María Antonia de Paz y Figueroa

María Antonia de la Paz y Figueroa (1730-1799)

Nació en el pueblo de Silípica, provincia de Santiago del Estero, en 1730. Era hija del Maestre de Campo Francisco Solano de Paz y Figueroa; sobrina por lo tanto, del general Juan José de Paz, teniente gobernador de dicha provincia. Recibió la educación que se daba en familias acomodadas, y se acentuó en ella, su inclinación a la vida religiosa. A los 15 años hizo sus votos y vistió el hábito de Beata consagrándose a la oración y al apostolado. Luego realizó sus ejercicios en el Convento de los Padres de la Compañía de Jesús de aquella ciudad.

Fue su confesor y guía de los primeros años el P. Ventura Peralta, pero después de la expulsión de los jesuitas, comenzó su prédica en Santiago bajo la dirección del mercedario fray Joaquín Nis, contagiando con su ejemplo a sus primeras compañeras Beatas Rosa Ferreira y Juana Luna. Allí dio sus primeros ejercicios espirituales en lo de Uriarte, en casa de la familia Garmendia, y en la de Bibiana Lagar, catequizando cada vez mayor número de fieles.

Sorprendida ella misma por su éxito, se decidió predicar en las parroquias rurales de Salavina, Soconcho y Silípica. Como el escenario natural le resultaba estrecho, llegó misionando hasta Jujuy en 1773, donde el Obispo de Tucumán, Mons. Moscoso conmovido por su fervor, la autorizó a continuar su prédica por toda la diócesis, ganando nuevas almas a la iglesia. La provisión episcopal concedida le permitía solicitar limosnas, pudiendo fundar casas de recogimiento, realizar ejercicios y propender a “reformar las costumbres” por lo que se la exhortaba a que continuase tan altos fines. En virtud de ella, recorrió Salta, Jujuy, Tucumán, Catamarca, La Rioja, y nuevamente Santiago del Estero, de donde se trasladó a Córdoba, en 1777. En ese largo peregrinar debió enfrentar las incredulidades del ambiente, victimada por el escarnio, la miseria, y toda clase de inclemencias. Su figura ya era familiar, siendo conocida en su pueblo como la Beata Antula.

Continuó bajo la dirección religiosa del P. José Ignacio Villafañe, y se le habían unido en su andar mendicante sus parientas Ramona Ruiz y Manuela Villanueva, la Beata Inés, Casilda Adaucto y su prima Josefa de Paz que le continuará desde Tucumán.

Cada día fue aumentando esa hermandad conmovida por la fe y por el amor, donde no se distinguían las pobres criadas ni las esclavas redimidas, de ese conjunto maravilloso que se contagia con su apostolado.

Modelada en la disciplina de la Compañía de Jesús, y hasta en las vestiduras de sus hábitos, vino a Buenos Aires en setiembre de 1779. La gente viendo a aquella mujer que había entrado a la ciudad con los pies descalzos, con una cruz de madera en las manos, exhortando por las calles a la penitencia e invitando al retiro de los Ejercicios espirituales, la tuvieron por persona extraviada tratándola de loca o bruja. Apedreada al llegar por los chiquillos de la calle, se refiere que debió refugiarse en la iglesia de la Piedad, tanto para librarse de ellos como para encomendarse a la Virgen de Nuestra Señora de los Dolores, de la que era devotísima.

En Buenos Aires le aguardaban penosas pruebas. El virrey Vértiz se opuso a que abriese casa para dar ejercicios. El Obispo diocesano fray Sebastián Malvar y Pinto, queriendo probar su espíritu durante nueve meses trató de disuadirla. Sin embargo, ella resistió todas estas pruebas con valerosa intrepidez. Obteniendo el consiguiente permiso, en agosto de 1780, recién comenzó a dar los primeros ejercicios espirituales ante veinte personas, pero ese número creció de tal manera que pronto se calculaba en miles las almas que las recibieron, siendo insuficientes las casas donde las brindaba.

