalando el sitio de las dos tumbas al recuerdo de la posteridad”.

 

Hasta aquí el relato del doctor Stefanich, a lo que parece, no fueron fuerza para desvanecer las dudas que expresamente se mencionaron.  Anunciada para el 12 de octubre siguiente la solemne traslación de la urna funeraria al Panteón de los Héroes, “La Nación”, en editorial del 7 del mismo mes, se refirió a “algo que parece preocupar a algunas personas y que incluso podría –de no aclarárselo anticipadamente-  restar parte de la grandiosidad que corresponde a las ceremonias del próximo 12 de octubre: la autenticidad de los restos del Mariscal”. 

 

Y agregaba el vocero oficialista de entonces: “Las crónicas periodísticas dando los detalles prolijos de cómo la comisión especial destacada desde Concepción dio con la sepultura que guardaba los restos del Mariscal y de cómo se pudo todavía rescatar el polvo de algunas partículas materiales del héroe, no había sido, a lo que parece, parte para despejar algunas dudas.  Tampoco lo fue la relación de los antecedentes y testimonios relativos a la exhumación de tales restos dada a publicidad por el Dr. Juan Stefanich después de su regreso de Concepción a fin del mes pasado”.  Y finalmente: “Después de todo, nos preguntamos; ¿qué significación tendrían estas dudas frente al simbolismo del gran acto proyectado por el gobierno de la revolución y con el cual se va a dar satisfacción al auténtico y unánime sentimiento popular?”.

 

Si persistían las preocupaciones acerca de la autenticidad de los restos, el gobierno no parecía mostrar mucha firmeza en sus convicciones como se desprende de estas últimas palabras que tienden a configurarlo todo –la exhumación y el depósito de los “pequeños fragmentos óseos” en el Panteón Nacional- como un simple simbolismo.  De todos modos, la versión oficial ofrecía demasiadas rendijas por donde pudieran colarse toda clase de incertidumbres.  En todo lo publicado no había nada que ayudara a generar certezas acerca de la autenticidad de los restos que se decían eran los del mariscal López.

 

La información que se utilizó para ubicar la tumba provenía de una sola persona, el veterano Bonifacio Obando, que no había estado en la batalla de Cerro Corá, y que la obtuvo más de medio siglo atrás de otros veteranos, el teniente Frutos y Victoriano López, a cuyo cargo habría estado la inhumación de los restos el mismo 1º de marzo de 1870.

 

No fueron consultados para verificar esos datos ni los historiadores nacionales especializados –Juan E. O’Leary estaba entonces en la plenitud de su vigor intelectual- ni la abundante bibliografía, documentación y cartografía existente acerca de la muerte del mariscal López.

 

Tampoco fue consultado un paraguayo eminente que poseía, según era notorio, información fidedigna acerca del lugar del entierro del mariscal López y que incluso lo conocía “de visu”, por testimonio del general Patricios Escobar que le señaló exactamente el sitio y que quiso ponerse de rodillas para jurarle que allí estaba la sepultura.  Nos referimos al venerable Arzobispo de Asunción, monseñor Juan Sinforiano Bogarín cuya declaración, signada por la Cruz, obra en poder, en copia fotográfica, del autor de esta nota, obsequiada por el Dr. Victor I. Franco.

 

En cuanto a los huesos recogidos, tampoco se buscó el peritaje de los especialistas en osteología, que había entonces muchos y muy buenos, sobre todo en la Sanidad Militar, como efecto de la experiencia de la guerra del Chaco donde se pusieron a prueba las enseñanzas de nuestra Facultad de Ciencias Médicas.  Un somero examen científico de los restos hubiera determinado fácilmente si ellos correspondían a un ser humano y de las características anatómicas muy conocidas del mariscal López.

 

Solamente se tuvo en cuenta el testimonio de segunda mano del anciano veterano Obando, según el cual:

 

1º- Los restos del Mariscal y de su hijo Pancho fueron sepultados sobre el paso del Aquidabán, en la margen izquierda, a una distancia de cien metros aproximadamente.

 

2º- Ambos fueron enterrados en dos fosas distintas paralelas al río sobre las cuales se erigieron cruces.

