Gauchos santafesinos en Londres

Jinetes argentinos que viajaron a Londres

Hubo seres de cualquier nivel social o cultural que pasaron por la vida y la marca de sus pasos por el mundo quedó grabada en el espacio y el tiempo. Estos seres pertenecen a la intrahistoria de un país, no figuran en los diccionarios ni en las grandes antologías de la historia oficial. Pero forman parte de las figuras ilustres del pasado de cualquier nación. Uno de esos miles de nombres, que son parte del anonimato, es el gaucho Marciano Gorosito. Nació en Juncal, provincia de Santa Fe, en 1847. Falleció en la misma provincia, en Willgrawel, a los 98 años. Las condiciones de domador que poseía, trascendieron las fronteras nacionales, se conocieron en Inglaterra y asombró al mundo. Osvaldo Carlos Cané, su biógrafo asegura: “que perteneció a la última generación de gauchos”, y agrega “vivió en un período muy singular de la historia argentina”… “Llegó en una época en que las pampas santafesinas del Sur –espacio donde nació y vivió la mayor parte de su vida– constituían una zona desértica cubierta de pajonales y ocupada solo por ganado, teniéndolo a él (y a su familia) como uno de los primeros pobladores”. Gorosito, junto con otros arriesgados paisanos fue protagonista de un suceso memorable: fueron llevados a Londres a mostrar las destrezas del gaucho. Antes de hacer referencia a este acontecimiento, es preciso conocer aspectos biográficos de este criollo santafesino: Según Cané; Marciano Gorosito nació el 17 de agosto de 1847, en el puesto “El Bagual”, departamento General López, Santa Fe. Actualmente corresponde al departamento de Constitución. En ellos está asentada la localidad de Juncal. Aprendió las destrezas en el manejo del caballo, por su padre que fue su maestro y guía. Con el tiempo la fama de domar que adquirió se extendió a esa región.

Eduardo Casey, uno de los dueños de campos más importantes de la zona, argentino, descendiente de irlandeses, poseedor de estancias en Venado Tuerto y en la provincia de Buenos Aires, era un apasionado de los caballos. Se comenta que llegó a tener 72.000 yeguarizos y llegó a ocupar cien domadores. La fama de domador de Gorosito, llegó a oídos de Casey, y quiso verlo actuar. Cuando lo vio, inmediatamente lo contrató para trabajar en su estancia. Con el tiempo, Gorosito demostró ser el más diestro domador de los campos de Casey. El estaba muy contento con su nuevo trabajo. Tenía empleo seguro y hacía lo que era su pasión: domar potros.

Mientras transcurrían los primeros meses en la estancia de este potentado estanciero, su patrón regresó de Europa. En Francia conoció al famoso Buffalo Bill. Este nació en 1846, en Scott Country, Estados Unidos. A los veinte años formaba parte de una compañía de exploradores civiles, que combatía la resistencia india en el oeste de Mississippi. Enseguida se hizo experto como conocedor del terreno y las costumbres aborígenes. La lucha de Buffalo Bill contra los Sioux, consistía en eliminar el alimento de esta tribu, así la diezmaron y dominaron. En 18 meses llegó a matar más de cuatro mil doscientos ochenta búfalos. De ahí se hizo acreedor del apodo de Buffalo Bill. Antes de fallecer, el 10 de Enero de 1917, expresó: “fue un error haber prácticamente eliminado una especie de la faz de la tierra”. ¿Se refería a los búfalos? ¿o a los Sioux? La lucha contra los sioux, lo convirtió en una leyenda viva de la conquista del oeste norteamericano. Aprovechando la fama obtenida en 1838, fundó la empresa “Buffalo Bill Wild Wests” (El oeste salvaje de Buffalo Bill), un circo de gran magnitud. Obtuvo una fama en Estados Unidos y Europa. Asistían a sus funciones presidentes, reyes y reinas. El circo de Buffalo Bill, dramatizaba la vida del lejano Oeste. Mostraba las costumbres de los indios simulando enfrentamientos con los blancos (los hombres blancos siempre vencían). Conducían diligencias, exhibiciones de puntería, etc. A estos números se sumaban espectáculos de doma a cargo de vaqueros del lejano oeste y domadores de distintas partes del mundo.

