Paseando por Palermo

Palermo es el único lugar público de reuniones de la sociedad elegante de Buenos Aires.  Parque bastante vasto, ya que tiene 370 hectáreas, plantado de eucaliptos, palmeras, tipas, acacias, sauces-llorones, data de unos cuarenta años.  Faltaban entonces hombres de gusto que supiesen sacar partido de las cosas existentes y fue terminado por Mr. Thays, el arquitecto-paisajista de Buenos Aires.  El hizo el diseño de los lagos llenos de islotes y distribuyó los espacios claros y las perspectivas.  Por desgracia, no pudo entonces suprimir la vía férrea, que atraviesa el parque ni sacar partido del Río de la Plata que lo recorre de un extremo a otro.  Según parece, se va a desplazar muy pronto ese ferrocarril y a abrir una alameda sobre la orilla del río.  ¡Sea en buena hora!.

Allí, en el parque de Palermo, es donde se verifica todos los días el corso.  Desde las cinco de la tarde, cuando los rayos del sol calientan menos, se ven automóviles de lujo, elegantes carruajes con troncos soberbios y algunos coches de alquiler atravesar a toda velocidad la avenida Alvear, dirigiéndose a la de Sarmiento.  No es al parque adonde van esos lujosos trenes.  No se trata de respirar el aire fresco y puro, ni de abandonarse a los sueños, ni de entregarse al recogimiento, ni de conversar.  No.  Sólo en una avenida, larga apenas de cuatrocientos metros, la avenida Sarmiento, plantada de altas palmeras un poco mustias, pero que le dan una gran distinción, se precipita el mundo elegante en medio de vapores de petróleo y por entre el estiércol de los caballos.  Seis filas de vehículos, que marchan al paso, se rozan en los dos sentidos.  Cuando llegan al final de la avenida, vuelven, efectuando la misma evolución hasta la caída de la tarde.  Las otras avenidas del parque permanecen desiertas y, sin embargo,  ¡qué bello paseo se puede hacer bajo aquellos sauces-llorones de un verde tan delicado, bajo aquellos ombúes, eucaliptos y álamos!

Todos los concurrentes se conocen y se saludan ceremoniosamente.  El extranjero se sorprende del silencio de aquella multitud, de su adustez un poco afectada, de la grave inmovilidad de los rostros y de la vida extraordinaria de los ojos.  Todo el mundo mira fijamente, con un descaro inaudito.  Evidentemente, los hombres van para ver a las mujeres, nada más, y las mujeres para mirarse unas a otras.  Ellas ostentan sus más bellas “toilettes”, sus sombreros más lujosos y de moda.  Van allí para exhibirse y ver a las demás.  Las que han dado muchas vueltas hacen que se detenga el carruaje junto al borde de la acera y desde allí presencian el desfile.  Algunas bajan del coche y se pasean por la acera izquierda o se sientan en los bancos, por pequeños grupos, y cambian saludos y sonrisas.  Las muchachas encuentran allí al joven que desde hace tiempo se contenta con devorarla con los ojos y que se hace presentar.  Es la avenida de las declaraciones amorosas.  Casi todas las conversaciones giran alrededor de las recientes conquistas y de los esponsales futuros.

El lujo de las mujeres es extraordinario y su belleza sin igual.  Puede preferirse, ciertamente, la ágil elegancia natural de las americanas del Norte o la gracia coqueta de las francesas, pero es imposible ver caras más bonitas que las que se ven en los lujosos coches del parque de Palermo.  Mujeres jóvenes de tez mate, de grandes y ardientes pupilas, de rasgos regulares y finos pero inmóviles, de una expresión grave; jóvenes vírgenes de mirada sin timidez y discreta sonrisa, hacen pensar en las bellezas escogidas, enclaustradas en los misteriosos harenes de los reyes árabes que, por un milagro enloquecedor se quitasen súbitamente el velo, para vuestra perdición.  Su gracia encantadora, la pasión contenida y tímida de sus gestos y, sobre todo, el fuego profundo de aquellas miradas en aquellas fisonomías serias y concentradas, despiertan en el corazón del paseante extranjero, a la hora del “corso” de Palermo, ensueños de voluptuosidad intensa y religiosa, que le será preciso apagar pronto.

Yo he asistido con mucha frecuencia a ese espectáculo brillante.  Iba cada vez con la resolución de observar un aspecto distinto de la multitud y siempre hacía la misma observación.  Las mujeres van allí para exhibir sus “toilettes” y ver las de las demás.  En carruaje, apenas se habla.  Hay que darse prisa para ver la fila de la derecha y la de la izquierda y no queda tiempo para decirse una palabra.  Así, el silencio es general.  Jamás se oye una risa o una voz alta.

Entre los trenes lujosos se ven algunos coches, victorias y automóviles ocupados por jóvenes.  Van tres, cuatro o cinco en cada uno, despreocupados, con los sombreros echados hacia atrás, fumando gruesos puros o cigarrillos.  Adolescentes, de 16 a 20 años, afectan actitudes de cansancio y por contraste evocan en vuestro pensamiento la sana virilidad de los jóvenes de Norte América o el comportamiento serio y digno de los alemanes y de los escandinavos de su edad.

Cae la tarde.  Poco a poco las filas de coches se acortan, se desvanecen.  Dejan la avenida Sarmiento y remontan la de Alvear.  Los suntuosos autos hacen brillar en el interior sus lámparas eléctricas reflejándose la luz sobre los acolchados y metales de la “carrosserie”; se logra entonces la última visión de los lindos rostros y los enloquecedores ojos, bajo las flores y los broches y alfileres de los sombreros.  Ya es tiempo de reír y de charlar, porque ya no hay nada que ver.