 

3º- Un arrecife del río y un árbol descascarado a machetazos en 1880 eran los puntos de referencia para la localización de las tumbas.

 

Sin hacer hincapié en los procedimientos de la comisión exploradora de 1936 señalamos solamente algunos hechos.  Un arrecife como punto de referencia es sumamente impreciso porque en ese trecho del río Aquidabán no hay uno sino varios arrecifes, que aparecen, desaparecen, disminuyen o aumentan de número, según las crecidas o estiajes del río.  ¿Cómo pudo conservar el veterano Obando en su memoria el preciso arrecife que eligió en 1880 como punto de referencia?.

 

Los exploradores de 1936 no buscaron las tumbas a cien metros como indicaba Obando, sino a ochenta, una vez localizado el curupay.  Ya no había rastros de cruces, sino dos “hundimientos rectangulares del terreno a una distancia de un metro del otro, con la apariencia de sepulturas antiguas”.  Se hace muy difícil creer que al cabo de sesenta y seis años –el tiempo transcurrido entre 1870 y 1936- el terreno aún mostrara rastros de las excavaciones, en forma de hundimientos de formas geométricas.  Nociones elementales de geología indican que la doble acción de la erosión y de la sedimentación, por efecto de lluvias, vientos, inundaciones, sequías, follajes, ramas secas, etc., alteran permanentemente la faz de cualquier superficie terrestre, y más aún en las inmediaciones de los cursos de agua, como es el caso.

 

Que donde fuera efectuada la excavación se hubiera encontrado huesos humanos, no tiene nada de extraño.  Esa zona fue escenario de batalla.  Allí el grueso del pequeño ejército paraguayo al mando de los coroneles Juan de la Cruz Avalos y Angel Moreno defendió hasta la muerte el paso del río Aquidabán.  Según el relato del general Resquín las fuerzas paraguayas fueron exterminadas al avance del ejército brasileño, inconmensurablemente mayor en número y en armas.  Seguramente en ese sector no se ha de dar un paso sin encontrar el sitio de una muerte gloriosa.  Pero allí no estuvo el mariscal López, quien se encontraba en su cuartel general, y luego marchó en dirección al paso pero sin ir más allá de la mitad del camino, detenido ya por el incontenible avance del enemigo.

 

La búsqueda fue de “dos tumbas rectangulares y paralelas al río”, según la referencia del veterano Obando.  “Es un hecho indudable”, dice el doctor Stefanich, que los restos del Mariscal y de su hijo Panchito fueron sepultados “en dos fosas, próximas una de otra, a orillas del río Aquidabán, cerca de donde cayeron”.  Ese “hecho indudable” no es corroborado por ningún testimonio, salvo el del veterano Obando.  En cambio todos cuantos relataron la dramática escena del entierro, están contestes en que padre e hijo fueron sepultados en una sola fosa.

 

Dice el coronel Juan Crisóstomo Centurión: “Los dos cadáveres, padre e hijo, fueron colocados en la fosa que se había mandado cavar al efecto; pero en vista de que no había sido suficientemente profunda, a solicitud de la señora Lynch, se volvieron a sacar aquéllos, y ahondándola, fueron enterrados los dos juntos el uno al lado del otro, separados por una camada de tierra”.

 

Juan Silvano Godoy reproduce el testimonio de Enrique Solano López, uno de los hijos sobrevivientes del Mariscal y dice: “Se desenterró el cadáver, se ahondó y ensanchó la fosa, tomando parte material en el trabajo el mismo Peixoto.  La señora Lynch compró en tres onzas de oro una sábana blanca, con la cual envolvió cuidadosamente el cuerpo del mariscal López que estaba completamente desnudo, y depositaron a su lado izquierdo el del malogrado joven Juan Francisco.  Cuando hubo quedado bien rellena la sepultura, continuaron la marcha emprendida”.

 

Veamos ahora testimonios brasileños.  El vizconde de Taunay, que, aunque no estuvo en la batalla de Cerro Corá, escribió sus crónicas apelando a los protagonistas, relata: “El Supremo venía cargado en unos varapalo, sustentándole la cabeza un soldado de caballería…  Nuestros soldados contemplaron ese cadáver con curiosidad; las mujeres paraguayas danzaron alrededor.  El coronel Paranhos mandó apartar aquellas furias, y ordenó el entierro, siendo el cuerpo sepultado a pedido de la Lynch, en la misma sepultura que la del hijo Pancho”.