Viaje de los gauchos argentinos a Londres

Eduardo Casey, durante su estadía en Francia, concurrió a una de las presentaciones del circo norteamericano. Deslumbrado por el espectáculo felicitó a Buffalo Bill y le manifestó que el espectáculo se beneficiaría con la participación de los domadores argentinos. Algunas versiones aseguran que le dijo a Coody (Bufalo Bill), que nuestros gauchos eran “los mejores domadores de la tierra” Buffalo Bill le respondió: “Si fuera posible…pero la distancia lo hace difícil”. El estanciero argentino se comprometió a enviarle por su cuenta una selección de los más destacados domadores de sus establecimientos rurales. Sumado a una numerosa tropilla de potros, también de los mejores. Corriendo los gastos de traslado por su cuenta y cargo.

El estanciero argentino de regreso al país puso manos a la obra. Al primero que citó fue a Marciano Gorosito, mirándolo fijamente le dijo: “Usted tiene que acompañarme a Londres” “¿A dónde don Eduardo?”. Preguntó confundido el paisano. !!!A Londres!!! Insistió Casey ¿Pa’ que lado queda esa?, (pensaba que se trataba de una estancia). Prepárese las pilchas que después le explico – Gorosito, tras un breve silencio, sin saber que contestar respondió decidido: “Ya mismo Don Eduardo”.

Selección de domadores

Lugo de conversar con Gorosito, Eduardo Casey, citó a su despacho a diez de sus mejores domadores, ellos eran: Marciano Gorosito, de Melincué, Ismael Palacios de Currumalán, Zacarías Martínez de Chacabuco, Valentín Paz de Salto, Manuel Gigena, de Rojas, Juan Pacheco de Catriló, Celestino Pérez de Navarro, Bernabé Díaz de Chacabuco, Rosario Romero de Venado Tuerto y Abel Rodríguez de Rojas. Osvaldo Carlos Cané, teniendo como referencia el libro de Ricardo Hogg, “Yerba Vieja”, transcribe un comentario de Ismael Palacios, uno de los domadores, sobre la propuesta que le hiciera Eduardo Casey: “Recuerdo que una vez fui a verlo a su escritorio (refiriéndose a Casey). No lo encontré y vi unos cuantos paisanos que también estaban esperando, y al ver a esa gente creí que iban a cobrar. Después de un rato vino Don Eduardo y saludo y encarándose conmigo me dijo: “Hace 15 días que lo mandé llamar”. No sabía nada –le dije- y no he recibido ninguna carta. Bueno -dijo- hay tiempo. ¿Querés ir a Europa? ¿Y a qué? le pregunté. A mostrar las costumbres de la campaña argentina, estos hombres también van. Los miré a los paisanos y pensé: si estos van, yo no me quedo mucho más. Cuando uno me dijo: “Anímese así será un compañero más”. Como sabía lo que era don Eduardo que no ordenaba una cosa dos veces y era tan cumplidor, le dije: Iré. Es advertir que no yo ni los otros sabíamos lo que era Europa. En fin, nos juntamos en el escritorio a la una de la tarde y allí nos metieron a todos con las pilchas en un carrito y enderezamos a la dársena”.

