Candelario: un mito de Buenos Aires

¿Pierde Buenos Aires sus tipos y personajes callejeros?  No pocos era increíbles “locos lindos”; otros desopilantes saludadores, vividores, excéntricos, pintorescos y curiosos seres que daban a la urbe un tono de feria universal de lo divertido y curioso. 

Fueron célebres Candelario y Tartabul.  Sobre el primero, con motivo de la muerte, la revista Caras y Caretas, en el número del 27 de abril de 1901, bajo el epígrafe de “Tipos populares que desaparecen” y el escueto título de “Candelario”, incluye un interesante artículo firmado por “Figarillo”.

Figarillo, según información recogida de don Julio Castellanos, es uno de los seudónimos que empleó en Caras y Caretas, José S. Alvarez, el gran escritor del mundo porteño, conocido por Fray Mocho.

Julio Castellanos nos aclaró otros seudónimos, todos colaboradores de Caras y Caretas.  Según su información, que recogimos en 1957, el propio Castellanos firmaba Goyo Cuello, Kodak y Eduardo Martur; Rafael Barreda, se ocultaba bajo el seudónimo de Cabrión; Leoncio Lasso de la Vega firmaba, cuando lo hacía con seudónimo, Mr. Omega, y Luis Pardo usó el conocido seudónimo de Luis García y el de García del Castañar.

El aludido artículo sobre Candelario se acompaña con una caricatura del personaje “hecha en París, sobre un apunte enviado de Buenos Aires para la impresión de un gran afiche, destinado a una casa de comercio”, según se expresa en el propio artículo, y una fotografía de la cabeza yacente del personaje, barbada y llena de serena nobleza, con la mención de “Candelario en su lecho de muerte”.

El interesante artículo de Figarillo –o sea, Fray Mocho, o José S. Alvarez- dice textualmente: “Nadie le conocía de otra manera que como “Candelario” a secas y, sin embargo, tenía nombre y otro apellido más, el pobre vividor que recorría nuestros restaurantes y nuestras calles más populosas, ya ganándose la vida con dicharachos y conversaciones emprendida sin previa presentación o concluidas de sopetón como un apabullazo.  Hizo su aparición en los tiempos de “El Tribuno” de Héctor Varela, que se complacía en reunir a su alrededor una corte de personajes del jaez de Candelario, que siempre lo recordaba y decía: Don Héctor fue el que me lanzó en la poesía y me dio la popularidad”.

Vendedor de periódicos y de billetes de lotería, si encontraba quien le fiara algunos números cuyo importe entraba seguramente en la socorrida cuenta de Ganancias y Pérdidas, repartidor de hojas sueltas, hombre-aviso, comentador callejero, de todo era Candelario y nadie tenía su habilidad, para hacer el reclamo de un artículo.  Como “tenedor” era una verdadera especialidad, y aún se recuerdan sus estupendos consumos en el Café Colón, donde ricos caprichosos como el viejo Zubiaurre, solían pagarle un almuerzo o una comida para probar la resistencia de su estómago.  Terminadas sus tareas en el Centro, Candelario se hacía humo y pocos sabíamos que se retiraba a una casita, allá por Balvanera, donde le esperaban su mujer y sus hijos.  Deja nada menos que doce, de los cuales dos apenas de días, pues son mellizos.  Quedan en la miseria.  Aquel hogar no contaba con más recursos que los que diariamente aportaba Candelario, que era afectuosísimo esposo y padre, que no bebía ni tenía vicios y que se buscaba la vida como podía.

Mucha gente ignorará este lado simpático de tan extraña personalidad, que ganaba su pan y el de los suyos provocando la mofa pública.  No era tan loco como muchos lo suponían.

-Hola, Candelario –le decía yo un día del año 1890-, ¿Cómo le va…?  ¿Qué hace?

 -¡Me va mal y no hago nada!  Este país se está poniendo tremendo… Antes un loco vivía con dos pavadas, pero ahora con cuarenta ¡ni siquiera pita!  ¡Las gentes se ríen, pero no largan mosca!

En 1880, durante el sitio de la ciudad, Candelario andaba por  los cantones de las afueras visitando a “la muchachada de los diarios”, como llamaba él a los reporteros y colaboradores de menor cuantía con quienes mantenía relaciones amistosas, y buenos servicios prestó a sus amigos sirviendo de correo entre ellos y sus familias.

-¿Y qué tal, Candelario….?  ¿Cuándo lo vemos rico?

-¿Rico…?  ¿Ve…. ?  así me decía don Héctor siempre: “Vos vas a ser como el viejo Leguina, che.  Vas a acabar en millonario y el día menos pensado me saldrás prestando plata…”.

¡Pobre don Héctor…!  Mirá, yo, prestando plata.  ¡Como si no lo conociera!.  Don Héctor siempre fue cándido…..  Desde que se murió Carabassa, ¿sabe?, ando que no puedo ni reírme de pobre-  El banquero me solía pagar un peso por el diario, cuando me lo compraba.  Hombre bueno, Carabassa…  ¿No es verdad?  Otro que también era bueno era el finado Zubiaurre…  ¿lo conoció?  Un día estaba yo en la puerta del Café Moulis, y me dijo que si quería comer, el pagaba, y llamando al dueño de casa le dijo: “Dele de almorzar a éste lo que guste, yo pago….”  ¡Fíjese qué bolada!  Me comí un dorado en ensalada, una pierna de carnero, ocho platos de tallarines, dos de ravioles, quince panes, dos litros de vino, cinco naranjas y unas doce bananas.  En mi vida, amigo, he almorzado mejor, y nunca lo olvidaré al señor Zubiaurre, a pesar de que después, cuando le cobraron la cuenta, se enojó, y cuando pasaba por su lado se hacía el que no me conocía…

-¿Pero has escrito versos alguna vez o te los escribían?

-¡Qué había de escribir, amigo!  Velásquez y Lino Latorre y Dámaso Centeno, firmaban con mi nombre las macanas de ellos, y así les decía don Héctor: “Ustedes están abusando de Candelario y me lo van a gastar”  “¿Por qué no le dan algunos pesos, siquiera para ayudarlo?”  “Pero se hacían los sordos….  Lino se murió  ¿sabía?, y Velásquez está de almacenero…”

En el afiche hecho en París, según informa la nota de Figarillo (José S. Alvarez), Candelario, cerrado el puño de la mano derecha, alza el índice sentencioso, mientras sostiene en su izquierda un fajo de publicaciones y su bastón.  Una galera tipo “pavita”.  Muestra pobladas patillas o chuletas, al modo de un lord inglés del pasado, y amplios bigotes.  El abierto levitón acusa una inevitable barriga.  Calza importantes zapatones y el cuello obeso remata, por debajo, en una corbata de lazo, de flojo y grueso nudo, bifurcaba en puntas.  Todo él da la sensación de cómica gravedad, robusta y bien alimentada.

¡Pobre Candelario!  Figarillo muestra, en la nota que reproducimos, el contraluz de aquella vida de vividor ingenuo, librado a sus dicharachos y a sus mil quehaceres callejeros para alimentar mujer y una prole numerosísima.  Risa y dolor de esos personajes callejeros que Buenos Aires ha perdido ya casi completamente, y que tejieron su fábula, pegada siempre a la pequeña historia de nuestra gran ciudad…

 

Fuente

Benarós, León  – Candelario: un mito perdido del viejo Buenos Aires

Revista Caras y Caretas – Buenos Aires, 27 de abril de 1901

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