Leandro Gómez

 

General Leandro Gómez (1811-1865)

José María Leandro Gómez nació en Montevideo, República Oriental del Uruguay, el 13 de marzo de 1811, siendo sus padres Roque Gómez y María Rita Calvo.  Era hermano, por lo tanto, del coronel mayor Andrés A. Gómez (1798-1877).  Después de sus primeros estudios fue destinado a la carrera del comercio.  En 1837 recibió el nombramiento de capitán de Guardias Nacionales de infantería de su ciudad natal.  Derrocado el presidente Oribe, Leandro Gómez se incorporó al ejército de éste, con el que actuó en la campaña contra el “Ejército Libertador”.  En la sangrienta batalla del Arroyo Grande, el 6 de diciembre de 1842, el capitán Gómez actuó como ayudante de campo del general Oribe, mereciendo el honor de figurar en el parte de la acción por su honroso comportamiento.  En la misma jerarquía de capitán de caballería continuó revistando en el ejército sitiador de Montevideo hasta la capitulación del 8 de octubre de1851.

Recién en 1858 obtuvo su ascenso a sargento mayor y en el curso del año siguiente le fueron otorgados despachos de teniente coronel.  Promovido a coronel efectivo en 1863, fue designado en esta época comandante militar del departamento de Paysandú por decreto del presidente Berro.  En la defensa de aquella ciudad, Leandro Gómez iba a hallar su tumba, pero también a escribir una de las páginas más gloriosas de la fecunda historia militar sudamericana.

El coronel Gómez antes de hacerse cargo de la plaza de Paysandú estuvo al frente de la guarnición de Salto, en la época de la primera invasión del general Venancio Flores, a mediados de 1863.  A fines de este año pasó a ejercer el comando de Paysandú, en reemplazo del teniente coronel Benjamín Villasboas.

Pocos días después de su nombramiento, el 16 de enero de 1864 volvió el general Flores a poner sitio a aquella ciudad, estableciendo una batería en el puerto, estando las operaciones de asedio hasta entonces a cargo del coronel Francisco Caraballo, y a pesar de esta situación, el coronel Leandro Gómez logró introducir en la plaza una compañía del Batallón “Defensores”.

Gómez estableció una línea de fortificaciones para la mejor defensa de la ciudad; pero la aproximación de fuerzas gubernistas al mando del general Servando Gómez, determinaron al general Flores a levantar el sitio de Paysandú y retirarse el 18 de enero por la tarde.

El 2 de diciembre del mismo año Flores establecía nuevamente el asedio de la plaza, pero contando esta vez con el apoyo de la escuadra brasileña a órdenes del almirante Tamandaré y de numerosas fuerzas terrestres de esta nacionalidad.  El General sitiador envió en la mañana del 3 un parlamentario, conduciendo un pliego cerrado, que contenía una nota, por intermedio de la cual Flores intimaba la rendición de la plaza.  “Lo que el general Gómez se impuso de la nota – dice el diario del sitio- escribió al pie de ella: cuando sucumba; firmó y devolvió el pliego”.

El 6 de diciembre la escuadra imperial inició un rudo bombardeo de la plaza, como a las 8 de la mañana, al mismo tiempo que el general Flores atacaba por tierra con violencia desde antes de la salida del sol.  Un proyectil brasileño de grueso calibre casi incendia el depósito de municiones de la defensa.  La escuadra de Tamandaré bombardea la plaza de Paysandú, mientras Flores ataca y saquea con saña inaudita a todo poblado que encuentra.  A Tamandaré se le terminan las granadas.  Bartolomé Mitre -¡el neutral!- se las proporciona del arsenal de Buenos Aires.  A las 9 de la mañana el enemigo penetró por las calles de la ciudad en columnas cerradas, siendo barrido por el fuego de artillería y fusilería de los sitiados.  Una columna brasileña es barrida por 300 fusiles ocultos y el fuego del cuartel de artillería.  A las 12 del día el fuego es general en toda la línea, y el coronel Lucas Piriz, uno de los héroes de la defensa, se multiplica por todas partes.  A las 4 de la tarde, la heroicidad de los defensores hace ceder el empuje de los atacantes, el que se debilita por momentos y a las 6, poco más o menos, el enemigo empieza a retirarse, viéndose a la oración sólo una pequeña fuerza de los asaltantes que se había apoderado de la casa de D. Anastasio Rivero y de la contigua, frente al edificio de la jefatura y calle por medio.

