La crisis de la nacionalidad

Playa del Hotel de Inmigrantes, Buenos Aires, fines del siglo XIX

Las grandes oleadas inmigratorias de fines del siglo XIX, muchas de ellas revistiendo un carácter golondrina, crean nuevos puntos de partida a los problemas nacionales.  Gran parte del Litoral pierde su carácter criollo: los extranjeros sustituyen la mayoría de la población en la ciudad de Buenos Aires, con el 50% de sus habitantes; el 28% en Santa Fe y en la ciudad de Rosario, hasta ayer una aldea, alcanzan al 45% de su población.  Estos hechos estadísticos significan que la mayor parte de los hombres de los centros urbanos argentinos carecerán de toda vinculación con las luchas que permitieron construir el país, que impidieron a millones de argentinos poseer tierras, adoptar una profesión liberal, ser propietarios de chacras y enriquecerse.  Por sobre todas las cosas determinará que el sector numéricamente más importante de nuestras ciudades se desinterese de la “política criolla” y del destino nacional.  En esos años comienza a extenderse por nuestras pampas litorales el desprecio por el “negro”, esto es, por el dueño del país.  Los inmigrantes se agrupan en colonias, segregándose de la vida argentina.  Conservan su idioma o dialecto de origen y lo transmiten a sus hijos argentinos; su preocupación cardinal es hacer dinero.

Durante el gobierno de Juárez Celman los extranjeros comenzaban a ser la mayoría de la población económicamente activa.  Se pudo observar entonces que la vieja y candorosa propaganda de Sarmiento, de que los europeos vendrían a elevar nuestra cultura y civilizar nuestra pampa bárbara, no pasaba de ser una ficción conveniente a las empresas de colonización y a los autores de nuestra servidumbre colonial.  Se vio, por el contrario, que mientras en nuestro país sólo los dos quintos de los argentinos eran analfabetos, la población inmigrante llegaba a tener dos tercios de hombres y mujeres sin saber leer y escribir. (1)

“En la ciudad capital que siempre ejerció una hegemonía política, económica y cultural sobre el país, y en las provincias también de mayor significado en todos esos órdenes, y por el espacio de unos sesenta años, la población adulta era predominantemente extranjera o por lo menos igualaba a la argentina nativa.  Si, por lo demás tenemos en cuenta que la población masculina adulta, lo que en realidad corresponde para medir la posible influencia extranjera en la actividad social en una época en que la mujer no se hallaba incorporada plenamente a todos los aspectos de la vida de la comunidad, estas proporciones se hacen todavía más elevadas: alrededor del 80% de extranjeros en la ciudad Capital y entre el 50 y 60% (según las épocas) en la región que señalamos más arriba.

“A todo esto cabe agregar otro elemento, sobre el que no disponemos de datos para aquella época: la creciente proporción de habitantes nativos, pero hijos de familias extranjeras.  No cabe ninguna duda de que por espacio de más de medio siglo, por lo menos en sus centros de mayor peso, la Argentina fue literalmente un país de inmigrados, de primera o de segunda generación”.

Del mismo modo que Europa no venía para industrializarnos, sino para llevarse el trigo y las vacas e impedir nuestra industrialización, importaba asimismo la mano de obra compuesta de la barbarie europea, iletrada, sin oficio y generalmente dispuesta a hacer un viaje en redondo, después de levantar dos o tres cosechas fructuosas.  Los agricultores que se radicaban definitivamente entre nosotros, generalmente de origen italiano, se constituían en “colonias” denominación que los ministros del gabinete romano estimaban como un signo de la expansión imperial de la península.

Aparecían en la Buenos Aires de ese tiempo numerosas publicaciones extranjeras que defendían esta tesis.  El diario de Mitre, “La Nación” apoyaba como siempre estas tentativas disolventes del núcleo argentino tradicional.  Alrededor de este tema se entabló una polémica en la que entró Sarmiento con toda su energía, último resplandor de su talento.

“¿Que influencia moral, industrial o política ejercerán estas razas –escribía el antiguo defensor de la inmigración indiscriminada-  si todas ellas eran y son inferiores al tipo original americano?  Pero los europeos que vienen a esta América nuestra, incluso españoles, portugueses o italianos, vienen creyendo que basta ser europeos para creerse que en materia de gobierno y de cultura nos traen algo muy notable, y van a influir en nuestra mejoría.  Estamos en el medioevo ancora”. (2)

Sarmiento, tanto como Alberdi, habían predicado una inmigración colonizadora de procedencia anglosajona o nórdica.  ¡Pero no vinieron los vikingos, sino los piamonteses!  Las “razas de primera categoría” enviaron un núcleo de gerentes a vivir en Olivos.  Para mano de obra remitieron meridionales.  Si este fracaso no atenuó la anglofilia de Sarmiento, estimuló por cierto sus reaccionarios antiitalianismo y antiespañolismo.

