Masacre de Salsipuedes

Memorial Charrúa, junto al arroyo Salsipuedes, Uruguay

Memorial Charrúa, junto al arroyo Salsipuedes, Uruguay

 

Luego de derrotado Artigas, los indígenas fueron considerados como problemas insolubles a efectos de consolidar la estabilidad social y económica de la campaña oriental, en base a los intereses que predominaban en ese momento histórico.  Los mismos que habían sido protagonistas decisivos en los ejércitos orientales de la revolución, fueron perseguidos y exterminados en ese sombrío día del mes de abril.

 

“Mirá Frutos, tus soldados matando amigos”, le gritó el cacique Vaimaca Perú a Fructuoso Rivera, mientras los hombres del primer presidente de la República masacraban a traición a los charrúas en Salsipuedes.  Esta matanza ocurrida el 11 de abril de 1831, durante la primera presidencia de Rivera, dio inicio a un plan de exterminio de los indios charrúas.  Para ejecutar el crimen los indios fueron llevados mediante engaños a reunirse con las tropas del presidente.  Una vez allí, según el relato de Acevedo Díaz, basado en los apuntes inéditos de su abuelo Antonio Díaz, “el presidente Rivera llamaba en voz alta de amigo a Venado y reía con él marchando un poco lejos…  En presencia de tales agasajos, la hueste avanzó hasta el lugar señalado y a un ademán del cacique todos los mocetones echaron pie a tierra.  Apenas el general Rivera, cuya astucia se igualaba a su serenidad y flema, hubo observado el movimiento, dirigióse a Venado, diciéndole con calma: “Empréstame tu cuchillo para picar tabaco”. El cacique desnudó el que llevaba a la cintura y se lo dio en silencio.  Al tomarlo, Rivera sacó una pistola e hizo fuego sobre Venado.  Era la señal de la matanza”.

 

Posteriormente, el 15 de abril de 1831, el presidente Rivera firmó una orden de exterminio de los charrúas.  En ella hace constar que los indios que huyeron son perseguidos por las fuerzas del Ejército, las cuales “prosiguen en su alcance hasta su exterminio”, y ordena la “persecución de este puñado de bandidos hasta su total exterminio”.

 

Durante la Guerra Grande, bajo el gobierno del Cerrito presidido por Manuel Oribe, que enfrentaba a las flotas imperiales francesa e inglesa, se publicó en el periódico “El Defensor de la Independencia Americana” una “Refutación de la Nueva Troya”, contra el libelo que hacía la apología de la intervención imperial en el Río de la Plata.  En la “Refutación”, firmada con el seudónimo “Demófilo”, se exponía una de las primeras y más desgarradoras denuncias de la matanza de los charrúas, dando comienzo temprano a una dimensión diferente y poco reconocida del revisionismo histórico rioplatense.

 

Allí se decía lo siguiente: “¿Queréis comprender, lectores, toda la ferocidad de Rivera? Mirad: ved cómo la columna que hasta entonces se había prolongado a lo largo de la costa, da frente al arroyo y a una señal acordada forma una especie de semicírculo dentro del cual quedan los charrúas; y cómo los escuadrones, al toque de carga, con lanza enristrada, se abalanzan súbitamente sobre aquellos infelices indios. A un penetrante alarido de tenor producido por la sorpresa, se pone toda la indiada de pie. Ved correr a los valientes charrúas de una parte a otra, buscando inútilmente una defensa; y en medio de aquel conflicto, de aquella grande desesperación, escuchad los lastimeros y penetrantes gritos de los ancianos y las mujeres, que se confunden con el llanto de los niños. ¡Mirad aquella muchedumbre de infelices indias, cómo se apoderan instantáneamente de sus tiernos hijos; cómo los estrechan a su corazón y cubriéndolos con su cuerpo, corren con ellos atribuladas de un lado al otro, hasta que se agrupan detrás de sus valientes y queridos compañeros, que, desvalidos, a pie, indefensos, sin más recursos que su valor, oponen entre sus asesinos y sus amadas familias, una muralla de sus pechos, que presentan desnudos a las lanzas homicidas!. El exterminio está decretado”.

 

La “Refutación” también menciona la participación de soldados unitarios argentinos en la masacre de los charrúas: “Veíase a Rivera contemplar con la más profunda calma aquel espantoso cuadro, en tanto que un otro genio cruel y traidor le felicitaba por aquella empresa.  ¿Quién podía ser aquel hombre que felicitaba a Rivera a la vista de un espectáculo tan sangriento, tan doloroso? … Ese hombre era Juan Lavalle.  El torpe y feroz asesino de Dorrego”.