El Jefe del Detall hace pasar lista y empiezan a recibirse los partes; el coronel Raña, hijo del coronel José María Raña sacrificado por Rivera después de la batalla de Cagancha, había sido herido de gravedad; el comandante Juan M. Braga había quedado bastante estropeado por los cascotes del parapeto del “Baluarte de la Ley”; y 124 jefes, oficiales y tropa fuera de combate.

Las fuerzas con las que había atacado el general Flores no bajaban de 4.500 hombres, inclusive las imperiales desembarcadas de las cañoneras.  Los días siguientes la valiente guarnición se dedica a reparar los desperfectos ocasionados por el intenso cañoneo; desde el 7 de diciembre la guarnición se empezó a racionar con víveres secos y carne salada, por no haber fresca.

El cañón truena diariamente.  El 15 de diciembre el general Leandro Gómez sale de la plaza al frente de una fuerza como de 500 hombres, compuesta por el Batallón Defensores, la compañía de Areta, parte de la gente del coronel Piriz y algunos Guardias Nacionales.  Gómez avanzó sobre el campamento enemigo, desplegada su fuerza en guerrillas y con sus reservas correspondientes.  Los sitiadores presentan una débil resistencia y huyen.  Una de las cañoneras imperiales dispara cuatro o cinco tiros que no ofenden a nadie.  La columna de Gómez recorre un poco al Norte de la costa y parte hacia el río, y recoge bastante armamento, y carga con cuantas ollas, calderas y otros enseres que había en el campamento de los enemigos y regresa con 5 heridos.

Hasta el 27 de diciembre no hubo novedades, pues el general Flores se había retirado a cierta distancia esperando tropas brasileñas para reforzar las suyas; en la fecha precitada, desde la torre del vigía de la plaza se divisan tres grandes columnas paralelas que los más optimistas creen que es el ejército puesto por el presidente Berro a las órdenes del general argentino Juan Sáa.  En cambio resultó ser el de Flores reforzado con los imperiales.  Leandro Gómez al conocer esta novedad, respondió: “Pelearemos contra los brasileños y contra Flores, y si nos toca morir, aquí moriremos por la independencia de la Patria.  Cada cual a su puesto de honor”.

El día 28 se aproxima a la plaza el ejército sitiador en dos grandes columnas como de 5.000 hombres cada una, unos 16 cañones por columna; el 29 y 30 de diciembre no hay novedad, jornadas que evidentemente son ocupadas por Flores para preparar los pormenores del ataque.  Leandro Gómez, por otra parte, con su clarividente espíritu de soldado, se da cuenta de la extrema gravedad de aquellos momentos y se prepara para vender caramente su vida y la de los valientes que le acompañan en aquellas circunstancias, en la lucha que se aproxima y que se prevé de contornos gigantescos.  Antes de aclarar el día 31, toda la gente de la defensa se halla en sus puestos de combate, el que se inicia por un cañonazo disparado por los de la plaza.

Toda la jornada se combate violentamente y la lucha prosigue durante la noche, y también el 1º de enero de 1865 y la noche del mismo día.  No había tiempo de recoger los cadáveres, ni los heridos y se negó una pequeña tregua para este humanitario objeto.  A los defensores se les habían concluido los fulminantes y se servían de cabezas de fósforos.  El coronel Emilio Raña cayó herido de muerte.  El coronel Lucas Piriz, con 34 hombres armados con bayonetas y lanzas para economizar la pólvora que era escasa, salió de las trincheras y cargó al batallón 3 de línea brasileño, se entreveró y mató hasta que huyeron los infantes llenos de pánico dando la espalda a ese puñado de valientes.  Unas horas después, Piriz fue muerto al colocar un cañón en la trinchera.  Por la noche el incendio devora la ciudad y sólo se respiraba una atmósfera de fuego y de putrefacción de los cadáveres.  Así amaneció el día 2.

