Lisandro De la Torre

Dr. Lisandro De la Torre (1868-1939)

Nació en Rosario, Pcia. de Santa Fe, el 6 de diciembre de 1868. Fueron sus padres Lisandro De la Torre, porteño, estanciero (1), hijo de un inmigrante vasco, y Virginia Paganini, procedente de una tradicional familia porteña.

Una vez finalizados sus estudios en el Colegio Nacional de Rosario, en 1886 llega a Buenos Aires donde se recibe de abogado en la Universidad de Buenos Aires, a los 20 años de edad. Poco después, la revolución del 90 lo arrastra a los románticos cantones del Parque; en su iniciación política y durante varios años luchará al lado de Leandro Alem para separarse violentamente del radicalismo en 1897, después de un sonado duelo con Hipólito Yrigoyen. La leyenda afirmará que De la Torre empezó a usar barba después de este episodio, para ocultar la herida de la mejilla que en la ocasión le infligió su adversario.

Radicado en su ciudad natal, inicia luego un período de actividades rurales y periodísticas. Se lo respeta y admira y su desvinculación de los partidos actuantes da más relieve a su personalidad. Viaja por Europa y Estados Unidos y de su periplo trae una renovada fe como forma de vida, en el régimen municipal como fundamento institucional y en el liberalismo como instrumento de progreso.

En 1908 inicia en su provincia un experimento político novedoso: la Liga del Sur, partido que se convierte en representativo de los intereses y aspiraciones de la clase media agraria de origen gringo. Es presidente de la Sociedad Rural de Rosario y la ciudad lo exhibe orgullosamente a los visitantes ilustres, como una especie de niño prodigio… En 1912 su candidatura a gobernador es derrotada por los radicales en la primera elección efectuada bajo la Ley Sáenz Peña; meses antes había fracasado una gestión amistosa tendiente a reconciliarlo con Yrigoyen.

En 1912 es elegido diputado por Santa Fe. Su personalidad ya tiene dimensión nacional y su actuación parlamentaria contribuye a robustecer la imagen pública. Es el ariete que golpea despiadadamente contra el radicalismo, cuyo triunfo parece ya incontenible, y también contra los socialistas, cuya actitud de “hormiguitas prácticas” –dirá años después- desprecia sin disimulo.

Los partidos conservadores no confían del todo en el independiente rosarino pero deben, finalmente, resignarse a hacerlo su candidato a presidente para enfrentarlo con Yrigoyen. Pero las intrigas deshacen al nuevo partido –que De la Torre llamará “Demócrata Progresista”- y el candidato advierte que sus mismos sostenedores lo han usado. Su derrota en la elección presidencial de 1916 no afecta ni disminuye su brío: anteriormente había sido derrotado como aspirante a gobernador de su provincia y luego será vencido en la Capital Federal, donde aspira a una banca de diputado y después a la de senador.

Era un polemista temible, cáustico en la réplica, bien informado, con tremenda capacidad para el odio. Sus enemigos lo tildaron de “venenoso” subrayaron que era opositor sistemático y negativo y difundieron el mote de “gato amarillo” que aludía tanto a su rubia faz como a su actitud felina, pronto siempre al zarpazo. Pero si algo de cierto había en esto, hay que recordar que algún justificado resentimiento podía alimentar el espíritu de De la Torre, que siendo uno de los más esclarecidos de la República nunca pudo aplicar su inteligencia y su pasión de bien público a las tareas constructivas del gobierno.

En 1922 vuelve a la Cámara de Diputados, de la que se aleja en 1925 anunciando que se retira de la vida política: la verdad es que el panorama político se le ha achicado bajo los chatos años de Alvear. Empiezan entonces sus años más gratos: los del trabajo en Pinas –que es suya desde 1918-, con esporádicos viajes a Rosario y a Buenos Aires; los años en que reitera sus viejas lecturas y actualiza su información de filosofía y ciencias políticas. También serán los años en que se inicia el proceso de sequías que terminará por provocar la pérdida de su estancia.