Su prestigio creció rápidamente llegando a convertirse en el oráculo de la ciudad, que todos consultaban, anhelando las mismas autoridades, servirla en lo que fuese menester para sus ejercitantes.

A pesar de su avanzada edad y de las fatigas de su vida, emprendió un nuevo viaje con la venia del Obispo y del Virrey, en 1784, llegando primero a Colonia del Sacramento, y luego a Montevideo, promoviendo en esos lugares la práctica de los Ejercicios.

El ardoroso apostolado que la inflamaban adquirió una trascendencia internacional que motivó justicieramente la mayor admiración. Las cartas sobre sus obras y su propia correspondencia llegaron a Europa donde fueron traducidas y reproducidas al inglés, al italiano y al alemán. Desde Francia se sabe que se habían formado varios conventos sólo con leer sus expresiones. Recibió del Vicario General de la Compañía en Rusia la Carta de Hermandad, y el Pontífice le otorgó indulgencias especiales.

En 1791, se publicó en francés un opúsculo titulado El Estandarte de la Mujer Fuerte, de autor anónimo, aunque se cree que fue escrito por Ambrosio Funes, donde se narran los principales actos de su vida para la veneración universal..

En 1793, planeó la construcción de su propia Casa de Ejercicios en Buenos Aires, obra que vio terminada su parte principal cuatro años más tarde, no sin antes haber llegado al Paraguay.

Dejó firmemente establecida la Orden de su beaterio designando en el Rectorado a su sucesora, Margarita Melgarejo, antes de morir. Tenía previsto trasladarse a Europa en alas de su apostolado, pero previendo su próximo fin dictó su testamento con las disposiciones pertinentes para la conservación de su obra.

Atacada por mortal enfermedad, murió santamente, el 7 de marzo de 1799, a los 69 años de edad, en brazos de su amiga Melgarejo. Sus restos fueron inhumados en la iglesia de la Piedad, por haber sido la primera a la que entró al término de su larga peregrinación a pie a esta ciudad desde Santiago del Estero. Cuatro meses después, el R. P. Fray Julián Perdriel, prior del Convento de Predicadores de Buenos Aires, que había sido su confesor, predicó una Oración fúnebre, el 12 de julio del mismo año, en las solemnes exequias que se celebraron en la iglesia de Santo Domingo, siendo una pieza de mérito histórico y literario.

Los retratos que de ella se conservan, son uno hecho por José Salas (a) el Madrileño, y otro posterior de García del Molino, firmado en 1861. Se la muestra hermosa y de distinguida presencia, a pesar de su hábito modesto y humilde. Además resplandece en su fisonomía, sobre todo, la inteligencia y la santidad.

Al demolerse la antigua iglesia de la Piedad, sus restos fueron encontrados, el 25 de mayo de 1867, en la nave derecha del actual templo. Ahora descansan al pie de un artístico mausoleo coronado con su estatua de mármol, costeado por Mons. Marcos Ezcurra.

El 30 de septiembre de 1905, los obispos argentinos se dirigen a Su Santidad solicitando la introducción de la Causa de Beatificación de María Antonia de Paz y Figueroa. Es el primero de nuestra historia. Al año siguiente queda terminado el proceso canónico y fue elevado a Roma, firmado por el Papa Benedicto XV el 8 de Agosto 1917, el Decreto de Introducción de la Causa.

Benedicto XVI autorizo el 2 de Julio 2010 a la Congregación para la Causa de los Santos a promulgar el Decreto por el que se la reconoce a María Antonia que practico las virtudes cristianas en grado heroico y la proclamo “Venerable”.

Fue proclamada Beata en Santiago del Estero por el cardenal Angelo Amato, enviado especial del pontífice argentino Papa Francisco el 27 de agosto de 2016.

La Casa de Ejercicios que ella fundara aún se levanta en la calle Independencia Nº 1190-94, y ha sido declarada monumento nacional.

Fuente
Cutolo, Vicente Osvaldo – Nuevo Diccionario Biográfico Argentino – Buenos Aires (1978).
Efemérides – Patricios de Vuelta de Obligado
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