 

Al genocidio y al etnocidio le sucedieron diversos intentos de borrar la memoria de los charrúas de nuestra sociedad, en sucesivos “Salsipuedes simbólicos”. Se ha negado sistemáticamente la riqueza cultural de dicho pueblo, tanto como su importancia numérica entre los indígenas de estas tierras y se ha llegado al extremo inaudito de catalogar a los charrúas de “mito”.

 

La matanza de charrúas, a través de las cartas de Rivera

 

Cuando se leen las instrucciones que Rivera enviaba al Gral. Julián Laguna y otros subordinados, se aquilata cuál fue su verdadera participación en el genocidio concretado el 11 de abril de 1831. Se podría decir que Ribera “confiesa” ser el autor del genocidio a través de las mismas.

 

1) Durazno, Marzo 10 de 1831: “… Es de mayor importancia que el Sr. Gral. emplee todo su tino y destreza para hacer entender a los Caciques que el Ejército necesita de ellos para ir a guardar las Fronteras del Estado y que el punto de reunión será en las puntas del Queguay Grande; para cuyo efecto, se dirigen cartas a los Caciques Rondeau, y Juan Pedro, y que el Sr. Gral. les hará entregar instruyéndoles de su contenido.  Si ellos no cumpliesen lo prevenido en las citadas notas particulares, es preciso no alarmarse por esto, disimularles y conservarse siempre a su inmediación, y si posible fuese, reunido a ellos.

 

Si se moviesen para el centro de la Campaña es preciso seguirlos con cualesquier pretexto, hasta ver si se consigue que el todo o parte del Ejército se incorpore a la fuerza  de las ordenes del Sr. Gral.

 

El Sr. Gral. conocerá, que en todas las medidas prevenidas es importante la mayor prudencia, para no aventurar una empresa que, realizada traerá bienes muy efectivos al País, consolidando el crédito y reputación militar de los Jefes que la han presidido…”  Fructuoso Rivera (rubricado)

 

2) “Julián amigo.  Salsipuedes en el potrero donde ya has estado.  Marzo-28-1831” (Se trata de su amigo Julián de Gregorio Espinoza).

 

“(Reservado) yo voy a marchar esta noche todo tengo listo en muy buen estado para la operación de los charrúas, nada he querido decir al Gobierno de mis disposiciones, el buen estado en que las tengo para tener el gusto si logro como lo creo de que esta difícil operación aparezca como de los abismos y que tenga más bulla que la que causó el arribo de Garzón a esa después del tinterazo.  No lo dudes Julián la operación está casi echa y una obra que los desvelos de 8 Virreyes y por más de 40 años no lograron realizarla.  Será grande.  Será lindísimo si tus mejores amigos, si tus compañeros de disgustos y de días de Gloria dan a nuestra patria esa satisfacción, ha! que glorioso será si se consigue sin que esta tierra tan privilegiada no se manchase con sangre humana.” (……………..) tu amigo verdadero. Fructuoso”.

 

Esto es una verdadera “confesión” y de una persona que se siente “culpable”. ¿Por qué, si no, quiere ocultar los hechos?,  (“nada he querido decir al Gobierno de mis disposiciones”).  Rivera toma esta matanza como una fiesta, en la que será reconocido como no lo fueron 8 Virreyes que también querían  exterminar a los charrúas.  Y el concepto que tenía sobre los indios se aprecia cuando da a entender que ellos no tendrían “sangre humana”.

 

3) Campo, Abril 5 de 1831 “Mi estimado amigo D. Julián es en mi poder su nota de ayer y soy impuesto de las medidas tomadas para hacer venir a los indios a este punto, con este objeto fue Bernabelito y no dudo que el los haga venir prontamente, Yo no he querido moverme más adelante ya por que podía ponerlos en desconfianzas o por que si se logra hacerlos pasar el Queguay ya no seria difícil el sujetarlos del modo que uno quiera.   Sin embargo estamos prontos para en caso sea preciso marchar sobre ellos lo que yo quiero evitar a todo trance pues nos será ventajosisimamente el sujetarlos sin estrépito así es que estoy resuelto a esperar aquí hasta ver si Uds. logran hacerlos venir

Aquí (¿se niegan?) espero sus avisos continuados para (¿variar?) mis disposiciones…”.

F. Rivera (rubricado).

 

Estas 3 cartas de Rivera son auténticas.  Véase el propósito de engañar a los charrúas y atraerlos hacia un lugar donde quedaran prácticamente encerrados y tener la mayor facilidad para masacrarlos.  Por supuesto que los charrúas no sospechaban las intenciones del Gobierno Oriental o mejor dicho, del que sería su ejecutor, el General Rivera.

 

Reconoce Rivera en la 2ª carta, que en campo abierto sería muy difícil aniquilarlos, por más que contaban con escuadras de soldados guaraníes al servicio del Ejército uruguayo, escuadrones del Ejército nacional, del argentino y del brasileño, que fácilmente cuadriplicaban el número de los charrúas.