Las tardes de verano, de Noviembre a Enero, antes de la marcha a la playa de Mar del Plata, o a la estancia del interior, se vuelve a Palermo, porque no hay otro sitio para respirar, y sobre todo, para verse.  El paseo recomienza pero entonces se desciende con más gusto del coche.

Las jóvenes, sentadas en los bancos y en las sillas entre las altas palmeras, parecen devorar con sus miradas a los hombres que pasan, a los jóvenes sobre todo, que a su vez las fijan con una impertinencia sin ejemplo.  El resplandor de los ojos virginales brilla más poderoso que los rayos de la luz eléctrica que acaban de encender.

Es preciso haber visto esas filas de ojos negros, grandes, alineados y que los siguen en la oscuridad pareciendo que van a hablarles, sin desviarse ni bajarse nunca –y que por otra parte no expresan más que su curiosidad- para tener una idea del fósforo que puede encerrar la mirada de una virgen.  Porque, caso curioso, no existe allí entre la gente joven de ambos sexos nada de equívoco, ni de malsano.  Las unas y los otros saben perfectamente lo que mutuamente tienen que esperar.  Juegan con ostentación a las miradas porque saben que es el único juego permitido y el que ellos se permitirán.

Jardín Botánico

El Jardín Botánico de Buenos Aires, no lejos de Palermo, es sin duda el más precioso y completo de los jardines botánicos.  Si no tiene la belleza suntuosa del de Río de Janeiro, encierra, desde el punto de vista científico, una colección sin rival de árboles de la América del Sur.  A la entrada del jardín, encanta una reproducción reducida del jardín de Trianón plantada de lilas, laureles, olmos, tilos, naranjos y de flores, rosas, claveles, verbenas, valerianas, pensamientos y retama florida de España.  La sección argentina es una verdadera creación de Jules Charles Thays.  Antes de él, los argentinos ignoraban completamente la flora de su inmenso país.

Actualmente, pueden ver allí representados los bosques de maderas preciosas de su país, que cubren extensiones enormes, aún inexploradas, y que constituyen para el porvenir una gran reserva de riquezas.  El famoso palo de hierro llamado quebracho, que rompe el hacha, abunda en el Norte de la Argentina, donde se le explota, para extraer el tanino y para suministrar a los caminos de hierro traviesas impudribles; el jacarandá que florece en racimos de flores; la ceiba de Jujuy que da flores escarlatas, rosas y blancas: el timbó u oreja de negro, cuyo tronco llega a tres metros de diámetro y a treinta de altura y que como su nombre lo indica tiene un fruto parecido a la oreja de un negro; el tipa, árbol muy verde que se eleva a cuarenta metros y florece en “bouquets” amarillos como la acacia; el ombú, el único árbol conocido antes en la pampa; todos estos árboles y cien otros indígenas llevados allí, cultivados, cuidados, estudiados, mejorados, se utilizan actualmente en las plantaciones locales.  Por eso las calles de Buenos Aires, están pobladas de tipas, cuyo espeso follaje es tan precioso en la estación calurosa, en vez de la palmera cuya noble línea puede servir de adorno en un paseo, pero no protege contra los ardientes rayos solares.  Mr. Thays que se ha apasionado de aquél árbol que puede decirse que él ha descubierto, envía “estacas” a todas partes del mundo, a todos los que se las piden.  Pero Mr. Thays no se ha contentado con reconstruir la flora local, sino que ha allí los árboles de todas las latitudes.  Sin duda, ha querido demostrar que las plantas, como los hombres, pueden acomodarse fácilmente al clima argentino.  Cada parte del mundo está representada por sus árboles, agrupados por países, de modo que es posible, gracias al benéfico clima de Buenos Aires, ver juntos los árboles del Brasil, del Japón, de la Siberia y de Francia.

Se contemplan de este modo divertidos contrastes en la vida de las plantas.  Las de Siberia, por ejemplo, dan sus hojas y sus frutos en tres meses, de manera que se ven las plantas de este país frío, que han terminado su vegetación, cuando las de Brasil, duermen todavía.

He ido varias veces por placer a visitar este sitio placentero y perfumado; jamás he encontrado a nadie.  La misma sorpresa tuve en el Museo de pintura.

Mr. Thays se ha conservado francés de corazón, pero quiere morir en la Argentina.  Antes de realizar su obra, el sol reinaba como soberano a lo largo de las vías públicas, fue él quien trazó todos esos jardines y plazas que plantó de árboles y quien puso verdura en cerca de cuatrocientas calles; fue quien, en una palabra, creó la sombra en Buenos Aires.  Se cuenta que al principio tuvo dificultades; hubo gente que encontrando que estos árboles delante de sus casas estorbarían la vista de los paseantes, regó con agua caliente las tiernas plantas.

Jardín Zoológico

Buenos Aires tiene también un buen Jardín Zoológico que le envidio para París.  También allí he hallado un sabio apasionado por su obra.  Es Mr. Clemente Onelli que ha hecho de este establecimiento municipal, lugar agradable y de descanso, el único paseo, en suma, frecuentado por el pueblo de Buenos Aires.  Muy bien trazados los jardines y cultivados con solicitud, están llenos de macizos de verdura y de estanques.  Los establos de los animales, son pequeños palacios ingeniosos y pintorescos donde cada bestia puede encontrar el estilo de su país de origen.  Mr. Onelli, no se contenta con alimentar y cuidar los animales a su cargo; también “hace ciencia”.

A semejanza de M. Hagenbeck, ha intentado cruzamientos con éxito.  Hospitalario con los extranjeros, les deja de su casita oculta entre rosas y de él mismo, un recuerdo simpático y encantador.

Fuente

Efemérides – Patricios de Vuelta de Obligado

Huret, Jules – De Buenos Aires al Gran Chaco – Hyspamerica, Buenos Aires (1988).

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