Rumbo a Londres – Odisea en el mar

Llegó el 4 de octubre de 1892. Gobernaba la provincia de Santa Fe, Juan Manuel Caferatta. La revista “El Hogar” comentó: “A las tres de la tarde de 1892, los diez domadores argentinos partían con destino a Londres en el vapor Magdalena. Con ellos iban doscientos potros criollos”. Bajo un cielo ganoso de lluvia, la sudestada oleaba el río. Cuando la costa fue apenas línea borrosa por la cerrazón, los viajeros dudaron. Esa grasa que flotaba en los ríos tormentosos se les pegó a los ojos y a las ideas. Algunos potros espantados por el lamento del viento que se azotaba contra las jarcias, y se encabritaban en los bretes hasta lastimarse. Comenzaban su auténtica aventura marítima. Cuando regresaron al país le preguntó un periodista a Gorosito que le pareció el mar. Le respondió: “El mar amigo, es igual que la pampa pero temblando”….. Sobre la tripulación del Magdalena, dijo: “El capitán era muy bueno, no así el ingeniero, que como ellos mandaban tenían camarotes. Una tarde que estábamos tocando la guitarra vinieron varios pasajeros de primera clase, nos convidaron con cigarrillos y dijeron que íbamos a domar búfalos. Ninguno de nosotros sabíamos lo que eran esos animales, así que pasamos unos días de incertidumbre, y en verdad es que ninguno de nosotros sabía a qué íbamos”.

Estadía en Londres

Al cabo de cuarenta días de navegación, los embajadores argentinos desembarcaron en Southampton, uno de los principales puertos del Reino Unido. Juan Manuel de Rosas había desembarcado allí, cuarenta años antes, en 1852, luego del derrocamiento de su gobierno. “Entramos al puerto entre la cerrazón y las sirenas de los barcos que se quejaban como manadas ciegas –comentaba luego Palacios-. En cuanto sujetaron El Magdalena, a la orilla nos dieron ganas de volvernos”. De allí la comitiva argentina fue trasladada a Londres, donde los esperaba Buffalo Bill, acompañado del cónsul argentino. Luego los jinetes argentinos fueron trasladados al Circo de Buffalo Bill y alojados en carpas indias con banderas de la nacionalidad de cada continente. Con dos camas cada una. El circo era una gran pista de arena rodeada de grandes gradas con capacidad para veinte mil espectadores. Los domadores argentinos comentaban: “Todo era un fiesta para nosotros”. El día de la inauguración, Buffalo Bill montado en un caballo blanco, se dirigió a todos los participantes en inglés. Lo único que los paisanos argentinos le pescaron fue “gauchos” y “pampas”. Los jinetes participantes, provenientes de distintos países, sumaban unos 500. Eran un legión de cosacos, cowboys, indios pieles rojas, árabes, argentinos, australianos, mejicanos que formaban parte del circo. Luego de las presentaciones, Buffalo Bill dio tres hurras, repetidos por todos. Contaba Ismael Palacios: “malicié que se trataba de un elogio hacia nosotros, le di la mano al coronel, y fue el momento de algazara: todos venían y nos saludaban en su lengua y el capitán de los mejicanos me abrazó diciendo: “c ‘ hingao, palabra cariñosa que quiere decir: “usted es todo un hombre”. Se trataba de que cada nación mostrara sus costumbres. La convivencia de los participantes duró cuatro meses; a pesar de las diferencias idiomáticas, culturales, étnicas, hubo oportunidad de conocerse a fondo y establecer vínculos. Apenas arribaron a Londres, los gauchos argentinos mostraron sus habilidades de expertos jinetes en “las arenas” como llamaban a las pistas. La concurrencia quedó con la boca abierta, por la elegancia, astucia y el aguante de los gallardos jinetes argentinos. Iban pegados al animal. Una salva de ruidosos y continuos aplausos partían del público. Comentaban los observadores que los domadores argentinos no practicaban la “jineteada grosera”, no necesitaban ninguno de ellos hacer una fanfarronada. Solo pretendían demostrar como montaban los gauchos argentinos. Esa era su misión, para eso habían ido. Al día siguiente, cuenta Ismael Palacios: “Pieles rojas y cowboys ensayaban un simulacro en que la indiada asaltaba una diligencia para robar y arrancarle las mechas a los hombres caras pálidas”, como le decían a los cristianos. En eso estaban cuando aparecieron los cowboys, que comenzaron a perseguir a los herejes sin poder alcanzarlos. Nosotros olvidados que era puro teatro entramos a creerlos flojos. El loco de Marciano Gorosito, sin poder sujetarse les gritó: “Lo que es a nosotros no se nos iban a dir”. El desafío cayó como un cachetazo a Buffalo Bill. Enseguida ordenó que se repitiera el entrevero poniendo a los gauchos en lugar de los cowboys. Gorosito, eufórico con el desafío, repitió: “Se nos van a dir si son brujos”. Contaba Ismael Palacios: “En cuanto los matreros quisieron juirse, atropellamos. Gorosito no pudo aguantarse y entre el tierrerío de la disparada le largó las boleadoras al cabecilla, un indio de nariz ganchuda y muchas plumas de colores en la cabeza. El pobre hereje cayó del animal mordiendo tierra de lo feo. Lo malo fue que dos, o tres de los que seguían se encimaron en una rodada como nunca vi igual. Ahí terminó la persecución. ¡Lástima que la bola largada por Gorosito fue a golpear en medio de las costillas del pobre piel roja! Buffalo Bill, era dueño de un caballo indomable que tiró al suelo a todos lo que querían montarlo. Bill, en un principio invitó a Gorosito a subirlo y le contestó afirmativamente. Pero su dueño se arrepintió y dijo que no. Seguramente tenía miedo que le hiciera perder el invicto”.