La revolución de 1930 lo saca de su retiro. Viejo amigo de Uriburu, éste le ofrece ser su candidato a la futura presidencia. Pero De la Torre está totalmente de vuelta de sus contactos con el conservadorismo y el golpe repugna a su conciencia civilista. Será el candidato de la alianza opositora formada por su partido y el socialista, contra el continuismo que representa el general Justo. Es derrotado una vez más; la Democracia Progresista sólo tenía vigencia electoral en Santa Fe y el socialismo apenas aportaba la mayoría de la Capital Federal. Los radicales, por su parte, proscriptos de los comicios, no olvidan que De la Torre es uno de los más enconados enemigos de su viejo jefe, cautivo por entonces en la Isla de Martín García. Además, todo el poder cae sobre la fórmula de la “Alianza Civil”: provocaciones, presiones de todo género, agresiones y una oscura campaña de desprestigio que va desde el ataque a su vida privada hasta rasgos de cáustico ingenio, como denominar “la fórmula del cianuro” al binomio que integra con Nicolás Repetto, jugando con el supuesto mal carácter de sus componentes…

De todos modos, De la Torre es elegido senador nacional por Santa Fe. Está resignado a llevar una faena dura y solitaria. Sus más caros ideales sobre la Argentina se han derrumbado. El país que soñaba evolucionando pacíficamente hacia el progreso a través de una democracia liberal a la manera británica, es ya un recuerdo del pasado. A través de un estudio exhaustivo de los problemas fundamentales del país, De la Torre advierte el perfil secreto de esa agresión hacia una economía sometida, una constante represión política, un vasallaje espiritual que va trazando el mapa de una década desdichada. Poco a poco va desapareciendo el hombre de club, el estanciero, el político a la europea; su ideología adquiere un signo izquierdista que no lo asusta. El peligro fascista lo obsesiona. Está dispuesto a denunciar, cueste lo que cueste, ese régimen que se apoya en el fraude electoral, en la entrega de los sectores básicos de la economía a los intereses monopólicos y en un silencio cómplice.

Y así, dando una vuelta total sobre sí mismo, completando una evolución que ha recorrido por vía de conocimiento y honradez intelectual, Lisandro De la Torre se convierte, para todo el país, en el Fiscal de la República.

El crimen del Dr. Enzo Bordabehere

El 23 de julio de 1835 se desarrollaba la sesión del Senado en un ambiente tempestuoso. Hacía más de un mes que De la Torre martillaba con sus irrefragables pruebas. La entrada al recinto se controlaba estrictamente y aquel día se habían extremado las medidas de control a los asistentes de la barra. Sin embargo, durante todo el desarrollo del debate, un personaje corpulento, callado, que estaba prontuariado por estafador, extorsionador y falsificador de documento público, entraba sin ningún problema al recinto y se ubicaba detrás del doctor Enzo Bordabehere, senador electo por Santa Fe y correligionario –además de discípulo y amigo dilecto- del legislador interpelante. La mayoría oficialista había dispuesto tratar su diploma con posterioridad al debate de las carnes, con el evidente propósito de restar una voz de apoyo a De la Torre. Después de los hechos que relataremos, el Comisario de la Cámara, señor Mercado, diría del sujeto:

- No hablaba con nadie. Siempre estaba serio, recostado en la baranda de los palcos y siempre procuraba estar delante: se veía que era lo que le interesaba.

Dr. Enzo Bordabehere (1889-1935)

A otro funcionario que llegó a tratarlo un poco, el señor Barraza Irrazábal, el personaje llegó a decirle:

- Entre íntimos, yo tengo una misión de vanguardia allí….

El hombre se llamaba Ramón Valdez Cora.

En determinado momento del debate estalla uno de los incidentes verbales que ya se habían hecho frecuentes. De la Torre desde su banca y el Ministro de Agricultura y Ganadería Luis Duhau desde la mesa reservada a los ministros, se levantan y se dirigen, amenazantes, uno hacia el otro. Se produce una confusión, ambos se empujan y caen. Algunos de los asistentes se levantan apresuradamente: Bordabehere acude corriendo hacia el lugar donde había trastabillado De la Torre. En ese momento suenan varios disparos. Cuando se restablece la calma, entre el estupor de todos, se ve el cuerpo casi exánime de Bordabehere. Al asesino se lo detiene, casi por casualidad, cuando trataba de escapar del edificio del Congreso. Nadie podía explicarse cómo ese invitado de pésimos antecedentes, totalmente ajeno a la casa, podía haber entrado al recinto en todas las sesiones, cuando llegó a impedirse el paso a diputados nacionales y personalidades importantes.