Cuando el gran escritor Edmundo De Amicis visita la Argentina en 1884, encuentra en ella una sorpresa que halaga su orgullo nacional.  Visita algunas colonias agrícolas santafesinas: se lo recibe con grandes banderas italianas.  Todos hablan piamontés, hasta los alemanes, los ingleses y los franceses, que residiendo en Santa Fe negocian con la colonia piamontesa, deben aprender el dialecto.  El único idioma que se ignora es el castellano.

“Mil recuerdos inundan mi alma –refiere De Amicis- sumergiéndola en una corriente de amor y poesía.  Me encontraba en mi patria, vivía en una ciudad de Piamonte y estaba a 2.000 leguas de Italia.  Algunos colonos que habían desembarcado en la República Argentina hambrientos e ignorantes, se habían transformado en hombres civilizados, con cierto baño de política y gusto literario, y llegado a ser lo que se llama hombres de peso.  En todos, por otra parte, aún en los colonos más toscos, encontré la viva conciencia de la patria: un nuevo sentido de orgullo italiano”. (3)

Cosa sorprendente, De Amicis observa que los inmigrantes han salido de la patria desnudos y bárbaros, encontrando aquí instrucción y un nivel superior de vida, conservaban “una tendencia a olvidar defectos y miserias de que se dolían en Italia, para censurar las mismas cosas del país donde se encontraban, citando como modelo su tierra natal.  Pero sus mujeres tenían sin embargo cierto sentido de las proporciones… trigo, plata; plata, trigo –decía una- y no se hablaba de otra cosa: ¡Que Dios me perdone!  ¡Cómo acabarán estos países!  ¡Da horror pensarlo! (4).

Dos décadas más tarde, el propio De Amicis, penetrado de la idea muy corriente en Italia de la italianización definitiva de la Argentina, pronunciaba un brindis en Turín, ante el cónsul argentino: “Brindo por la bandera azul y blanca que desde los bosques tropicales hasta los volcanes de Tierra del Fuego representa la fuerza victoriosa del espíritu del hombre italiano”. (5)

La restauración nacionalista

En su obra “La restauración Nacionalista”, Ricardo Rojas, antes de ser amansado por la familia Mitre, planteaba con gran claridad estos mismos problemas.  Citaba al respecto palabras del profesor Nitti, economista Napolitano: “Si sabemos osar, la lengua y el nombre de Italia, dentro de algunos años, se difundirán en un continente inmenso donde el porvenir nos pertenece y encontraremos allí esa riqueza y ese poder que vanamente habíamos buscado en otra parte”. (6)

A su vez, el profesor René Gonnard testimoniaba cuán difundida era esta opinión en los círculos europeos cultos de fin del siglo XIX.  Decía Gonnard: “En tanto que colonia sin bandera, Argentina es para Italia la mejor colonia que pudiera ambicionar…  Italia puede legítimamente, si esta inmigración continúa, entrever el día en que sobre las tierras casi desérticas de la Argentina, una nacionalidad se constituirá en la cual el elemento italiano podrá dar su dominante tipo étnico”.

Y agregaba:  Los italianos de la Argentina pueden aspirar a devenir el elemento preponderante en la Argentina, al menos en ciertas provincias, y a obtener para la lengua del Dante, en la América del Sur, un lugar oficial al lado de la lengua de Cervantes”. (7)

En efecto, en la provincia de Santa Fe había en 1887, 3.293 extranjeros propietarios y sólo 723 argentinos.  El gobierno italiano apoyaba las tentativas de colonias en nuestro país para sostener sus propias escuelas, donde la enseñanza del castellano era desconocida, del mismo modo que la historia nacional y su geografía.

En nombre de una comisión de reformas educativas, Victor M. Molina decía en un memorial a Eduardo Wilde, ministro de Instrucción Pública de Julio A. Roca:

“Como V. E. se impondrá por las actas, todos los miembros de la Comisión se pronunciaron unánimemente por la introducción de la historia patria en el plan de maestros primarios.  Es evidente la conveniencia de que la enseñanza revista un carácter nacional, nuestro país posee dentro de sí un gran número de extranjeros que tratan de perpetuar sus tradiciones y hasta su credo político entre sus hijos, con peligro para nuestras instituciones y para el elemento nativo, que perdería poco a poco su espíritu de nacionalidad y vivirá en un medio cosmopolita olvidando lo que corresponde a su suelo y a su agrupación política.  La Nación tiene el derecho y el deber de conservarse por el amor de sus hijos y de preservar sus instituciones de las degeneraciones que las corrientes inmigratorias podrían imponerle”. (8)

No se trataba solamente de las escuelas italianas; en 1909, 20 años después de la época de Juárez Celman, Ricardo Rojas se refería en su libro citado a las escuelas sostenidas por las congregaciones religiosas internacionales; a las escuelas dependientes de colonias extranjeras, con maestros extranjeros, subvencionadas por parlamentos y por monarcas de Europa; a las escuelas particulares con fines de lucro frecuentemente a cargo de irresponsables; a las escuelas judías algunas dependientes de la Jewish Colonization Asociation, cuyos programas estaban completamente al margen de la vida, la historia, las costumbres y la geografía argentinas.

De esta manera, según Rojas, la “escuela privada ha sido en nuestro país uno de los factores activos de disolución nacional”.