 

J. Arthur Montenegro, en las anotaciones a la edición brasileña de las “Monografías Históricas” de Juan Silvano Godoy, publicada en 1895, dice: “Fue encargado de dar sepultura a los cadáveres el alférez Duarte P. de Oliveira, ayudante de campo del coronel Paranhos.  Este oficial, por descuido o a propósito, no hizo caso de los dichos jocosos de los soldados que cavaban la sepultura.  El cadáver fue traído al lugar de la inhumación acostado sobre cuatro varas y colocado dentro de la sepultura.  Mme. Lynch, que asistía a la escena, se quejó al general Cámara de las palabras impropias que oía de los soldados.  Entonces el general, reprendiendo severamente al citado oficial, ordenó que se hiciese cargo de ese servicio el entonces alférez Miguel Vieira de Novaes, ayudante de órdenes del coronel Paranhos.  Este oficial, condolido por la escena dolorosa a que asistía, y por mero sentimiento de delicadeza y humanidad, se presentó a Mme. Lynch que lloraba junto a la sepultura, pidiendo que ordenase lo que deseaba.  Los cadáveres estaban ya siendo enterrados, pero en vista del deseo de Mme. Lynch, el oficial los desenterró, mandó profundizar la fosa y reunió en una sola sepultura los cadáveres del mariscal López y del coronel Panchito, padre e hijo separados por una camada de tierra”.  (Montenegro afirma ser poseedor de los apuntes íntimos de madame Lynch).

 

No hay discrepancias en los testimonios.  Una sola fosa reunió los cadáveres, apenas separados por una tenue capa de tierra.  Lo de las dos sepulturas rectangulares, cavadas a una distancia de un metro la una de la otra, como aseveró Obando, y que fue el dato básico para la excavación de 1936, no corresponde, por cierto, al modo como fueron enterrados los dos caídos en Cerro Corá.

 

Con ser insalvable la divergencia, no es sin embargo la fundamental para la completa dilucidación de la autenticidad del hallazgo de 1836.  Según la información proporcionada por Obando, en que se basó la búsqueda, el enterramiento fue “sobre el paso del Aquidabán, en la margen izquierda, a una distancia de cien metros aproximadamente”.  Es verdad que el descubrimiento de las tumbas, en 1936, no fue a cien sino a ochenta metros de la ribera, pero esa diferencia cabe dentro de la estimación aproximativa hecha por el veterano Obando.  Demos por sentado que se excavó en el mismo sitio donde en 1880 Obando creyó localizar las sepulturas conforme a los datos que le proporcionaron dos veteranos que dijeron haber sido quienes las habían cavado el 1º de marzo de 1870.  También admitamos, como un supuesto, que efectivamente fueron dos tumbas, en vez de una.  ¿Podría ser, una de ellas, la del mariscal López?.

 

El veterano Obando pudo haber transmitido fielmente, punto por punto, los datos que había recogido poco tiempo después de terminada la guerra y en 1880 tuvo ocasión de trasladar en el terreno, dejando señales para una posible localización del lugar de la inhumación en el futuro.  La comisión exploradora pudo haber procedido correctamente en la prospección del terreno, conforme a los datos de Obando, sin necesidad de recurrir a otras informaciones.  Pero el teniente Benigno Frutos, encargado de la caballada del Mariscal y de su Estado Mayor, y el sirviente de madama Lynch, Victoriano López, ¿le dieron a Obando una relación ajustada de la verdad? ¿Es verdaderamente cierto que el mariscal López y su hijo el coronel Juan Francisco López fueron enterrados a escasa distancia del río Aquidabán, a ochenta metros de la ribera, según el relato de Benigno Frutos y de Victoriano López?.

