Caciques derrotan al ejército

La vuelta del malón, pintura del artista Angel Della Valle (1852-1910)

Después de Caseros las indiadas volvieron a las andadas atacando con saña a las poblaciones de la campaña. Al tratar de contener y castigar las acciones depredatorias realizadas con una amplitud hasta ahora desconocida, las fuerzas porteñas sufrieron sangrientas derrotas por su falta de conocimiento del terreno y por la inexperiencia de los jefes que la condujeron.

En 1855 Calfucurá atacó la población del Azul al frente de 5.000 jinetes, asesinando a 300 personas, saqueando los comercios y llevándose una gran cantidad de haciendas y cautivos (1).

El clamor originado por la ferocidad y despiadados instintos con que procedió este cacique, motivó que el ministro de guerra, coronel Bartolomé Mitre, saliera a campaña para asegurar el orden en las fronteras. En su plan de operaciones Mitre resolvió atacar a las tolderías de Catriel y Cachul, para lo cual el coronel Laureano Díaz trataría de sorprender a Cachul para luego con todas las fuerzas reunidas caer sobre Catriel. Pero la acción fracasó pues ambos caciques se reunieron en el arroyo del Sauce y aprestaron unos 1.000 lanceros. Inicialmente se pudieron arrollar a las primeras tolderías, arrebatarles caballadas y hacer unos cuantos prisioneros. Pero las fuerzas se dispersaron en un afán de perseguir en todas direcciones y de registrar los toldos. Este desorden permitió a los indios organizar un contraataque consiguiendo rodear a las fuerzas porteñas y dispersarles sus caballadas y el ganado de consumo. El coronel Mitre se vio obligado a pasar a la defensiva para esperar la noche y retirarse del campo de la acción bajo la presión de las indiadas de Calfucurá. La marcha de regreso hacia el Azul debió hacerse con toda la columna a pie, inclusive su jefe. El saldo del combate deparó las siguientes novedades: 16 muertos, 234 heridos, la pérdida de la caballada y casi todo el equipo. El coronel Mitre atribuyó el fracaso de la expedición a la falta de buenos caballos y al desconocimiento del terreno frente a un enemigo que lo conocía perfectamente y estaba muy bien montado.

Batalla de San Antonio de Iraola

En esa misma época, el 13 de setiembre, ocurrió la trágica muerte, a manos de los indios, del comandante Nicolás Otamendi quien se hallaba haciendo tareas de observación al frente de un cuerpo de 128 plazas de Carabineros de Guardias Nacionales. Este sale desde Azul, siempre bajo la atenta vigilancia de descubiertas indias que no le perdían pisada, y que a medida que se aleja de esa base de operaciones comienzan a acosarlo con mayor insistencia. Así, al atardecer del día 12 de setiembre llegan a la Estancia “San Antonio”, de José G. Iraola, donde ante la cada vez más comprometida situación, ordena parapetar hombres y animales en el gran corral de palo a pique, distante algunas cuadras de la población principal, decidido a resistir y dar combate, esperando recibir refuerzos.

En la madrugada del día 13 de setiembre la gente de Yanquetruz ataca de firme, mandando los caballos por delante desplazando a los lanceros como infantes, pudiendo así llegar a la empalizada sufriendo menos bajas, y comenzar el combate cuerpo a cuerpo; a todo esto, los montados de los soldados, totalmente enloquecidos por la gritería infernal, el estruendo de las armas y el revuelo del combate, atropellaban sin control al no poder escapar del corral. Como resultado del combate, 126 hombres murieron, salvándose un “trompa” que es llevado cautivo, y un soldado apellidado Roldán, que gravemente herido, fue dado por muerto, quien recuperado narró lo sucedido.

Entre los muertos, además del coronel Otamendi, estaban el Capitán Cayetano de la Canal y su hijo, el Tnte. 1°, Pedro. Ambos descansan en una pequeña y siempre pulcra bóveda del Cementerio de Magdalena, donde una placa de mármol, según el lenguaje y abreviaturas de la época, reza: “Aquí descansan los restos del Capitán de Gs. Ns. Dn. Cayetano de la Canal é hijo Dn. Pedro de la Canal Teniente 1° del mismo escuadrón murieron peleando valientemente con los Salbajes de la Pampa en San Antonio ala Cabesa de su Escuadrón el día 12 de octubre de 1855 este benemérito y buen amigo murió a los 48 años siete meses y su hijo a los 24 dos meses. Su esposa é hijos y demás deudos le dedican este recuerdo para que inmortalise su memoria y valiente comportación”.

Batalla de San Jacinto

El general Hornos fue designado entonces para hacer el escarmiento no realizado por Mitre, con ese objeto salió desde el Azul al frente del Ejército de Operaciones del Sur, que constaba de 3.000 hombres y 12 cañones. Los indios fueron avistados en las sierras de Tapalqué pero Calfucurá logró atraer al ejército porteño hacia una llanura que resultó ser un tembladeral, en el que inmovilizó por completo a la caballería. Así se inició el combate de San Jacinto, el 29 de octubre de 1855. Los salvajes bien familiarizados con esa clase de suelo pronto dieron cuenta del enemigo que sufrió una penosa derrota. Hornos tuvo que abandonar la lucha dejando 18 jefes y oficiales y 250 hombres de tropa muertos y 280 heridos. Numerosos caballos, armas, municiones y otros pertrechos quedaron en poder de Calfucurá.

La derrota del general Hornos conmovió profundamente a la opinión pública y hubieron interpelaciones en la Legislatura, por lo que el ministro de la guerra, el coronel Mitre, ofreció su renuncia al cargo.