El mismo autor opinaba que: “En realidad no hacían en sus escuelas los judíos con lengua y su religión antiargentina, sino lo que hacen en las suyas, con su idioma y su imperialismo antiargentino, también los italianos, los ingleses, los alemanes…” (9)

Diez años más tarde José Ingenieros respondía a una encuesta de la revista judía “Vida nuestra” en los siguientes términos: “Tengo la creencia de que los descendientes de judíos serán cada vez más argentinos que sus padres.  Eso me obliga a creer que su interés por nuestra patria común los inducirá en el porvenir a preocuparse de los problemas políticos y sociales que interesan a la felicidad de todos los argentinos”. (10)

También aludía Rojas a la influencia francesa, cuya colectividad no necesitaba mantener escuelas propias, porque los gobernantes argentinos eran tan afrancesados que llegaban a “adoptar los manuales de historia escritos en Francia para sus escuelas primarias, convirtiéndose en una colonia intelectual de aquella”.

Al referirse a este tipo de escuela católica para los niños ricos de nuestra oligarquía, dirigida generalmente por monjas extranjeras, Rojas señalaba que: “suelen ser escuelas coloniales o imperialistas, que atacan nuestra personalidad sobre todo en los elementos primordiales de su idioma y de su carácter; o bien escuelas de viso mundano y pseudo religioso, que ciegan las fuentes de las viejas virtudes republicanas”. (11)

En la misma obra, que no volvió a reeditarse, Rojas escribe:

“No nos suicidemos en el principio europeo de la libertad de enseñanza.  Para restaurar el espíritu nacional, en medio de esta sociedad donde se ahoga, salvemos la escuela argentina, ante el clero exótico, ante el libro también exótico y ante la prensa que refleja nuestra vida exótica sin conducirla, pues el criterio con que los propios periódicos se realizan, carece aquí también de espíritu nacional.  Predomina en ellos el propósito de granjería y cosmopolitismo.  Lo que fue sacerdocio y tribuna, es hoy empresa y pregón de la merca.  Ponen un cuidado excesivo en el mantenimiento de la paz exterior y del orden interno, aún a costa de los principios más altos para salvar los dividendos de capitalistas británicos y evitar la censura quimérica de una Europa que nos ignora”.

Rojas daría estos ejemplos en 1909 cuando el país forcejeaba en el crisol.  Cabe imaginar el caos del choque inicial de 1886.  Dicho problema confirió a la presidencia de Juárez Celman un carácter explosivo.

Cuando en 1888 Jacobo Peuser y Joaquín Crespo en nombre de un grupo de extranjeros, presentaron al congreso un proyecto por el cual se otorgaría a todos los inmigrantes la ciudadanía automática, Sarmiento y muchos otros viejos argentinos salieron a combatir la peligrosa idea.  La aprobación de un proyecto semejante habría puesto en manos de extranjeros los destinos políticos de un país por el cual no habían luchado y a cuya formación histórica eran ajenos.

Todos estos elementos étnicos y económicos señalaban, no sólo el nacimiento de nuestra “pampa gringa” y del cosmopolitismo que habrían de imprimir a Buenos Aires su sello característico, sino también la iniciación de una lucha tenaz entre el viejo y el nuevo grupo humano que se enfrentaban en la Argentina.

Al frente del gobierno, Juárez Celman debió sufrir todos los temblores y vacilaciones originadas en estos movimientos sísmicos de la estructura social. 

Posteriormente los hijos de la marea inmigratoria entrarían a formar parte de las clases estables y de los nuevos partidos políticos.  Su incorporación definitiva a la vida argentina, la modificará sin ahogar su índole nativa; los iletrados conquistadores, que parecen dominar por un momento la escena, serán finalmente conquistados por el viejo país.  La economía industrial será el fundamento moderno de esa irresistible argentinización.

Referencias

(1) Gino Germani – La asimilación de los inmigrantes en la Argentina y el fenómeno del regreso en la inmigración, p. 14,  Ed.  Instituto de Sociología, Buenos Aires (1964).

(2) D. F. Sarmiento – Condición del extranjero en América, p. 499, Ed. La Facultad, Buenos Aires (1928).

(3) V. H. García Ledesma – Lisandro de la Torre y la pampa gringa.  Ed. Indoamericana, Buenos Aires (1954)

(4) Ibídem.

(5) Ibídem.

(6) Ricardo Rojas – La restauración nacionalista; p. 342, Ed. Ministerio de Justicia e Instrucción Pública, Buenos Aires (1909).

(7) Rojas, ob. cit., p.342.

(8) Ibíden, p. 317

(9) Ibídem.

(10) Delia Kamia – Entre Ingenieros e Irigoyen, p. 77, Ed. Meridión, Buenos Aires (1957).

(11) Rojas, ob. cit., p.342.

Fuente

Efemérides – Patricios de Vuelta de Obligado

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Ramos, Jorge Abelardo – Revolución y Contrarrevolución, Del Patriciado a la Oligarquía (1862-1904), Buenos Aires (2006).

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