 

Corresponde abordar el punto central de este análisis.  ¿Qué dicen los testimonios acerca del lugar donde fueron sepultados los restos del mariscal López?  Ni Centurión ni Resquín aclaran el punto, pero nada dicen, como tampoco O’Leary, que la tumba fuera cavada cerca del río Aquidabán.  Godoy, que utilizó los datos de Enrique Solano López, escribe que madama Lynch se encontró con el cadáver del Mariscal, “cuando regresaba a pie al antiguo cuartel general paraguayo”, y que allí fue cavada la sepultura.  Tampoco la ubica cerca del río Aquidabán, y no podría hacerlo puesto que madama Lynch al aproximarse al cuartel general, desde el lugar donde estaba refugiada durante la batalla en su coche (ver mapa del coronel Aveiro), se alejaba del río.

 

Si solamente por inferencias puede deducirse de estos testimonios paraguayos que el entierro no fue en las cercanías del río Aquidabán, hay otro de mayor valor, proveniente del general Patricios Escobar, que si no pudo participar en la batalla de Cerro Corá llegó al campo de acción el mismo día, vio la tumba del Mariscal, y años después, visitando el lugar, señaló al Arzobispo de Asunción (entonces Obispo) monseñor Juan Sinforiano Bogarín, el sitio exacto de la inhumación.

 

El ilustre prelado documentó el hecho en un notable documento autógrafo, datado “Asunción, setiembre de 1936”, es decir en la misma época, mes y año, en que el ministro Stefanich publicó sus declaraciones sobre el modo cómo había sido hecho el hallazgo.  Poco tiempo antes de su muerte, monseñor Bogarín entregó el documento a Luis Escobar, hijo del general Escobar, y es en poder de los herederos de este inolvidable caballero que hoy se encuentra la importante pieza manuscrita.

 

El documento consta de dos partes.  En la primera se refiere a la visita que hizo en 1906 con el general Escobar para localizar la sepultura del Mariscal; en la segunda refiere lo que el mismo general le relató acerca de las circunstancias de la muerte del general Francisco A. Roa.  Solamente transcribimos la primera parte.  Dice así:

 

“Antes de describir mi viaje a Punta Corá –hoy Pedro Juan Caballero- que lo hice en junio de 1906, quiero dejar constancia de las conversaciones que, años antes, he tenido con el general Patricio Escobar, hoy finado.

 

“En más de una ocasión, me pedía el nombrado General que, si alguna vez tuviese que irme a Punta Porá, le avisase a tiempo para acompañarme hasta Cerro Corá, donde cayó prisionero al terminar la guerra –de 1865 a 1870- y deseaba volverlo a ver antes de morir, a la vez que mostrarme la sepultura del mariscal Francisco Solano López”.

 

“A esto yo le replicaba que de aquel entonces a la fecha de nuestra conversación, han transcurrido cerca de 50 años, que todo habrá cambiado allá; lo que era entonces campo sería hoy monte… motivo por el cual me parecía que le sería casi imposible hallar aquella sepultura.  A mi pesimismo contestaba que él se había fijado bien donde fue sepultado el Mariscal, en medio mismo de dos árboles que tendrían de diámetro de 4 a 5 pulgadas y distante uno de otro, unas 8 o 10 varas, y que si existen dichos árboles, esperaba encontrar el lugar y mostrármelo (subrayado en el texto)”.

 

“Continuaba yo mis giras pastorales por los pueblos de la República, cuando me resolví misionar en aquel lejano pueblo de Punta Porá; avisé al General comunicándole el tiempo de mi próxima visita a aquel apartado departamento y él fue a esperarme en su estancia ganadera de Aramburú-cué”.

 

“Llegado a la nombrada estancia, misioné allí durante tres días al cabo de los cuales emprendí viaje para Cerro Corá junto con el General y los sacerdotes que me acompañaban quienes fueron el Dr. Narciso Palacios y José Natalicio Rojas, llegando al histórico lugar nombrado el día 12 de junio a las 12.35 p.m. y hospedándome en un rancho, depósito de alambres custodiado por un brasilero de nombre Ovidio Freire”.

