La Mazorca

Gaucho Federal obra de Raymond Quinsac de Monvoisin

Gaucho Federal obra de Raymond Quinsac de Monvoisin

 

La idea de la mazorca aparece en aquella cabeza obtusa, cubil de la venganza que fuera Rivera Indarte. Pero el cobarde y mal hechor no ideó la mazorca como representación simbólica de la unión nacional y de anhelo de solidaridad ante el peligro. Como algunos símbolos religiosos, el origen, la primera intención de usar el marlo de maíz relacionándolo con la política, tuvo en el filtro envenenado de Rivera Indarte una intención nefanda y deprimente para los unitarios. El asqueroso panfletario redactó un día una décima que puso al pie de un marlo en una fiesta que se celebraba, allá por el año 1835, en honor a Rosas. El anfitrión era Don Fernando Cordero, y en su casa, hoy calle Corrientes, se expuso el diseño y se inscribió la décima, que empezaba:


¡Viva la Mazorca!
Al unitario que se detenga a mirarla
Aqueste marlo que miras
de rubia chala vestido,
en los infiernos ha hundido
a la unitaria fracción


Y luego terminaba aludiendo a la finalidad monstruosa que aquel degenerado le asignaba: símbolo criollo cargado de volición social. El pueblo advirtió enseguida, en la espiga de maíz, de apiñados granos, bien apretados al talo de común origen, que aquel hallazgo contenía un simbolismo de energía y rápida percepción, y que, como todos los símbolos, explicaba sin palabras unos cuantos anhelos de la colectividad. El país vivía rodeado de enemigos, traidores adentro, emboscados algunos al lado mismo del Restaurador.

 

La Patria se disolvía bajo la acción anárquica de intelectuales doctrinarios, como Varela y Alsina, que tramaban la disolución argentina. Una comunidad no está dispuesta nunca a perecer, y siempre encuentra elementos cohesivos para sostenerse y triunfar de la hidra de la anarquía. La mazorca era una imagen que compendiaba los anhelos profundos de los mejores patriotas, de las clases burguesas y de las capas populares.

 

En lo sucesivo, la mazorca, al dar la idea de apiñamiento, de cohesión y de adhesión, fue utilizada como la mejor amenaza contra los lívidos unitarios, plebe de levita, que andaban por las cancillerías europeas mendigando los treinta dineros por los que luego enajenaron la nacionalidad.

 

La propaganda unitaria

 

Mazorqueros se llamaban de uno y otro lado los elementos sociales que rodearon a Don Juan Manuel para delatar y castigar la infidencia en tratos con la escuadra francesa, el soborno de los doctores que habían aprendido en las universidades el arte de la intriga más abyecta y mercenaria con la que pudieron vender la Patria.

 

Los federales se titulaban mazorqueros porque sentían la honra de custodiar el acervo patrimonial que habían heredado de sus padres. Mazorqueros los llamaban despectivamente los unitarios, porque temían, porque les espantaba la sugestión vigorosa y brillante del símbolo.

 

Por influjo del mismo miserable que hallara la imagen pervertida, luego los unitarios comenzaron a llamar mazorqueros, especialmente, a los miembros de la Sociedad Popular Restauradora, organismo creado por el año 1834 o 35, destinado a colaborar con la policía rosista en el mantenimiento del orden. Se quiso enlodar el nombre de las familias más respetables de Buenos Aires, vinculándolas a la imagen asociativa de la mazorca, para que la visión sangrienta que ellos mismos desplegaban en su propaganda, salpicara el honor de los caballeros componentes de la Sociedad Popular Restauradora.  Veamos que objeto tenía esta institución.

 

La Sociedad Popular Restauradora

 

Hacia 1833 se consideró necesario en el seno de lo más representativo de la sociedad porteña crear un organismo que sirviera de estimulante político y de tejido conjuntivo entre todos los sectores de la ciudad. Era su jefe el Comandante Julián González Salomón y sus funciones están explicadas por todas las organizaciones parecidas que surgen espontáneamente en lo más profundo de las comunidades, cada vez que el peligro de la conspiración amenaza sus cimientos.

 

Los enemigos, que generalmente afilan puñales en la sombra, tachan a esas organizaciones con los motes de adulonería, servilismo, obsecuencia y cobardía. Pero cuando se leen la lista de los hombres que componían la l Sociedad Popular, no puede uno menos que reírse, al saber, por ejemplo, que Alberdi, el hombre más flojo física y moralmente que ha tenido el país, pudiera tacharlo de cobarde, pongamos por caso, a Manuel Corvalán.

 

Apellidos que luego, y hoy mismo, figuran en el libro de oro de la mejor burguesía argentina, la que a través de solicitaciones sin cuento que la prosperidad trajo al país se mantuvo, sin embargo, en la más sencilla austeridad.