Con sus triunfos sobre Mitre y Hornos, Calfucurá confirmó su prestigio ante la indiada, para la que resultó un conductor invencible y reconocido como la suprema autoridad de las pampas.

El gobernador hacía cargos al ministro de la guerra diciéndole: “… a costa de trabajo y gastos se logra al fin reunir en tres meses, mil caballos en el sur para el ejército que tanto los necesita y salimos con que en su marcha a Bahía Blanca se perdieron como 600….”.

El gobernador Pastor Obligado resolvió hacer las paces con Catriel y Cachul firmando un convenio por el que se obligaba a pasarles grandes cantidades de yerba, azúcar, tabaco, harina, aguardiente, vino de Burdeos, ginebra y 200 yeguas trimestralmente. Y como si ello no fuera bastante se le concedió a Catriel el grado de general y cacique superior de las tribus del sur y con el derecho a usar el uniforme militar de su jerarquía.

Esta debilidad del gobierno al pactar en forma humillante mediante tratados de paz que eran una vergüenza nacional, al otorgar grados militares y honores a los más sanguinarios caciques, se atribuyó a la crítica situación política por que atravesaba el Estado de Buenos Aires frente a la Confederación, aunque ello no puede ser justificado en forma alguna.

Como Calfucurá no quiso entrar en tratos y siguió en actitud hostil desde sus aduares en las Salinas Grandes, se procedió a organizar un nuevo ejército, que al mando del coronel Nicolás Granada, operaría sobre dichas tolderías. Iniciadas las operaciones se produjeron algunos choques indecisos en Sol de Mayo, en Cristiano Muerto y en la zona del arroyo Pigüé. La vanguardia llegó a las Salinas Grandes para encontrar tan sólo los rastros de la indiada que se retiraba al centro de la pampa.

De regreso a sus guarniciones las tropas fueron hostilizadas en toda forma por el enemigo, que llegó hasta incendiar los campos inmediatos a las columnas en marcha.

Mientras en el sur de Buenos Aires los indios luchaban contra el ejército porteño, en la frontera oeste los indómitos ranqueles invadían a Rojas y Pergamino para retirarse con los cargueros colmados del producto de sus robos.

El coronel Emilio Mitre, comandante de la frontera, salió en su persecución alcanzándolos en Melincué, donde los batió recuperando los cautivos y parte del botín.

Alentado por ello el gobernador Pastor Obligado ordenó al coronel Emilio Mitre que efectuara una batida contra los ranqueles en sus tolderías de Leuvucó. El coronel Emilio Mitre partió en enero de 1858 al frente de 2.000 hombres. Al llegar a Witalobo los baquianos erraron la senda, con lo que la columna se desorientó en medio del desierto. La sequía causó graves trastornos a la expedición y el coronel Mitre resolvió regresar sin haber cumplido con su misión luego de encontrarse a unas veinte leguas al noroeste de Leuvucú. Los indios no dieron señales de vida durante el mes que duró la operación. En la marcha de regreso se abandonaron los cañones y las tropas se condujeron como en derrota a pesar de no ser hostilizadas por el enemigo.

Se habían cometido errores apreciables, pues se iniciaron las operaciones en pleno verano y a través de zonas carentes de agua y de pastizales. El cuidado de las fronteras requería considerable esfuerzos del personal y las tropas carecían de armas adecuadas, estaban muy mal vestidas y peor alimentadas. El pago de los haberes nunca estaba al día sin que se tomaran medidas para remediarlo y hasta se retrasaba el licenciamiento de los voluntarios cumplidos. Don José Hernández, el autor de Martín Fierro, ha relatado en sus difundidas poesías la ruda vida que llevaban nuestros bravos soldados, hecho que mueve a una justificada indignación y también a preguntarse si los jefes –en el orden jerárquico- ignoraban tales anomalías que conspiraban contra el espíritu de las tropas a las que sólo se les exigían cruentos sacrificios. ¿No sabía el Dr. Obligado, su ministro de guerra y los comandantes de las fronteras que los soldados carecían de lo más necesario para vivir y para combatir? Las injusticias y las calamidades comentadas por Hernández han sido ratificadas por numerosos escritores de la época sin que jamás hayan sido rebatidas por sus responsables.

Esta crítica situación hizo que las líneas de fronteras retrogradaran considerablemente perdiéndose unos 64.000 kilómetros de tierras útiles para la civilización. (2)

Referencias

(1) Estamos haciendo una síntesis expresado en la obra “La Conquista del Desierto” del mayor D. Juan Carlos Walther, editada por la Biblioteca de Oficial el año 1948.
(2) En una carta dirigida a su esposa, fechada en Rosario el 7 de octubre de 1857, el general Lagos después de hacer algunos comentarios sobre la última invasión a Pergamino, decía: “…Que lamentable desgracia la de tantas infelices cautivas que aquellos bárbaros se llevan. Ya sabrás todo lo que llevaron de la estancia, para qué repetírtelo, pronto y muy pronto volverán a arrear cuanto quieran llevarse y sin remedio, porque las fuerzas que allí hay no hacen sino lucirse en simulacros y oprimir a sus semejantes y para los indios sólo son unos cobardes. Pobre campaña de Buenos Aires en poder de Emiliomé (sic) Mitre. Tuyo… etc.”.

Fuente
Efemérides – Patricios de Vuelta de Obligado
Lagos, Tte. Gral. Julio Alberto – General Don Hilario Lagos – Círculo Militar, Buenos Aires (1972).
Portal www.revisionistas.com.ar
Risso, Carlos Raúl – Combate de San Antonio de Iraola

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