La noticia explota en todo el país. Una vergüenza insoportable parecía abochornar a la Argentina entera. Muchas veces las pasiones se habían desatado en el recinto del Congreso; muchas veces se había asistido a agresiones verbales y hasta pugilatos. Pero un asesinato era algo más de lo que podían tolerar los argentinos, ya curtidos para aguantar cosas en esos años. La sensación de que Valdez Cora había errado el tiro, que su misión era la de liquidar a De la Torre, no pudo fundamentarse en pruebas concretas pero de todos modos fue general y corriente. La prensa, los partidos políticos, las organizaciones sindicales, la opinión pública en general fue conmovida. Incluso los mismos senadores que habían hostilizado a De la Torre tuvieron que condenar el “vandálico atentado”, el “incalificable crimen”. Sólo el presidente Justo mantuvo su imperturbabilidad: el decreto de honores a Bordabehere se refería escuetamente y sin agregar un solo calificativo al “fallecimiento del señor senador electo por Santa Fe”.

Apenas producido el asesinato de Bordabehere –cuando De la Torre acudió al Hospital Rawson para verlo ya había fallecido- empezaron a moverse influencias de todo orden para colocar al matador en una situación favorable. Se dijo que la víctima estaba armada. Alguien añadió que vio cuando corría con la mano derecha sobre el bolsillo posterior del pantalón. Otro sostuvo que Bordabehere le había roto dos costillas a Duhau. Un tercero añadió un culatazo a la supuesta agresión contra el ministro y que había llegado a disparar su arma. El secretario de la Cámara de Diputados, señor Bunge, afirmó que el muerto tenía un revólver con cartuchera.

El ministro Duhau afirmó ignorar quién podía ser Valdez Cora. El senador Antonio Santamarina aseguró que tampoco conocía al sujeto, afiliado al Partido Conservador.

Pero bien pronto empezó a desdibujarse esta maraña de infundios. El testigo más contundente fue el señor Julio Victorica Roca:

- Lo he visto perfectamente bien –dijo- y me disculparán los señores senadores si tengo el atrevimiento de decir que, como argentino y caballero, no puedo mentir respecto de lo que he visto. El doctor Bordabehere no llevaba armas porque me ofendería a mí mismo decir una cosa que no es cierta. Ha corrido en la actitud en que puede correr cualquier hombre a socorrer a otro, con las manos hacia adelante, en un ademán que es natural cuando alguien se dirige hacia una cosa que está cerca.

Varios taquígrafos del senado acusaron al secretario privado de Duhau –un mozo Duggan- de haber corrido a proponerles que “convendría que el doctor Bordabehere apareciera esgrimiendo un arma en el momento del hecho”.

Más adelante se comprobó que Valdez Cora concurría a la residencia de Luis Duhau, en la intersección de las calles Quintana y Parera, y que había estado allí poco antes del crimen. Y el senador Santamarina -que había asegurado no conocer al asesino- no quedó muy bien parado cuando se evidenció por testimonio del doctor Federico Martínez de Hoz que cuando éste exoneró a Valdez Cora como comisario, siendo gobernador de Buenos Aires, el propio Santamarina había ido a interceder por el cesante. “Era imposible tomarlo por ningún lado” dijo Martínez de Hoz, refiriéndose a los antecedentes de Valdez Cora. Y aun se supo que Santamarina había insistido por su protegido ante el ministro de gobierno, doctor Marco Aurelio Avellaneda, y como éste también se negara a reponer a Valdez Cora, tuvo un violento altercado y no volvió más por el despacho ministerial.

Hasta ahí avanzó la pesquisa del crimen. Más no se pudo saber. Valdez Cora “se mantuvo en sus dichos” y el proceso judicial terminó con una condena a 20 años de prisión. Beneficiado por una reducción de penas, salió en libertad en 1953 sin que de su boca saliera jamás nada que pudiera esclarecer mejor los entretelones del crimen.