Los jinetes argentinos con la reina Victoria

Para promocionar el espectáculo de su circo, Bill solía desfilar por Londres con todo el elenco, llevando a un potro conducido por un norteamericano. Llegados al puente Westminster, el animal se espantó, cortó el bozal y disparó. Un policía intentó detenerlo al otro lado del puente. El caballo lo pasó por arriba y lo mató. Zacarías Martínez, uno de los gauchos, se largó a galope tendido, con riesgo de su vida, a las tres cuadras enlazó el animal y lo trajo de nuevo de donde partió.

Al día siguiente del accidente los gauchos fueron noticia en la primera plana del periodismo inglés, The Times de Londres. La Reina Victoria quiso conocerlos y los recibió en los jardines del Castillo de Windsor. Los saludó personalmente a cada uno, en especial a Zacarías Martínez héroe de la jornada. Gorosito, comentaba sus impresiones: “…Y en el Palacio….ese que llaman “Guinso” “Había un cordón de milicos paraos en fila que parecía que los habían plantao palo a pique”. Continúa: “Y la reina….nos dejó con la boca abierta. Había resultado ser gauchaza, como mi madre….como la tuya…como la de todos”, decía Marciano. Pero la fiesta no terminó ahí: “Todo en la presentación andaba bien –contaba Martínez– hasta que Ismael Palacios y a mí se nos ocurrió salir a florearnos enancados (montados de a dos) en un potro colorao, rebelde por demás….!!Viera visto el desparramo que hizo el animal, era duro de boca y no podíamos sofrenarlo, cuando como una luz encaró pa la fila de los soldados que por suerte no eran para nada lerdos, se abrieron sino quedaba el desparramo nomás. El muy chúcaro no paraba ahí y ganándose el jardín atropelló cuanto cerco y planta salió a paso. Cuando conseguimos sujetarlo y volvimos, nos encontramos con la cara enojada de Buffalo Bill y una sonrisa perdonadora de la reina que nos hizo llamar para vernos de cerca. Ahí pude ver bien la cara de buena que tenía la abuelita”.