 

“Hecha una ligera comida, montamos todos a caballo y nos dirigimos al lugar buscado.  Llegamos allí, el General detuvo su montado, quedó un momento pensando –como haciendo una reminiscencia- dirigió su mirada a su alrededor y vio los dos árboles –a que más de una vez se refería mucho antes del viaje- que son Curupay-itá, distantes, uno de otro, unas 10 varas y teniendo cada uno de 17 a 18 pulgadas de diámetro.  El General dijo: “de aquí al Paso Tuyá del río Aquidabán-nigüí habrá de setecientos a ochocientos metros”; lo que verificamos “de visu” y lo encontramos a esa distancia”.

 

“Perfectamente orientado el general Escobar, me dijo: “Monseñor, yo voy a ponerme de rodillas para jurarle que en medio mismo de estos dos árboles está la sepultura del mariscal López” (subrayado en el original).  Yo le contesté que no había necesidad de tal juramento, que me bastaba su categórica afirmación”.

 

“A pocas varas del árbol que quedaba al Oeste del otro, había unas tres o cinco plantas de Tala (Yuasy-y) lugar en que estaba la carpa de mando del Mariscal y que, muerto éste fue ocupado por el Jefe brasilero, quien lo era el general Cámara.  Me mostró el montículo –distante del lugar donde nos encontramos unas 150 varas- al pie del cual había sido él (Escobar) colocado –siendo entonces coronel, promovido a general después de la guerra, acompañado de sus pocos soldados famélicos y conservando allí mismo sus fusiles empabellonados”.

 

Analicemos el importante documento que por primera vez ve la luz pública.  Según el testimonio del entonces coronel Patricios Escobar, que estuvo en el campo de batalla de Cerro Corá, el mariscal López fue sepultado entre dos árboles de Curupay, a pocas varas del lugar donde se alzaba la carpa de mando o tienda de guerra del mariscal López.  Cuando el general Escobar quiso dar mayor precisión a la ubicación, indicó que desde ese sitio al Paso Tuyá del río Aquidabán-nigüí, había de setecientos a ochocientos metros.  ¿Si la tumba hubiera sido cavada a ochenta o cien metros del río Aquidabán, por qué habría omitido Bogarín, tan notorio accidente geográfico como punto de referencia mucho más cercano que el otro mencionado?.

 

Y la verdad es que el mariscal López fue sepultado si no debajo de su propia tienda de campaña, por lo menos en sus proximidades.  El general Cámara en una relación que transcribe “El Pueblo” de Asunción del 1º de marzo de 1894, procedente sin duda de algún periódico brasileño que no se cita, recuerda: “… mandé conducir el cadáver para el campamento, poco antes ocupado por él.  Dispuse sobre su entierro que se verificó a la vista de su madre y dos hermanas, debajo del toldo de paño que allí existía”.

 

El coronel José Bernardino Borman, en su “Historia da Guerra do Paraguay” (T. III, p. 141, Curitiba, 1897), refiere: “El cuerpo del mariscal López fue transportado para el campamento para dársele sepultura en el lugar en que tuviera poco antes su tienda de guerra”.

 

J. Arthur Montenegro, otro brasileño que hizo la campaña, en sus anotaciones a las “Monografías Históricas” de Juan Silvano Godoy (edición portuguesa), dice: “La inhumación tuvo lugar en el lado izquierdo de la enramada que horas antes sirvió de cuartel general y bien próximo al lugar donde debían, en ese día, ser ejecutadas la madre y la hermana de López”.

 

En un documento oficial brasileño, de la mayor importancia, que el doctor R. Antonio Ramos dio a conocer en el número especial de “La Tribuna” del 1º de marzo de 1970 suscrito por el ministro de guerra del Imperio, barón de Muritiba, y dirigido al consejero José María da Silva Paranhos, entonces en Asunción, se lee: “El Emperador se admira de que Cámara no hiciese autenticar la muerte de López por medio de un examen en regla para ser debidamente publicado.  Entiende él que esto aún puede tener lugar por saberse que fue sepultado en una choza próxima a su tienda, después de habérsele sacado la levita y el chaleco de paño azul, dejando el cadáver con las botas y el pantalón también azul galoneado”.

 

Aunque difieren los testimonios brasileños sobre el lugar exacto de la inhumación, ya que en ellos se afirma consecutivamente que lo fue en el propio lugar donde estaba la tienda de guerra del Mariscal, en el lado izquierdo de la enramada que servía de cuartel general, o en una choza próxima a su tienda, hay una evidencia, en que coinciden todos los documentos: al mariscal López se le enterró en la zona donde había establecido su cuartel general, ya sea bajo su propia tienda, o muy cerca de ella.