El hombre solo

De la Torre soportó con estoicismo este golpe, que lo hería en una de sus más caras afecciones. Todavía al día siguiente del crimen debió batirse a duelo con el ministro de Hacienda Federico Pinedo, que lo había llamado “mentiroso” momentos antes del asesinato de Bordabehere, desencadenando el incidente que culminaría con el crimen. Enfundado en su sobretodo negro, como ajeno a esa parodia caballeresca, De la Torre tiró al aire: las fotografías obtenidas por los periodistas documentan claramente el extendido brazo de Pinedo, apuntando directamente –aunque sin éxito- a la cabeza del senador (3).

La interpelación ha terminado, De la Torre había renunciado a seguir hablando. Pero todo el país sabe ya la verdad y el abrupto final de la polémica afirma aún más la certeza. Ahora toca a De la Torre seguir peleando en el Senado, defendiendo lo que se puede defender. Pero lo hace sin ganas, por puro sentido del deber. Interviene en el debate sobre la intervención de Santa Fe, que el presidente Justo necesita para perfeccionar su juego con vistas a la próxima renovación presidencial; liquidado el único gobierno demócrata progresista del país, De la Torre se siente liberado ya de sus compromisos con el partido que lo tiene como líder. Todavía habla en algunas sesiones más y siempre sus palabras son seguidas apasionadamente por todo el país. En enero de 1937 renuncia a su banca de senador nacional. Ya nada tiene que hacer en el “Senado de la decadencia”, como él mismo lo calificó. Algunas conferencias sobre temas filosóficos-políticos, su militante adhesión a la causa republicana española, algunos reportajes que le hacen son los únicos regresos a la vida pública que se permite.

Se sentía solo. Estaba convencido de que su trayectoria política se había insertado en tiempos de transición y que nada significaba. En verdad, no estaba solo. Grandes sectores del país, la gente sin partido o descreída de los partidos políticos lo seguía con interés y auténtica admiración. Lo visitaban dirigentes obreros, estudiantes, un poco acobardados tal vez por la fama de viejo irascible que De la Torre seguía cargando. Cuando caminaba por el Centro su figura inconfundible convocaba un discreto voltear de cabezas, respetuosos saludos de transeúntes anónimos.

- Miran al fenómeno… -diría escépticamente a un amigo, cuando éste le hizo notar esta afectuosa popularidad que el dirigente santafesino nunca había conocido.

De la Torre no creía que pudiera encabezar últimamente ningún movimiento político o ideológico. Tal vez no fuera así, pero de algún modo estaba pagando dolorosamente sus pecados de juventud: su aproximación a los conservadores –“la única página de mi vida política que arrancaría con gusto”-, su papel de golpeador del radicalismo, la debilidad de haberse dejado halagar como posible jefe de las “fueras tradicionales”.

Ahondaba su sentimiento de soledad la circunstancia de no tener familia. Y su situación económica, entregada ya la estancia de Pinas al Banco acreedor, con la perspectiva de una estrechez que nunca había conocido.

No había fracasado, sin embargo. Había contribuido a esclarecer la conciencia nacional, denunciando una de las formas de vasallaje más tremendo que soportaba el país. Y su solitaria, gallarda lucha, había sido estimulante y ejemplar dentro del desolador panorama de un pueblo aplastado por el fraude electoral, la sensación alienante de su condición colonial, los negociados, la hipocresía, la mediocridad. Pero De la Torre ya no creía en su propia utilidad.

En diciembre de 1838 cumplió 70 años. Aunque su salud seguía siendo magnífica, suponía que no habría de tardar su declinación. Todo el mes de diciembre estuvo despidiéndose silenciosamente de sus amigos, arreglando sus asuntos particulares con minuciosa prolijidad. No dejó cuenta sin pagar, aun las del zapatero y peluquero. Obsequió a algunos íntimos ciertos objetos personales a los que tenía apego. Sin dejar escapar un gesto, una palabra que delatase su resolución, fue clausurando todo lo que lo ataba a la vida.

Pasaron las fiestas tradicionales y en los almanaques ingresó el año 1939, que ahora asociamos ominosamente con el final de la guerra civil, el pacto alemán-soviético y el estallido de la segunda guerra mundial. Sobre Buenos Aires pesaba uno de esos veranos implacables, abrumadores.

