Monumento colosal a Artigas

Plano de corte del monumento proyectado por el ingeniero Honoré, incluido en la edición del diario “El Día” de fecha 7 de noviembre de 1894.

En junio de 1894, al cumplirse 130 años del natalicio de José Gervasio de Artigas, se inician los procesos de construcción de los dos primeros monumentos levantados en su honor en Uruguay, uno en San José y otro en Paysandú.  Las iniciativas anteriores, en tiempos de Berro primero y luego de Santos (1), quedarían prefiguradas por Blanes en su “Revista de 1885” (donde a espaldas del coronel y su “corte”, un gallardo Artigas cabalga hacia la península), pero recién tomarían forma en Montevideo en 1923.

Desde inicios de la década del 70, las polémicas de Carlos María Ramírez con Berra y con el diario porteño “El Sud América” y las investigaciones de Maeso y Fregeiro, fueron disipando “la influencia de la leyenda hostil a la memoria del General Artigas”, … pero todavía en 1895 se publicaba la cuarta edición del “Bosquejo Histórico” de Berra, donde esa hostilidad -y una consecuente visión crítica- alcanzaba su expresión más depurada.  Y todavía estaba fresco el recuerdo de la diatriba que Sarmiento, en tiempos de su presidencia, se creyó obligado a ensayar en la propia meseta.  En ese contexto, aquellos emprendimientos cobran aún mayor significación y convocan nuestra atención.  

En el caso de Paysandú, la piedra fundamental del monumento se colocaría en el Chapicoy de los guaraníes, en tierras donadas por Nicanor Amaro, quien presidió la comisión formada en Salto para llevar adelante esa iniciativa y corrió también con buena parte del costo de la obra.  Siendo muy joven, Amaro se salvó de milagro de la degollatina de Quinteros y dejando sus pagos de Malbajar, emigró hacia el norte con familia y pertenencias.  Allí creció su experiencia y su fortuna explotando el saladero de Guaviyú junto con los Piñeyrúa, hasta que separado de éstos, adquiere parte de los extensos campos del Hervidero que ocupara desde principios del ochocientos Juan Bautista D´Argain, y en los que Artigas estableciera -desde mayo de 1815- el Campamento y Villa de Purificación.   

El monumento debería estar en sintonía con la nueva significación del prócer en esos tiempos de refundación, expresando a la vez un estado de cosas donde nuevos agentes asumían una creciente relevancia en el plano económico y social, promoviendo iniciativas que en este caso -no así en el de San José- se desarrollaban prácticamente sin participación estatal.  El monumento nacía con un impulso de “gran obra”, y el ingeniero Honoré, a quien se encomendó el proyecto original, bien que lo entendió …  

Propone desde el inicio una escultura de grandes dimensiones, porque asentada sobre la meseta, se decía entonces, “una estatua de tamaño natural habría sido ridícula en esa posición.  Un monumento algo mayor, insignificante”.  En línea con una tentación por la desmesura que daría en el futuro varios ejemplos (la sede del Banco de la República, etcétera…), el proyecto se presentará con seductora monumentalidad como una escultura inmensa y “habitable”…  En tres ediciones consecutivas (6, 7 y 8 de noviembre de 1894), el diario “El Día” da cuenta de la propuesta de Honoré, incluyendo amplia documentación gráfica.  Según ese texto, “Adoptado y realizado el proyecto del ingeniero Honoré, habríamos construido y erigido a la memoria de Artigas el mayor busto del mundo”.  Y no había exageración en ello, porque el busto de referencia, con base de piedra y estructura metálica, tendría una altura de 28 metros, conteniendo en el nivel de acceso una “sala de honor”; sobre ella se sucederían otras dos salas de mayor tamaño, llegando por medio de una escalera central a una plataforma situada a 70 metros sobre el nivel del río.  Desde allí, a través de los ojos de esa colosal imagen del patriarca -y de otras pequeñas ventanas convenientemente disimuladas-, los visitantes podrían disfrutar de una vista excepcional.  Y sentirse Artigas por un instante…    

Salvando la diferencia de escenarios, se tendría un efecto similar al que aún se admira en el San Carlone de Arona -que tanto impresionara a Aldo Rossi-, levantado a fines del siglo XVII junto al lago de Como.  Pero allí San Carlo Borromeo aparece de cuerpo entero, con una altura similar al torso monumental de Honoré.  Esa diferencia proporcional podía también invocarse con relación a la estatua de la Libertad, instalada en la bahía de Nueva York pocos años antes (en 1886), aún cuando la altura de la figura de Bertholdi alcanzaba los 46 metros, casi 20 más que el santo homenajeado en el Piamonte.  El primer artículo publicado en el “El Día” incluía esas referencias comparativas y su titulación no dejaba dudas en cuanto a la magnitud del compromiso asumido:               

El monumento colosal del Hervidero

Proyecto del ingeniero señor Honoré

El busto: sus dimensiones

¡Sin igual en el Mundo!

Un “falso” paisaje de Manuel Larravide, también citado en la crónica y hoy apreciable en el Palacio Gallino de la ciudad de Salto (una vista de la meseta desde el río, que incluye el busto proyectado) da cuenta de la magnitud del emprendimiento y del “efecto grandioso” que preveían sus promotores.  Pero “el monumento colosal” no llegaría a concretarse… por lo menos en  los términos proyectados.  A poco de hacer números la propuesta de Honoré quedaría descartada y en su lugar se erigiría la obra que hoy conocemos.  Que a su vez, ¡buen trabajo dio!, llevando en carretas los bloques de granito para construir el fuste sobre el que descansa el bronce modelado por el genovés Azzarini.  Finalmente el objetivo quedaba cumplido, alcanzándose incluso una altura mayor que la prevista por Honoré, aunque no su ambiciosa monumentalidad.   

Y siendo consecuente con el modelo que impusiera Valenzani, también ahora la mirada de Artigas se pierde en las llanuras argentinas…  

Referencia

(1) Cuando a principio de los años 80 se puso la piedra fundamental del monumento que en homenaje a Joaquín Suárez habría de levantarse en la plaza Independencia (recién en 1896, en frente y a pocos metros de la Casa de Gobierno), Santos organizó un contra-acto, teniendo a Artigas, y no a Suárez, como objeto de la ceremonia.  Poco después dobló la apuesta, promoviendo un concurso internacional para erigir el monumento.  La maqueta del proyecto de Federico Soneira -autor de la propuesta ganadora, que no llegaría a concretarse-, puede verse en la ciudad de Maldonado, en el museo que alberga la colección donada por Nicolás García Uriburu.
 

Fuente

González, Neri – Acerca de patrimonios varios – Montevideo, Uruguay

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