 

Pero el Presidente no quería una batalla, “la quería evitar a todo trance”; quería un asesinato en masa, una acción “que no fuera difícil”, y en que los charrúas no pudieran salvarse, según se entiende en su carta.

 

En una carta de José Catalá a Gabriel Pereira -del 23 de agosto de 1831, le informa que “ni uno solo ha escapado del lazo maestro que les armó este experto Jefe (Rivera)” y las ventajas políticas que la masacre representaría para el “riverismo” (en realidad José Catalá no informa correctamente ya que algunos charrúas pudieron escapar de la emboscada).

 

Rivera intenta engañar nuevamente, años después, sobre los hechos que él mismo confesó y dejó documentados.

 

Durante su estadía en Brasil, Rivera es increpado por la prensa por la masacre de charrúas, y contesta mediante una publicación en “El Iris” fechada en Río de Janeiro el 30 de octubre de 1848. Dice: “… Se a min coube a fortuna e glória de acabar com uma horda de selvagens nomados e ferozes, abrigada nas escabrosidades do paiz, fiz o que outros nao puderam alcanzar antes de mim, e cumpri as ordens do gobernó, com grande satisfacçao das populaçoes, que por tantos annos foram victimas de correrias, roubos e mortes d´ aquelles bandidos.

 

Limitarme-hei porêm aos factos inventados. E´falso que houvesse necessidade de atraiçoar os selvagens para os-destruir: nem estes selvagens foram nunca alliados do gobernó oriental, nem os orientaes, com quem eu tive a fortuna e honra de combater para cima de 35 annos, em mais de cem batallas, podian tener taes homens, desde que por utilidade geral, se-decretava o seu exterminio…” (Textual).

 

En esta carta que escribe en Río de Janeiro, acomoda los hechos del modo que más le conviene contradiciendo lo escrito años atrás.  Niega que tuviese necesidad de atraerlos y traicionarlos para destruirlos.  También falta a la verdad cuando dice que los charrúas no combatieron con los soldados orientales de nuestra independencia, (desconociendo que el propio Artigas ya varias veces había mencionado la decisiva colaboración de los charrúas en diversas batallas).

 

Y todavía se siente orgulloso del asesinato cuando dice que a él le cupo la fortuna y la gloria de acabar con una horda de salvajes que otros (españoles, portugueses y brasileros) no pudieron alcanzar antes que él, en 3 siglos.  Reiteramos que el secreto del aniquilamiento estuvo en el engaño, y en el ataque a traición cuando los charrúas estaban confiados y descuidados, lejos de sus caballos e incluso, algunos desarmados.

 

Fue la peor de las traiciones, aquella en que se recurre a la confianza de los amigos para hacerlos caer en una trampa sanguinaria, cruel e inhumana. Los niveles más bajos de los códigos morales del ser humano pudieron forjar esas maniobras genocidas.

 

Y de los documentos surge que lo tomaban como una diversión, y Bernabé Rivera se refería a la matanza con la frase “la jarana de los indios”.

 

¿Qué clase de moral pública y de valores éticos tenían estas personas?

 

¿Cómo en este momento de la civilización aún  se pretende justificarlos?

 

Los documentos descubiertos no presentan dudas: Rivera fue el responsable del genocidio charrúa. Y a confesión de parte relevo de pruebas, aunque abundan las pruebas.

 

Otras matanzas


La “matanza” más conocida de charrúas es la que tomo lugar en Salsipuedes.  Pero lejos de haber ocurrido un exterminio, los charrúas fueron casados y matados aún después.  Los charrúas no fueron atacados en una oportunidad, fueron en tres y en lugares diferentes: en el paso del Sauce del Queguay, en Salsipuedes y en el paraje llamado la Cueva del Tigre.


Una de las masacres más terribles fue la ocurrida en la “estancia del viejo Bonifacio Penda”.  Participaron el capitán Fortunato Silva y cuarenta hombres destinados por Bernabé Rivera.  Según un relato de Manuel Lavalleja, Bernabé Rivera persiguió a los que habían escapado de Salsipuedes y al cacique Polidorio.  En camino se encontró con el cacique Venado que estaba con doce charrúas.  Bernabé habló con Venado y le prometió entregarle su familia y las de los demás si se sometían al gobierno y a vivir en un punto que le designasen sin salir de ahí.  Venado aceptó y se entregó, marchando él y los suyos con Bernabé.  Este los mandó a Durazno, diciéndole a Venado que era para que recibiesen a sus familias.  Le entregó una carta para entregarle a Fructuoso Rivera para que diese a las familias.  Junto con Venado y el resto de charrúas, Bernabé mandó un oficial con un asistente.