Monumento al Dr. Lisandro De la Torre, obra del artista Carlos de la Cárcova, inaugurado el 19 de mayo de 1973

El 4 de enero cena De la Torre con un grupo de sus amigos. Es una comida larga, conversada, cordial. Después lo llevan a tomar fresco a la Costanera. Cuando regresa a su departamento de la calle Esmeralda 22 se dedica a completar las cartas que ha estado escribiendo a sus amigos. Son muchas y en todas hay un toque delicado, cariñoso. Amanece casi cuando se tira en el lecho. A la mañana siguiente recibe a dos amigos más: son los últimos que lo verán con vida. Termina sus postreras diligencias, mete todas las cartas en un sobre grande y envía a su vieja mucama para que las entregue a uno de los que ha estado con él un momento antes. Tranquilamente, sin angustia ni exhibicionismo, Lisandro De la Torre va a eliminarse voluntariamente. En una carta colectiva dirigida a medio centenar de amigos les pide que se hagan cargo de la cremación de su cadáver; no quiere acompañamiento de público ni ceremonias de ninguna clase, y pide –“si ustedes no lo desaprueban” salva- que sus cenizas sean arrojadas al viento. “Me parece una forma excelente de volver a la nada, confundiéndose con todo lo que muere en el Universo”. No hay tachadura en el pliego dactilografiado, ni un error ni una alteración en la pulsación de las teclas. Abajo, su firma escueta, “Su despedida está hecha de emoción pagana”, diría Raúl Larra, uno de sus biógrafos.

Y en ese mediodía bochornoso, un disparo pone fin a la existencia del viejo luchador. Sus compatriotas sienten que se les ha apagado una voz insobornable. En la pequeña plazoleta que existe en Buenos Aires, en la intersección de la calle Esmeralda y Diagonal Norte hay una estatua que lo recuerda, como testimonio de la gratitud nacional por este singular argentino cuyo momento más alto fue el de aquella lucha solitaria y corajuda contra un régimen. En la base del monumento se halla inscripta una de sus célebres frases:

Sé que no llegaré, pero llegará la juventud si trabaja, estudia y persevera“.

Referencias

(1) Era dueño de una estancia en las proximidades del arroyo Pavón. En 1861, tras la batalla que tuvo lugar en dicha zona el 17 de setiembre, estuvo a punto de ser fusilado por efectivos del Gral. Justo J. de Urquiza. Fue salvado gracias a la oportuna intervención de Ricardo López Jordán, de quien era amigo.
(2) Estancia de 105.385 hectáreas situada al noroeste de Córdoba, ocupando parte de los departamentos Minas y Pocho. Fue explotada por Lisandro De la Torre, quinen la habitó entre 1926 y 1930 y luego pasó a manos del hacendado cordobés Feliciano Manubens Calvet. Desde la muerte del millonario en 1981, la estancia se encuentra entre los bienes de una sucesión que la Justicia de Córdoba no termina de resolver y que es motivo de enormes polémicas y disputas entre numerosos candidatos a herederos. En 2017 la Legislatura cordobesa aprobó la creación allí de un Parque Nacional.
(3) En realidad, el duelo Pinedo-De la Torre se originó en un equívoco. En uno de los violentos diálogos trabados entre el ministro y el senador, éste le gritó “¡cotudo!”, aludiendo al mal de bocio que padecía Pinedo. Este parece haber escuchado mal la palabra, creyendo que era uno de los peores insultos que se puede inferir a un hombre, y de inmediato gestionó el envío de sus padrinos. De la Torre, aún bajo la penosa impresión del asesinato de Bordabehere, pudo aclarar el equívoco pero se negó a hacerlo.

Fuente
Efemérides – Patricios de Vuelta de Obligado
Larra, Raúl – Lisandro De la Torre, El Solitario de Pinas – Ed. Colihue, Buenos Aires (2001)
Portal www.revisionistas.com.ar
Todo es Historia – Buenos Aires, Año II, Mayo de 1968
Vigo, Juan M. – De la Torre contra todos – Historia de un saqueo y su denuncia – Buenos Aires (1968)

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