José María Blanc

Gabriel O. Turone y José María Blanc

Había surgido en 1973 el mítico grupo llamado Pablo El Enterrador (PEE), que tomó tal nombre porque un viejo sepulturero del cementerio de disidentes de Rosario llamado Pablo les dejaba tocar temas de música clásica y medieval entre lápidas y pasillos ensombrecidos, y, seguramente en su honor, es que eternizaron al hombre imponiendo su nombre en la formación.

Inspirados en Jethro Tull, más que nada por el sonido folk que inspiran, PEE, no obstante, también añade a sus temas características fugaces de Génesis (de su etapa con Peter Gabriel) y de Emerson, Lake & Palmer.

La crítica mundial del rock progresivo o sinfónico ubica a PEE como el grupo más importante del género en todo el hemisferio sur. Y entiéndase bien: del hemisferio sur, esto es de la línea del Ecuador para abajo, incluyendo a países como Australia, Nueva Zelandia, Brasil (uno de cuyos empresarios tiene, desde hace años, una de las empresas de difusión de rock progresivo más importantes del mundo), Chile, Sudáfrica, etc., etc. En el extremo oriente, más precisamente en Japón, PEE es venerado como Buda.

Aparte, el conjunto también está visto como los mejores de su tipo en Hispanoamérica, únicamente superado por los grupos de Inglaterra (creadores del rock sinfónico) y por los de Italia (que aplican los insuperables conocimientos líricos de los maestros de los siglos XVIII y XIX, como Premiata Forneria Marconi o Le Orme).

Pese a tan prestigiosa reputación, PEE pelea desde 1973 contra la decrepitud de la música comercial, tocando en lugares más bien pequeños o de poca o nula promoción. Buenos Aires, capital de la Argentina, desconoce prácticamente a estos genios que están por sacar, para comienzos de 2017, su tercer trabajo (“Trifónico”), luego de veinte años de ausencias –en 1997 sacaron “2” o “Sentido de Lucha”, y en 1979 su debutante y formidable “Pablo El Enterrador”-.

José María Blanc, voz, guitarrista, teclado y alma mater de PEE, se encarga de ponerle a sus composiciones letras de esmerada calidad, de donde surge una prolija defensa de América ante quienes impiden su florecimiento, temática que nunca desbordó en fanatismos desmedidos ni en incoherencias ideológicas, y que abarcan desde las violencias políticas, el delirio por la cotización del dólar, la sangría vertida sobre sus riquísimos trigales o la venalidad especulativa del garante o del accionista bursátil.

PEE, a través del genio creador de Blanc, mantuvo parejo el mensaje a transmitir: voz melodiosa, dulcificada y sin forzamientos estériles que contribuyen a mantener, gracias a un estupendo arsenal instrumental, una legítima defensa del Nuevo Mundo, tan abundante, tan paradisíaco pero, al mismo tiempo, tan agarrado por un puñado de inflexibles hombres que lo expolian en un persistente y abrumador aquelarre. En no pocas ocasiones, creo que PEE genera musicalmente lo que don Leopoldo Marechal ha querido expresar en su poema Descubrimiento de la Patria, esto es, una tierra de promisión que aún no ha desarrollado su plenitud, y que, justamente, por desconocerla nosotros mismos viene el extranjero con su fuerza arrolladora para llevárselo todo en provecho propio. Y de fondo, la mortuoria melodía de una tribuna de idiotas que aplaude hasta enrojecer sus manos y largar sardónicas risotadas.

Ante la visibilidad excesiva de nuestra era, convertida en orgiástico Gran Hermano, PEE prefiere, en cambio, recostarse sobre lugares penumbrosos, en cuevas donde unas pocas decenas de personas se permitan saborear la calidad de la excelencia, donde todavía perdure el ‘boca en boca’ para alertar los movimientos silenciosos y cultos de estos músicos incomprendidos. No es música masiva, y PEE lo sabe muy bien, por eso nunca abrazó la fama, por eso prefiere la calidad en vez de la cantidad.

El Centro de Arte “Maceo”, ubicado en uno de los extremos geográficos de Buenos Aires, se dio el lujo de traer a PEE. La segunda vez que pisan suelo capitalino desde aquel 2001 en que tocaron en un bar de Hurlingham. Y quien esto suscribe, junto a mis padres, hemos sido testigos del hito, de la segunda venida. Tocaron durante 50 minutos, en los que desarrollaron 7 temas, dos de ellos pertenecientes a su primer trabajo (“Quien gira y quien sueña” y “El carrusel de la vieja idiotez”), que ejecutaron con la maestría de siempre. Los demás temas pertenecen al futuro tercer trabajo que publicarán el año que viene. Cuando se dispusieron a tocar, aparecieron en aquel centro artístico como La Herencia de Pablo, que no es sino el título del último tema del disco debut de 1979. Así se llaman en la actualidad.

En el epílogo de estas líneas, bien puedo decir, ya en la tranquilidad del hogar, algo que esperé durante tanto tiempo: Yo vi tocar a “Pablo El Enterrador”, la leyenda. Ahora sí morir puede ser algo encantador.

Por Gabriel O. Turone

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