Luego, Bernabé mando a Silva y los 40 hombres a la estancia para que se emboscaran hasta que llegara Venado con el oficial que lo acompañaba.  Se ocultaron y esperaron a que los charrúas dejaran sus lanzas y fueran a la cocina.  Una vez ahí, los charrúas fueron fusilados.


Otra fue en la barra del Mataojo Grande.  Sucedió el 17 de agosto de 1831.  Bernabé Rivera y sus hombres dan muerte a quince indios, dos caciques, toman 26 hombres y 56 personas mas entre mujeres y jóvenes de ambos sexos.  Lograron escapar 31.  Entre los charrúas atrapados se encuentra un indio que se bautizara como Ramón Mataojo y que es el supuesto primer Charrúa llevado a París. También mueren varios charrúas en el enfrentamiento en el que logran dar muerte a Bernabé Rivera.

 

Yacaré Cururú, la venganza


La venganza, porque eso fue lo que los charrúas se tomaron. Mataron a uno de los responsables directos de ese intento de exterminio: Bernabé Rivera, sobrino de Fructuoso.  Bernabé se encuentra en la barra de Yacaré Cururú con un grupo de charrúas.  Eran más de treinta, pero Bernabé vio solo a algo más de 10.  Los charrúas al ver a Bernabé emprendieron la retirada y éste los empezó a seguir, sabiendo que serían “presa fácil”.  Sin embargo, luego de un tiempo de persecución, tenía sus fuerzas bastante separadas uno de otros y con sus caballos cansados.  Así, volvieron los charrúas sus caras y empezaron ellos a atacar.  En ese momento fue sencillo para ellos hacer prisionero a Bernabé, luego de que su caballo rodó.  Ya los charrúas habían matado varios de sus hombres.  Atrapado Bernabé, le empezaron a culpar por los asesinatos de los compañeros y sus familias.  Fue un charrúa llamado cabo Joaquín quien lo pasó de una lanzada y luego de él lo hicieron otros.  Bernabé murió, le cortaron nariz y venas para envolverlas en las lanzas.  Los charrúas fueron liderados por el cacique Sepé.


Rivera entregó charrúas a diestra y siniestra y para pagar distintos favores: entrego como esclavos en Montevideo, mandó indias charrúas para las tropas en Durazno para satisfacción sexual, etc.  Al extranjero son los más conocidos los charrúas enviados a Francia, pero también dio 5 charrúas a unos ingleses como homenaje por haber ocupado las Malvinas.


Ramón Mataojo fue el primer charrúa llevado a Francia.  Su apellido muestra el lugar donde lo atraparon: el arroyo Mataojo. Grande.  Louis Maruis Barrl es quien lo lleva a Francia, en el barco L`Emulation, el 18 de enero de 1832.


Del 22 al 29 de abril de 1832 figura internado en el hospital de Toulón. Muere embarcado el 21 de setiembre de 1832.

 

Los cuatro últimos charrúas


Así se les llamó erróneamente al cacique Vaimaca Piru, Senaque, Guyunusa y Tacuabé.  Fueron llevados a Francia por François de Curel.  Su intención era presentárselos al Rey de Francia, a las Sociedades Científicas y otros.  El 25 de febrero de 1833 son embarcados en el buque Faiçón rumbo a Francia.  Su ingreso en dicho país fue ilegal y una vez allí son expuestos a la curiosidad y sometidos a estudios.  En Francia son visitados por varios famosos.  En una de las exhibiciones participo Federico Chopin.

 
Una vez en Francia los charrúas fueron muriendo de a poco.  El primero fue Senaque, el 26 de julio de 1833. Alcanzó a vivir en París sólo 80 días. Luego Vaimaca Piru, quien había sido sableado al ser apresado por las tropas de Rivera.  Murió el 13 de setiembre de 1833.  Vaimaca, el cacique, había luchado junto a Artigas y también junto a Rivera, quien evita que Vaimaca sea asesinado, sin saberse exactamente porque lo hizo.  Luego murió Guyunusa, compañera de Vaimaca Piru quien había partido a Francia embarazada. En Paris dará a luz a su hija una semana después de la muerte de Vaimaca.  Tacuabé se hará cargo de su hija por la muerte de su padre y porque Guyunusa le había comunicado a Vaimaca que ahora era la pareja de Tacuabé.  Guyunusa moriría de tuberculosis 10 meses después de haber tenido a su hija. El último en morir fue Tacuabé, aunque no se sabe cómo, ya que se le perdió el rastro, a él y a la hija de Vaimaca y Guyunusa.

 

Fuente

Efemérides – Patricios de Vuelta de Obligado.

Picerno, Psic. José Eduardo – La confesión de Rivera, autor del genocidio Charrúa en 1831

Portal www.revisionistas.com.ar

Saravia Marcelo – La hecatombe de Salsipuedes

Varela Brown – La Masacre de Salsipuedes – Montevideo

 

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