 

Ahí están los Mansilla, los Alegre, los Rolón, los Obarrio, los Madariaga, los Moreno. ¿Cómo pueden haber sido pintados con los puñales tintos en sangre, cual forajidos y asaltantes, en las novelas y en las historias falsarias de los proscriptos unitarios? Porque ya en aquellos tiempos los unitarios maquinaban desde el destierro un programa siniestro de humillación nacional, de degradación de todos los valores argentinos, para deprimir el país y postrarlo en un terrible complejo de inferioridad. Porque los unitarios vinieron del destierro destilando odio de resentidos y pasión de esclavos contra quienes lo vencieron siempre cara a cara en los campos de batalla, y juraron vengarse contra aquella decisión argentina que duró veinticinco años para resistirse a vivir sometidos a la dominación extranjera, negociada por los letrados del unitarismo.

 

La posteridad

 

Hace pocos días, el 4 de octubre (artículo aparecido en el año de 1939), se cumplió el centenario de una de las manifestaciones más grandiosas que haya recibido gobernante alguno de su pueblo. La Parroquia de la Merced, donde se hallaban radicadas las familias más conspicuas de Buenos Aires, realizó una función “con motivo de haberse salvado milagrosamente la importante vida del benemérito ciudadano, ilustre Restaurador de las Leyes, del alevoso puñal de los pérfidos unitarios, de acuerdo con los inmundos franceses”. Se refería la declaración a la tentativa de Maza, frustrada unos meses antes y que había sido resultado de un complot en el que participaban los unitarios de Montevideo en combinación con los estancieros del sur, fomentado por el dinero de la escuadra bloqueadora francesa, y cuyo brazo ejecutor debía ser el Coronel Maza, del servicio del mismo Restaurador. Leamos algunas firmas del manifiesto, Simón Pereyra, Felipe Lavallol, Luis Dorrego, Tomás Manuel y Nicolás de Anchorena, Patricio Lynch, Bonifacio Huergo, Juan Bautista Udaondo, José Antonio Demaría. No necesitamos seguir adelante. Esos apellidos aparecen en la pluma de los diaristas unitarios y de los libelistas a sueldo como Rivera Indarte, vinculados a la Sociedad Popular y, por lo tanto, englobados todos bajo el rótulo infamante de mazorqueros.

 

¿Por qué esos mismos o sus descendientes no han considerado nunca prudente organizarse en una acción de cualquier naturaleza para vindicar la memoria de los caballeros cien veces difamados con un mote calumnioso que todavía persiste en su sentido más peyorativo? ¿Qué pasó en la sociedad argentina aquel día de Caseros para que el rosismo desapareciera tan bruscamente, no sólo de la escena política, sino de la memoria visible y manifiesta de los que públicamente habían expresado adhesiones tan fervientes al Restaurador?

 

Esta es una de las cosas que deben ser investigadas a fondo por los que realicen un día lo que podría llamarse historia psicológica del pueblo argentino. Hemos leído apellidos de las clases sociales más elevadas, apellidos que aún hoy aparecen como la más granado de las “elites”. Sin embargo, la vil patraña de que sus ascendientes formaban una pandilla de asesinos persiste en los textos de historia, parece que los señores del presente se limitaran a silenciar discretamente un error o un vicio del abuelo cuando se les pregunta si descienden de mazorqueros. A Leandro N. Alem le amargaron la juventud en la universidad; lo llamaban el hijo del mazorquero; posiblemente muchos descendientes de mazorqueros habrían con disimulo una especie de limpieza de sangre y habrán escamoteado las partidas de las que resultaría una vinculación desdorosa con un mazorquero.

 

Sin embargo, el camino debió ser el opuesto. Los llamados mazorqueros eran todos caballeros de la mejor sociedad porteña; y sus nietos en lugar de confirmar la afrenta, disimulando flojamente su linaje, habrían debido demostrar públicamente la naturaleza de aquella Sociedad Popular y honrarse de los servicios que el abuelo había prestado al Restaurador y con él a la Patria.

 

¡Ironías sangrientas de las cosas! Fue el pueblo, la masa ignorada y despreciada, el que mantuvo en sus canciones y en su tradición oral el verdadero significado de la palabra Mazorca; cantó y canta todavía al mazorquero como leal, como hombre bravío y cumplidor con su deber.

 

Se han exhumado últimamente algunos bailes de la época en que se celebran las patriadas de los sargentos mazorqueros, y el pueblo ha captado con instinto adivinatorio la realidad histórica de un símbolo y un mote que fueron expresión de necesidades sociales que acaso golpean todavía hoy con más fuerza que el año cuarenta en la nacionalidad. Orden, cohesión, unidad, como contrafigura de descomposición, dispersión y disolución; quien sabe si la imagen de la mazorca, del marlo del maíz, no trabaja en las mentes actualmente, no aparece, desaparece y reaparece como una visión de sueño, todavía sumergida en lo irracional, pero que quiere indicar o responder alguna cosa frente a un complejo de interrogantes de la hora. ¡Quién sabe!.

 

Fuente

Doll, Ramón – La Mazorca y la Sociedad Popular Restauradora – Buenos Aires (1968).

Efemérides – Patricios de Vuelta de Obligado

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