Regreso del Gral. San Martín

Countess of Chichester, barco que transportó al Gral. San Martín

El general Lavalle derrotado en “Puente de Márquez”, se replegó cerca de Buenos Aires, a orilla del río Matanzas, en los “Tapiales de Altolaguirre”.  López se retiró a Santa Fe temeroso de que el general Paz atacara a su provincia.  Rosas quedó frente a Lavalle, acampando en Cañuelas, amenazando a la ciudad sometida a las fuerzas unitarias. 

Buenos Aires estaba revuelta por el desorden y estremecida por el terror.  El gobierno unitario había iniciado los castigos y las proscripciones contra los federales caracterizados, a quienes se sindicó como conspiradores.  Los Anchorena, Terrero, Aguirre, Balcarce, Maza, García Zúñiga, Wright, Iriarte, del Campo, Martínez, Chavarría, Bares, etc., fueron presos, embarcados y deportados.  Se había incluido entre los proscriptos a don León Ortiz de Rozas, pero debido a empeños del general Paz (1) fue salvado el venerable anciano.  El mayor Mesa –que había acompañado fielmente a Dorrego- y otros oficiales federales, prisioneros en el combate de Pergamino, fueron fusilados en la plaza Victoria.  “Para los que se han propuesto nuestra regeneración bañando el país el sangre –escribía en marzo de 1829, Nicolás Anchorena a Faustino Lezica- vale muy poco el hombre de bien y de mérito.  No es extraño que nada haya seguro, y que no se respete la propiedad cuando no se respetan las vidas ni aún los sentimientos más sagrados de la humanidad.  En fin, Dios quiera poner término a tantos males, que yo por mi parte perdono a sus autores”. (2)

En medio de la confusión, Rosas, con sus agentes secretos, hacía circular profusamente por la ciudad proclamas promisorias: “Vamos por segunda vez (aludía a su acción en octubre de 1820) a restablecer con nuestro esfuerzo las autoridades y restaurar las leyes de la provincia; abandonemos las faenas en que vivimos y todos los goces de la vida privada, porque así lo reclama la patria en peligro”.

El 6 de febrero de 1829 anclaba en la rada frente a Buenos Aires el buque inglés “Chichester”, trayendo como pasajero desde Inglaterra al general José de San Martín, embarcado de incógnito bajo el nombre de José Matorras.  San Martín venía deprimido y triste.  De tiempo atrás tenía proyectado este regreso para poder morir en su patria; “quiero –decía con amargo pesimismo- concluir mis días en mi chacra, separado si es posible de la sociedad de los hombres”. (3)  Al pasar por Río de Janeiro se enteró de la revolución del 1º de diciembre y en el puerto de Montevideo supo el fusilamiento de Dorrego.  Al divisar conmovido, desde el buque, a Buenos Aires, que estaba desgarrada por la anarquía y los odios políticos, ratificó la firme resolución de no desembarcar y volver al ostracismo.  El general había engrosado y encanecido; pero conservaba los ojos “siempre centellantes y su aspecto nada había perdido de cuando conducía sus legiones a la victoria”. (4)

Ese mismo día, a bordo, recostado en la cubierta, vio aparecer en una ballenera que venía de la costa a sus ex oficiales Manuel Olazábal y Pedro Nolasco Alvarez Condarco que iban a saludarle, los abrazó con ternura paternal y llevándolos a la cámara les dijo: “Yo supe en Río de Janeiro la revolución encabezada por Lavalle; en Montevideo el fusilamiento de Dorrego.  Entonces me decidí a venir hasta balizas, permanecer en el paquete y por nada desembarcar, haciendo desde aquí algunos asuntos que tenía que arreglar y regresar a Europa.  Mi sable…. ¡No!….. Jamás se desenvainará en guerras civiles”. (5)