 

Nosotros nos inclinamos a aceptar la versión del general Escobar: la inhumación fue a algunas varas de la carpa de mando, no debajo de ella, como lo afirma el general Cámara.  Esa tienda –“forrada de damasco de seda verde y alfombrada”, según el vizconde de Taunay- fue ocupada esa misma noche del 1º de marzo de 1870 por el general Cámara quien arrastró a su lecho a una de las hermanas de su víctima  ¡Lo habría hecho sobre la tumba recién abierta!  ¡Nos resistimos a admitir que pudiera llegar a tanto la monstruosa insensibilidad del inmolador del mariscal López!.

 

De todos modos, bajo la tienda de guerra del Mariscal, o cerca de ella, bajo una enramada o en una choza o al aire libre, es evidente que la inhumación tuvo lugar en el radio del cuartel general, de que esa tienda era el punto central.  Todo, pues, se reduce a localizar el sitio, dentro del amplio circuito denominado Cerro Corá, donde al mariscal López instaló su cuartel general.

 

Apelamos, en primer lugar, al testimonio del coronel Juan Crisóstomo Centurión a quien debemos la más completa y exacta descripción de Cerro Corá.  Dice así:

 

“El campamento de Cerro Corá ocupaba un extenso espacio semicircular, limitado al Norte por el Aquidabán y los bosques que pueblan su orilla izquierda; al Sud por los (bosques) que pueblan la orilla derecha de uno de los brazos de aquel río, denominado Aquidabánnigüí; al Oeste también por bosques de las orillas mencionadas de ambas corrientes formando un boquerón que da entrada a un abra o potrero natural, y al este por un valle o planicie sin bosques por donde va el camino que conduce a Chirigüelo, distante unas cuatro leguas del campamento de Cerro Corá.  Más lejos al Sud del brazo del Aquidabán se ven unas elevadas montañas, con los lados cortados a pico, escarpadas y desnudas de vegetación, las cuales vistas desde la distancia parecen destacarse del centro de las inmensas selvas que la rodean.  Dichas montañas están colocadas formando un círculo; de ahí el nombre que se ha dado al paraje de que se tata.  El Mariscal estableció su cuartel general en medio del campamento, al pie de una isleta de arbustos.  Para el efecto, la hizo limpiar conservando para sombra los mejores de éstos.  Allí se agruparon los coches, carretones, y carretas cargadas de sus equipajes.  De este punto al paso del Aquidabán habrá unos 600 a 700 metros.  Al Norte a unas dos o tres cuadras del cuartel general, y también al lado de una isleta, se instaló la mayoría.  A la izquierda, a media cuadra, estuvieron acampados el batallón riflero y el escuadrón escolta.  El brazo del Aquidabán donde el Mariscal solía ir a pescar, dista del cuartel general unas cuatro cuadras”.

 

La exposición del coronel Centurión es muy clara: “El Mariscal estableció su cuartel general en medio del campamento”, entendido éste como el extenso espacio semicircular situado entre el río Aquidabán y el arroyo Aquidabánnigüí, a unos 600 a 700 metros del primero y a unas cuatro cuadras del segundo.  Allí el Mariscal levantó su tienda de guerra y en torno de ella los demás locales de su Estado Mayor.  En consecuencia, mal pudo haber sido enterrados sus restos a unos 80 a 100 metros del río Aquidabán, como lo aseveró el veterano Obando en cuyos datos se basó la comisión exploradora que en 1936 buscó esos restos.  La información coincidente de fuentes paraguayas y brasileñas es que la inhumación se efectuó o debajo de la tienda de guerra o muy cerca de ella, en el centro del campamento, pero en ningún caso a más de medio kilómetro, en las proximidades de la ribera del Aquidabán, como se creyó en 1936.