A las nueve de la noche el general Leandro Gómez reúne en Junta de Guerra a los jefes que aún sobreviven a aquella catástrofe, para escuchar su opinión; todos estuvieron de acuerdo en que dadas las condiciones extraordinarias en que se hallaba la defensa con la mitad de la gente fuera de combate y la restante completamente cansada y sin municiones, sería tarea fácil a los atacantes apoderarse de la plaza.  Resuelto el envío de un parlamentario al general Flores pidiendo una suspensión de seis horas para enterrar los muertos, ninguno de los dos que se enviaron regresaron al lado del general Gómez, siendo éstos el mayor Arroyo y el coronel Saldaña, que se hallaban prisioneros.  Entonces el Jefe de la Defensa ordenó la suspensión del fuego y la colocación de banderas blancas en los cantones.  En tales circunstancias los atacantes penetraron en la plaza, por la manzana en que estaba situada la esquina del “Ancla Dorada”, y desde ese momento todo fue confusión en la ciudad; en la plaza como cien hombres se concentraron y se defendieron con las bayonetas, con cascotes, con cuchillos, como pudieron; pero el número venció al valor y cayeron prisioneros.  Igual suerte cupo a los demás compañeros, quedando alrededor de 400 en poder de los enemigos, restos del millar con que se había iniciado la defensa.

El general Leandro Gómez (el 11 de diciembre de 1864 había sido elevado al cargo de coronel mayor por el Gobierno que lo dejó perecer) cayó prisionero junto con el comandante Braga, capitán Federico Fernández y dos ayudantes.  El bravo e indomable jefe oriental fue asido de los brazos al mismo tiempo que una voz le decía: “General Gómez, sois nuestro prisionero de guerra”.  El héroe levantó la cabeza, y miró con serenidad admirable al que le intimaba la rendición y viendo que era un jefe brasileño, sintió sublevarse el espíritu republicano que aún conservaba en su corazón de oriental y rechazó la protección que se le ofrecía.

Un jefe compatriota suyo llegó entonces y reclamó el prisionero en nombre del general Flores, ofreciéndole las seguridades más cumplidas de su vida.  Aquel Jefe fue el después general Francisco Belén, quien al llegar a su cuartel fuera de trincheras, acomodó sus prisioneros y mandó ensillar su caballo para conducirlos a presencia del general Flores, cuando se presentó un ayudante del coronel Gregorio Suárez trasmitiendo una orden de éste de que le entregase al general Gómez, y demás acompañantes.  Conducidos a presencia de Suárez, éste ordenó al teniente coronel Juan Rodríguez que los llevara “donde sabía”.  Este último era sobrino del primero.

El heroico general Leandro Gómez fue conducido a la casa de Máximino Rivero para ser ejecutado; ante el pelotón encargado de tan desgraciada misión, el Héroe dio una postrer prueba de sublime entereza, no permitiendo que le vendasen los ojos y dando la voz de “¡fuego!”.  “Recibió cuatro balazos en la caja del cuerpo –dice el historiador Antonio Díaz- de cuyas heridas no salió una sola gota de sangre, quedando un círculo amoratado en el paraje por donde habían penetrado las balas”.  Un individuo llamado Eleuterio Mujica, proveedor de las fuerzas de Flores, se acercó al cadáver del general Gómez y le arrancó la larga pera que usaba,  Junto con Gómez fueron fusilado Braga, Fernández y uno de los ayudantes del primero, y otros.

Así cumplió Leandro Gómez el párrafo que estampó en una carta al general Lucas Moreno, el 16 de marzo de 1864.  En él dice: “… y que en este Departamento se necesitan fuerzas y quien las sepa mandar, y que yo he dado pruebas de que sé mandar, de que sé batirme sin jamás fijarme en el número, aunque no haya suficientes tropas, que yo sé hacer suplir con las condiciones que son mi propiedad”.

Leandro Gómez era miembro de la Logia Sol Oriental Nº 11 de Montevideo y del Supremo Consejo grado 33º de la R. O. del Uruguay.  Comisionado por la masonería uruguaya, el 22 de octubre de 1857 procedió a instalar la Logia Jorge Washington Nº 44 de Concepción del Uruguay, Entre Ríos.  En 1861 formó una logia en la ciudad de Rosario, provincia de Santa Fe.

El 2 de enero de 1884 en ceremonia solemne fueron depositados los restos de Leandro Gómez en el majestuoso mausoleo levantado en el cementerio de Montevideo, rindiéndosele grandiosos honores.

Fuente

Efemérides – Patricios de Vuelta de Obligado.

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Yaben, Jacinto R. – Biografías Argentinas y Sudamericanas – Buenos Aires (1938).

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