Seis días después, en la tarde del 12 de febrero, el Libertador de Sud América, solo y silencioso, reclinado en la borda del “Chichester”, miraba por última vez la tierra natal.  El barco zarpó rumbo a Montevideo, mientras el crepúsculo esfumaba las torres de la ciudad y teñía con tintes rojizos y sombríos las aguas turbias y la costa lejana…

En Montevideo, San Martín, que se preparaba a partir para Europa, fue sorprendido por la visita de su cuñado Manuel Escalada, quien le anunció que dos delegados del general Lavalle: el coronel Eduardo Trolé y Juan Andrés Gelly llegaban de Buenos Aires para hablarle.  San Martín recibió a los comisionados escuchando de ellos la propuesta de que aceptara el gobierno de Buenos Aires como la única solución patriótica que aseguraría la paz.  El general rehusó terminantemente manifestando que había declinado igual pedido que le fuera formulado por los federales.  Después de discutir más de tres horas, el Libertador expresó a los delegados de Lavalle: “Es conocida mi opinión de que el país no hallará jamás quietud, libertad ni prosperidad sino bajo la forma monárquica de gobierno.  En toda mi vida pública he manifestado francamente esta opinión de la mejor buena fe, como la única solución conveniente y practicable en el país.  Como las ideas contrarias a mi opinión están en boga y forman la mayoría, yo nunca me resolvería a diezmar a mis conciudadanos para obligarlos a adoptar un sistema en el que vendrán necesariamente a parar, aunque tarde y después de mil desgracias.  A Lavalle y a los demás jefes les profeso afecto personal y no los puedo mirar con indiferencia, a pesar de sus extravíos juveniles; pero no puedo aceptar sus ofertas.  Me iré a Río de Janeiro y de allí a Europa, alejándome así de un teatro al que estoy ligado por tantos vínculos y cuyas desgracias me afectan tanto”. (6)

Inmediatamente, San Martín escribió a Lavalle manifestándole que los señores Trolé y Gelly le dirán el resultado de la conferencia y le agregaba: “Sin otro derecho que el de haber sido su compañero de armas, permítame Ud., general, le haga una sola reflexión, a saber: que aunque los hombres en general juzgan de lo pasado según la verdadera justicia, y de lo presente según sus intereses, en la situación en que Ud., se halla, una sola víctima que pueda economizar a su país, le servirá de un consuelo inalterable, sea cual fuese el resultado de la contienda en que se halle Ud. empeñado, porque esta satisfacción no depende de los demás, sino de uno mismo”. (7)

Lavalle recibió malhumorado la respuesta del Libertador y se lo hizo sentir insinuándole que era un egoísta.  “Su actitud –le decía en una carta (8)- me revela o que la patria no le inspira ya interés o que desespera Ud. de su salud”.  A lo que San Martín le replicó: “La primera hipótesis me ofende, hablo a Ud. con franqueza, general; la segunda no existe.  Un solo caso podría llegar en que yo desconfiase de la salud del país; cuando viese una casi absoluta mayoría en él, por someterse otra vez al infame yugo de los españoles…  Más o menos males, más o menos progresos en nuestra ambición; he aquí lo que resultará de nuestras disensiones.  Es verdad que las consecuencias más frecuentes de la anarquía son las de producir un tirano…, más aún en este caso tampoco desconfiaría de su salud, porque sus males estarían sujetos a la duración de la vida de un solo hombre”.

Pero San Martín, al hablar así a Lavalle, descubría sólo parte y no todo su pensamiento.  Fue a sus amigos O’Higgins y Guido a quienes les dirigió sendas cartas (9) para explicarles plenamente las causas de su actitud y su diagnóstico político, que resultó una profecía admirable por la exactitud con que más tarde se realizó.