 

Acerca de la ubicación del Cuartel General se tiene un documento gráfico del mayor valor, por lo menos en este punto.  Se trata del “Plano de Cerro Corá según datos del coronel Silvestre Aveiro y del agrimensor Alberto Baumgart.  Por encargo de la Dirección de la Revista del Instituto Paraguayo, abril 21 de 1897”, que se publica en el número 6 de esa Revista, especialmente dedicada a la batalla de Cerro Corá.  Ese mismo plano fue incluido por Centurión en el IV tomo de sus Memorias.  Adolece de errores, algunos graves, como el curso equivocado que da al arroyo Aquidabánnigüí, al cual hace seguir dirección incorrecta, de S.E. a N.E., al oriente del Cuartel General, cuando que geográficamente su curso es del S. al N.O. del mismo cuartel.  Además las distancias aparecen distorsionadas: del cuartel general al río Aquidabán, Aveiro calculó 1.000 metros y del cuartel al Aquidabánnigüí, en el lugar donde el Mariscal fue herido, 1.500 metros, aunque por tortorales, es decir, no en línea recta.  Las distancias correctas son las que ofrece el coronel Centurión, pero de cualquier modo, este croquis confirma lo que el coronel Centurión explica en su descripción de Cerro Corá: el cuartel general, es decir, el lugar donde encontraron sepultura los restos del mariscal López, estaba en medio del anfiteatro, de 700 a 1.000 metros del Aquidabán, y nunca a 80 metros, donde ellos fueron buscados en 1936.

 

Cumple a la honestidad histórica admitir una posibilidad: que hubo en Cerro Corá un segundo enterramiento (en puridad sería el tercero, pues consta que a pedido de madama Lynch el cadáver fue retirado de la primera fosa para excavarla más profundamente, y luego vuelto a ser sepultado en ella), y que esta nueva inhumación se hubiera efectuado en el lugar indicado por el teniente Frutos y el sirviente López al veterano Obando.  Mientras no aparezcan los documentos que corroboren tal hipótesis, quedan en pie los que indican como lugar de enterramiento el sitio donde estuvo instalado el último cuartel del mariscal López.

 

Y por notable coincidencia, es precisamente en ese lugar donde se ha levantado el monumento nacional que perpetúa la gesta del 1º e marzo de 1870.  Allí están bajo esas lozas, las cenizas del mariscal López y no bajo la cúpula del Panteón de los Héroes.

 

¿Quiere decir que corresponde descalificar la autenticidad del puñado de tierra y de “los algunos y menudos fragmentos de huesos humanos” depositados en una urna en el Panteón el 12 de octubre de 1936 y desde entonces objeto de la reverencia nacional?  De ninguna manera.  Reproducimos aquí lo que escribimos al respecto en “La Tribuna” del 16 de agosto de 1963:

 

“De todos modos, la presencia de tierra de Cerro Corá en esa urna reviste un valor representativo que justifica su guarda en el Panteón Nacional y su veneración por el pueblo.  Aunque no contenga precisamente los restos del mariscal López, ese puñado de tierra está empapado con la sangre del indomable puñado de héroes que libraron la última batalla, en el último confín de la patria, y que prefirieron morir antes que capitular.  Tiene la sangre del octogenario vice-presidente Sánchez que respondió a la intimación: “¿Rendirme, yo?  ¡Con esta espada jamás!”, y del niño Panchito López que enfrentó la muerte con un homérico: “¡Un coronel paraguayo no se rinde!”.  Y tiene, quien lo duda, la sangre del Mariscal de Hierro, de ese grandioso personaje escapado de la tragedia griega, tallado a golpes de maza en el urundey de nuestra selvas, nimbado de rayos y cataclismos, figura enorme, singular, y que purgó todos sus errores y todos sus pecados y ganó fama inmortal en la Historia, con su inmolación final y con esa frase, con que selló su apocalíptica carrera y que hasta ahora resuena en los cielos el mundo: “¡Muero con mi Patria!”.

 

Por eso bien está la urna con la tierra de Cerro Corá y con el nombre del mariscal López, bajo la cúpula del Panteón Nacional y a los pies de la Virgen de la Asunción.

 

Fuente

Cardozo, Efraín – ¿Dónde están los restos del mariscal López? – Historia Paraguaya – Volúmen 13 – Asunción (1970).

Efemérides – Patricios de Vuelta de Obligado

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