Encuentro emocionante con Manuelita Rosas

Manuelita Rosas, enterada que sus gauchos andaban por Inglaterra, quiso conocerlos Comenta Ismael Palacios: “Enterada que andábamos por esos pagos pidió conocernos. Al llegar a su casa nos enteramos que la entrada era una senda cubierta de yuyos, con una puerta casi tapada de ligustro, era un de esas edificaciones de estancia vieja que quedaba el “fue”, nomas, a su costado, un rancho con ganas de caerse, perros flacos no de hambres, sino de viejos y un tero que anunciaba la visita. Mientras curioseábamos pal´lao de adentro se veía un corredor con algunas prendas gauchas y gajos de clavel del aire. Hasta que por ahí apareció la Manuelita. Vestía de luto y tenía una cara pálida de pena. Los bucles del pelo plateaban desparramados sobre un jorobita que en la espalda le habían alzao los años. Y ahora en mayo iba a cumplir 75 años. No bien nos vio se quedó mirándonos como si hubiera querido reconocernos. Tenía lágrimas en los ojos y quería, reírse, quería hablarnos y los labios se le llenaban de muecas. Cuando su desconsuelo no pudo más, se nos abrazó fuerte mientras nos decía: ¡¡Mis gauchos!! ¡¡ Mis gauchos!! Nos invitó a pasar -continúa comentando Ismael Palacios– y mientras nos servía un pocillo de café nos confesaba: Estoy sola. Mis hijos rara vez vienen de Londres a visitarme. “En un momento nos preguntó: ¿Alguno de ustedes ha cruzado alguna vez por la estancia “Los Cerrillos”? Todos nos miramos y dijimos que no con la cabeza. Entonces ella con voz lerda, nos contó que en ese pago su padre había sido un hombre de a caballo como los mejores. Los ojos volvieron a llenársele de lágrimas. Al atardecer nos fuimos, Manuelita nos dio una fotografía suya a cada uno diciéndonos: “para que se acuerden de mí”. Impresión de Gorosito sobre Manuelita Rosas: “en la puerta de un ranchito cambiamos saludos con una mujer todavía hermosa, aunque ajada por los años, se llamaba Manuelita Rosas. Se asombró al vernos y dijo: ¡!Mis gauchos!! y lloró largamente. No pudo decir otra cosa”.

Los gauchos argentinos de vuelta a la Patria

Luego de cuatro meses de emociones y recorridas por tierras inglesas, llegó el momento de la partida. Antes del regreso, invitados por el cónsul argentino, visitaron el zoológico de Londres. Allí, Gorosito junto con sus compañeros de viaje, vieron en una jaula una ardillita similar a la que avistaban en las pampas argentinas. Muchos, sintieron la tentación de apoderarse de ella y darle la libertad que merecía. A los pocos días emprendieron el regreso, a sus espaldas quedaban los recuerdos acompañados por la nostalgia. También la alegría de haber sido hombres de mundo, en contacto con otras culturas, otro mundo que ellos no imaginaban ni en sueños. Arribados al puerto de Buenos Aires, luego de sus magistrales hazañas vividas en territorio inglés, como verdaderos embajadores de la genuina argentinidad. Mostrando sus habilidades de jinetes domadores. Nadie se presentó a recibirlos, solo sus familiares. Se sintieron defraudados de este desarie. La impresión que dejaron en Londres fue imborrable. Allá no dejaban de elogiarlos y se seguía comentando el espectáculo brindado por estos habitantes de las pampas argentinas. Años después el periódico Noticias Gráficas de Buenos Aires, entrevistó a algunos de los que viajaron a Londres, Daniel Palacios y Marciano Gorosito. Osvaldo Carlos Cané, uno de sus biógrafos, comenta sobre el final de la existencia del criollo Gorosito, ocurrida en 1945: “Y ahí nomás, al trotecito silencioso sin incertidumbres y sin volver la cabeza, emprendió su último y definitivo viaje, el lo llevaría a la verdadera Tierra Prometida, o a un nueva inmensidad sin alambrados y con caballos, para que pueda cabalgar libremente, siempre. Tengo la convicción que “Tata Dios” lo estaba esperando antes que nada, para oírle hablar de sus andanzas”.

Fuentes
Cané, O. C. – Tras las huellas de Marciano Gorosito, Ed. del autor, (2001)
Efemérides – Patricios de Vuelta de Obligado
Hogg, Ricardo – Yerba Vieja, J. Suárez, Librería Cervantes, (1940)
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