“Las agitaciones consecuentes a diecinueve años de ensayos en busca de una libertad que no ha existido, y más que todo, -dijo San Martín- la difícil posición en que se halla en el día Buenos Aires, hacen clamar a lo general de los hombres que ven sus fortunas al borde del precipicio y su futura suerte cubierta de una funesta incertidumbre, no por cambio en los principios que nos rigen, sino por un gobierno riguroso, en una palabra, militar, porque el que se ahoga no repara en lo que se agarra.  Igualmente convienen y en esto ambos partidos, que para que el país pueda existir es de absoluta necesidad que uno de los dos desaparezca.  Al efecto se trata de buscar un salvador que, reuniendo el prestigio de la victoria, la opinión del resto de las provincias, y más que todo un brazo vigoroso, salve a la patria de los males que la amenazan.  La opinión, o mejor decir, la necesidad presenta este candidato: él es el general San Martín…  Partiendo del principio de ser absolutamente necesario el que desaparezca uno de los dos partidos de unitarios o federales, por ser incompatible la presencia de ambos con la tranquilidad pública, ¿será posible sea yo el escogido para ser verdugo de mis conciudadanos y cual otro Sila, cubra a mi patria de proscripciones?  No, amigo mío, mil veces preferiré envolverme en los males que ser yo el ejecutor de tamaños horrores.  Por otra parte, después del carácter sanguinario con que se han pronunciado los partidos contendientes ¿me sería permitido por el que quedase vencedor de una clemencia que no sólo está en mis principios, sino que es del interés del país y de nuestra opinión con los gobiernos extranjeros, o me vería precisado a ser el agente de pasiones exaltadas que no consulten otro principio que el de la venganza?  Mi amigo, es necesario que le hable la verdad: la situación de este país es tal, que al hombre que lo mande no le queda otra alternativa que la de someterse a una facción o dejar de ser hombre público.  Este último partido es el que adopto…. Ud. conocerá que en el estado de exaltación a que han llegado las pasiones es absolutamente imposible reunir los partidos en cuestión, sin que quede otro arbitrio que el exterminio de uno de ellos…”

Dijo Fermín Chávez: “San Martín volvió porque lo llamó el entonces gobernador Dorrego. Lo había convocado porque todavía no había terminado la guerra contra el Brasil y ya había caído su enemigo Rivadavia.  La idea de Dorrego era que San Martín se hiciese cargo del conflicto militar.  Pero cuando llegó, Dorrego había sido asesinado y los autores del crimen habían sido Rivadavia y sus agentes, eso lo dijo el propio San Martín en una carta de la época.  Juan Lavalle era sólo la cara del golpe, “la espada sin cabeza”, como diría años después Esteban Echeverría. San Martín no quiso darle amparo con su prestigio a ese gobierno y retornó a Europa para siempre”.

Referencias

(1) Gral. José M. Paz – Memorias, Tomo II.

(2) Carta que fue facilitada por el Sr. Carlos de Lezica.

(3) Carta a O’Higgins, en el libro “San Martín.  Su correspondencia”, publicado por el Museo Histórico Nacional.

(4) Memoria de Manuel Olazábal.

(5) Memorias de manuel Olazábal, y Plácido Abad, “El general San Martín en Montevideo”.

(6) Archivo de la Nación.  Legajo del Archivo de Lavalle.  Nota del 15 de abril de 1829 de los Sres. Trolé y Gelly a Lavalle.

(7) San Martín.  Su correspondencia, publicada por el Museo Histórico Nacional.

(8) San Martín.  Su correspondencia, publicada por el Museo Histórico Nacional.

(9) San Martín.  Su correspondencia, editada por el Museo Histórico Nacional está la Carta a O’Higgins.  En los documentos del archivo de San Martín, publicados por el Museo Mitre, tomo IX, está la carta a Guido.  El Dr. Mariano de Vedia y Mitre en un artículo sobre la revolución de diciembre menciona la carta de Guido.  Revista Humanidades.

Fuente

Efemérides – Patricios de Vuelta de Obligado.

Ibarguren, Carlos – Juan Manuel de Rosas.  Su vida, su drama, su tiempo – Ed. Theoria – Buenos Aires (1972).

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Revista la Maga – Buenos Aires, miércoles 16 de agosto de 1995 – Reportaje a Fermín Chávez.

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